domingo, 23 de abril de 2017

El discurso intolerante de los organismos de derechos humanos

Por Luis Alberto Romero (*)

Lejos de su compromiso democrático de los años 80, cuando condenaban la violencia, hoy expresan un ideario radicalizado
Desde el 24 de marzo los días han transcurrido, y otros sucesos atrajeron nuestra atención, entre ellos la alentadora marcha ciudadana del 1º de abril. Pero no dejan de resonar las palabras que se escucharon entonces en la Plaza de Mayo. Ese día, las principales organizaciones de derechos humanos hicieron oír una voz enconada y sediciosa. Identificaron sus luchas con las de las organizaciones armadas de la década de 1970, que enumeraron con detallada precisión. A la vez, condenaron al gobierno actual, acusado de ser una réplica de la última dictadura, no sólo por su política económica "neoliberal", sino por reprimir al pueblo. La idea quedó sintetizada en la consigna que se coreó: "Macri, basura, vos sos la dictadura". Finalmente, llamaron a luchar hasta derribar al Gobierno, como lo habrían hecho en 2001.
Aun hoy, es difícil mantener la serenidad ante esas afirmaciones, que sin duda deben preocuparnos. Este núcleo de las organizaciones de derechos humanos (ODH) ha completado su periplo y hoy se enfrenta con la democracia. El final no sorprende, aunque sí asombra su virulencia.
En el origen, durante los años de la dictadura, Madres de Plaza de Mayo, con su reclamo por los hijos desaparecidos, encontró el talón de Aquiles del discurso militar. Un grupo de valerosos militantes, al principio solitarios, lograron algo extraordinario y maravilloso, en una sociedad por entonces acostumbrada a la violencia: consagrar los derechos humanos como valor supremo, y en primer lugar el derecho a la vida, pues nada justificaba un asesinato.
Sin esa elevada idea no habría sido posible reconstruir una democracia fundada tanto en la ley como en la ética. El 10 de diciembre de 1983 fue el momento culminante de este maridaje virtuoso entre derechos humanos y democracia. Pero también fue el comienzo de un distanciamiento que, 40 años después de su nacimiento, ha colocado a estas organizaciones en las antípodas de la democracia, y también de la esencia de los derechos humanos.
Desde diciembre de 1983 se advirtió que las ODH no se sentían cómodas en el nuevo contexto democrático. Sin duda les chocó que se enjuiciara a la vez a los militares y a los jefes guerrilleros. ¿Cuál era su lugar frente a un gobierno que asumía sus reclamos pero les daba una forma algo distinta? Comenzó entonces una escisión interna, y surgió una línea intransigente, que encabezó Hebe de Bonafini, consolidada en los años siguientes, con la extendida indignación que generaron la ley de obediencia debida y los indultos.

Su composición fue cambiando. Se sumaron muchos militantes de los años 70 que en el exilio transmutaron de manera llamativamente rápida sus antiguas consignas violentas por las de los derechos humanos. ¿Con cuánta convicción? No mucha. Pero sobre todo se sumaron nuevas generaciones de jóvenes, crecidos en una democracia llena de frustraciones y entusiasmados con los relatos heroicos de los 70. Ellos acentuaron el giro intransigente de las ODH, centrado en el reclamo del juicio a todos los responsables del terrorismo de Estado.
Había un tono nuevo: no hablaban ya en nombre de las víctimas del terrorismo de Estado, sino en el de los militantes caídos, los héroes de una lucha que había que recuperar, porque sólo renovando la violencia podría completarse el duelo por las pérdidas. El 24 de marzo de 2001, el reclamo de justicia que se escuchó en la Plaza de Mayo ya sonaba a venganza y a revancha. El cinismo de unos y el fanatismo de otros habían enturbiado el otrora cristalino torrente de los derechos humanos.
Néstor Kirchner, un pragmático, descubrió el potencial de este sentimiento resentido y sumó a las ODH a su multiforme frente político. El acuerdo entre ambos fue tan amplio como claro, dejando de lado las turbias cuestiones de intereses. El gobierno hizo lo necesario para reabrir los juicios de lesa humanidad. Con eso y con algunos gestos banales, como descolgar el cuadro de Videla, pudo declararse fundador de la política de derechos humanos. Por su lado, las ODH le aportaron al gobierno la enorme cuota de legitimidad ganada con sus viejas luchas.
Las ODH y el kirchnerismo coincidieron en un punto: ambos encarnaban la voz del pueblo, uno y unánime, aquel que en los años 70 se había expresado a través de los militantes armados y la juventud maravillosa. Las ODH se reservaban una atribución: dueñas y voceras de la verdad y la justicia, debían desenmascarar y denunciar a los traidores y someterlos al tribunal del pueblo. Los "cómplices de la dictadura" denunciados por las ODH resultaron coincidir, en última instancia, con los "poderes concentrados" que obstaculizaban la revolución kirchnerista.
Las ODH ejercen una verdadera dictadura verbal. Nada más tentador para un grupo humano que administrar esa dictadura de la palabra, amplificada por los medios públicos. Nada más atractivo que utilizarla para juzgar y condenar al otro, primero a través del insulto y el escrache, y finalmente a través de una justicia dirigida y controlada. También para disciplinar a la propia tropa: una palabra admonitoria contiene la amenaza de expulsión del círculo de los puros, algo que pocos soportarían.
La derrota del kirchnerismo las debilitó. Para evitar el desbande de su rebaño, las ODH optaron por el retorno a la situación inicial, en la que se formaron y más cómodas se sintieron. Volvieron a ser las impugnadoras de la dictadura. ¿Cuál dictadura? La de Macri, sin duda, puesto que era defensor del "neoliberalismo" y en consecuencia el continuador de los militares. Macri es Videla, declaró Bonafini. Es inútil discutirlo: no se basan en la razón, sino en la emoción. Como el credo, son verdades de fe.
Importa, en cambio, advertir cómo ese discurso intolerante y divisivo ha asumido abiertamente la reivindicación lisa y llana de la lucha armada, la pasada y la futura. Las ODH hoy llaman a la guerra santa y parecen animar a los jóvenes a matar y morir por su causa. Su historia nos permite entender esta curva, que las llevó de fundamentar la democracia a llamar a su destrucción. Podemos comprenderlo, pero eso no evita que nos espantemos.
Nuestra rejuvenecida democracia republicana viene mostrándose a la altura de sus deberes. No hay vacilaciones en lo que hace al respeto por la libre expresión, contrastante con la intolerancia de quienes, renunciando a matices y discrepancias, se han encolumnado detrás de Hebe de Bonafini. Cabe preguntarse si este irresponsable ejercicio de banal radicalización afectará el mito de los "pañuelos blancos" que hasta ahora dio impunidad a Bonafini y sus dichos.

¿Son de temer estas expresiones? ¿Pueden traducirse en un movimiento político que tenga peso en la vida democrática? Ojalá pudiéramos decir que no y que la democracia y la república pueden soportar el desafío. Pero muchas calamidades comenzaron con manifestaciones aún más banales que éstas. Hay que seguirlas sin perder la calma, pero con mucha atención.
(*) Luis Alberto Romero. Historiador, periodista, escritor y analista político. Artículo publicado en La Nación el 20 de Abril de 2017

Bajo la "grieta" hay un choque de democracias

Por Jorge Fernández Díaz (*)

Los Adoradores y Adoratrices de la Santa Revolución Bolivariana son una grey multitudinaria y activa en nuestros pagos, y de esa fe ciega y asombrosa que prescinde de cualquier dato de la realidad derivan, aunque no lo parezca, las pulsiones que nos dividen. Y que ya no caben en la palabra "grieta", ocurrencia lanatista para definir en tiempo real las consecuencias de aquella política de Estado destinada a elegir un caudillo infalible, crear un enemigo, partir a la sociedad en dos y sumirla en un antagonismo perpetuo: tácticas que Laclau aprendió del primer Perón y del trotskismo nacional y que luego perfeccionó en su confortable departamento de Londres, y que los Kirchner ya habían adoptado con las entrañas sin haber leído una sola página de su hermética apología del populismo. El proyecto chavista, que está sentado sobre una fabulosa fuente de petróleo, tomó a Venezuela con 50% de pobreza, generada por el neoliberalismo y el Consenso de Washington, y la elevó al 82% solito y a pulso con su nacionalismo de opereta. El ingreso promedio no alcanza para cubrir la alimentación en más del 90% de las familias venezolanas; la miseria y el descontento son actualmente reprimidos por pistoleros de civil o a punta de bayoneta; un ardid convierte en letra muerta las leyes del Congreso y los principales referentes de la oposición están presos o proscriptos. Los kirchneristas continúan reivindicando ese desastre, y los peronistas híbridos no saben repudiarlo sin rodeos.
La fascinación es menos emocional que ideológica: la tara autoritaria del partido único que se cree la patria y que por lo tanto somete a la "partidocracia cipaya" sigue vigente y es solidaria con Maduro aun en estos días de vergüenza y horror. Por eso no debe confundirse aquella "grieta" primigenia, que tiene un carácter social y hasta psicológico, y que cristaliza de algún modo los enconos del post ballottage, con la verdadera disputa que se juega actualmente en la Argentina: un choque de democracias. Acaso como nunca en su historia, nuestra nación delibera ardorosa y genuinamente sobre dos destinos posibles: la democracia hegemónica que nos trajo hasta este fracaso, y la democracia republicana, que nunca tuvo una chance de gobernabilidad. Criticar o encubrir la catástrofe chavista forma parte de ese litigio. Y peca la Iglesia de buenismo parroquial y de algunas omisiones graves al intentar ponerse por encima de la gran polémica sin entender que el rompimiento de amistades dentro y fuera de las familias pocas veces se debe a la política (más bien ella es la herramienta a la que se recurre para hostigar al otro por razones íntimas e inconscientes), y que resulta muy difícil "la concordia nacional" cuando un grupo importante se niega a entrar en el sistema de diálogos, se planta en la "resistencia", habla de "guerra civil" en cuanto se dispersa un piquete, defiende la lucha armada, califica de "dictadura" a un gobierno constitucional y trabaja orgullosamente para su destitución. Lo que sí sería deseable es que los fanáticos de uno y otro lado no insultaran ni llevaran la voz cantante, y que esta discusión esencial rompiera las respectivas burbujas, se crearan vasos comunicantes y pudiera haber un auténtico debate diario. La "grieta" es futbolera, amenazante, sodomizadora y vana. En cambio la gran "polémica" sería virtuosa, reveladora y crucial. El kirchnerismo no quiere admitir su sentido, puesto que la explicitación de su modelo hegemónico puede ser piantavotos; el peronismo del medio sigue el asunto como si fuera un partido de tenis y no toma posición; la izquierda sólo reconoce la lucha de clases y a Cambiemos el tema no parece interesarle demasiado: lo considera una pulseada intelectual sin relevancia proselitista. No cabe la menor duda de que en octubre el voto de las mayorías se decidirá con el bolsillo, la bronca y las esperanzas. Pero esta encrucijada a la que aludo es de primera magnitud, y la fractura no es una nadería ni un pecado de temperamento, como pretende la curia, sino un síntoma de lo que la sociedad presiente y no puede poner en palabras. O las pone de un modo erróneo y efectista.
Es cierto, sin embargo, que en sus extremos la Argentina está jaqueada por fundamentalismos, y que sus discursos se superponen con la discusión de fondo y la distraen. La ortodoxia no termina de admitir que generó con sus recetas el resurgimiento de los populismos latinoamericanos, y éstos no confesarán nunca su derrota económica y moral. Aquí no faltan milagreros de todos colores. El Gobierno de alguna manera también lo es cuando formula este diagnóstico simplista: como nuestros predecesores eran corruptos e ineptos, este país se arregla con honestos y eficaces. Hará falta mucho más que eso para reparar una república pervertida por el distribucionismo mágico: regalar sin producir hasta agotar los recursos y sentarse a ver qué inventa el desventurado para abonar la adición y no volar por el aire.

Miguel Broda, esta misma semana, encarnó la vereda de enfrente, al describir a Macri como un socialdemócrata populista (lo comparó con el último ministro de Dilma y dijo que su estrategia era propia de "un Kicillof light"). Agradece que Cambiemos nos haya salvado de Venezuela, pero se declara decepcionado porque la coalición no puede terminar con cincuenta años de populismo y porque esté tan pendiente de ganar la elección de medio término, test donde se prueba directamente la supervivencia de un gobierno no peronista asediado. Su narración acerca de la dramática situación heredada y la vulnerabilidad argentina es brillante, aunque parece un sabio de doscientos años a la hora de diagnosticar la economía y un niño de diez a la hora de proponer soluciones políticas.
Para empezar, el 45% del gasto público no está en manos de Balcarce 50, sino de las provincias y municipios, que emplean más de 2.800.000 personas, en su mayoría maestros, policías y enfermeros. Sólo 750.000 reportan al Estado nacional: 190 mil en universidades autónomas (regidas por ley), 210 mil en fuerzas de seguridad, 90 mil en empresas públicas y 260 mil entre los tres poderes: ejecutivo, legislativo y judicial. El Gobierno decide sólo sobre el 55% del gasto y la mitad de ese monto corresponde a jubilaciones, pensiones, asignaciones familiares y universales por hijo que se ajustan semestralmente por ley de manera automática según la inflación. Los otros subsidios insumen sólo el 5% y el resto son salarios, obra pública, pago de deuda y programas para vacunación, discapacitados, incentivo docente, préstamos a pymes, capacitación, economías regionales, ayuda para catástrofes naturales y seguridad alimentaria. Las dificultades para recortar estas partidas son obvias. Ahogando con impuestos a los ciudadanos y para enmascarar la falta de inversión privada, el kirchnerismo llevó el gasto público de los 23 puntos del PBI a 42, y el Estado que dejó está sesgado no sólo por sus entramados mafiosos sino por su escandalosa negligencia precisamente en áreas como la salud, la educación y la seguridad. Pero es lo que hay, y nadie podría entrar hoy con una motosierra en ese patio sin provocar una enorme crisis social y económica, y un cisma institucional. Mejor armarse de paciencia y rogar que el mundo financie un gradualismo de metas consistentes: desfiladero largo, mediocre y riesgoso lleno de marchas y contramarchas, pero que no parece tener a la vista alternativas buenas y reales. Que no nos conduzcan a un 2001, ni nos sumerjan en la hecatombe bolivariana.
(*) Jorge Fernández Díaz. Periodista. Columnista de La Nación. Artículo publicado el 23 de Abril de 2017

Fuente: http://www.lanacion.com.ar/2015492-bajo-la-grieta-hay-un-choque-de-democracias?utm_source=n_os_nota1&utm_medium=opinionS&utm_campaign=opinion

Sindicalistas, verdaderos señores feudales

Por José Luis Espert (*)

Pareciera ser ayer que el presidente Mauricio Macri le dio al sindicalismo el control total y directo de los fondos de las Obras Sociales al designar al médico Luis Scervino, espada del líder del sindicato de Obras Sanitarias, Luis Lingeri, presidente de la Superintendencia de Servicios de Salud. Fue hace poco que Macri les devolvió a los sindicatos 29.000 millones de pesos del Fondo Solidario de Redistribución que el kirchnerismo retuvo unilateralmente durante años en una cuenta del Banco Nación.
Sin embargo, desde el anuncio del paro general que la CGT llevó a cabo el pasado 6 de abril, el Presidente se ha mostrado duro y hasta agresivo con los sindicalistas. Casi les dijo "mafiosos" en la cara en un acto en el Salón Blanco de la Casa Rosada, en el que presentó el Acuerdo Federal para la Construcción, uno de los tantos convenios sectoriales que el Gobierno firma con sectores "sensibles" que no tienen nada que envidiarles a los de Cavallo de 2001 o los del ex jefe de Gabinete kirchnerista, el actual intendente y a veces hasta recolector de basura en Resistencia (Chaco), Jorge Milton Capitanich. "Que no nos dobleguen" (en referencia a los sindicalistas), machacó el Presidente unos días más tarde e insistió con su proyecto de hacer más cristalinas las elecciones en los sindicatos.

¿Va en serio el Presidente contra los sindicalistas o se trata de una cortina de humo, como su obsesión por el déficit fiscal, cuando no para de aumentarlo, o su deseo de una economía más abierta al mundo, cuando al mismo tiempo cuida que los sectores "sensibles" mantengan altos niveles de protección, provocando que muchos argentinos, los fines de semanas largos huyan a los países limítrofes a comprarse "todo"?
En cualquier caso, es bueno poner de manifiesto que sin eliminar, dar de baja y cambiar por completo el actual sistema sindical, la Argentina no abandonará la decadencia casi secular que denuncio en mi libro de reciente aparición "La Argentina Devorada" (Galerna).

Los sindicalistas, a pesar de que tienen miembros presos, como el ex bancario Juan José Zanola, o el ex factótum del Sindicato de Obreros Marítimos Unidos (SOMU), el Caballo Suárez, y otros por ser partícipes de asesinatos, como el ex ferroviario José Pedraza, también tienen otros que se pavonean orondos designando presidentes de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA), como Hugo Moyano, u otros como el capitoste del Sindicato Único de Trabajadores de Edificios de Renta y Horizontal (Suterh), Víctor Santa María, que es dueño de diarios y hasta de programas de radio y televisión.
La patología número uno de los sindicatos es su gigantesco poder político. Son un tercio del movimiento justicialista, o sea, un tercio de la representación del PJ por estatutos corresponde a los sindicalistas. Ponen gobernadores, intendentes, tienen gran cantidad de representantes en todos los parlamentos del interior, más de cincuenta legisladores entre diputados y senadores. Tienen un poder social, por la cantidad de representación que tienen, que si bien varía según el gremio, en todos los casos es fabuloso. Y como es evidente, tienen un poder económico extraordinario. Constituyen, después de YPF y junto con la multinacional argentina Ternium, la segunda empresa en facturación de la Argentina, entre las obras sociales y los aportes compulsivos a los sindicatos, con alrededor de $ 120.000 millones al año, el 1,2% del producto bruto interno (PBI). Todo esto con controles administrativos que tienen la solidez de un flan.

Detengámonos un poco acá. Los sindicatos son sujetos de derecho privado, pero es el Estado, con todo su poder de policía a través de la Administración Federal de Ingresos Públicos (AFIP), la que recauda los ingresos de "sus" Obras Sociales. Algo parecido ocurre con la cuota sindical, que siendo una detracción que sufre el trabajador de su salario, es el empresario el que la recauda por cuenta y orden del sindicato. El sindicalista sólo tiene que esperar que entren esos verdaderos tsunamis de dinero sin realizar esfuerzo alguno... y gastarlos.
¿Cómo les va a importar a nuestros sindicalistas que los impuestos al trabajo (récord mundial) hambreen a los trabajadores cobrando salarios de bolsillo miserables y provoquen más de un tercio de los trabajadores en negro (única manera que las empresas tienen de lograr algo de flexibilidad laboral) si manejan semejante montaña de dinero?
Otra patología es que el sistema está armado para que siempre estén los mismos, para que no haya mayorías y minorías. El que gana se lleva el 100%, lo cual es contrario a cualquier sistema democrático. Si hay dos o tres listas, debería haber una representación proporcional de todas ellas. Es inadmisible que el sindicato "más representativo" se lleve todo, vaciando de contenido al resto de los sindicatos que pululan en el sector.
Los estatutos sindicales son normas privadas que, como se articulan a partir de la ley de asociaciones profesionales (o sindicales), tienen fuerza de ley y, según estos estatutos, en la mayoría de los casos, para ser secretario general del sindicato hay muchos más requisitos que para ser presidente de la Nación. Para ser presidente de la Nación tengo que ser argentino nativo y tener más de treinta y cinco años. Para ser secretario general de un gremio, tengo que haber hecho una carrera dentro del sindicato. Si no fui delegado, si no estuve en la comisión interna zonal, si no estuve en la comisión interna provincial, no puedo nunca ser secretario general.
Otra patología es la "personería única" (unicato), porque eso viola la democracia sindical, tal como lo afirmó la Corte en su fallo ATE en 2008. Un ejemplo del sindicato único, válido para casi todos los sindicatos: el capo-sindical se presenta a elecciones y gana, como lo hace sin falta desde hace cuarenta años. ¿Cuál es su técnica ante cada elección? La lista única. A los representantes más importantes de la lista disidente que tienen posibilidades, cosa que ocurre cada vez que hay elecciones, en general, cada cuatro años, les dice algo así como: "Si vos renuncias a tu lista, te hago secretario de (por ejemplo) derechos humanos y empezás a rosquear con nuestra plata. Si te mantenés en el concurso y perdés, prepárate, porque de acá te echo a patadas". De manera que gana siempre las elecciones con lista única.
No puede ser que la negociación sea centralizada. ¿Qué tienen que ver las necesidades de una multinacional automotriz con un tallercito mecánico en un recóndito lugar del interior del país?
Los sindicatos son monarquías hereditarias, legan su poder a sus hijos; un ejemplo notable es Pablo Moyano. Hay varios casos similares. Por otro lado, como manejan el aparato, también manejan las urnas, lo que significa que hay fraudes a lo loco. La reelección indefinida y la ultraactividad tienen que ser eliminadas. ¿Cómo puede ser que el grueso de los convenios colectivos de trabajo, por más nuevos que sean, todavía tengan como tronco conceptual la Argentina de mediados de los 70 cuando la "juventud maravillosa" trataba de llevarnos al paraíso cubano o, si se quiere ser más actuales, al edén venezolano?

Sindicalistas millonarios con 30% de pobres desde hace 30 años. ¿A quiénes representan? Al trabajador, seguro que no.
(*) José Luis Espert. Economista. Artículo publicado en La Nación el 23 de Abril de 2014

La escalada represiva en Venezuela

Por Andrés Oppenheimer (*)

Luis Almagro, el secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), no escatimó palabras cuando le pregunté en una entrevista si el presidente de facto de Venezuela, Nicolás Maduro, es responsable de las muertes de al menos siete personas en las masivas protestas antigubernamentales de los últimos días. Por supuesto que sí, dijo Almagro.
 “El ha incitado a la violencia”, me dijo Almagro. “Ha tenido un discurso de exacerbación del conflicto. En ese sentido, es responsable de las acciones de gente que no tiene control, de los colectivos armados, que han sido armados por el gobierno. “Él, por lo tanto, es responsable de la represión y de los efectos que tiene la represión, como la muerte de personas”.
Agregó que Maduro tiene una “responsabilidad directa” por las muertes. “Uno no puede darles armas a colectivos civiles para que hagan una tarea represiva. No pueden exacerbarse esos ánimos con un discurso de odio, de confrontación y de conflicto. Es no solamente el que apretó el gatillo, sino el que le dio las armas, y el que le dijo que saliera a reprimir en las manifestaciones”.
Mi entrevista con Almagro fue el miércoles, cuando más de 100,000 opositores venezolanos salieron a las calles para exigir un retorno a la democracia. El régimen de Maduro recientemente eliminó virtualmente todos los poderes del Congreso, se ha negado a celebrar elecciones regionales y ha inhabilitado a los principales líderes de la oposición para ser candidatos a cargos públicos por hasta 15 años.
Para intimidar a la gente para que no participara en las protestas, Maduro había anunciado públicamente dos días antes de que entregaría fusiles a unos 500,000 civiles progubernamentales.
Maduro dijo en una ceremonia militar que había ordenado a su ministro de Defensa “expandir la Milicia Nacional Bolivariana a 500,000 milicianos”, y que garantizaría “un fusil para cada miliciano”.
Previsiblemente, durante las protestas multitudinarias, Maduro ofreció un nuevo “diálogo” con la oposición, prometiendo entre otras cosas celebrar elecciones regionales.
Pero afortunadamente, parece que ni los líderes de la oposición ni Almagro caerán en la trampa esta vez. El último diálogo en el que participó la oposición, promovido por el Vaticano y la UNASUR, terminó siendo una farsa que al final del día solo ayudó a que el régimen ganara tiempo, y pudiera quitarle aun más poderes a las últimas instituciones independientes.
A principios de este mes, cuando le pregunté al líder opositor Henrique Capriles sobre la posibilidad de una nueva ronda de negociaciones con el equipo de mediación encabezado por el ex presidente español José Luis Rodríguez Zapatero, me dijo: “No nos vamos a volver a dar con la misma piedra”.
Almagro me dijo que cualquier nueva mediacion tendría que reemplazar a Rodríguez Zapatero e incluir un calendario para elecciones presidenciales libres, con supervisión internacional. Ya 11 países latinoamericanos –como México, Argentina, Brasil, Colombia, Perú y Chile– han firmado un documento exigiendo un calendario electoral.
Ya es demasiado tarde para las elecciones regionales, me dijo Almagro. No sólo el régimen ha roto el hilo democrático, sino que la economía de Venezuela se ha desplomado, dijo. El Fondo Monetario Internacional acaba de proyectar que Venezuela tendrá una inflación de 720 por ciento este año –la más alta del mundo– y del 2,068 por ciento el próximo año.
Lo que se necesita ahora es “que la comunidad internacional no quite los ojos de Venezuela”, y que Maduro sea presionado para celebrar elecciones generales, con observadores internacionales creíbles y levantando las inhabilitaciones a los líderes opositores, dijo Almagro. El derecho de los lideres opositores a ser candidatos “es una condición básica y mínima para elecciones democráticas”, dijo.

Mi opinión: La orden de Maduro de entregar 500,000 rifles a civiles oficialistas deja pocas dudas de que el presidente de facto es responsable de crear las condiciones que causaron varias muertes en las últimas protestas.
Los países latinoamericanos deben ahora intensificar sus presiones diplomáticas y darle a Maduro un ultimátum para celebrar elecciones generales monitoreadas por observadores creíbles, o ser objeto de sanciones. Maduro debe ser considerado de ahora más directamente responsable por la violencia política en su país, antes de que más jóvenes mueran en las calles para defender sus derechos democráticos.
(*) Andrés Oppenheimer. Periodista y escritor argentino que reside en Estados Unidos, que ha sido incluido por la revista Foreign Policy en Español como uno de los 50 intelectuales latinoamericanos más influyentes. Artículo publicado en El Nuevo Herald 23 de Abril de 2017

Depresiones económicas, su causa y remedio

Por Murray Rothbard (*)
(*) Murray Rothbard.  Economista, historiador y teórico político estadounidense perteneciente a la Escuela austríaca de economía. Publicado en el Canal Youtube del Instituto Mises el 22 abril de 2017
[Este ensayo se publicó originalmente como un minilibro por parte de la Constitutional Alliance of Lansing, Michigan, en 1969]

Pilas secas

Por Enrique G. Avogadro (*) 
"Cuando estén secas las pilas de todos los timbres que vos apretás,
buscando un pecho fraterno para morir abrazao...
" Enrique Santos Discépolo
Esta columna también hubiera podido llamarse "La soledad de los perfectos", y seguramente así sería si la hubiera escrito el "pelotudo" (Cristina dixit) de nuestro gran mayordomo, Oscar Parrilli, que no se puso colorado al afirmar que a Maduro no se lo critica por lo que hace mal sino por lo que hace bien. ¡Qué demostración de inteligencia y solidaridad!
Pero, en el fondo, es razonable que este rastrero personaje se comporte así, pues el régimen que fundara el extinto Hugo Chávez tiene muchos puntos en común con el que aquí protagonizaron los Kirchner y que, por esos milagros que a veces ocurren en la historia de los pueblos, fuera desalojado del poder en diciembre de 2015. El original colectivero caribeño encabeza una organización ilícita, sumamente torpe e ignorante, que ha esquilmado a su país hasta la extenuación, lo ha transformado en uno de los más violentos del mundo y lo ha llevado liderar por mucho los rankings de inflación mundiales, carece de estadísticas fiables y la prensa libre ha sido blanco de agresiones y clausuras, amén de haber destruido la industria del petróleo, mientras flota literalmente sobre un mar de oro negro.
Nicolás Maduro, al mejor estilo de sus ídolos, los gerontes cubanos, está dispuesto a someter a su país a un baño de sangre con tal de conservar el poder, que le da acceso a un latrocinio similar aún mayor que el nuestro y al monumental negocio del narcotráfico; dice mucho que su Vicepresidente sea Tarek El Aissami, procesado por ese delito en los Estados Unidos, donde sus bienes han sido embargados. Desde que comenzó abril, han muerto ya 21 venezolanos de manos de las milicias y paramilitares chavistas, que disparan indiscriminadamente contra las gigantescas manifestaciones opositoras que se suceden en todas las ciudades del país.
Para lograr permanecer, conserva el apoyo de los militares, pese a que éstos se encuentren divididos en tres facciones: los nacionalistas marxistas, los pro-cubanos y los traficantes de drogas; todos ellos tienen mucho que perder y sin duda lo defenderán hasta las últimas consecuencias. Pero, por la ignorancia en que intencionalmente los mantienen, también cuenta con el soporte -como aquí sucede aún en algunos sectores del Conurbano- de los más pobres, los habitantes de las gigantescas villas de emergencia que han ocupado Caracas y sus alrededores, que se encuentran en una situación alimentaria y sanitaria terminal.
La trágica situación de Venezuela, un verdadero genocidio por el hambre y la carencia de remedios que aflige a su población, marca el fin del prolongado cono de sombra en que el populismo corrupto y saqueador ha sumido a nuestro continente en este siglo. Ya cayó en Brasil, en Argentina y en Perú, parece consumirse en Bolivia y fue necesario un monumental fraude para perpetuarlo en Ecuador, mientras la mugre ha comenzado a mojar sus pies en los países considerados modélicos, como Chile y Uruguay.
La pregunta que todos nos hacemos es cuánto podrá durar este criminal "socialismo del siglo XXI", que ya no encuentra timbre alguno que tocar, pues todos sus aliados -incluidos Irán y Rusia, por conveniencia- han dejado de atenderle el teléfono. Porque ese siniestro cocktail tiene una consecuencia inmediata para los analistas y politólogos: nadie puede predecir cuándo y, sobre todo, cómo terminará la crisis venezolana. Porque allí no bastará con que Maduro deje el trono y, por eso, tampoco resulta posible ofrecerle un puente de plata e impunidad para que huya, porque sus cómplices, y son muchos, no lo permitirían ya que quedarían sin cobertura ni refugio, sometidos a la justicia internacional que ya los busca.
Dio, francamente, vergüenza ajena que esta semana nuestro ex Honorable Congreso se viera impedido de emitir una simple declaración de condena al régimen de Maduro por la oposición del más recalcitrante kirchnerismo, que demostró una vez más cuánto le importan los verdaderos derechos humanos. Ya que el gobierno de Cambiemos ha demostrado poseer una enorme sensibilidad social, que lo ha llevado a repartir subsidios y prebendas a manos llenas, y a conservar en sus puestos públicos a tantos quintacolumnistas, sugiero que -por única vez- destine fondos para que los seguidores del Frente para la Qué?, Quebracho, MST y Polo Obrero emigren a Venezuela o Cuba, esos paraísos terrenales que tanto alaban en sus manifestaciones públicas mientras exhiben carteles y banderas con la imagen del asesino Che Guevara.  
Anoche, cuando la ex Presidente visitaba en Río Gallegos a la gran cuñada Alicia, que encabeza el feudo de Santa Cruz, una enfurecida multitud intentó ingresar y, cuando fue reprimida con violencia, apedreó la residencia en que ambas se encontraban. La Provincia no paga los sueldos de los miles de empleados estatales, sus maestros no han dado un solo día de clases en el año, los jubilados provinciales no cobran sus magros estipendios y los hospitales carecen hasta de los elementos mínimos, mientras la Justicia está paralizada; todo un edén, por obra y gracia de los ladrones kirchneristas que lo gobernaron durante los últimos veinticinco años.
Ahora Cristina está haciendo las valijas, a la espera de la autorización que ha pedido al Juez Bonadío (su colega Ercolini ya la ha otorgado) para viajar a Atenas, Bruselas y Oxford (no a la Universidad). Notable privilegio para alguien que se encuentra tres veces procesada por delitos no excarcelables y que demuestra que la famosa igualdad ante la ley es, en la Argentina, sólo una broma de mal gusto. Porque, mientras eso sucede, los órganos de prensa de los que aún dispone -como Página 12, C5N o Radio 10, por poner sólo tres ejemplos- y los ex organismos de derechos humanos, ya confesadamente convertidos en movimientos políticos para apoyarla, se rasgan las vestiduras ante una sentencia de la Corte Suprema de Justicia que concedió la prisión domiciliaria a un militar de ochenta y cinco años, casi ciego y sordo, con enfermedades complicadísimas.
En esa materia, la de los presos políticos, aún existen cientos de situaciones particulares que claman al cielo; cuatrocientos -cincuenta desde el 10 de diciembre de 2015- han muerto en cautiverio por falta de adecuada atención médica, y muchos de los sobrevivientes se encuentran en la cárcel con prisiones preventivas por períodos que exceden, por años, el máximo permitido por la ley, pese a que obviamente no pueden alterar las pruebas (en la mayoría de los casos, inexistentes o fraguadas) de las investigaciones ni existe peligro de fuga, dada la edad -promedio: 76 años- con que cuentan y el precario estado de salud que padecen.
Elevo mis plegarias por el sacrificado pueblo venezolano, como también lo hago por el cubano, mientras ruego que mis pronósticos de fin de ciclo se cumplan en toda América.
Bs.As., 22 Abr 17

(*) Enrique Guillermo Avogadro. Abogado
E.mail: ega1@avogadro.com.ar
E.mail: ega1avogadro@gmail.com
Site: www.avogadro.com.ar
Blog: http://egavogadro.blogspot.com
Fuente: Comunicación personal del autor

Un auténtico problema argentino: La conspiración de los Psicópatas

Por German Berizzo (*)

Los argentinos tenemos la triste costumbre de reivindicar a ciertos gobernantes, muchos años después de su muerte física. Pasó con Arturo Frondizi, Arturo Illía, Alejandro Lanusse, Raúl Alfonsín, y tal vez, pase con Carlos Menem cuando él ya no esté entre nosotros.
Es posible que esto se deba a que una constante decadencia iniciada en la década del 20 haga extrañar a los gobernantes pasados, dado que la realidad y nuestros propios desaciertos nos van empujando hacia una realidad cada vez peor, pero nos resulta más fácil reivindicar a los pasados gobernantes y vituperar a los actuales que agarrar un gran espejo y mirarnos larga y fijamente……
Verán ustedes que he omitido, deliberadamente, a Juan Carlos Onganía, Marcelo Levingston, Héctor J. Cámpora, Raúl Lastiri, Juan Domingo Perón, Isabel (María Estela Martínez), las juntas militares, Fernando De La Rúa y los Kirchner.
¿Por qué?
> Levingston, Cámpora y De la Rúa no tuvieron el tiempo suficiente como para que se pueda hacer un juicio de valor sobre sus gestiones y personalidades.
> Onganía, Lastiri, Isabelita, las juntas y los Kirchner, independientemente de la duración de sus gestiones, mostraron rasgos de personalidades psicopáticas que marcaron a fuego por décadas a los argentinos, lo que no exime a éstos, a nosotros, los argentinos, de la animalada de haberles confiado el poder casi absoluto con el que contaron estos personajes, jugando el macabro juego de delegar irresponsablemente el poder en un líder salvador.
A Perón lo dejo afuera del reparto porque juega en otra categoría. La de prócer.
Es posible que en sus dos primeros gobiernos también haya tenido una personalidad psicopática, pero muchas de sus actitudes, al menos las que testigos presenciales y cercanos durante su tercer gobierno cuentan, demuestran que en su avanzada edad y dada la pérdida de poder que por casi 20 años lo sacó del efectivo ejercicio de éste, su personalidad se habría vuelto mucho más republicana, conciliadora y realista.
Veamos los hechos recientes. Dos psicópatas, para colmo pareja, se hicieron del Poder Ejecutivo y dominaron el Legislativo ('Anche' el Judicial, cobarde y acobardado) casi a gusto.
Visto el resultado exitoso de la pareja, cientos de protopsicópatas afloraron hacia la cima del poder generando un efecto de avalancha hacia los estratos más bajos de la sociedad, que entendieron que cuanto más cínicos, truchos y violentos, más chances de acceder al poder tenían.
¿Es posible revertir esto? Parece difícil, pero algo se puede hacer a partir de la actual gestión de gobierno. Pero no nuevamente tirándole la responsabilidad al gobierno. Debemos, de una vez, ponernos los pantalones largos, asumir nuestras propias responsabilidades y comenzar a defender los valores que nos pueden sacar del pozo, desde cada lugar en el que nos toca actuar. Esto implica dejar de ser políticamente correctos y plantarle un freno a los populistas con los que nos toca en suerte compartir espacios de trabajo o convivencia.
Entender la necesidad de informarnos acerca de cada una de las mentiras sobre las que se construyó el relato K y los anteriores, armarnos una opinión propia a partir de múltiples fuentes de información, siempre que estas sean veraces y no representen un punto ideológico de posición.
En definitiva, ser responsablemente medidos en el acceso a la información.
Esta herramienta es definitiva para desarticular cualquier tipo de relato. Sea K o M. No tiene importancia. Lo importante es discernir entre verdad y relato para ponerle freno al verso cada vez que éste aparezca en escena.
Yendo ahora a la actualidad, Macri puede gustar o no. Puede ser torpe políticamente, puede tener actos de impericia, o puede tener graves problemas de timing. Quizás no y sólo lo parezca o sea su modo de gestionar. Pero hay algo que se nota en él, en Michetti, en Vidal y en buena parte del gabinete que afortunadamente, representa un borbotón de aire fresco: Ninguno de ellos tiene un perfil psicopático, y si lo tiene, no se evidencia que sea estructural o de una gravedad que haga temer un daño serio a la sociedad.
Sea por suerte, por casualidad o por un designio del destino, tenemos la oportunidad única de contar con un gobierno poblado de gente medianamente normal, con la salvedad de que, por un tema de relaciones interpersonales, Macri se ha rodeado en exceso de gente del segmento socioeconómico ABC1, lo que puede atentar contra la comprensión del global social, debido al prejuicio que sobre estratos mas bajos impera en este segmento.
De todas maneras, comparado con el PeJotismo aspiracional patagónico que lo precedió, esto se parece bastante al paraíso.
Pero ahora quisiera ahondar en el tema que disparó esta nota.
Los lectores habrán notado reiteradas referencias a los perfiles psicopáticos de nuestros gobernantes y si bien parece un punto de vista exagerado, necesito caer en lo autorreferencial para poder explicarme mejor.
Hace unos años acepté ser candidato a concejal por un partido minoritario considerado “antinacional” y “antipopular”. Todo el grupo humano que conformaba este partido tenía sus propias actividades y en la mayoría de los casos, sus componentes eran exitosos en sus respectivas áreas.
Como a nuestro grupo le costaba “levantar” en las encuestas, nos ofrecieron un apoyo externo para “politizarnos”. La conclusión del grupo, luego de varios días de trabajo conjunto, fue que nosotros adolecíamos de “falta de apetencia de poder”  y que para tener apetito de poder hacía falta un cierto grado de “psicopatía”. Eso me quedó grabado en la mente por años y siempre me rondó la idea de determinar cuál podría ser el nivel “aceptable” de psicopatía en un gobernante y cómo se podría instrumentar algún mecanismo de control o filtro para evitar que psicópatas extremos/estructurales como los que hemos sufrido puedan acceder al poder.
A lo largo de mi vida pude ser testigo de la evolución (¿involución?) de personas que en los comienzos de su actividad política evidenciaban una anormal vocación de servicio y, pasados los años, mostraron un nivel de cinismo, crueldad e irresponsabilidad que solamente un alto nivel de desequilibrio psíquico debieron hacer posible. Obviamente, habían logrado detentar cierto grado de poder. ¿Fue el poder el que disparó esa patología en la personalidad, o simplemente la falta de poder hizo que tal patología fuera reprimida?
Pero, ¿Cómo hacer que una Legislatura poblada de psicópatas vote una norma autolimitante?
Justamente, el psicópata no es consciente de su psicopatía y por allí puede estar el cerrojo para abrir una puerta que puede ser revolucionaria en todo el mundo y así evitar Stalins, Hitlers, Maduros, Trumps y/o Kirchners.
Recurrentemente recibo correos o whatsapps con solicitud de adhesión a determinadas ideas de limitación a los legisladores, orientadas a igualar a éstos con el resto de la sociedad. Nunca van a permitirlo porque se trata de gente mayoritariamente enferma que se autoasume como mártir en representación de su pueblo. El camino es cerrarles, justamente, el camino. Impedir por medio de profundos exámenes, que accedan a cualquier posición de poder. Y cuando digo “cualquier posición de poder” me refiero a los tres poderes constitucionales y a cualquier poder subsidiario (Policía, ejército, marina, gendarmería, etc.)
Pero asumiendo que todos, en alguna medida, portamos algún componente psicopático, El Tema es lograr determinar cual es el punto de corte en el que el nivel de psicopatía pasa/no pasa.
Debemos poner este tema en debate. No puede ser que estemos permanentemente condicionados por personas con diferentes tipos de patología que tienen la capacidad perversa de hacerse con un poder al que, los que nos consideramos más o menos normales, no aspiramos.
(*) Germán Berizzo. Empresario de la electrónica y las telecomunicaciones radicado en San Carlos de Bariloche (Río Negro). Artículo publicado en Urgente24 el 23 de Abril de 2017

miércoles, 19 de abril de 2017

Robin Hood, el símbolo de la bacarrota moral

Por Yanina Pantiga (*)

“¿Se pregunta por qué el mundo se hunde a nuestro alrededor? Por eso estoy luchando, Señor Rearden. Hasta que la gente aprenda que, de todos los símbolos, Robin Hood es el más inmoral y despreciable, no existirá justicia en la Tierra ni posibilidad de que la humanidad sobreviva”. (La Rebelión de Atlas, Ayn Rand)
Originariamente, Robin Hood era un hombre que luchaba contra gobernantes saqueadores y les devolvía el botín a quienes habían sido robados, pero ese no es el significado de la leyenda que sobrevivió.
Vulgarmente se recuerda a Robin Hood como un hombre que robaba a los ricos para darles a los pobres. Un personaje que practicaba caridad con la riqueza de la que no era dueño; simbolizando la idea de que la necesidad, y no el logro, es la fuente de todo derecho.
Curiosamente, se puede trazar un paralelismo entre la leyenda de Robin Hood y la famosa frase de Evita: “Donde existe una necesidad, nace un derecho”.
De este modo, el símbolo de Robin Hood y el Eslogan Populista se han convertido en la justificación de los seres mediocres, incapaces de ganarse su sustento.
A continuación pondré de manifiesto dos de las contradicciones más burdas que presentan en común ambas falacias:
Ambos símbolos resultan contradictorios con la Teoría Psicológica Conductista del “Condicionamiento Operante” y con el sistema de la MERITOCRACIA.
Brevemente, se define al Condicionamiento Operante como una forma de aprendizaje por medio de recompensas y castigos. Este tipo de condicionamiento sostiene que una determinada conducta y una consecuencia, ya sea un premio o castigo, tienen una conexión que nos lleva al aprendizaje. Básicamente, sostiene que un sujeto tiene más probabilidades de repetir las formas de conducta que conllevan consecuencias positivas y, por el contrario, menos probabilidades de repetir las que conllevan consecuencias negativas.
En este orden de ideas, no debe perderse de vista que los sujetos que consumen lo que no han ganado y disfrutan de la riqueza que no han generado, reciben una recompensa por su conducta improductiva. Y ante la consecuencia positiva que trajo aparejada su conducta (o mejor dicho, su inconducta), se puede concluir que tenderán a comportarse de la misma manera, a los efectos de continuar recibiendo recompensas que razonablemente no merecen. 
En contra de toda expectativa razonable, en el mundo en que vivimos se premia al vicioso, otorgándole el derecho de vivir a expensas del virtuoso. El fracaso te da derecho a recompensas, no el éxito.
Degradando, consecuentemente, el criterio más justo (por no decir el único) que se puede implementar para la distribución de los premios y ventajas asociadas: el mérito del esfuerzo individual.
Otra de las contradicciones más atroces se verifica cuando, a título justificativo, se recurre a la antinomia “Derechos Humanos” vs. “Derecho de Propiedad”, como si unos fueran posibles sin los otros.
Con el objeto de refutar esa falsa antinomia realizaré un análisis muy básico: El derecho a la vida es la fuente de todos los derechos y el derecho a la propiedad constituye el único medio para implementarlo; ya que cada hombre debe trabajar para generar su propio sustento (o “producir al menos lo que consume” – 5º verdad peronista) y, consecuentemente, debe poder  retener el producto de su esfuerzo. El hombre que produce mientras otros disponen del producto de su esfuerzo, es un esclavo.
Máxime, no puede desconocerse que el origen del derecho de propiedad es la ley de causalidad: así como no pueden existir efectos sin causas, tampoco puede existir la riqueza sin su fuente: el trabajo del Hombre. No puede haber riqueza sin causa. No es posible hacerse rico consumiendo sin producir.
El gobierno no es el dueño de las rentas de los ciudadanos y, en consecuencia, no puede tener un cheque en blanco sobre esas rentas. Los parásitos utilizan la riqueza de los trabajadores/productores, mientras nos destruyen. Utilizan los efectos mientras niegan las causas. Proclaman su derecho a consumir lo no ganado e ignoran la cuestión de quien lo produjo. Es como querer mantener la luz encendida pero destruir los generadores.
Debemos comprender que la realidad es un absoluto que no puede falsearse, que lo que no se gana no puede ser disfrutado, que lo que no se merece no puede ser dado.
Ir en contra de la lógica nos conduce a un inevitable colapso; el único acto que puede salvarnos es PENSAR. No acepten pasivamente los dogmas que nos imponen. Analicen cada postulado sin importar quien es el emisor y si trae intrínseco una contradicción, ¡verifiquen sus premisas! LA NATURALEZA PROHIBE LO IRRACIONAL. LA RAZÓN NO ACEPTA CONTRADICCIONES.

“El único delito moral verdadero que puede cometer un hombre contra otro es el de generar, por medio de sus palabras o acciones, una impresión contradictoria, imposible e irracional, trastornando así el concepto de irracionalidad de su víctima”. (La Rebelión de Atlas, Ayn Rand).
No elijan creer en lugar de pensar, ¡creer es no saber!
(*) Yanina Pantiga. Abogada.
Fuente: Comunicación personal de la autora 

Carta abierta de un sobreviviente de los 70 a un mito

Por Marcelo Vagni (*)
Carta abierta a Rodolfo Walsh

Don Rodolfo, le cuento que la carta que usted escribió a la Junta Militar el 24 de marzo de 1977, al cumplirse un año del golpe militar, se ha vuelto muy conocida y hasta se enseña en los colegios secundarios. Esto, aunque usted no lo pueda creer, no es producto del triunfo de la revolución socialista. No. Muy por el contrario, aunque esto lo va a sorprender más aún, no sólo dicha revolución jamás triunfó en la Argentina, sino que hasta la mismísima Unión Soviética capituló y dejó de existir hace más de 25 años. En esta época, hasta Rusia y China son capitalistas. El Pacto de Varsovia se disolvió. El muro de Berlín fue derrumbado y Alemania se ha reunificado; obviamente la que dejó de existir fue Alemania Democrática. Contrariamente a la proclamada "irreversibilidad del proceso revolucionario mundial", el mundo finalmente no terminó siendo comunista. Aunque no pueda creerlo, hasta en Vietnam, que en la época de su muerte acababa de ganar la guerra contra Estados Unidos (1975), hoy están radicadas las multinacionales norteamericanas, y las zapatillas Nike, unas que usted no llegó a conocer pero que son tan importantes como las alemanas de las tres tiras, se fabrican allí.
Cuando usted escribió su famosa carta, yo tenía 16 años y me encontraba preso en la cárcel de Devoto a disposición del Poder Ejecutivo Nacional. La dictadura me había secuestrado, torturado y finalmente encarcelado. Fui secuestrado en mi casa el 19 de enero de 1977 y permanecí detenido hasta el 17 de junio del mismo año. Detenido desaparecido a los 15 años y puesto a disposición del PEN a los 16, me convertí en el preso político más joven de la historia argentina.
Pero, claro, eso lo logré gracias a que no le hice caso a usted y su hija, que promovían suicidarse para no "caer vivos", ya sea tomándose la pastilla de cianuro como su amigo Paco Urondo, según usted mismo relata, tiroteándose sin ninguna posibilidad de éxito como usted, o pegándose un tiro en la cabeza como su hija Vicki.
Como en esta época la verdad carece de mayor valoración y la gente dice cosas sin justificar de dónde las saca, un amigo, periodista como usted, me recomienda que ponga entre comillas a qué me refiero cuando opino de sus dichos, así que me tomaré este trabajo, aunque a mí particularmente me resulte tedioso.
Walsh: "Mi hija no estaba dispuesta a entregarse con vida. Era una decisión madurada, razonada… Llevaba siempre encima una pastilla de cianuro, la misma con la que se mató nuestro amigo Paco Urondo… He visto la escena con sus ojos… Me ha llegado el testimonio de uno de esos hombres, un conscripto… 'De pronto, dice el soldado, hubo silencio. La muchacha dejó la metralleta… Empezó a hablarnos en voz alta pero muy tranquila. No recuerdo todo lo que nos dijo. 'Ustedes no nos matan', dijo el hombre, 'nosotros elegimos morir'. Entonces se llevaron una pistola a la sien y se mataron enfrente de todos nosotros'".
Le tengo que decir que hace pocos días compré un diario en un quiosco que reproduce la carta que usted escribió a propósito de la muerte de su hija con el título de "Carta a mis amigos" y no puedo más que acompañarlo en el profundo dolor que este hecho debe producir. Terrible.[i]
Pero, don Rodolfo, voy a tener que refutarlo en este punto de promover la conducta de no entregarse vivo y morir heroicamente suicidado que usted alienta en dicha carta.[ii]
Walsh: "Me he preguntado si mi hija, si todos los que mueren como ella tenían otro camino… Vicki pudo elegir otros caminos que eran distintos sin ser deshonrosos, pero el que eligió era el más justo, el más generoso, el más razonado".
¿Sabe qué, don Rodolfo? Yo tenía 15 años cuando caí preso, era militante, me torturaron, no canté a nadie, después fui preso, finalmente me liberaron, seguí mi vida. Tengo dos hijos, hice muchísimas cosas en mi vida y hasta fui feliz. Estoy acá escribiendo estas líneas a más de 40 años de mi detención a manos del Batallón 601 de Operaciones del Ejército. Mis hijos hermosos son prueba de lo que digo.
Suicidarme no era ni más justo ni más generoso, ni mucho menos razonado. No era mejor que me matase en el momento de la detención como usted proponía. Vivir siempre es mejor que morir. Lástima que usted jamás supo ni pudo decirle esto a los jóvenes, ya que usted es producto de una época en que se promovió la guerra, y su lamentable lógica e irremediable consecuencia: la muerte.
¿Sabe, don Rodolfo? Recientemente, llegando a casa, pasé por donde hoy funciona un espacio de derechos humanos en lo que fue un centro de detención clandestino, y allí un grupo de jóvenes, muy jóvenes, en un acto cortaban la calle y entonaban viejas consignas, tal vez hoy dichas de manera muy distinta a cuando se cantaban en su época. "Montoneros: patria o muerte" escuché nuevamente cantar a viva voz. Y me pregunté: ¿De la muerte de quién estarán hablando estos chicos? ¿De la de ellos mismos? ¿O de quienes piensan matar?
¿Será que los miles de militares y civiles asesinados por la guerrilla, que los millones de argentinos que vieron su vida alterada por estos sucesos y que los miles de desaparecidos que llegó a haber en la Argentina no han sido suficientes para que aprendamos la lección?
Haberme cruzado a los chicos cantando consignas de Montoneros y que pueda comprarse en un kiosco el periódico que reproduce su carta de apología del suicidio heroico con la misma facilidad con que se compra un helado en una heladería son dos hechos que me han decidido finalmente a escribirle estas líneas. No sea cosa que terminemos repitiendo los mismos errores y nos encontremos en un futuro lamentando las nuevas muertes de un enfrentamiento sin sentido que tiene que ser claramente condenado y que ha sido peligrosamente reavivado por el relato en los últimos años.
Para esto, don Rodolfo, disculpe, pero hay que empezar demoliendo mitos. Como el suyo, buscando una mirada que comprenda lo que nos pasó.
(*) Marcelo Vagni. Ex-militante montonero. Carta abierta a Rodolfo Walsh. Puiblicado en Infobae el 18 de Abril de 2017