miércoles, 22 de marzo de 2017

Cronología de un desastre educativo

Por Edgardo Zablotsky (*)

Los años pasan y nada cambia. A partir de febrero de 2012 he publicado en este espacio cuatro notas motivadas en los paros docentes que anuncian la llegada del otoño. En cada una de ellas he realizado propuestas tendientes a mejorar la educación que reciben nuestros niños, habituales víctimas de la extorsión sindical. Demás estar decir que nunca fueron siquiera consideradas por el anterior gobierno.
Hoy la crítica situación me motiva a hacerlo una vez más. Ojalá el actual gobierno evalúe la simple propuesta que he desarrollar, que minaría significativamente el poder de los sindicatos docentes, una corporación interesada en que nada cambie para mejor en la educación Argentina.
En febrero de 2012 la amenaza de paros anunciaba el próximo inicio de las clases. Representantes sindicales afirmaban que "la sensación es que no se termina de valorar lo que es el salario del docente". Estaban en lo correcto, el ser educado por un maestro no calificado provoca efectos perdurables a lo largo de toda la vida. En virtud de ello propuse la evaluación docente, la capacitación de aquellos que así lo requiriesen y el traslado a tareas fuera del aula de quienes no adquiriesen las calificaciones necesarias.
Un año más tarde la historia se repitió. Por ello sugerí aprender de otras sociedades, en particular de Holanda, un país que favorece la igualdad de oportunidades al permitir que todas las familias elijan la escuela a la que concurren sus hijos, independientemente de sus posibilidades económicas.
En marzo de 2014 comenzó un interminable paro en la provincia de Buenos Aires. Era urgente que se iniciase el ciclo lectivo pero era aún más importante que los niños adquiriesen conocimientos relevantes durante el mismo. ¿Considera usted que ello sucedió? Es claro que yo no.
Marzo de 2015 trajo consigo la amenaza de nuevos paros. Respetando el derecho de los docentes a gozar de un salario digno, cuestioné en esa ocasión que dicho salario se encontrase asociado a la antigüedad y no al mérito.
Luego del descanso que nos brindó el año pasado, aquí estamos nuevamente. Argentina requiere una verdadera revolución educativa en los hechos y no sólo en las palabras. Es imprescindible enfrentar a los sindicatos docentes en lugar de negociar con ellos.
¿Cómo hacerlo? De permitirse a los padres elegir cuál es la mejor alternativa educativa para sus hijos, se asestaría un golpe de magnitud a los sindicatos, quienes lucran del poder monopólico de la escuela pública para aquellas familias cuya realidad económica les impide considerar otras posibilidades.
Si a los estudiantes se les entrega un bono educativo con el cual financiar su educación, ya sea en una escuela pública o privada, disminuirá considerablemente el dinero que los sindicatos recaudan. Ese sería el comienzo de la verdadera revolución educativa que la Argentina requiere. ¿Se atreverá el Gobierno a llevarla a cabo?
Nadie puede estar peor por tener la oportunidad de elegir, ni siquiera un líder sindical lo puede cuestionar.
(*) Edgardo Zablotsky. Miembro de número de la Academia Nacional de Educación. Vice- Rector de la Universidad del CEMA. Artículo publicado el 22 de Marzo de 2017 en El Cronista

El marxismo cultural

Por Ignacio M. García Medina (*)
(*) Ignacio M. García Medina, Profesor de Gestión de Empresas, ofrece una simpática presentación en la que reflexiona sobre el asalto marxista a la educación y la cultura con numerosos ejemplos en su ponencia del 21 de julio en la XI Universidad de Verano del Instituto Juan de Mariana en Lanzarote. Video en el Canal Youtube del Instituto Juan de Mariana.

martes, 21 de marzo de 2017

Cronologia de la tragedia educativa un analisis sobre el conflicto docente

Por Edgardo Zablotsky (*)
Edgardo Zablosky opinó sobre el paro docente y presentó una propuesta para solucionar este problema reincidente, en una entrevista con DyN.
Zablosky expresó que la forma de mejorar la calidad educativa pasa por darle el poder a los padres de elegir donde educar a sus hijos.
(*) Edgardo Zablotsky. Consejero Académico de Libertad y Progreso, es Ph.D. en Economía en la Universidad de Chicago, 1992. Ejerce los cargos de Profesor Titular y Vicerrector de la Universidad del CEMA. En Noviembre 2015 fue electo Miembro de la Academia Nacional de Educación. Consultor y conferencista en políticas públicas en el área educativa, centra su interés en dos campos de research: filantropía no asistencialista y los problemas asociados a la educación en nuestro país. Video incluido en el Canal Youtube de Sitio Andino

Pobreza: cómo sacar las tres mochilas que pesan sobre los inversores

Por Gustavo Lázzari (*)

La Argentina es un país sin tiempo. Sin embargo como sociedad actuamos como si nos sobrara. Ante cada indicador económico y social discutimos las causas, los motivos y los culpables. Ríos de tinta derrochados con los ojos en la nuca.
Nos regocijamos buscando culpables y facturando responsabilidades que nunca se pagan. Quizás un psicólogo nos diga que la mejor manera de evitar el duro trabajo de encarar la solución sea perder el tiempo echando culpas.
La pobreza al 32%, inflación al 20%, crecimiento para este año con suerte al 3% son indicadores de un problema muy serio. La Argentina está en decadencia desde hace décadas.
Los historiadores deberán estudiar las causas, los motivos y quizás los responsables. Sin embargo, los gestores de política pública son los encargados de llevar a cabo las soluciones. Si los gestores hacen historia, estamos en problemas.
Sabemos lo que fue el kirchnerismo desde el punto de vista de la corrupción, el dislate económico y la brutal decadencia conceptual. El peor de los legados, sin duda. No obstante, refugiarse en la herencia es un error, un desgaste de energía inconducente.
El Gobierno debió explicitar el 11 de diciembre de 2015 el detalle del desastre recibido. No lo hizo. Ya está, pasó la oportunidad. Ahora debe encarar las soluciones para disminuir rápidamente la pobreza, bajar la inflación y encarar una senda de crecimiento sostenido. La mala noticia es que continúa con medidas inútiles como la proliferación de planes. La buena noticia es que aún se está a tiempo.
Hay tres motivos por los cuales los pobres son pobres. Más allá de causas últimas como cuestiones educativas y culturales. Los pobres son pobres porque: no tienen trabajo; trabajan pero no producen; trabajan, producen pero lo que producen no vale.
Si lo que falta es demanda de trabajo, tenemos un problema en el mercado laboral. No hay vuelta, por más que la mitología política nos diga otra cosa. Si la oferta de trabajo es mayor que la demanda de trabajo, o bajan los salarios o bajan los costos laborales no salariales (legislación laboral).
Si una persona trabaja pero no produce, quiere decir que se esfuerza pero su esfuerzo no alcanza para transformar la materia. No tiene productividad. En este caso lo que falta es capital. A esa persona le falta una máquina, un bien de capital que lo ayude a producir más. Una persona que corta el pasto con la mano produce menos que lo que lograría ayudado por un tractor. La mitología política argentina pretendió solucionar la pobreza combatiendo al capital, el mejor amigo de los pobres. Nada ayuda más al trabajo que la inversión en maquinarias y equipos.
Por último, puede suceder que una persona trabaja, produce, pero lo que produce no vale. Por ejemplo, un cartonero, trabaja, carga cientos de kilos de cartón al día pero su esfuerzo vale 1,50 pesos el kilo (si tiene suerte). No tiene valor. En este caso, lo que hace falta es canalizar el esfuerzo hacia actividades más productivas. Falta apertura económica.
Por tanto, para solucionar la pobreza, contrariamente a lo que dice la liturgia política argentina, es necesario destruir las tres mochilas que pesan sobre los que invierten, crean trabajo y compiten. Esto es, la mochila fiscal, la regulatoria y la laboral.
La presión impositiva ronda el 45%-47% de los ingresos. En Argentina los impuestos son elevados, complejos y discriminatorios. No hay ni tiempo ni margen para la pinza de depilar. Debemos asumir una reforma impositiva revolucionaria. Es un delirio intentar cobrar con un sistema fiscal inviable. Debemos pensar en la derogación de la mayor parte de los impuestos nacionales y provinciales, y reemplazarlos por un impuesto único como los casos de Estonia e Irlanda, hoy los países que mayores inversiones reciben en Europa.
La mochila regulatoria frena, encarece y desanima proyectos de inversión nuevos y vigentes. La Argentina es una economía de permisos. Hay 800 mil empresas en el país que diariamente tienen que pedir permisos al Estado. Permisos para construir, comprar, vender, importar, exportar, producir, distribuir. Cada etapa productiva requiere un sello de un funcionario estatal. Para que un kilo de carne de pollo llegue a la mesa del lector, el sector avícola debió haber realizado 160 trámites diferentes. Según un estudio del Banco Mundial abrir una empresa en Argentina es cincuenta veces más caro que en Nueva Zelanda y catorce veces más engorroso. Las regulaciones condenan a un desocupado a ser piquetero antes que emprendedor. El permiso mata posibilidad.
En materia de legislación laboral, el subsidio al ausentismo, la elevada judicialización y los costos de la protección laboral disminuyen la demanda de empleo. Lejos de proteger al trabajador, la mochila laboral generó un ejército de desempleados.
La disminución de la pobreza no pasa por la distribución del ingreso ni por la proliferación de los planes sociales. Ya han demostrado el fracaso. Rotundo. La solución pasa por eliminar las mochilas que inhabilitan la productividad y el trabajo.
(*) Gustavo Lázzari. Economista y miembro de la Fundación Libertad y Progreso. Profesor universitario. Artículo publicado en INFOBAE el 21 de Marzo de 2017

EduCard. La tarjeta que cambiaría de raíz la educación argentina

Por Edgardo Zablotsky (*)

En marzo de 2013 publiqué en este mismo espacio una nota motivada en dos eventos que atraían nuestra atención: el usual conflicto docente en la Provincia de Buenos Aires, originado al no arribarse a un acuerdo en la paritaria del sector y la absurda iniciativa del por entonces secretario de Comercio Guillermo Moreno, dirigida a crear una única tarjeta para realizar compras en los supermercados, en reemplazo de las tarjetas de crédito existentes.
En aquella nota proponía que en lugar de diseñarse una tarjeta que transformase en un monopolio un mercado en el cual las empresas competían activamente por sus clientes, se podría estructurar una tarjeta alternativa con el fin de disminuir el costo del virtual monopolio estatal de la educación. Afirmaba que mediante una tarjeta de este tipo, a la cual denominé EduCard, las familias, en un marco de equidad, podrían acceder a una oportunidad sin precedentes para elegir la educación que habrían de recibir sus hijos. Por supuesto, la propuesta no fue siquiera considerada por el anterior gobierno.
Hoy lamentablemente esta propuesta es tan pertinente como cuatro años atrás. Millones de estudiantes son virtuales rehenes de la disputa paritaria. Es claro que esta clase de conflicto incentiva aún más el éxodo de la escuela pública; muchos padres ya están realizando un importante sacrificio económico para proveerles a sus hijos una mejor educación. Es indispensable que el Estado los apoye y privilegie el futuro de los niños y jóvenes de nuestro país sobre cualquier otro interés.
¿Cómo lograrlo? Sencillo. Un monopolio genera importantes costos para los consumidores ¿Qué mejor evidencia de ello que el virtual monopolio estatal de la educación? Al fin y cabo, aquellas familias carentes de posibilidades económicas para optar entre una institución pública y otra privada enfrentan al Estado como el proveedor monopólico de los servicios educativos que reciben sus hijos.
¿Por qué no estructurar una tarjeta que permita cambiar esta realidad? La misma podría ser entregada a todos los padres de familia o, si fiscalmente ello no es factible, a aquellas familias que califiquen según un criterio de necesidad, con un único importe acreditado a ser aplicado cada mes, ya sea en una institución educativa pública o privada. De esta forma parte del presupuesto educativo seguiría a los alumnos y aún las familias más humildes tendrían la oportunidad de elegir la educación que habrían de recibir sus hijos.
El sistema no atentaría contra la educación pública. Ninguna familia estaría obligada a dejar de enviar sus hijos a la escuela que actualmente concurre. De hacerlo es porque opina que la alternativa elegida provee mejores servicios educativos o más adecuados para los gustos, necesidades o habilidades de sus hijos.
Muchas voces se alzarán contra esta propuesta pero yo les pregunto: si llevamos a cabo una estadística entre los miembros del Congreso y los ciudadanos en altos cargos en el Poder Ejecutivo respecto del tipo de colegio en el cual cursan o han cursado la educación obligatoria sus hijos, ¿no les sorprendería descubrir que una amplia mayoría de aquellos que defienden la educación pública para el resto de sus compatriotas envían sus hijos a instituciones privadas? Estoy seguro que es así.
¿Estará el gobierno del presidente Macri dispuesto a evaluar una propuesta en pos de una real igualdad de oportunidades? ¿Qué mejor forma de refrendar con los hechos su voluntad de llevar a cabo una verdadera revolución educativa?
(*) Edgardo Zablotsky. Economista. Vice-Rector de la Universidad del CEMA. Miembro de número de la Academia nacional de Educación. Artículo publicado en Ámbito Financiero el 20 de Marzo de 2017

A mayor gasto “social”, más pobreza

Por Roberto Cachanosky (*)

Lejos estamos de ser una economía que podríamos llamar capitalista o liberal. Claramente estamos en presencia de un estado progre populista que gasta cada vez más en planes sociales
Ya es una discurso común de los políticos afirmar que no se puede quitar la ayuda social a los más humildes porque no podrían transitar el período hasta que lleguen las inversiones, se creen nuevos puestos de trabajo y esa gente pueda cobrar un sueldo. En rigor los que no podemos aguantar más somos los contribuyentes que venimos siendo exprimidos desde 2003 sin ninguna piedad para sostener un monto cada vez mayor de gastos sociales. El cuadro 1 muestra la evolución del gasto social, incluye jubilaciones, en pesos corrientes desde 2001 hasta 2016. Como puede verse en el gráfico, el gasto en pesos corrientes aumentó 42,5 veces. Como referencia, el dólar paso de $ 1 a $ 16, es decir, creció 16 veces, así que en dólares se disparó.
Los gastos sociales que muestra el gráfico 1 solo hacen referencia a los gastos de la nación, no incluye las provincias ni los municipios. Como puede verse aumentó 42,5 veces desde 2001 hasta 2016.
El gráfico 2 nos muestra la evolución del gasto social en pesos constantes de 2016 utilizando inflación Congreso desde el 2007 en adelante para hacer el ajuste. En este caso aumentó 2,58 veces en términos reales, o se casi se triplicó. En otras palabras, cada vez se destina más dinero en pesos constantes a pagar jubilaciones, subsidios, educación, vivienda, etc. y la gente es cada vez más pobre, los jubilados están que trinan y los piqueteros siguen extorsionando con sus cortes de calles.
El gráfico 3 muestra la evolución del gasto social sin incluir las jubilaciones y las pensiones. Es decir, el gasto en educación, salud, vivienda, etc. que, en valores constantes de 2016, aumentó 2,4 veces en términos reales. Siempre crece el gasto social en términos reales.

Finalmente si la cuenta la hacemos en dólares, vemos que el gasto social total pasó de U$S 27.543 millones en 2001 a U$S 79.325 millones en 2016, o sea que se multiplicó por 2,88 veces. Pero si tomamos desde el 2003, cuando empezó el gobierno de los Kirchner hasta el 2016 el gasto crece 6,6 veces en dólares.
Cualquiera sea la manera que uno haga la cuenta, aquí presento solo 4 opciones, vemos que el llamado gasto social, solo tomando la nación, sin incluir municipios y provincias, crece fenomenalmente.
Como último dato, el 64% del gasto público de la nación se destina a los llamados gastos sociales, es decir, jubilaciones, salud, educación, subsidios, etc.

De lo anterior se desprende que lejos estamos de ser una economía que podríamos llamar capitalista o liberal. Claramente estamos en presencia de un estado progre populista que gasta cada vez más en planes sociales y ni siquiera primero cumple con su función primordial que es defender el derecho a la vida, la libertad y la propiedad de las personas. La seguridad es desastrosa. Pero también la calidad de vida de la gente viene en decadencia porque la contrapartida de semejante fiesta de gastos sociales es una carga tributaria que espanta la inversión, genera menos puestos de trabajo, aumenta la informalidad, la pobreza y la desocupación.
Es falso que los gastos en programas sociales mejoren la vida de la gente. Claramente la gente vive cada vez peor a pesar de incrementar brutalmente los recursos destinados a los planes sociales. Desde el punto de vista conceptual la gente vive peor porque, como decía antes, espanta las inversiones y cultiva la cultura de la dádiva. La gente no produce y prefiere ser mantenida mientras el estado saquea a los que producen.
Pero además, la política se ha transformado en una actividad política muy rentable en que todos estos fondos se transformaron en fuentes de corrupción y una manera de comprar votos.
En definitiva, no vengan con el verso de que gracias a los planes sociales la gente puede vivir. La gente vive cada vez peor, se degrada como ser humano al ser un vago y se espantan las inversiones que pueden sacar a la gente de pobreza y darles la dignidad del trabajo.
La conclusión es que los gastos sociales son un negocio político y no una manera eficiente de ayudar a la gente. A la gente se la ayuda creando las condiciones para que pueda trabajar y vivir de su salario.
El estado de bienestar es un verso que inventaron los políticos para, con la plata del contribuyente, terminar haciendo su propio negocio político.
(*) Roberto Cachanosky. Economista (UCA, 1980) Director de Economía para todos. Artículo publicado el 20 de Marzo de 2017, en la Edición N°670

lunes, 20 de marzo de 2017

¿Seguiremos mirándolo por televisión?

Por Enrique Guillermo Avogadro (*) 

“En la trinchera no hay ateos” 
Siempre he sostenido que “con una Justicia seria, independiente y rápida, todo será posible; sin ella, nada lo será”. Hoy afirmo que la nuestra, con sus inexplicables demoras en la justificada detención –porque están alterando las pruebas y se los imputa de delitos no excarcelables- de los responsables del saqueo, contribuye en mucho a afectar la gobernabilidad.
Esta semana el operativo destituyente del kirchnerismo –sumado a un importante sector del peronismo de la Provincia de Buenos Aires, a los “trabajadores de la educación”, a las dos CTA, a los movimientos trotskistas y a organizaciones piqueteras- para recuperar el poder y, por qué negarlo, garantizar la impunidad de su jefa y la banda de gangsters que integran su asociación ilícita, se puso finalmente en marcha. Lamentablemente, los tres gobiernos se rehusan a utilizar la fuerza pública para evitar los desmanes, por miedo a que les tiren un muerto, el recurso habitual de los complotados. Olvidan que esa actitud se transformará en una elevadísima factura que les presentará en octubre su propia base electoral, harta de las complicaciones que los permanentes cortes e impedimentos traen aparejadas, mientras que los beneficiarios de tanta inacción jamás los votarán.
La pregunta obligada es, entonces, qué debemos hacer los ciudadanos de a pie, que mayoritariamente optamos por Macri y Vidal, para evitar que estos subversivos sigan avanzando, como siempre ha sucedido cuando quien ocupaba la Casa Rosada no era peronista. ¿Cómo olvidar que, para robarse YPF, Néstor nos dejó sin luz ni gas, y con ello dilapidó las reservas?, ¿que “desapareció” los fondos de Santa Cruz?, ¿que trató de destruir al campo?, ¿que canceló anticipadamente la deuda con el FMI y nos endeudó con Chávez a tasas enormemente mayores?, ¿que el kirchnerismo fue socio del potenciado narcotráfico?, ¿que su viuda intentó “democratizar” la Justicia y colonizó la Procuración General y la administración pública en general?.
Aún en contra de la voluntad de Cambiemos, ¿no deberíamos salir nosotros a la calle para demostrar que somos más, que queremos la democracia y estamos dispuestos a defenderla a como dé lugar? ¿Por qué no desobedecer a los llamados a las huelgas e ir a trabajar? ¿Por qué no manifestarnos frente al Consejo de la Magistratura para exigirle que controle a los jueces y los obligue a acelerar los procedimientos para terminar con la impunidad de tantos ladrones, que se ha transformado en un verdadero cachetazo a la sociedad? Si fuera verdad que un sector del Gobierno prefiere a Cristina Fernández en libertad para polarizar con ella en octubre, incurriría en una especulación bastarda que, además, puede costarle muy caro.
Mauricio Macri, con errónea vocación por evitar dar malas noticias, se abstuvo de explicar la magnitud de la crisis -que no había sido percibida como tal, pese a ser enormemente más grave que la del 2001- heredada de la verdadera década infame que lo precedió; la última oportunidad para hacerlo la perdió el 1° de marzo de 2016, cuando inauguró por primera vez las sesiones ordinarias del Congreso. Hoy, a quince meses de haber asumido, es obviamente tarde y eso contribuye a facilitar la penetración del discurso subversivo en una sociedad innegablemente golpeada por una economía que, si bien ya muestra signos de crecimiento, no ha llegado aún a aliviar la situación de los más desprotegidos.
Por lo demás, víctima de su férrea creencia en una nueva forma de comunicación y pecando de un exceso de pluralidad en los medios propios, padece el manto de silencio que la prensa en general ha extendido sobre sus logros, muchos de ellos importantes, mientras se centran en las malas noticias, que los inconformes y los preocupados magnifican.
Todos los líderes gremiales, en especial aquéllos que integran el triunvirato que dice conducir a la “columna vertebral del peronismo”, padecen de un mismo mal. Acosados por la izquierda insurreccional que los corre a panzazos, acompañada por el siempre oportunista kircherismo, describen problemas inexistentes (el desempleo y la excesiva importación) y perjudican a quienes dicen representar mientras no ofrecen solución alguna. El cierre de la economía que reclaman (“vivir con lo nuestro”, como pretendía Aldo Ferrer) condenará a los argentinos a seguir pagando más caros los productos que necesitan, que serán de inferior calidad; la limitación legal a los despidos y suspensiones que exigen, y los incrementos de los costos laborales, impedirán la creación de nuevos empleos; los eventuales aumentos de impuestos o la emisión monetaria o el endeudamiento –si no es así, ¿de dónde saldrán los recursos?- para financiar los planes y subsidios generarán mayor inflación, que siempre terminan pagando los asalariados.  
Lo remarcable es que toda la actividad desplegada para expulsar al Gobierno –huelgas salvajes, piquetes de todo tipo, ollas populares, violencia callejera- no hace más que perjudicar a sus presuntos beneficiarios. Al impedir que se eduquen y se perfeccionen, aleja sus posibilidades de reinserción en un mundo que expulsa a trabajadores no calificados para reemplazarlos por robots; al generar tanta inestabilidad institucional, espanta las posibles inversiones; al cerrar las calles al transporte, dificultan enormemente la llegada al trabajo de todos, haciéndoles perder los premios por presentismo.
Los jerarcas docentes (¡hemos cambiado a Sarmiento por Baradel!) están expulsando a los niños de la educación pública, ya que el ausentismo tradicional y los frecuentes paros obligan a los padres a inscribirlos en escuelas parroquiales y privadas, duplicando el gasto familiar y, al no dar clases, complican la vida de las familias más pobres, que no tienen con quien dejar sus hijos y, muchas veces, hace que éstos pasen hambre. Lo peor es que los reclamos salariales son acompañados por la cerrada negativa a que se evalúe la enseñanza. El presupuesto destina el mayor porcentaje de la historia (exceptuando al período de Illia) a sostener la educación, pero el 90% se destina a sueldos. Por cada cargo docente hay cinco maestros y uno de cada cuatro nunca trabaja como tal; sin embargo, la brillante moción de Juan José Llach para que se negocie con los gremios corregir esa horrible distorsión, despedir a los permanentes ausentes y repartir el dinero así ahorrado entre los que sí trabajan (25% de aumento) ni siquiera fue escuchada.
María Eugenia Vidal está haciendo lo correcto al mantenerse firme frente al salvajismo de los líderes docentes que mantienen a millones de chicos fuera de las aulas; la ciudadanía debe condenarlos sin matices y salir a la calle para respaldar a su Gobernadora en esta puja. Pero ella también está obligada a actuar para terminar con la indignidad que constituyen tantos ladrones kirchneristas -empezando por el mismo Daniel Scioli-, que han saqueado a la Provincia y transformado al Conurbano en un páramo de violencia, droga y miseria, pavoneándose en libertad mientras convocan a la destitución de las autoridades electas.
Un párrafo final para el dilema que enfrentará en los próximos días la Corte Suprema cuando deba decidir sobre la libertad de Milagro Salas (que no es una presa política sino una política presa y puede interferir u alterar pruebas en la investigación de los múltiples delitos que se le imputan) que le reclaman los organismos internacionales de derechos humanos, y su sempiterno desprecio por la suerte de los dos mil presos militares y civiles, ancianos a los cuales se les niega la detención domiciliaria pese a su edad y a las enfermedades que padecen y, en muchos casos, soportan prisiones preventivas por décadas. Con la integración de los Dres. Rosatti y Rosenkrantz, ¿seguirá siendo tuerta?
Bs.As., 18 Mar 17

(*) Enrique Guillermo Avogadro. Abogado
E.mail: ega1@avogadro.com.ar
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Fuenta: Comunicación personal del autor

El Estado: la principal causa de la pobreza en Argentina

Por Iván Carrino (*)

No es el liberalismo, sino el estatismo el que nos hunde en la pobreza.
Recientemente se conocieron en el país nuevos datos de pobreza. La Universidad Católica Argentina, que en ausencia de un INDEC creíble tomó el rol de ser la institución referente en este tema por los últimos 10 años, divulgó sus nuevas estimaciones y puso en evidencia una cruda realidad. Tres de cada diez argentinos son pobres.
El dato conocido recientemente representa un aumento de casi 4 puntos en comparación con el año anterior y es el registro más elevado de los últimos 11 años. Una verdadera catástrofe social.
Ahora bien, mirando los números a más largo plazo, nos encontramos con que, desde el regreso de la democracia (el primer dato es de 1985, dos años después), el promedio de la pobreza en el país fue de 29,3 %. Además, también encontramos que la cantidad de pobres no muestra una tendencia a la baja (como sí lo hace en el mundo), sino que oscila en torno al promedio, con saltos bruscos cada  determinado número de años.
¿Cómo es esto posible?

Para entender por qué en Argentina hay 13 millones de personas en estado de pobreza, es necesario entender a qué se deben esos saltos bruscos que impiden que esta situación mejore con el correr del tiempo.
Si se mira el gráfico de más arriba, observamos que la pobreza superó el 30 % en 1988-1990; en 2001-2005; y también en 2016.
O sea, los aumentos fuertes de la pobreza en Argentina están directamente relacionados con las crisis económicas que el país tiene a menudo. ¿Y cuál fue la característica distintiva de esas crisis económicas? El estallido inflacionario, que hizo que los precios suban increíblemente más que los ingresos de la población.
En 1989 explotó el modelo populista de Raúl Alfonsín. Luego de décadas de inflación crónica, la emisión monetaria crecía a niveles insostenibles y los precios llegaron a subir 20.000 % anual en un mes. La economía colapsó y la pobreza se duplicó de un año a otro.
En 2002, producto de la salida de la convertibilidad, los precios treparon 40 %, mientras que los ingresos prácticamente no se movieron. El resultado fue un brutal salto de 20 puntos en la tasa de pobreza.
En 2016 sucedió lo mismo. La inflación de la ciudad de Buenos Aires marcó un aumento del 41 % anual, mientras que los salarios no treparon más allá del 30 %. La suba de 4 puntos en la tasa de pobreza puede explicarse por este fenómeno.
Como podemos observar, hay una relación directa entre inflación y pobreza, por lo que todo lo que vaya en el sentido de terminar con la inflación, será netamente positivo para mejorar la situación de los más vulnerables.
Ahora para comprender verdaderamente las causas de este fenómeno en el país, tenemos que profundizar todavía un poco más en el argumento. Después de todo, la pregunta más importante a responder es qué y quiénes son los responsables por la inflación. Ahí aparece, entonces el déficit fiscal y los políticos que gastan más de lo que ingresan como origen del problema.
El déficit fiscal genera inflación porque, para financiar el desequilibrio de las cuentas públicas, el Banco Central emite dinero en exceso que pierde poder de compra. Durante el fin de la convertibilidad, la relación no fue tan directa, pero fue el déficit lo que hizo que la convertibilidad fuera insostenible, y fue eso lo que dio origen a la tumultuosa salida que originó el estallido inflacionario.
A diferencia de lo que sucede en el mundo tomado como un todo, la pobreza en nuestro país aumenta y  —como promedio— no baja del 29 % hace 32 años. Ahora contrariamente a los que muchos quieren hacernos creer, esta situación no responde a la implementación de “políticas neoliberales”, sino a algo muy distinto.
Es el gobierno, con sus planes demagógicos, el que genera déficit fiscal. Y es el déficit el que, a la larga, termina generando crisis económicas con estallidos inflacionarios.
El verdadero liberalismo económico exige un menor rol para el gobierno y cero déficit público. Si esa receta se hubiese seguido en nuestro país, nos hubiésemos ahorrado al menos 3 crisis económicas y hoy otros serían los temas de preocupación.
A la luz de estos datos debe quedar claro que el único responsable por la pobreza es el estatismo, y que solo alejándonos de sus recetas podremos dar vuelta esta negra página de la historia argentina.

(*) Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano. Artículo publicado en el blog de ESEADE el 15 de marzo de 2017

Ralph Raico sobre el auténtico liberalismo

Por David Gordon (*)

En este brillante libro Ralph Raico llama nuestra atención sobre el dictamen de Agustín Thierry:
“El gran precepto para los historiadores es el de distinguir en lugar de confundir”. (p. 136)
Thierry, como demuestra Raico, no siempre siguió su propio consejo, pero el comentario describe perfectamente a Raico como historiador, y gran maestro de las finas distinciones que F. R. Leavis consideraba esenciales en el rol de la crítica. Su profunda erudición y aguda inteligencia lo convierten en un gran historiador. De hecho, es el principal historiador del Liberalismo Clásico. Raico comienza su labor de clarificación conceptual con la pregunta ¿qué es el Liberalismo Clásico? O mejor dicho, ¿qué es el Liberalismo?, ya que sólo la variedad clásica califica con propiedad como tal.
“No hubo ningún liberalismo ‘clásico’, sino sólo un liberalismo, basado en la propiedad privada y el libre mercado, y que fue desarrollado orgánicamente de principio a fin”. (p. 1)
Raico responde a su pregunta por la definición en el capítulo inicial, titulado como el libro mismo, “El Liberalismo Clásico y la Escuela Austriaca”: los liberales creemos que las principales instituciones de la sociedad pueden funcionar en completa independencia del Estado:
“El liberalismo … se basa en la concepción de la sociedad civil como un ente que se autorregula a sí mismo, cuando sus miembros son libres de actuar en el marco de los muy amplios límites de sus derechos individuales, entre los cuales tienen alta prioridad el derecho a la propiedad privada, incluidas las libertades de contratación y de intercambio, y la libre disposición del propio trabajo. Históricamente, el liberalismo ha manifestado hostilidad a la acción del Estado, que, insiste, debe reducirse a un mínimo.” (Pág. 2)
El liberalismo, así definido, parece tener una afinidad evidente con la economía austriaca. Pero aquí hay un problema: ¿no es la economía austríaca una ciencia libre de valores? La adhesión al liberalismo, es obvio, implica juicios de valor. La relación entre ellos entonces no ha de ser que la teoría económica implica lógicamente la doctrina política. De hecho, los enemigos del liberalismo clásico a veces han adoptado principios de los austriacos. El socialista fabiano George Bernard Shaw, bajo la influencia de Philip Wicksteed, aceptó la teoría subjetiva del valor. Y apunta Raico que el analista marxista Jon Elster, encuentra que el marxismo es compatible con el individualismo metodológico. No obstante Raico afirma:
“En el plano de la política, la metodología individualista y subjetivista del Austrianismo tiende para las decisiones, al menos indirectamente, en una dirección liberal.” (p. 8).
Raico enfrenta luego un desafío. La economía austriaca, desarrollada por su mayor exponente en el s. XX, Ludwig von Mises, se basa en un razonamiento deductivo a priori. ¿No lleva este estilo de pensar al dogmatismo y a la intolerancia, que son contrarios al espíritu del Liberalismo Clásico? De hecho Milton Friedman, un liberal clásico, ha lanzado exactamente esta acusación. Raico fácilmente se deshace de ella:
“Cómo ese argumento podría provenir de una fuente tan distinguido es simplemente inexplicable. Entre otros problemas, la teoría de Friedman predeciría la ocurrencia de sangrientas e incesantes peleas entre matemáticos y lógicos, cuya no ocurrencia falsea la teoría, en los propios términos positivistas de Friedman.” (Pág. 11)
Los que condenan el razonamiento a priori, en cambio, a menudo defienden el falibilismo de Karl Popper. Si el falibilismo está en lo cierto o no, es algo eminentemente discutible; pero en lo que muchos defensores de Karl Popper se equivocan grandemente es al inscribirlo en la tradición liberal. Como señala Raico,
“Lo más grave para cualquier afirmación de que Popper representa el liberalismo auténtico es que él aceptó la mitología tradicional del capitalismo industrial como sistema de opresión de la clase obrera, que sólo gradualmente fue haciéndose tolerable gracias a las reformas sociales realizadas en parte a través de la agitación socialista. En ‘La sociedad abierta y sus enemigos’, Popper escribió que las protestas de Marx contra la opresión capitalista ‘le han dado para siempre un lugar entre los libertadores de la humanidad.’” (Pág. 12)
A juzgar por la vara de Raico, incluso su mentor Friedrich Hayek se queda corto en materia de liberalismo. Liberal clásico indiscutible, a diferencia de su amigo Popper, Hayek hizo demasiadas concesiones al estado de bienestar, a juicio de Raico.
“El Estado, insistió Hayek, no es sólo ‘un aparato coercitivo’, sino también ‘una agencia de servicios’, y como tal ‘puede ayudar sin daño en el logro de los objetivos deseables, que tal vez de otro modo no podrían lograrse.’ Como era de esperar, el apoyo de Hayek al activismo estatal en la esfera ‘social’, les ha proporcionado a los conocidos opositores al laissez-faire el argumento retórico aquel de que ‘hasta F.A. Hayek ha admitido…’ bla bla bla” (pág. 29)
En el capítulo “Liberalismo: Verdadero y Falso”, Raico avanza en su búsqueda de claridad conceptual sobre el liberalismo. Hoy en día, los partidarios del estado de bienestar, en general se hacen llamar liberales, pero Raico sostiene que no tienen derecho a ese nombre. Lo que ha promovido semejante confusión ha sido el secuestro del término, ocurrido en el s. XIX. Deberíamos aprender de Max Weber, explica Raico, a trazar un “tipo ideal” para el liberalismo. Así, descubriremos que los “modernos” liberales difieren demasiado de la norma para calificar como tales:
“El tipo ideal del liberalismo debe expresar un concepto coherente, basado en lo que es más característico y distintivo en la doctrina liberal, que Weber llamaría sus ‘tendencias esenciales’. Históricamente, el absolutismo monárquico había insistido en que el Estado era el motor de la sociedad, y el necesario capataz de la vida religiosa, cultural, y sobre todo económica de sus súbditos.
El liberalismo postuló una visión claramente opuesta: que el régimen más conveniente era uno en el que la sociedad civil, es decir, el conjunto del orden social basado en la propiedad privada y el intercambio voluntario, se manejara por sí misma.” (P. 65)
¿Cómo surgió la confusión sobre el liberalismo? Raico atribuye buena parte de la culpa al “santo del racionalismo”, John Stuart Mill, de quien decididamente no es admirador. Siguiendo a los revisionistas de Mill –Maurice Cowling, Joseph Hamburger, y Linda Raeder– Raico sostiene que Mill estaba muy lejos de ser tan grande amigo de la libertad. Pese a sus frecuentes loas a la autonomía individual, John Stuart Mill tenía una ideología en última instancia conformista respecto al Estado. Su objetivo era destruir la fe religiosa, en especial el cristianismo, y las costumbres tradicionales, en el camino a erigir un orden social basado en “la religión de la humanidad” (p. 53).
El desprecio de Mill hacia la tradición, expresada más que nada en “Sobre la libertad” (para Raico es un título “presuntuoso” [p. 166]), condujo de forma natural al nuevo liberalismo, con su dependencia respecto del Estado, y el desplazamiento de los derechos de propiedad como su posición central. La visión milliana de la tradición,
“también le lleva a forjar una alianza ofensiva entre el liberalismo y el Estado, aunque quizás en contra de las intenciones de Mill, pero es difícil imaginar el total desarraigo de las normas tradicionales, sin el uso masivo del poder político” (pág. 53).
Ralph Raico ha construido para nosotros un tipo ideal del liberalismo, pero por supuesto, el fenómeno histórico que encarna este tipo ideal no surgió de una vez ya completamente crecido, sino que se desarrolló a través de un largo proceso. Y este proceso se produjo en un lugar determinado, es decir: en Europa Occidental, aunque los principios del liberalismo reclaman validez universal. ¿Por qué el liberalismo surgió primero allí? La respuesta de Raico pone de relieve las raíces cristianas del liberalismo. John Neville Figgis es conocido por su frase: “la libertad política es el legado residual de las animosidades eclesiásticas”; pero, a diferencia de Figgis, Raico no ve el principio de la libertad en la Reforma y sus luchas. Más bien, se centra en la Iglesia universal, como fuente alternativa de lealtad al Estado, ya en la Europa medieval:
“Esa cultura medieval era la del Occidente, la Europa que surgió en comunión con el Obispo de Roma …. La esencia de la experiencia europea es la de una civilización desarrollada, que se sentía a sí misma como formando una unidad, pero sin embargo era políticamente descentralizada. Así el continente europeo degeneró en un gran mosaico de jurisdicciones distintas y en competencia, y de comunidades políticas cuyas divisiones internas las hacían resistentes a un control central.” (Pág. 59)
Uno sospecha que la mayoría de los lectores de este libro estará de acuerdo en que el Liberalismo Clásico es un sistema muy atractivo. Desafortunadamente, la mayoría de los intelectuales disienten: en realidad desprecian el capitalismo, y su sello de libertad. A más de unos cuantos intelectuales les resultó cosa carente de sentido el resistir a los halagos de Stalin y Mao.
En el tercer capítulo de su libro, “Los intelectuales y el mercado”, Raico examina atentamente las principales teorías en pugna que se esfuerzan por explicar la oposición de los intelectuales al mercado libre. Como es natural, dedica especial atención a los puntos de vista de Mises, a quien dedica el libro. Expone que en “La mentalidad anti-capitalista”, Mises hizo hincapié en la el resentimiento y la envidia que sienten los intelectuales que han fracasado. Raico no descarta esta hipótesis, pero prefiere un análisis que el propio Mises avanza en un artículo suyo anterior.
“Citando a De Cicerón officiis como un texto ejemplar, [Mises] identifica el desprecio por el ganar dinero, profundamente arraigado en la cultura occidental, como la fuente primera de la hostilidad hacia los capitalistas, el comercio y la especulación, ‘que hoy domina toda nuestra vida pública, la política y la palabra escrita’”. (P. 85)
A Raico le atraen las explicaciones de Mises, pero menos las de Hayek. En “La Contra-Revolución en la Ciencia”, Hayek describe el esquema mental de la ingeniería, que en gran medida, a su juicio, lleva a los intelectuales al socialismo. Los experimentos científicos y proyectos ingenieriles requieren de una planificación consciente: ¿por qué no extender entonces la planificación a la sociedad en su conjunto? Con su característica agudeza, Raico plantea aquí una fuerte objeción:
“el que muchos proyectos de ingeniería particulares hayan sido exitosos, no implica que un vasto proyecto de ingeniería enorme, subsumiendo todos los proyectos particulares, probablemente vaya a tener éxito; ni parece probable que la mayoría de la gente vaya a encontrar plausible esta pretensión”. (p. 79).
Como vimos, Raico pone énfasis en la distinción entre el verdadero liberalismo y sus falsificaciones modernas. Entonces no debería ser difícil conjeturar su respuesta a la pregunta planteada en el capítulo siguiente, “¿Fue Keynes un liberal?” Según la opinión de Robert Skidelsky, entre muchas otras, Keynes estaba plenamente conforme con los valores liberales. Cierto que rechazó el laissez-faire, pero sus medidas intervencionistas estaban destinadas a curar un defecto del capitalismo, no a sustituirlo con el socialismo, o con alguna otra alternativa revolucionaria.
De la caracterización que Raico hace del liberalismo, se deduce que Skidelsky et hoc genus omne (y todos los de su género) están radicalmente equivocados. A pesar de su supuesto amor a la tradición liberal de Inglaterra, quien se apoye en el Estado en la medida de Keynes, no puede dejar de creer que la sociedad civil tiene gran necesidad del Estado. Pero Raico no dejar las cosas ahí. Keynes, lejos de ser amante de la libertad, miró con simpatía aquellos “experimentos” fascistas y comunistas de la década de 1930. En un famoso artículo, “Autosuficiencia Nacional”, que apareció en The Yale Review de 1933, Keynes escribió,
“Pese a mis críticas, como persona cuyo corazón es amable y simpatiza con los experimentos desesperados del mundo contemporáneo, les deseo lo mejor y me gustaría que tengan éxito, yo tengo en mira mis propios experimentos; y en última instancia, prefiero cualquier cosa en la tierra a eso que los informes financieros suelen llamar ‘la mejor opinión de Wall Street’”. (Pág. 109)
Este pasaje, anota Raico, se ha omitido en la versión del artículo publicada en The Collected Writings de John Maynard Keynes. Tampoco fue esta la única ocasión en que Keynes tenía cosas buenas que decir acerca de los regímenes totalitarios. En una emisión de la BBC en junio de 1936, elogió altamente la conocida apología de la tiranía soviética escrita por Sidney y Beatrice Webb: “El comunismo soviético: ¿una nueva civilización?”
¿Qué hay en la base de la hostilidad de Keynes hacia el capitalismo? Tal como lo hizo en el capítulo anterior, Raico encuentra la respuesta en el desdén por el dinero. Keynes se fue tan lejos como hasta la psicología freudiana para dar cuenta de ese supuestamente “irracional” deseo de ganar dinero. Raico divertido comenta: “Este ‘hallazgo’ psicoanalítico por quien Vladimir Nabokov correctamente identificó como el fraude de Viena [Freud], permite a Keynes afirmar que el amor al dinero es condenado no sólo por la religión sino también por la ‘ciencia’”. (p. 113)
Empero, los marxistas responderían al análisis que Raico ha trazado hasta ahora con una objeción. Raico habla de las ideas como si poseyeran una existencia independiente, pero en realidad, ¿no son las ideas en realidad el mero reflejo de los intereses de clase? El liberalismo clásico, ¿no encarna acaso los intereses de la burguesía de un período determinado, en lugar de consagrar una verdad universal?
En “La lucha de clases: teoría liberal vs marxismo”, Raico enfrenta directamente este reto. Las ideas no son, como los marxistas imaginan, reflejo de los intereses en conflicto de las clases económicas. El libre mercado descansa no en el irreparable conflicto de clases, sino en la armonía fundamental de los intereses de las personas que se benefician de la cooperación social.
Sigue siendo cierto, sin embargo, que la lucha de clases es un motor fundamental de la historia. Marx y Engels no estaban del todo equivocados cuando en el Manifiesto Comunista escribieron: “La historia de toda sociedad existente hasta ahora es la historia de las luchas de clases”. Pero el conflicto no es de grupos en conflicto en el mercado libre, sino más bien entre los productores por una parte, y quienes se apoderan de su riqueza, principalmente a través de la depredación estatal.
La explicación correcta de la lucha de clases la debemos a un grupo de liberales franceses de principios del s. XIX.
“La teoría liberal de la lucha de clases surgió brillantemente en Francia, durante el período de la Restauración borbónica, después de la derrota y exilio final de Napoleón. De 1817 a 1819, dos jóvenes liberales, Charles Comte y Charles Dunoyer, editaron una revista Le Censeur Européen. Y comenzando el volumen II, otro joven liberal, Augustin Thierry, colaboró estrechamente con ellos.” (Pág. 124)
Los franceses de este grupo vieron así las cosas:
“En cualquier sociedad puede hacerse una clara distinción entre los que viven del saqueo y los que viven de la producción. Los de la primera clase son caracterizados de diversas maneras por Comte y Dunoyer, incluyendo ‘los ociosos’, ‘los devoradores’ y ‘los avispones’; los de la segunda se denominan, entre otros, como ’los industriosos’ y ‘las abejas’. (Pág. 127)
Este punto de vista acerca del conflicto de clases llevó a Dunoyer, asociados y seguidores, llamados luego “los industrialistas”, a una nueva teoría de la Revolución Francesa: los “revolucionarios” buscaban asegurar posiciones en el gobierno para sí mismos. Escribe Raico:
“Haciendo énfasis en la figura de los funcionarios del Estado, los escritores ‘industrialistas’ presentan una nueva y sorprendente interpretación de ‘la Gran Revolución’. En la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1791, la admisión abierta del pueblo al funcionariado gubernamental es proclamada como un derecho natural y civil.” (P. 130)
Raico, naturalmente, se muestra consternado de que conocidos estudiosos hayan prodigado toda su atención a la teoría marxista de las clases sociales, sin tener en cuenta para nada la contribución muy superior de los liberales clásicos. Por este grave fallo académico critica a una autoridad muy conocida:
“No hace falta decir el profesor [Albert] Hirschman es también ignora alegremente que el uso del concepto de ‘expoliación’ era tan común entre los liberales pro laissez-faire italianos como asimismo entre los franceses”. (p. 124).
Raico admira a Hayek, especialmente como economista, pero difiere mucho de él en su comprensión de la historia del liberalismo. En un capítulo que titula “La centralidad del liberalismo francés”, desafía Raico el intento de Hayek en
“distinguir dos tradiciones en el individualismo (y en el liberalismo). La primera, básicamente, es la línea británica y empírica, representativa del pensamiento liberal genuino, y la segunda, francesa (y continental), es una tradición verdaderamente no liberal, sino más bien una desviación racionalista, que conduce ‘inevitablemente’ al colectivismo.” (P. 143)
Ya en su tesis doctoral, bajo la dirección del propio Hayek, Raico había señalado problemas con la dicotomía hayekiana. Lord Acton, uno de los ejemplos principales de Hayek en respeto a la tradición y al sentido común, evolucionó después hacia posiciones más racionalistas:
“Al dar sus dos conferencias sobre la historia de la libertad, ya Acton había revisado su punto de vista sobre la función suprema de la razón: el logro de la libertad religiosa en Inglaterra no es atribuido a la fidelidad a las formas recibidas, sino a un rechazo deliberado de ellas.” Ralph Raico, The Place of Religion in the Liberal Philosophy of Constant, Tocqueville, and Acton, Mises Institute, 2010, pág. 111).
Hayek fue sin duda consciente de que dos de los liberales franceses más eminentes, Benjamin Constant y Alexis de Tocqueville, eran todo lo contrario de los racionalistas constructivistas, en su sentido peyorativo; y de hecho Hayek admiró a Tocqueville. Sin embargo, Raico deja en claro que estas dos grandes figuras estaban lejos de ser las únicas en mostrar su respeto por la tradición. El conde de Montalembert es otro ejemplo: firme y comprometido católico, de ninguna manera piensa como los “Ilustrados”, que todas las religiones tienen igual validez.
“Es muy significativo que Montalembert, como él mismo afirma categóricamente, se niega a defender la libertad religiosa sobre la base de ‘la ridícula y culpable doctrina de que todas las religiones son igualmente verdaderas y buenas en sí mismas, o que la autoridad espiritual en conciencia no obliga’”. (Pág. 152)
Pero tomando en cuenta este su punto de vista sobre la religión, vale preguntar, ¿por qué Montalembert debe calificar como liberal? Considerando el inmutable pluralismo de la sociedad contemporánea, sería un proyecto sin esperanza para los católicos tratar de establecer el catolicismo mediante el uso de la fuerza dirigida contra los no creyentes. Por otra parte, cualquier intento de hacerlo sería peligroso. Porque una vez se admite el principio de la intervención del Estado, los no católicos, en caso de ganar el poder, ¿no tratarían de suprimir la Iglesia? Mucho mejor es entonces adoptar una posición de principio por la no intervención estatal; y sólo así es como la libertad para todos podría estar segura.
No obstante, Montalembert tampoco limitó su liberalismo a la defensa de la libertad religiosa. Se opuso firmemente a socialismo; y sobre el peligro a la libertad que representa un monopolio educativo del Estado, fue un crítico muy clarividente respecto al futuro. A la vista de un análisis de Raico, se hará difícil para Hayek defender su dicotomía señalando que Montalembert nació en Londres.
Otra figura influyente que hace estragos con el esquema de Hayek es Gustave de Molinari. En especial porque en principio, uno podría suponer que la negación radical de Molinari de la necesidad de un gobierno le llevaría a dar por despedida a la tradición. Decididamente, no es su caso.
Molinari, el más “extremo” de los liberales franceses e incluso de todos los liberales europeos (Auberon Herbert en Gran Bretaña podría ser un rival cercano) muestra una cálida simpatía por la tradición y la cultura “orgánicas”, yendo tan lejos como para criticar el Código de Napoleón por su consolidación de las reformas ’de la Revolución mediante la sustitución de los usos variados de las provincias con una legislación uniforme’”. (Pág. 157)
Ludwig von Mises sobresalió en el s. XX entre los defensores del liberalismo clásico; y los marxistas no han podido hasta hoy responder adecuadamente a sus desafíos al credo socialista, y por ello, con harta frecuencia han tenido que recurrir a la difamación o a la calumnia. En su capítulo “Ludwig von Mises liberalismo sobre el fascismo, la democracia, y el imperialismo”, Raico responde a un ataque de ese tipo contra Mises, presentado por el historiador marxista británico Perry Anderson.
Anderson señala que en “Liberalismo”, publicado en Alemania en 1927, Mises, dijo acerca del fascismo en Italia:
“No se puede negar que el fascismo y los movimientos similares encaminadas a la instauración de dictaduras están llenos de las mejores intenciones, y que su intervención, por el momento, salvó la civilización europea. (P. 166).
¿Mises, supuesto campeón de la libertad, en realidad un fascista?
El comentario de Raico sobre esta cuestión es muy simple y directo. Mises por supuesto, no es un fascista: sus críticas a ese sistema son muchas y variadas, todas de gran alcance. Pero Italia, en los años posteriores a la I Guerra Mundial, vio muy de cerca la amenaza de una revolución bolchevique, o al menos muchos observadores competentes en el momento así lo creyeron. Mussolini y sus seguidores acabaron con ese peligro real. Y es que Anderson acostumbra a enlodar a todos los estudiosos que a su juicio no caminan lo suficientemente lejos a la izquierda; así por ej. llama “una vulgar cháchara” a la obra “El Despotismo Oriental” de Karl Wittfogel (Perry Anderson: Lineages of Absolutist State, Ed. Verso, 1974, p. 487).
En el capítulo “Eugen Richter y el fin del liberalismo alemán”, Raico describe la heroica lucha del líder de los liberales alemanes contra el Estado de bienestar de Bismarck. (Y ha escrito largo y tendido sobre el liberalismo alemán en su magnífica Die Partei der Freiheit). Los defensores del Estado del bienestar a menudo lo retratan como un esfuerzo para proteger a los trabajadores y los pobres de los estragos del “capitalismo a ultranza”. No es así, las medidas de supuesto bienestar impuestas a la fuerza por el Estado interfieren con los programas de asistencia privada, y desencadenan una orgía de gasto estatal que es económicamente insostenible. En su momento Eugen Richter lo señaló:
“Al impedir o restringir con mucho el desarrollo de fondos independientes, y presionar en el camino de la ayuda estatal, se despiertan crecientes demandas sobre el aparato del Estado, que a largo plazo ningún sistema político puede satisfacer” (p. 202).
Y Raico está más que de acuerdo:
“También se podría reflexionar sobre una circunstancia que hoy parece del todo posible: que después de tantas predicciones incumplidas sobre las “contradicciones mortales” del capitalismo que no se han materializado, por fin sí ha surgido una contradicción genuina, que bien puede destruir todo el sistema social, a saber: la incompatibilidad entre el capitalismo y esta ilimitada estructura de bienestar estatal, generada por el funcionamiento de un orden democrático.” (Pág. 202)
El capítulo final del libro se titula “Arthur Ekirch y el militarismo estadounidense,” homenaje a un destacado historiador que dibuja el surgimiento del militarismo en el curso de la historia americana. Ekirch, como Raico, tenía un fuerte compromiso moral de la libertad, y analiza el crecimiento del militarismo, no como observador desapasionado, sino como oponente decidido.
En su homenaje a Ekirch, Raico lleva a cabo una hazaña notable: ofrece un resumen brillante de todo el curso de la política exterior de EEUU, culminando en su posición actual de dominio mundial. Unos cuantos ejemplos de sus comentarios son suficientes. Sobre el gran defensor de una “fuerte marina de guerra”, Alfred Thayer Mahan, dice Raico,
Mahan no era mucho como comandante de marina (sus barcos tenían la tendencia a chocar), pero fue un magnífico propagandista para el ‘poder naval’. Su libro sobre The Influence of Sea Power Upon History, 1660–1783 (La influencia del poder marítimo en la historia), fue muy aprovechada por los ‘navalistas’ en Alemania, Japón, Francia y otros países, e impulsó la carrera armamentista que llevó a la I Guerra Mundial, no de gran bendición para la humanidad”. (Pág. 214)
Sobre Theodore Roosevelt no es más complaciente:
“Sólo el cielo sabe qué hace Theodore Roosevelt en ese monumento emblemático tan reiteradamente reproducido en el Monte Rushmore, junto a Jefferson. Roosevelt despreciaba a Jefferson como a un cobarde, y Jefferson le habría despreciado como a un belicista”. (Pág. 214)
Para más detalle sobre este tema y otros afines, vale consultar otro sobresaliente libro de Raico: Great Wars and Great Leaders: A Libertarian Rebuttal. (Grandes Guerras y grandes líderes: una réplica Libertaria). Ralph Raico es un extraordinario pensador y erudito. Le conocí en el año 1979 y me impresionaron su inteligencia, su erudición, y no menos importante, su sentido del humor. Treinta y dos años más tarde, estas cualidades siguen siendo impresionantes. Mucho he aprendido de Ralph, y me siento honrado de tenerlo como amigo.

Prólogo a “El Liberalismo Clásico y la Escuela Austríaca”, de Ralph Raico (2012). David Gordon es el autor de The Essential Rothbard. Reseña y comenta libros de Economía, Política Filosofía y Derecho para The Mises Review, y para The Quarterly Review of Literature in the Social Sciences, publicada desde 1995 por The Mises Institute.
Traducción: Alberto Mansueti
(*) David Gordon autor de The Essential Rothbard. Reseña y comenta libros de Economía, Política Filosofía y Derecho para The Mises Review, y para The Quarterly Review of Literature in the Social Sciences, publicada desde 1995 por The Mises Institute. Artículo publicado por el Instituto Mises Hispano el 18 de Marzo de 2017