viernes, 9 de diciembre de 2016

Renta financiera: un nuevo disparate de la corporación política

Por Javier Milei (*)

En un nuevo acto de profundo desprecio por los principios básicos del análisis económico, la corporación política (esta vez la facción que opera en la Cámara baja), dio media sanción al proyecto de ley que busca gravar a la renta financiera. En este sentido se gravarían los resultados generados por los intereses en los depósitos a plazo fijo, Lebacs y operaciones a futuro en moneda extranjera. En cuanto a la "justificación técnica" de dicho proyecto se sostiene que el mismo intenta compensar el costo fiscal de una reforma en el impuesto a las ganancias más generosa que la presentada por el oficialismo. A su vez, en cuanto a la justificación emocional se plantea explícitamente el castigo a lo que la corporación política define como especuladores.
Si bien la justificación emocional pareciera ser una nota de color pintoresca, en rigor, constituye la base de una montaña de calamidades económicas y sociales a las que somos sometidos los argentinos. Los especuladores son odiados, denigrados, vilipendiados, la gente odia a los especuladores, ‘el especulador es malvado y culpable de toda clase de males’. Sin embargo la economía enseña que esto es injustificado: el especulador compra barato y vende caro, es decir ahorra bienes cuando estos no hacen falta y los proporciona cuando son necesarios. Así, el especulador quita volatilidad al precio dándole mayor previsibilidad y mejora el bienestar de los individuos que son aversos al riesgo. Naturalmente, esta actividad no está exenta de riesgo (absorbe el riesgo de los consumidores) y fruto de ello, el retorno de su actividad, en caso de éxito, estará por encima del retorno libre de riesgo. Por ende, el especulador lejos de ser un villano más bien es un héroe.
En el caso de gravar la renta financiera, lo primero que debería definirse es ¿Qué es renta? La renta es la proporción del retorno que se obtiene por encima del nivel de equilibrio. Sin embargo, ello nos lleva a la necesidad de tener que determinar, si ello fuera posible ex ante, ¿Cuál es el retorno de equilibrio? A su vez, en primer lugar debería quedar claro que dicho retorno debería estar limpio de la tasa de inflación, esto es, si por ejemplo, a lo largo del 2016 un plazo fijo rindió un 25%, la idea de cobrarle un impuesto a dicho retorno, cuando la inflación estará en el orden del 40% sería un disparate, ya que el retorno real fue negativo.
Por otra parte, aún cuando se limpiara la parte relacionada con la inflación, no debería pasarse por alto la presencia de riesgo. A modo de ejemplo, si un bono argentino rinde un 7,5% y un bono de los EE.UU. de similar duration un 2,5%, querer gravar dicho diferencial estaría castigando la toma de riesgo, por lo cual el precio del título de Argentina caería hasta el punto en el que se nivele el riesgo. Por ende, ello implicaría un aumento del costo del financiamiento y con ello un mayor deterioro de las condiciones de solvencia intertemporal del sector público.
A partir de esto, pareciera que una vez despejado el efecto de la inflación y del riesgo, surgiría con claridad meridiana el retorno extraordinario que, según los políticos, debería ser castigado con mayores impuestos. Sin embargo, ello no es posible, ya que no es cierto que el riesgo (una medida ex post) no puede ser medido ex ante. Esto es, en el fondo el riesgo es una medida que amplifica o comprime el diferencial de retorno del mercado (la economía) neto de la tasa libre de riesgo local. Supongamos que repentinamente cambian la preferencias de los agentes y en lugar de preferir el bien X, ahora se inclinan por el bien Z. En este caso, habrá un exceso de oferta de X y un exceso de demanda de Z, por lo que habrá una mejora del precio relativo de Z en términos de X, lo cual generará una renta positiva en Z y negativa en X. De este modo, la renta será una señal que reasignará recursos desde X a Z, proceso que sólo se detendrá cuando la renta se extinga. A su vez, dado que el proceso no es instantáneo, en la transición se cobraría el impuesto, lo cual castigaría a la reasignación de recursos generando mayores precios y menores cantidades con su consecuente caída en el bienestar general. En definitiva, el ejemplo nos pone de manifiesto la imposibilidad de fijar ex ante el exceso de retorno respecto del de equilibrio contra el cual se debe calcular el impuesto.
Por lo tanto, en caso de que la Ley se aprobara, sin lugar a dudas el presidente Macri debería vetarla, ya que al margen de los daños a futuro, debería sumarle los daños sobre los stocks existentes como ser las colocaciones de los agentes en Lebacs, que frente al nuevo impuesto buscarán refugio en el dólar. En definitiva, como toda intervención de la corporación política en la economía, el remedio siempre termina siendo muchísimo peor que ‘la enfermedad’.
(*) Javier Milei. Economista. Artículo publicado en El Cronista el 8 de Diciembre de 2016

Los muchachos unidos, ¿triunfarán?

Por Enrique Guillermo Avogadro (*) 
“En materia de asuntos militares, es vergonzoso decir ‘no lo había pensado”. Escipión, el Africano
En la sesión que aprobó el proyecto conjunto de modificación del impuesto a las ganancias presentado por todos los bloques de “muchachos”, los elaborados disfraces, confeccionados con el “relato” de la historia reciente, se esfumaron; pero el Gobierno, como ya había sucedido con el rechazo a la reforma política, quedó descolocado al pecar de ingenuidad. El episodio me recordó una vieja canción española, “La mal pagá”.
Es que, como recordó recientemente Jorge Fernández Díaz, los propios peronistas confiesan que, para tratar con ellos, debe obligárselos a pagar al contado y cobrar en cuotas; es decir, exactamente lo contrario de cuanto ha hecho hasta ahora Macri mediante enormes concesiones financieras a gobernadores, sindicatos y organizaciones sociales. El pecado de no asumir algún riesgo ha hecho que los subsidios continúen otorgándose sin transparencia alguna, canalizándose a través de los punteros y alimentando a quienes, confesadamente, están dispuestos a todo para derribar al Presidente, como Hebe Bonafini, Luis D’Elía y Fernando Esteche.
El más importante de los disfraces que cayeron fue el de Sergio Massa, que lleva años tratando de hacernos olvidar, bajo afeites diversos, que es un “muchacho” más. Si bien debemos agradecerle su victoria contra el Frente ¿para la Qué? en la Provincia de Buenos Aires, en octubre de 2011, ya que impidió que doña Cristina pudiera aspirar a un tercer mandato, no podemos dejar de recordar su pasado como alto funcionario de Carlos Menem, su íntima relación con Aldo Ducler, el lavador de los fondos de Santa Cruz y de organizaciones narco, como Administrador de la ANSES con don Néstor (q.e.p.d.) -cuando se fue, dejó en su lugar al amadísimo Boudou, que confiscó los fondos de las AFJP’s- y como Jefe de Gabinete de la ex Presidente.
En este último puesto padeció del mismo mal que afectó a todos los que lo ocuparon durante la década más infame de nuestra historia: la ceguera funcional. Este raro síndrome debiera ser estudiado en profundidad por lo selectivo de sus efectos: como ellos -Alberto Fernández (su socio político), Anímal Fernández, Koki Capitanich y Juan Manuel Abal Medina)- no logró ver, siquiera una vez, los bolsos de dinero que circulaban frecuentemente por la Casa Rosada, aportados -entre otros muchos- por Ricardo Jaime y transportados al sur por el secretario privado del matrimonio, Daniel Muñoz; por si no lo ubica, fue quien al morir dejó una fortuna de US$ 65 millones en propiedades en Miami.
Don Sergio no tuvo empacho alguno en mostrarse como lo que realmente es, un verdadero “muchacho”, populista y demagogo irresponsable, capaz de cualquier chicana, por muy impracticable que resulte, para lograr sus objetivos. Hubiéramos debido saberlo, en especial observando a quienes lo acompañan como primeras espadas, donde se destaca Roberto Lavagna, ese pseudo prócer económico que se viste con plumas ajenas; recibió, en 2002, un país ya transformado en orégano por la gestión (devaluación asimétrica) de su predecesor, Jorge Remes Lenicov, pero se atribuye la paternidad de la salida.
No sé cómo se desarrollará el trámite del proyecto en la Cámara de Senadores, ya que los “muchachos” gobernadores podrán optar entre acompañar al Gobierno y mandarlo al limbo o continuar mintiendo como lo hicieron en Diputados, obligando así a Macri a vetarlo; en este caso, creo que el costo político que pagará el Gobierno será infinitamente menor que el que afrontan los “muchachos” después de la foto del martes en la cual y junto a Sergio Massa, aparecieron Axel Kiciloff, Héctor Recalde, Máximo Kirchner y otros tantos otros prohombres del saqueo, ya condenados por la sociedad. ¿No resulta llamativo que los mismos que impidieron discutir el tema del impuesto durante el kirchnerato, ahora sean sus paladines?
A ninguno de los integrantes de ese verdadero tren fantasma, que 70 años después siguen “combatiendo al capital” y buscan consolidar la pobreza más infame para mantener la clientela, parece importarles cómo se nos ve desde el exterior, ese extraño lugar de donde deben venir las inversiones que necesitamos más que agua en el desierto. Usted, querido lector, ¿pondría un dólar en un país que extrema sus esfuerzos en exprimir hasta la inanición a sus ciudadanos y empresas con cada vez más impuestos sin brindar servicio alguno, donde los “muchachos” pueden volver en cualquier momento, en el que se cambian las reglas de juego cada día, la seguridad jurídica es una entelequia y donde no tendrá ni luz ni gas para producir? Desengañémonos: los kamikazes se acabaron.
El otro tema complicado, y por el cual el Gobierno está pagando un costo suicida entre quienes lo votaron, es el de los piquetes de toda índole y las huelgas salvajes que amargan tanto la vida a los ciudadanos, los mismos que pagan los monumentales tributos para subsidiar a quienes no trabajan. Todos nos preguntamos hasta cuándo deberemos soportar la prepotencia y la violencia de estas organizaciones, casi todas kirchneristas, que se arrogan la propiedad del espacio y de los servicios públicos, impidiendo a los demás, violentamente, circular y trabajar.
Existe un protocolo, anunciado con pompa, que nunca fue aplicado y que hoy se ha transformado en un verdadero hazmerreír para esos abusadores. Los ministerios de Seguridad, tanto federal cuanto porteño, debieran recordar que ninguna de estas salvajadas son toleradas en regímenes tan cercanos al corazón de quienes aquí las cometen, como Cuba, China, Irán, Venezuela, Ecuador o Bolivia; obviamente, tampoco en los países civilizados. Entonces, si Cambiemos pretende realmente cambiar el país y, sobre todo, imponerse en las elecciones del año próximo, debe ejercer el poder que le fue conferido, aplicar la ley con toda la fuerza necesaria y poner fin a este desastre cotidiano. Al menos podría seguir, si prefiere la debilidad frente a la extorsión, el consejo del Diputado Alfredo Olmedo y disolver los piquetes ofreciendo picos y palas a quienes los forman.
Y el tercer tema fue el escándalo desatado por la prisión preventiva de Milagro Salas, otra “muchacha” K, cuya libertad reclaman con tanta fuerza organismos internacionales totalmente tuertos: no han aceptado un solo caso presentado por un militar argentino, no condenan las violaciones a los derechos humanos en los regímenes del “socialismo del siglo XXI”, el actual Secretario General de la OEA fue canciller del régimen tupamaro uruguayo y la CIDH ahora la integra nuestro inefable Eugenio Zaffaroni, dueño de prostíbulos y evasor, abogado de las Madres y de Cristina Kirchner y padre del derecho penal favorable a los delincuentes. También en este caso, el Gobierno se durmió; en lugar de tomar las riendas diplomáticas y jurídicas cuando el conflicto se inició, allá por febrero, lo dejó estar y se sorprendió cuando llegaron las exigencias internacionales. Porque, si bien su detención original puede ser cuestionada, lo cierto es que hoy está en prisión por ser autora de innumerables delitos como defraudación al fisco, intimidación pública, extorsión, incitación a la subversión, asociación ilícita, etc., y su libertad pondría en peligro el curso de las investigaciones, por la destrucción de las pruebas y el amedrentamiento a los testigos.
Es bueno recordar esto último porque, siguiendo el criterio de quienes ahora reclaman por la jujeña, el Estado debería poner inmediatamente en libertad a los 1.791 presos políticos (militares y civiles) que mantiene en sus mazmorras, a los cuales debemos agregar los 385 ya fallecidos (44 desde el 10 de diciembre de 2015). El promedio de edad es de 74 años y 642 están en prisión preventiva por plazos que superan el límite constitucional (2 años, prorrogable con fundamentos por 1 más), muchos de ellos por más de 10 años y, pese a que la detención domiciliaria es legalmente aplicable a los mayores de 70 años, siempre que no se corra peligro de fuga ni se pueda poner en riesgo la investigación. ¿Qué posibilidades pueden tener estos ancianos de escaparse o de alterar las pruebas de hechos sucedidos 40 años atrás? En la medida en que ninguno de los tres poderes del Estado ha tomado nota de la situación, todos los presos políticos han iniciado una huelga de hambre que, dado lo endeble de la situación física en que la mayoría se encuentra, significará para muchos la muerte.
Para concluir, destacar que el escudo que Carlos Zannini (¿seguirá repartiendo sobres?) armara para proteger a Cristina Elizabet Fernández volvió a funcionar, y los jueces Gustavo Hornos y Mariano Borinsky, tal como se preveía, fueron desplazados de la Sala I por acción del Presidente de la Cámara de Casación, Alejandro Slokar, de Justicia Legítima. El Consejo de la Magistratura, que ha sido desacatado por esa resolución, ¿tampoco hará nada esta vez? ¿Hasta cuándo la Corte Suprema continuará tolerando la impunidad del encubrimiento del terrorismo, la traición a la Patria y el asesinato de un Fiscal en funciones?
Bs.As., 10 Dic 16
(*) Enrique Guillermo Avogadro. Abogado
E.mail: ega1@avogadro.com.ar
E.mail: ega1avogadro@gmail.com
Site: www.avogadro.com.ar
Blog: http://egavogadro.blogspot.com
Fuente: Comunicación personal del autor

Amplio rechazo de los tributaristas a los cambios aprobados en Diputados

Por Martín Kanenguiser (*)
Un mamarracho. Sin rodeos, así calificaron tributaristas y funcionarios el proyecto de reforma del impuesto a las ganancias que recibió media sanción anoche en la Cámara de Diputados .
Los especialistas en impuestos afirmaron a LA NACION que el proyecto duplica impuestos, resucita otros que habían sido derogados hace pocos meses y boicotea el régimen de blanqueo de capitales.
Frente a la complejidad del sistema ideado por el ex ministro Axel Kicillof, funcionarios de la AFIP y del Ministerio de Hacienda comenzaron ayer a evaluar el verdadero costo fiscal del proyecto para prepararse para el debate en el Senado. Una calificada fuente oficial indicó: "Es de terror, infantil, fomenta la evasión y va a perjudicar a los trabajadores en lugar de beneficiarlos".

Iván Sasovsky dijo que "es un mamarracho: rompieron toda la estructura del impuesto, más allá de quién pague el costo político". Observó que "estos mismos diputados derogaron el impuesto a los dividendos en el sinceramiento fiscal y ahora lo reincorporan. Así es imposible pensar en un sistema tributario que brinde certezas. Es un grado de demagogia absurdo".
Respecto del impuesto a los nuevos jueces, afirmó que "al primero que le quieran cobrar va a plantear la inconstitucionalidad por discriminación" respecto de sus colegas.
Sasovsky recordó que "los diputados tributan solamente por el 20% de lo que cobran, por el sueldo: ni por el viático, ni el desarraigo, ni nada". En cuanto al impuesto a las Lebac, dijo que "si la gente deja de renovarlas, se está obligando al Estado a que emita más dinero y a generar más inflación. Y entonces todo el mundo se irá al dólar".
El presidente del Consejo Profesional de Ciencias Económicas porteño, Humberto Bertazza, también fue muy crítico. "La creación de nuevos impuestos es una mala señal y peor es modificar situaciones que habían sido cambiadas hace poco, como la cuestión de los dividendos. Esto en nada contribuye a las inversiones. Lo mismo pasa con los bienes improductivos, porque afectará incluso a quienes habían sido declarados como buenos cumplidores por la AFIP."
Recordó que "el impuesto al juego ya estaba gravado a nivel provincial y municipal". Y advirtió que "el decreto de convocatoria a sesiones extraordinarias sólo habilitaba al tratamiento del cambio de las escalas de Ganancias, pero no a la creación de otros impuestos".
"Esta reforma va en contra de la estabilidad jurídica. Queda una chance en el Senado porque los gobernadores saben el impacto y después quedará la decisión política de vetarla o no", indicó.
César Litvin dijo que el proyecto "genera indignación, es un paquete explosivo, típico relato K que, con la excusa de darles recursos a los pobres, aumenta la presión tributaria con impuestos distorsivos y boicoteando el blanqueo". Sostuvo que "la tabla de deducciones incluida en el proyecto es kafkiana, como ya Kicillof lo había hecho al poner 14 mínimos no imponibles diferentes".
"Es explosivo porque duplica el impuesto a la renta financiera, las empresas pagarán más, vuelve a gravar los dividendos y lo del juego aumentará la carga fiscal: ya tienen carga de los tres niveles del Estado y crea el impuesto de emergencia para los inmuebles improductivos, que duplica Bienes Personales."
Para Jorge Gebhardt, las "consecuencias son muy preocupantes: reimplantar el impuesto al dividendo es una señal pésima a la inversión, porque hace cuatro meses se eliminó".
"Respecto de los intereses de los plazos fijos, ¿cuál es la ganancia con una tasa del 20% y una inflación del 40%?", se preguntó. Según el tributarista, "el Gobierno se equivocó, porque tenía que haber sacado el ajuste del mínimo más alto; quisieron jugar a negociar y los pasaron por encima".
(*) Martín Kanenguiser es columnista del diario La Nación. Artículo publicado el 9 de Diciembre de 2016
Fuente: http://www.lanacion.com.ar//1965320-amplio-rechazo-de-los-tributaristas-a-los-cambios-aprobados-en-diputados?utm_source=n_tis_nota1&utm_medium=titularS&utm_campaign=NLPol

miércoles, 7 de diciembre de 2016

Los movimientos populistas concentran poder político en democracia y atacan las libertades

Por Eduardo Ferández Luiña (*)
Instituto Juan de Mariana
Resumen del informe (I) "Mitos y realidades de los movimientos populistas":
  • El populismo es un virus que nace y se desarrolla en el propio sistema liberal-democrático, no es propiamente una dictadura, al menos en su origen.
  • Una estrategia retórica populista no representa una amenaza per se: es un recurso al que se suma hoy casi todo partido político.
  • Un régimen populista sí es un peligro: logra erigir un sistema híbrido, a medio camino entre una democracia y un sistema político autoritario, que sin duda limitará las libertades individuales y colectivas.
  • Como un virus, necesita de unas particulares condiciones ambientales para que se cultive y desarrolle: líder carismático, un discurso que fusiona la figura de ese líder con el pueblo, una ventana de oportunidad (crisis económica, institucional).
  • El conflicto entre grupos sociales está en la esencia de cualquier régimen populista, que se ocupa en primer lugar de polarizar la sociedad.
  • El populismo socialista de la tercera ola latinoamericano (Argentina, Venezuela, Bolivia, Ecuador) guarda similitudes con la nueva extrema izquierda que ha surgido en Europa desde el estallido de la crisis en el año 2008.
  • El populismo no solo es de extrema izquierda: el populismo de la derecha nacionalista emplea idénticas técnicas, pero cambia su relación víctima-culpable: despliega un discurso políticamente incorrecto, xenófobo, antiinmigración y tremendamente nacionalista.
Madrid 5 de Diciembre de 2016
El Instituto Juan de Mariana saca a la luz un necesario informe, englobado en su colección de Mitos y realidades, en el que se aborda el confuso fenómeno del populismo: Mitos y realidades de los movimientos populistas: ¿Una expresión social de descontento o una estrategia para concentrar poder político?
Son varias las dimensiones que este término adquiere en el debate público y académico, lo que explica que las interpretaciones de este proceso político sean heterogéneas y, en ocasiones, hasta contradictorias. Así pues, el populismo se ha convertido en un cajón de sastre empleado por un gran número de profesionales de la comunicación, la disciplina politológica o la economía.
Ha ido ganando un espacio potencialmente peligroso al servir sencillamente como arma arrojadiza para clasificar aquello que no nos gusta o a nuestros adversarios políticos. La otra cara de esta moneda es el efecto dilución o desgaste del término populismo: la sociedad perderá de vista las amenazas reales de un sistema de estas características cuando se despliega en su forma más liberticida y cruenta.
En aras de aportar la mayor claridad a su estudio, cabe entrar a analizar cuáles son estas dimensiones analíticas:
  • Estrategia retórica populista frente a régimen populista
  • Populismo de extrema izquierda o extrema derecha: elementos comunes y diferencias
Estrategia retórica frente a régimen populista
El repaso bibliográfico, en el que se ha hecho especial hincapié en la obra del experto en la materia Ernesto Laclau, nos ha facilitado el camino para llegar a dos conclusiones.
La primera, que al hablar de populismo se habla de una lógica inherente al propio sistema liberal-democrático. Este sistema se fundamenta en la combinación de la alternancia de los gobernantes en el poder a través del sistema electoral con la protección de los derechos y libertades por medio del Estado de derecho, lo que incluye la limitación al poder político y la separación de poderes, todo ello recogido normalmente en una constitución.
El propio sistema lleva el germen (véanse, por ejemplo, los esfuerzos de la Escuela de la elección pública por entender y atajar el problema) que lo debilita o, en casos más extremos, certifica su defunción. Esto es así cuando los derechos, libertades y contrapoderes son erosionados y eliminados gradualmente por los populistas al amparo de las urnas.
La segunda conclusión es que esa lógica se puede desglosar, dividir en dos procesos. Uno, el primero, es común a todos aquellos que participan en política partidista; el segundo proceso representa un verdadero peligro para la estructura de derechos y libertades.
La estrategia retórica populista es un recurso al que se suma hoy casi todo partido político, cualquiera que sea el espectro en el que se mueva. Todo populista -en este sentido retórico- quiere convencer y obtener votos. Por ello, practica habitualmente la demagogia.
Lo que puede devenir en tragedia para la sociedad es cuando el populista demagogo edifica -si el movimiento populista tiene éxito- un régimen populista propiamente dicho. En estos casos, se logra erigir un sistema híbrido, a medio camino entre una democracia y un sistema político autoritario, que sin duda limitará las libertades individuales y colectivas. De esta manera, en un régimen de estas características, la retórica populista es una condición necesaria, pero no suficiente por sí sola.
¿Cómo se desarrolla entonces un régimen populista? Las lecturas y la bibliografía especializada encuentran dos cuestiones ambientales y una serie de requisitos que producirán, combinados diestramente, un régimen populista.
En lo que respecta al ambiente, dos palabras son clave: democracia y descontento. Los movimientos populistas son virus ab initio de los sistemas democráticos. Es importante distinguir, pues, que las formas políticas que son resultado de un golpe de Estado, esto es, las dictaduras autoritarias y totalitarias, no son regímenes populistas. El populismo nace de la democracia, se desarrolla en la democracia y, al igual que cualquier virus, necesita de unas particulares condiciones ambientales para que se cultive y desarrolle.
Por lo tanto, cuando coexistan un sistema democrático y amplio descontento en la sociedad, el peligro está servido. La probabilidad de que surja un candidato populista se multiplicará inevitablemente. Algo curioso, y que han indicado algunos politólogos como Axel Kaiser o Gloria Álvarez, es que el descontento puede fabricarse a través de la propaganda, aunque los datos macroeconómicos, de desarrollo, migratorios, etc. sean favorables para la sociedad. ¿Qué quiere decir esto? Que se puede manufacturar el populismo a través de un discurso atractivo, modificando con ello la comprensión que la ciudadanía tiene sobre la realidad en la que le toca vivir. La clave es que exista descontento, real o ficticio, y capitalizarlo políticamente. Así, aunque la agenda política del aspirante a gobernante sea liberticida, la democracia es una herramienta muy valiosa para él, primero, para alcanzar el poder en una época de descontento generalizado, y, segundo, porque le permite desarrollar su programa autoritario a tumba abierta porque la oposición queda desarmada moral y argumentativamente por la legitimidad que adquieren sus políticas por los votos de las urnas.
Pero, además de estas condiciones ambientales, se necesitan otros elementos para que la mera estrategia retórica populista –típica de todos los partidos- desemboque en un régimen populista. Hay unos ingredientes sine qua non:
  1. Liderazgo carismático.
  2. Discurso que fusiona la figura de ese líder con el pueblo al que dice representar.
  3. Ventana de oportunidad política que promueva la erosión del sistema político de turno generando una concentración y centralización del poder en manos de ese líder.
Sin los tres elementos, es poco probable que triunfe un movimiento populista y logre destruir el sistema de libertades tal y como lo conocemos.
La lógica populista pretende construir un movimiento político hegemónico capaz de copar el poder, concentrar el mismo y sobrevivir a lo largo del tiempo, respondiendo a los intereses de una minoría política bien organizada. Ciertamente, el descontento sirve de mecha populista, pero se necesita un líder carismático que compacte el discurso y el conjunto de demandas insatisfechas existentes entre determinados grupos de la población. El régimen populista concentra el poder, muchas veces, mediante nuevas organizaciones políticas con líderes carismáticos megalómanos que conectan con el abstracto pueblo al que dicen representar y defender. Las estructuras resultantes son a menudo jerarquizadas, muy verticales, con nula democracia interna, en las que el líder y su equipo más cercano controlan férreamente el aparato del partido.
Es importante entender cómo se combinan todos estos elementos. La ventana de oportunidad se cimienta en el descontento derivado de una crisis (real o disfrazada). Es en este contexto cuando una figura pública carismática emerge con la promesa de revertir la situación de crisis e injusticias de la etapa previa mientras apela a un discurso pretendidamente aglutinador, pero que va cargado de sed de conflicto. Esta representatividad del cuerpo social la persigue de dos formas: por un lado, se erige como salvador de la ciudadanía, a la que da una unidad de destino como pueblo, gente (Podemos en España), nación, etc.; por otro, concentra en su discurso unificador una variada gama de demandas insatisfechas de la población, muchas veces con poca relación entre sí, hasta alcanzar una unidad de discurso. Se convierte ese movimiento en una cruzada, un sentimiento de aspiración colectiva, al tiempo que consigue congregar a colectivos con diversos intereses en torno a ese mismo propósito común.
Al final del proceso: “todos (los elegidos) son uno” y las demandas políticas pueden reducirse a unos pocos “eslóganes”.
Simultáneamente, y de forma inevitable en el proceso, el líder dirigirá el descontento a un enemigo muy claramente identificado. Con diagnósticos y recetas muy simplistas, azuzará a sus seguidores para enfrentarse abiertamente a uno o varios grupos sociales, convertidos en chivos expiatorios: oligarcas, inmigrantes, judíos, comerciantes, bancos, naciones extranjeras, etc. Se polarizará la sociedad y aparecerán víctimas y culpables. La convivencia se hace imposible y se instala la crispación mientras la masa es movilizada con apelaciones a los peores instintos: resentimiento, soberbia, miedo, codicia, etc.
Los resortes del poder político, legislativo, judicial, mediático, empresarial y económico quedarán al servicio del programa populista y bajo el dominio del partido. Los contrapoderes institucionales que ponen coto al poder hegemónico irán desvaneciéndose al ritmo en que lo hacen los derechos y libertades de los ciudadanos. Dará comienzo una nueva era de concentración y centralización de poder, nada halagüeña para las libertades.
No es de extrañar que los discursos populistas, cuyo componente mesiánico es innegable, estén teñidos de ilusión y esperanza para la clase elegida, y de exclusión y odio para los repudiados. El conflicto está en la esencia de cualquier régimen populista.
Populismo de izquierdas o de derechas
Una confusión muy frecuente en el debate que se cierne en torno al populismo se origina en la dificultad de encasillar este fenómeno en las categorías políticas que los agentes sociales manejan con regularidad: izquierda o derecha. El populismo no conoce limitaciones ideológicas. Puede ser empleado como herramienta para tomar y concentrar el poder por unos y por otros a través del proceso democrático.
Aunque cada agenda política y social diverja por cuestiones puramente ideológicas, los regímenes populistas (o los movimientos que aspiran a serlo) emplean muy parecidas técnicas con el objetivo de transformar la democracia liberal e instaurar un régimen autoritario.
La segunda parte de este informe, de carácter más empírico, se centra en analizar las características de los movimientos populistas de izquierda y de derecha existentes en Latinoamérica y en Europa.
Empecemos con la izquierda. El populismo socialista de la tercera ola latinoamericano (Argentina, Venezuela, Bolivia, Ecuador) guarda similitudes con la nueva extrema izquierda que ha surgido en Europa desde el estallido de la crisis en el año 2008. Ambos, a un lado y otro del Atlántico, han sido capaces de edificar un movimiento con:
  • Líderes carismáticos y megalómanos.
  • Plantear una demanda propia aglutinando descontentos.
  • Construir un discurso polarizante que presenta a los amigos (el concepto gente) y a los enemigos (oligarcas, capitalistas, etc.).
  • Proponer un dramático incremento del gasto por parte del Estado ocultando que el mismo se financiaría seguramente con enormes confiscaciones o impresión masiva de moneda (véanse los casos de Venezuela, Argentina, etc.). Un ejercicio de clara irresponsabilidad económica.
  • Manejar una política de comunicación soberanista y nacionalista haciendo hincapié en la independencia y no en la xenofobia.
  • Proponer reformas constitucionales que ayuden a un progresivo fortalecimiento del poder ejecutivo.
El espacio final de este recorrido geográfico y temporal del populismo de izquierdas se ha dedicado a Podemos por su analogía con la tercera ola latinoamericana.
En cuanto a los movimientos populistas de la derecha nacionalista, el análisis anterior nos sirve casi por completo. Lo que les distingue, en lo fundamental, no es sino el foco de sus iras, es decir, cómo orientan la relación de víctima-culpable. Estos son sus elementos diferenciales:
  • Superan discursivamente la frontera de lo políticamente correcto.
  • Por ello, suelen utilizar un discurso xenófobo, antiinmigración y tremendamente nacionalista.
  • Suelen añadir nuevos temas a la agenda política tradicional y, de esa forma, canalizan el descontento existente en las capas sociales que les apoyan electoralmente.
Amanecer Dorado en Grecia (abiertamente filonazi), el Frente Nacional en Francia (fundado por Jean Marie Le Pen), el partido Jobbik húngaro o la Rusia Unida de Putin tienen programas marcadamente liberticidas. Partidos como el Bündnis Zukunft Österrich (Alianza para el futuro de Austria), los gobiernos regionales de Lombardía y Véneto en Italia (Liga Norte) y, en cierto grado, Donald Trump y el UKIP de Farage comparten algunos de estos elementos populistas en su discurso, pero resulta incierto el efecto institucional que podrían llegar a tener.
Es crítico que el concepto de populismo, y todas las caras con las que este se manifiesta, se clarifique para que todos aquellos comprometidos con los análisis rigurosos y la libertad comprendan las características que poseen las organizaciones de extrema izquierda y extrema derecha en los regímenes democráticos.
Es tarea ciudadana evaluar en cada caso si la amenaza es suficiente para hacer peligrar la estructura de derechos y libertades tan costosa de ganar y proteger. Esperamos que la guía cumpla con su objetivo y oriente a los individuos en tan importante labor fiscalizadora. 
(*) Eduardo Fernández Luiña Eduardo Fernández Luiña es Doctor en Ciencia Política (Universidad de Santiago de Compostela). En la actualidad, trabaja como profesor en el Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales de la Universidad Francisco Marroquín (Guatemala). Sus áreas de interés son el austrian public choice, la política comparada -europea y latinoamericana- y el mundo de las políticas públicas. 

El informe completo (I) en formato pdf puede descargarlo AQUÍ
El artículo del autor en la web del Instituto Juan de Mariana AQUÍ

Fuente: https://www.juandemariana.org/el-ijm/notas-de-prensa/los-movimientos-populistas-concentran-poder-politico-en-democracia-y-atacan

Piqueteros: Formalizando el Delito

Por Nicolás Cachanosky (*)
A mediados de la década del 90 en Argentina surgió el fenómenos social del piquetero. Este fenómeno creció significativamente con la crisis del 2001. Los piqueteros pertenecen a un grupo político que con signos de violencia (capuchas, palos, etc.) cortan calles, avenidas, o incluso autopistas como medio de diversos reclamos al gobierno.
El método es claramente extorsivo, al consistir en violar la ley y libertad de tránsito de terceros y especular con que el gobierno no desee utilizar la fuerza pública (la policía) para despejar el tránsito. La imagen violenta de los piquetes envía la señal al gobierno de que no van a levantar el corte de caminos de manera pacífica. En más de una ocasión se han reportado muertes cuando alguna ambulancia no ha podido llegar a buscar a un paciente grave o llevarlo al hospital en tiempo y forma. No obstante, los sucesivos gobiernos argentinos han optado repetidamente por dar un “status” especial al piquetero al no aplicarles el principio de igualdad ante la ley. Si a mi personalmente se me ocurriese cortar una calle el gobierno no vacilaría en llevarme esposado a la comisaría.
Recientemente, el gobierno de Mauricio Macri, denominado Cambiemos, analiza un acuerdo con los movimientos piqueteros según el cuál no sólo van a recibir una obra social, sino que también tendrán una especia de representación sindical. De implementarse esta iniciativa, el gobierno de Macri estaría no sólo formalizando el delito, sino que lo estaría financiando con el dinero bien habido del contribuyente, el mismo ciudadano de bien que trabaja para pagar una cara impositiva récord a nivel mundial, se encuentra ahora pagando los ingresos de los mismos piqueteros que le impiden llegar a su lugar de trabajo, entregar mercadería, y también, trasladar personas en urgencia médica por las avenidas de la ciudad.
El incentivo a este acuerdo es que los piqueteros y movimientos afines no realicen saqueos en diciembre complicando el panorama político del gobierno al final de su primer año de mandato. Lo que este análisis no parece considerar es que, al menos que la elasticidad de la oferta de piquetes sea cero, una mayor caja a la “actividad piquetera” resulta en más piquetes (o más piqueteros). Esto no es otra cosa que la ley de oferta:
Salvo que haya algún efecto que contrarreste este principio, no debería sorprender un aumento de cortes y actividades piqueteros en el corto y mediano plazo (como está sucediendo estos días).
(*) Nicolás Cachanosky. Profesor Asistente de Economía en la Universidad Metropolitana del estado de Denver, EE.UU. Artículo publicado por "Punto de vista económico" el 7 de Diciembre de 2016

martes, 6 de diciembre de 2016

No, Estados Unidos no se convirtió en potencia gracias al proteccionismo

Por Iván Carrino (*)
En muchos debates suele afirmarse que, gracias a frenar las importaciones, Estados Unidos desarrolló su economía. Esta teoría no tiene sustento.
El debate sobre el libre comercio lleva casi dos siglos. En 1776, Adam Smith criticó los argumentos del mercantilismo reinante y el mundo comenzó a volcarse al libre intercambio de bienes y servicios.
Pero tras 240 años de crecimiento económico y de mejora en las condiciones de vida, el libre comercio no deja de ser un tema polémico. Donald Trump es tal vez quien más ha instalado el debate a nivel mundial. El excéntrico millonario argumenta que los tratados de libre comercio que firmaron los Estados Unidos están quitándoles el empleo a los norteamericanos.
Afirmaciones como las de Trump encuentran eco en un sinnúmero de políticos a través del globo.
En Argentina, el ex candidato presidencial Sergio Massa propuso recientemente que las importaciones se suspendieran por 120 días. Más acá en el tiempo, Ricardo Alfonsín, hijo del expresidente del mismo nombre, sugirió en su cuenta de Twitter que “ningún país en el mundo se ha desarrollado industrialmente, optando por el libre comercio” y que los países desarrollados se industrializaron gracias a las restricciones a la importación.
El argumento de Alfonsín no es nuevo. De hecho, es muy común escuchar que, antes de ser la primera potencia mundial, durante la segunda mitad del siglo XIX, Estados Unidos tenía una política marcadamente proteccionista. A renglón seguido, se sostiene que gracias ello el país se desarrolló.
¿Qué hay de cierto en esta teoría? ¿Es verdad que Estados Unidos, referente de las fronteras comerciales abiertas, fue proteccionista y que creció gracias a esa política?
La respuesta es negativa.
En un trabajo titulado “El Crecimiento y las Tarifas aduaneras en la Segunda Mitad del Siglo XIX”, Douglas Irwin, profesor de la Universidad de Dartmouth, investiga qué efectos tuvieron, sobre el desarrollo de la economía norteamericana, los altos aranceles proteccionistas existentes.
El profesor afirma:
“En la segunda mitad del Siglo XIX, los Estados Unidos experimentaron un rápido crecimiento económico y emergieron como un poder industrial a nivel global. Durante este período, también mantuvieron elevadas tarifas aduaneras que dejaron fuera de las fronteras a los productos manufacturados en el exterior.”
A pesar de reconocer la correlación, Irwin advierte que eso no quiere decir que el proteccionismo haya generado crecimiento. Correlación no es lo mismo que causalidad.
Para el autor, el crecimiento económico de la segunda mitad del Siglo XIX en Estados Unidos fue originado por el aumento en la cantidad de población y la mayor acumulación de capital. No por los aranceles.
Entre 1870 y 1913, el PBI per cápita de EEUU avanzó 1,8% por año, mucho más que el 1,0% de crecimiento de la más liberal Inglaterra. Sin embargo, en Estados Unidos la población creció 2,1% por año (contra 1,2% en Inglaterra), y el stock de capital no residencial avanzó 5,5% anual, mientras que en Inglaterra sólo lo hizo al 1,7%.
La mayor abundancia de capital y de recursos humanos lucen como elementos mucho más explicativos del mayor crecimiento económico que las trabas al comercio. Estas últimas, a lo sumo, pueden beneficiar a los sectores protegidos, pero no a toda la economía.
Un segundo punto que destaca Irwin es que la acumulación de capital no fue consecuencia del proteccionismo, sino que se dio a pesar de él. Las trabas a las importaciones encarecen los productos extranjeros y, al hacer más onerosos los bienes necesarios para la producción, “pueden haber resultado muy dañinas para la acumulación de capital y el crecimiento”.
Uno podría pensar que la “sustitución de importaciones” impuesta por las trabas pudo haber generado mayor acumulación de capital por la demanda de los sectores protegidos. Sin embargo, a la luz de los datos, esta tesis también se cae. De acuerdo a un estudio citado por investigador de Dartmouth, el mayor crecimiento de la ratio capital/producto se dio en el sector no transable de la economía. Es decir, en aquellos sectores que no compiten con las importaciones, como la vivienda o el desarrollo de caminos. Además, en estos sectores fue donde más rápido creció la productividad, muy por encima de la protegida industria manufacturera.
Otra comparación importante que trae el autor es la diferencia entre los Estados Unidos “proteccionistas” de mediados del siglo XIX y los Estados Unidos más “liberales” del período 1950-1922.
Fuente: Tariffs and Growth in Late Nineteenth Century America – Douglas Irwin

En 1950 el arancel promedio había bajado al 10% y continuó haciéndolo hasta el 5% en 1992. Durante este segundo período, el PBI per cápita creció más rápidamente que durante la era proteccionista, pero gracias fundamentalmente a la mejora en la eficiencia productiva, y no tanto al influjo de grandes cantidades de nueva población. El acceso a bienes importados más baratos del exterior puede haber sido determinante en esta mayor eficiencia.

Los defensores del proteccionismo suelen mencionar a los Estados Unidos como un ejemplo paradigmático de cómo las trabas a las importaciones pueden dar lugar a un proceso de sostenido crecimiento económico. Sin embargo, como demuestra Douglas Irwin, correlación no implica causalidad.
El crecimiento económico de Estados Unidos cuando fue proteccionista no fue mayor que el de su etapa de bajos aranceles. Además, no fue producto del proteccionismo, sino del cada vez mayor número de habitantes, de la mayor acumulación de capital y del desarrollo de sectores no vinculados a la protección arancelaria.
Los motivos por los cuales es bueno abrirse al mundo exceden la experiencia puntual de un país determinado en un momento del tiempo. Pero es bueno recordar que, ni siquiera en este caso, la tesis proteccionista tiene asidero.
(*) Iván Carrino. Licenciado en Administración UBA y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Analista económico en Inversor Global, colaborador de Libertad y Progreso. Artículo publicado el 6 de Diciembre de 2016

Cuba, ¿de mal en peor?

Por Andrés Oppenheimer (*)
Ahora que Fidel Castro se ha ido y los jefes de Estado de Canadá, México y otros países han hecho el ridículo al elogiar los supuestos logros de un dictador que destruyó la economía de su país y ejecutó a miles de personas, es hora de echar un vistazo al futuro de Cuba. A corto plazo, no pinta muy bien.
En teoría, las cosas deberían mejorar. El presidente Raúl Castro, de 86 años, ha demostrado ser más pragmático que su hermano mayor y podría tener el camino allanado para hacer las reformas económicas que anunció en el VI Congreso del Partido Comunista, en 2011.
Los pequeños pasos de Raúl Castro hacia un capitalismo estatal como el vietnamita habían sido frenados por Fidel. Ahora, sin Fidel, los "fidelistas" tendrían menos poder para detener las reformas, al menos en teoría.
Sin embargo, la mayoría de los economistas coinciden en que Raúl Castro enfrenta una tormenta perfecta de malas noticias que le harán difícil reflotar la economía del país.

"Cuba sufre hoy su peor crisis económica desde los 1990 -dice el economista Carmelo Mesa Lago, profesor emérito de la Universidad de Pittsburgh y uno de los principales analistas de la economía cubana-. Las proyecciones dicen que la economía se estancará o disminuirá este año y que la situación empeorará en 2017."

En primer lugar, los envíos de petróleo subsidiado de Venezuela a Cuba, que mantuvieron a flote a la economía de la isla en los últimos años, cayeron alrededor de un 40 % durante los primeros seis meses de este año, según un reporte de la agencia Reuters. La economía venezolana está en crisis por la caída de los precios mundiales del petróleo y las desastrosas políticas económicas del gobierno bolivariano de Nicolás Maduro.

En segundo lugar, las exportaciones cubanas de servicios médicos -una especie de esclavitud moderna, mediante la cual el régimen cubano envía a decenas de miles de médicos a Venezuela, Brasil y otros países y se queda con más de la mitad de sus salarios- pueden estar en peligro. Venezuela tiene dificultades para pagar estos servicios y el nuevo gobierno de centroderecha de Brasil podría no renovar estos contratos gubernamentales.

Tercero, la producción cubana de níquel y azúcar está deprimida por los bajos precios de las materias primas y la destrucción de las industrias cubanas en los últimos 60 años. Y Cuba importa más del 70% de sus alimentos.
En cuarto lugar, el turismo, la mayor esperanza de la isla desde la apertura del presidente Obama a Cuba en 2014, podría disminuir si el presidente electo de Estados Unidos, Donald Trump, cumple con su amenaza de "terminar" el acuerdo de Obama con la isla.
"El pronóstico más optimista para Cuba es que después de unas décadas de lucha y reorientación terminará con el nivel de ingresos de la República Dominicana", escribió Tyler Cowen, profesor de economía de la Universidad George Mason en The Miami Herald.
Agregó que mientras el Banco Mundial estima el PBI cubano en 6000 dólares per cápita, esa cifra se basa en un tipo de cambio poco realista. El PBI real de Cuba probablemente no sea mucho más alto que el de 2000 dólares per cápita que existe en Nicaragua, dijo Cowen.
"Si Cuba no hubiera tenido una revolución comunista en 1959, podría haber sido una de las economías latinoamericanas más exitosas", agregó el experto.
Mi opinión: en lugar de elogiar a un dictador que no tuvo la valentía de competir en elecciones libres en casi seis décadas, los líderes de México, Canadá y otros países deberían haber citado la revolución de Cuba como ejemplo de un modelo económico que nadie debería seguir, y que va de mal en peor.
Si Trump se maneja con inteligencia, dejará a Cuba tranquila y no hará nada que le dé a la dictadura cubana una excusa para dar marcha atrás en sus tímidas reformas. Raúl Castro ha dicho que dejará el poder a comienzos de 2018, y sus sucesores, tarde o temprano, reconocerán lo que la gran mayoría de los cubanos ya han descubierto hace mucho tiempo: que el comunismo es el camino más largo -y más sangriento- entre el capitalismo y el capitalismo.
(*)Andrés Oppenheimer. Periodista y analista político internacional. Artículo publicado en La Nación el 6 de Diciembre de 2016