martes, 21 de noviembre de 2017

Thusydides vs. Alberdi

Por Armando Ribas (*)

    No tengo la menor duda de que el mundo en que vivimos habría sido incomprensible por siglos en la historia. En Atenas entre 430 y 400 años antes de Cristo, Thucydides estableció una regla general respecto a las guerras. Con ella pretendía explicar las guerras del Peloponeso entre Esparta y Atenas. Al respecto me voy a atrever a decir que esos principios a los cuales me voy  a referir habrían sido válidos hasta el siglo XX.
    Tal como lo describe Graham Allione en un reciente artículo de Foreign Affairs: “Los poderes crecientes comprensiblemente sienten un creciente sentido de derechos y demandan mayor influencia y respeto. Los poderes establecidos, enfrentando desafiantes tienden a convertirse en temerosos, inseguros, y defensivos”. En ese sentido se percibe el pensamiento de Thusidides que pretende explicar la razón de ser de la Guerra del Peloponeso.
    Ahora voy a dar un salto cósmico en la historia y en pleno siglo XIX Alberdi escribió ‘El Crimen de la Guerra’ donde adelantándose al futuro dijo: “Indudablemente las guerras serán más raras a medida que la responsabilidad de sus efectos se hagan sentir en todos los que las promueven y las suscitan. Mientras haya unos que las hacen y otros que las hacen hacer, no se ve porque motivo pueden llegar  a ser menos frecuentes las guerras”.
    Puedo decir que Thusydides describió un mundo que llegó hasta el siglo XX con las dos Guerras Mundiales. Alberdi predijo el mundo que surgiría en siglo XX por la creación de las armas nucleares. Por siglos las guerras eran la razón de ser de los países en la historia. Al respecto Hegel dijo que la guerra era el momento ético de la sociedad. Y ya Kant había escrito: “El hombre quiere la concordia, pero la naturaleza que sabe qué es mejor para la humanidad quiere la discordia”. Es decir la guerra, que Marx la transformó en la guerra de clases.
    Volviendo a Alberdi, indudablemente que predijo la razón de ser de que la guerra fría haya quedado fría y hoy llegamos a la impensable discusión de que Trump negoció con Rusia en contra de Hillary Clinton. Batalla que sigue en ciernes. Y por supuesto igualmente previó el terrorismo como la guerra del siglo XXI, que está pendiente.
    En virtud de esa realidad mi criterio es que Thusydides no aporta ninguna idea al respecto de las relaciones de China con Estados Unidos en la actualidad. La comparación entre ambos países a mi juicio entraña una paradoja, que según el Diccionario de la Lengua Española significa: “Especie extraña u opuesta a la común opinión”. La China es un país que ha existido por miles de años, que contiene una raza única y tiene la mayor población en el mundo. Al respecto reconozco que se adelantó al Occidente europeo hasta el siglo XV.
    Estados Unidos por el contrario constituyó la creación de un mundo nuevo. No existía; se creó, y en 1787 cuando logró la aprobación de la Constitución la población alcanzaba a solo 240.000 habitantes. Y dicho sea de paso es un país de inmigrantes donde hoy la raza no tiene lugar, de conformidad con los principios liberales. Y la inmigración persiste en busca de la libertad que garantizan los principios de la Constitución y que no debemos confundir con la democracia mayoritaria. Como bien escribió Richard A. Epstein: “Los principios incluidos en la clásica Constitución liberal, no son aquellos que operan solamente en esta o aquella era. Son principios para las eras”.
    Como ya he repetido, tal como lo describe William Bernstein en su The Birth of Plenty, el mundo hasta hace doscientos años vivía como vivía Jesucristo. Por tanto es indudable que la evolución del mundo comenzó en Inglaterra con la Glorious Revolution que fue llevada a sus últimas consecuencias en Estados Unidos a partir de la Constitución de 1787 a la cual me he referido. Así comenzó la libertad basada en el reconocimiento de la naturaleza humana y el respeto por los derechos individuales a la vida, la propiedad y a la búsqueda de la felicidad. Y en esos principios se basó la concepción de la mano invisible tal como la describiera Adam Smith.
    La China durante el gobierno de Mao Tse Tung era unos de los países más pobres del mundo y hoy continúa creciendo al 6,5% anual. Ese cambio se produjo con el advenimiento de Deng Xiaoping, pero no creo que en la China bajo el gobierno del partido comunista reine el Rule of Law. Pero es indudable que desde el poder absoluto reina hoy la mano invisible y por ello el 40% de la inversión extranjera va a la China.  
    El gobierno chino no tiene ningún interés en una guerra con Estados Unidos, y Marx habría desaparecido bajo la égida de Confucio: “Tratar a los demás como queremos ser tratados”. No es el Caso de Europa que está bajo Marx, Bernstein mediante, que predijo que al socialismo se puede llegar democráticamente, y por ello hace diez años que no crece. Diría que Xi Jimping ha aceptado a Hume internamente: “La estabilidad de la sociedad depende de la seguridad en la propiedad, la transferencia por consenso y el cumplimiento de las promesas”. Y en el orden externo: “La riqueza de tus vecinos no te perjudica sino que te beneficia”.
    Estos principios indudablemente aceptados por los Founding Fathers en Estados Unidos aparecieron repentinamente desafiados por Trump cuando propuso impedirle a las empresas americanas invertir en otros países que constituye una violación del derecho de propiedad. Y seguidamente propuso cerrar el comercio internacional. Indudablemente que en su viaje por Asia estos presupuestos parecen desparecidos de su mente. En su entrevista con Xi Jimping quedó claro el acuerdo con la China, que a su vez satisface la situación del superávit de la China en el comercio con Estados Unidos.
      Podemos concluir que no nos encontramos ante un enfrentamiento de civilizaciones, como describió Samuel Huntington. Como dijo François Ravel: “Culturas hay muchas, civilización una sola. Cuando se respetan los derechos”. No obstante las diferencias, si en China no se respetasen los derechos de propiedad no estaría creciendo a los niveles actuales. Y es en Occidente donde no se están respetando mediante el incremento inusitado del gasto público, que entrañ en si la violación de los derechos de propiedad. Y Alberdi está presente también al respecto: “Hasta aquí el peor enemigo de la riqueza del pais, es la riqueza del fisco. Y finalmente Trump destacó la cooperación con China, en su encuentro con Xi Jemping.   
(*) Armando Ribas. Abogado, escritor, ensayista, filósofo. Artículo remitido el 21 de Noviembre de 2017
Fuente: Comunicación personal del autor

lunes, 20 de noviembre de 2017

Generaciones y degeneraciones

Por Diana Ferraro (*)

En sus primeros discursos tras la victoria de Cambiemos en las elecciones de Octubre de este año, el Presidente Macri hizo varias veces mención a su generación como “la generación que va a cambiar la historia”, aclarando que su generación comprende a todos los que estamos vivos en este momento, tengamos noventa o quince años, y que acompañamos el cambio.
La curiosidad sociológica de una generación tan amplia quizá tenga arraigo en las declaraciones simultáneas de varios de los principales exponentes de Cambiemos, que sí conforman claramente una generación, y que hoy tienen alrededor de 40 años, una generación más joven que el propio presidente. Pero es también posible que, de un modo menos oportunista y más profundo, esta apelación generacional del presidente tenga su origen en lo que se percibe hoy de un peronismo aparentemente moribundo, con su historia épica terminada y sin recambio generacional visible.
En este sentido, el grito generacional de Macri puede ser interpretado como el de quien levanta una antorcha histórica y se propone continuar y aprovechar los buenos legados del pasado, eliminando a la vez el cúmulo de vicios y taras que, a lo largo del tiempo, se han ido enquistando en el aparato del Estado y, por ósmosis, en la sociedad.
Mientras el Presidente Macri hace este amplio llamado generacional y confía en su tecnología de gestión estatal para lograr el milagro, el peronismo—lejos de revisar su historia generacional y de asegurar su continuidad y renovación—parece sumergido en la suma de sus varias degeneraciones. Entre estas, debemos sumar, sin agotar la lista:
1) la degeneración dirigencial del último gobierno ejercido en nombre de un supuesto peronismo que, corrupción mediante, logró una nueva oligarquía de ignorantes mandamás enriquecidos y un 30% de argentinos pobres,
2) la degeneración partidaria, con un partido paralizado, sin elecciones y con dirigentes estáticos sumisos a la oligarquía gobernante,
3) la degeneración sindical, muchas veces igualmente asociada a e imitando los nuevos modos oligárquicos del supuesto peronismo gobernante y, finalmente,
4) la degeneración doctrinaria e ideológica, como producto de esa misma corrupción general y de un escaso pensamiento peronista capaz de alentar en la comunidad y al mismo tiempo, el resguardo doctrinario y la actualización a un mundo totalmente diferente al de los años 40-50 y 72-76.  
No es que el peronismo carezca hoy de posibles liderazgos—hay muchos gobernadores y aspirantes de toda laya—sino que el conjunto de peronistas carece de una clara idea de su historia y no entiende bien cómo continuarla. Después de la muerte de Perón, sólo hubo confusión y nadie sustituyó su incomparable liderazgo intelectual, claridad conceptual y adaptación a los tiempos.
La generación preparada para tomar el relevo post-Perón, la de los famosos niños de los años 40-50, optó, en una amplia mayoría en los años 70, por confundir el peronismo con el socialismo, marxista o democrático, poco importa, y aún en los mejores y más nobles intentos de esta generación, como fueron los del Frepaso en los años 90, tampoco se acertó con la continuidad de la matriz histórica del peronismo. En el mejor de los casos, se avanzó en la segura senda, bastante poco revolucionaria, de una social-democracia coexistente con un capitalismo controlado.
Durante los años 90, sin embargo, alguien mayor que esa generación, Carlos Menem, asociado al liberal Domingo Cavallo, acertó intuitivamente en el rumbo que debía seguir el peronismo. El escaso interés de Menem por una conducción intelectual del movimiento con la necesaria adaptación doctrinaria a los nuevos tiempos, buscando nuevos instrumentos peronistas (como hubieran sido los seguros de desempleo y dar un gran papel a los sindicatos en la recapacitación y educación de los desempleados por las reformas) hace que aún todavía hoy se dude del acierto de las medidas reorganizativas de la economía, a cargo de Cavallo y su afinadísimo equipo de la Fundación Mediterránea, entrenado no sólo en la actividad privada sino en el análisis de los problemas de gestión del Estado. Esta falla de un equipo que debería haber mezclado el peronismo con el liberalismo hasta obtener un resultado doctrinario y pragmático a la vez, todavía no ha sido lo suficientemente reconocida como para que se pueda hoy avanzar más allá, rescatando así los años 90—y no los presentes—como los años que, en rigor, sí cambiaron la historia, y, por ende, reafirmaron el sostenido protagonismo revolucionario e histórico del peronismo.
De la degeneración que siguió después de 2001 con el gobierno de Eduardo Duhalde, un hombre desinformado y con un pensamiento peronista congelado en los años 40, hasta llegar a la degeneración absoluta de los años 2003 a 2015, con el bastardeo utilitario de los contenidos peronistas por parte de lo peor de la generación setentista, el simultáneo descrédito del único gobierno que durante los 90 arrimó al peronismo y al país a su derrotero de éxito, y la ruina general que aún estamos padeciendo, poco queda para decir que no se diga hoy, en todas partes y todos los días.
Es bajo el peso de toda esta historia reciente, que ha ganado tantos y tan justos nuevos enemigos al peronismo, que se declara al peronismo terminado. A esta historia, además, se le suma una historia de base en la cual el peronismo ya tenía sus enemigos históricos—aquellos poco inclinados a aceptar la promoción económica de la clase trabajadora por medio de los sindicatos y las leyes de protección laboral y la promoción social de una masa mestiza y poco ilustrada hasta el advenimiento de Perón. Este conjunto sentimental de unos y otros, con las notas de frustración y fracaso predominando cuando no las de liso y llano odio, es el que hace que, casi de modo unánime, se perciba al peronismo como agotado, muerto, y casi enterrado.
Sin embargo, la historia del peronismo, con su etapa institucional no cabalmente y, mucho menos, exitosamente completada y con su hoy prorrogado mandato de defensa de los nuevos millones de pobres, no está aún terminada.
El liderazgo histórico peronista puede asumir:
1) la extraña forma de un liderazgo extra-partidario, cómo sería el caso de un Macri asumiendo los mandatos históricos peronistas,
2) la forma rigurosa y esforzada de un grupo reducido de peronistas que se ocupe de explicar y promover los nuevos instrumentos peronistas para la promoción económica, social y cultural de los trabajadores y sus sindicatos, y predominando en una interna partidaria, o,
3) la tradicional forma movimientista, laxa y líquida que, aprovechando errores de los adversarios y vacíos doctrinarios, vaya poco a poco reorganizándose alrededor de un partido democratizado y comprendiendo, en la práctica y por descarte, cómo debe ser el peronismo hoy.
Esto lleva a la pregunta de fondo: ¿cómo debe ser el peronismo hoy? Y la respuesta breve: debe ser un peronismo amigo de las mejores reformas liberales de este gobierno, empujando en ese mismo sentido para más reformas tendientes a lograr la mayor libertad para la iniciativa privada, para un menor rol del Estado en la manipulación de las reglas del mercado, y para una mayor e intensa participación de los sindicatos que, como organizaciones libres de los trabajadores, pueden y deben tomar a su cargo, en forma privada, todo aquello que el Estado no puede ni debe hacer.
El pseudo-peronismo del kirchnerismo remanente y el peronismo pseudo-ortodoxo no actualizado ni reformulado, serán enemigos o adversarios del gobierno del Presidente Macri, o incluso socios, allí donde muchos de los cuadros de PRO y sus socios Radicales prometan reformas social-demócratas.

El peronismo histórico, en cambio, ese peronismo que siempre supo estar a la vanguardia en la defensa de los trabajadores y la grandeza nacional, es ya hoy, aunque minoritaria, desorganizada, y oscuramente, un peronismo liberal y globalista, tan sindical como siempre, tan justo y soberano como antaño, y más libre que nunca. Ese peronismo será el socio esclarecido de este gobierno y, si Dios ayuda, su tábano liberal. 
(*) Diana Ferraro. Escritora, ensayista. Artículo publicado en su blog personal el 18 de Noviembre de 2017

Saqueos y Ventiladores

Por Enrique Guillermo Avogadro (*) 

"Un verdadero príncipe, un gobernante que se precie de tal, debe ofrecer la vida antes que entregar la dignidad de sus súbditos y la suya propia". Federico Andahazi 
Ninguno de nosotros -a esta altura, ni siquiera el 20% que la votó en todo el país en octubre- considera a Cristina Elisabet Fernández una verdadera princesa, ya que ha dado acabada pruebas de privilegiar sólo su interés, personal y pecuniario, antes que los de la Patria o, inclusive, a su partido político y, menos aún, que los de quienes robaron para la familia Kirchner durante décadas, en la Provincia de Santa Cruz y en todo el país más tarde.
La Argentina, más allá de los inesperados y exitosos acuerdos que consiguió suscribir el Gobierno el jueves con los gobernadores y con la CGT, está inmersa en una situación económico-financiera sumamente complicada: necesita endeudarse en el exterior para sostener el imprescindible gradualismo (30% de los habitantes son pobres) en el ajuste por la debilidad del ahorro interno, tiene una de las más altas tasas de inflación del mundo, para intentar controlarla el Banco Central sube las tasas de las LEBAC a límites enormes, la presión impositiva es desmesurada, el costo laboral y previsional nos impide ser competitivos, el Estado tiene un déficit que alcanza al 10% del PBI, el colapso de la infraestructura vial y ferroviaria incide gravemente en los costos internos, y sobran en todas las administraciones públicas más de un millón de empleados, a los que no se puede despedir mientras no haya quien los absorba.   
Ese panorama, como es lógico, está incidiendo en la falta de inversiones genuinas, esas que inocentemente esperabamos como una lluvia. Sin ellas, resultará imposible que la Argentina crezca a un ritmo que le permita reducir el porcentaje de deuda en relación al PBI, colocando al país en una zona de gran vulnerabilidad ante la eventual aparición de "cisnes negros" en el mercado internacional; el default de Venezuela, ¿será uno de ellos?
Ante esa combinación de factores negativos me pregunto cuánto ha incidido en ellos la feroz rapiña a que fue sometida la Argentina durante los últimos años. Si recordamos que durante la década pasada ingresaron en las arcas públicas nada menos que US$ 970 mil millones, y que el país quedó en ruinas, tendremos al menos una respuesta parcial. Sería suficiente pensar cuánto nos costó la ambición de Néstor Kirchner de quedarse con YPF en materia de pérdida del autoabastecimiento energético y, consecuentemente, en la enorme cantidad de esenciales divisas que nos hemos visto obligados a dilapidar para importar gas y electricidad, y de perpetuarse en el poder a través del más impúdico clientelismo,
Pero no basta, porque día a día aparecen nuevos chancros expuestos que muestran hasta qué punto llegó el saqueo. Veamos algunos ejemplos que permiten una aproximación: los fondos desaparecidos de Santa Cruz; la mina de carbón de Río Turbio; los negociados con Hugo Chávez con bonos de deuda argentina; los inexistentes caminos y centenares de propiedades a nombre de Lázaro Báez; la venta fraudulenta de dólar futuro; el lobby de las constructoras encabezadas por Skanska y Odebrecht; la explosión del juego y la tolerada evasión impositiva de Cristóbal López; la penetración del narcotráfico gracias a la sociedad con Cristina y su gerente Anímal Fernández; los US$ 50 millones en propiedades en Miami del "valijero" y secretario presidencial Daniel Muñoz; "Sueños Compartidos" y la Tupac Amaru; Fútbol para Todos; los sobreprecios en los cargamentos de gas licuado; el enriquecimiento de Ricardo y Pablo Barreiro, Osvaldo Sanfelice y Martín Aguirres; el negociado de Ciccone; las cadenas de hoteles de los Kirchner y Relats; Rudy Ulloa Igor y su transformación de cadete en empresario de multimedios; la apropiación de tierras fiscales en Calafate; la malversación de subsidios en la Secretaría de Transportes (colectivos y ferrocarriles) y en el INCAA; el brutal incremento de la pauperización y su consecuencia en el crecimiento de los asentamientos y villas de emergencia; el latrocinio en el PAMI y en IOMA; las cajas fuertes de Florencia Kirchner; las montañas de dinero pesadas en "La Rosadita"; el gran abanico de medios de prensa sostenidos exclusivamente por la publicidad oficial; la Universidad de las Madres de Plaza de Mayo; los viajes de personajes en aviones privados y el transporte de diarios y medialunas a Río Gallegos en los Tango; etc., etc..
¿Cuál fue el costo para el país de la disparatada guerra contra el campo que abortó por el voto "no positivo" de Julio Cobos? ¿Cuánto se robó con las indemnizaciones a los terroristas y a sus familiares? ¿A cuánto alcanzan los saldos de las cuentas de Cristina y su familia en las islas Seychelles y otros paraísos fiscales? ¿Cuánto nos costó y qué objetivo real tuvo la expedición de Guillermo Moreno a Angola?; ¿fue, como creo, para cambiar las montañas de billetes de ? 500 que juntaba Néstor, para acariciarlos y entrar en éxtasis, por diamantes africanos? Sin duda, otra vez estamos hablando de miles de millones de dólares.
Tal como algunos suponían y pocos esperaban, la sucesión de prisiones preventivas decretadas contra ex funcionarios de primer nivel del kirchnerismo ha provocado pánico entre los afectados, en especial porque el ánimo de todos ellos se vio francamente perjudicado por la falta total de solidaridad de la "noble viuda"; en la medida en que varios de quienes ahora viven atrás de las rejas han involucrado -como lo hizo ella misma- a sus propios hijos en la comisión de un sinnúmero de delitos gravísimos (lavado de dinero, enriquecimiento ilícito, fraude y complicidad en la corrupción, etc.), la preocupación de cada uno se ha incrementado exponencialmente.
Ya vimos "arrepentirse" a personajes menores como Leonardo Fariña y Federico Elaskar, pero ahora se han sumado Alejandro Burzaco y Alejandro Vanderbroele, que han comenzado a hablar de los negocios de Cristina y su hijo Máximo, de Amado Boudou, de Ricardo Echegaray, de Juan Manuel Abal Medina, de Gabriel Mariotto, de Julio Grondona y de Gildo Insfrán. Julio de Vido amenaza epistolarmente contar lo mucho que sabe y, seguramente, lo seguirán Lázaro Báez, tan pronto la remolona Justicia se lleve puestos a sus hijos, y Luis D'Elía y el propio AnímalFernández, transformados en las más llorosas viudas de don Néstor. En esta materia, todo lo que leemos diariamente en la prensa no ha hecho más que empezar, y en Comorodo Py, con el despido de Eduardo Freiler, se respira un aire levemente más puro.
Con certeza, las cárceles de Marcos Paz y Ezeiza se seguirán poblando de delincuentes como los descriptos, pero no podemos ni debemos resignarnos a que ése sea el único costo que deberán pagar. Es imprescindible que devuelvan las inmensas fortunas que han robado, para que sirvan para paliar, al menos en parte, el monumental daño que su accionar ha generado en términos de pobreza, miseria y costo argentino. De acuerdo con la definición del Tratado de Roma, el kirchnerismo cometió un verdadero genocidio, como bien saben los qom y los wichis.
En estos días, está circulando por las redes una versión que atribuye al insólito e inexplicable viaje a Europa de Alicia Kirchner, Gobernadora de la Provincia de Santa Cruz, que se encuentra en crisis terminal, el propósito de buscar y negociar asilo político para su cuñadísima y sus hijos. Estoy convencido que se trata de un disparate, toda vez que hoy ningún país otorga protección a los acusados de corrupción; Alberto Fujimori, ex Presidente del Perú, fue extraditado por Japón, pese a ser ciudadano también de ese país, y hoy se pudre en una cárcel de Lima.
Las excepciones, claro, son los falsos paraísos comunistas de Venezuela  y Cuba, pero no me parece que, con las veleidades que la caracterizan, Cristina se muestre proclive a residir en ellos, donde le resultaría imposible exhibir sus joyas y sus exclusivas carteras Louis Vuitton.
Bs.As., 18 Nov 17
(*) Enrique Guillermo Avogadro. Abogado
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Fuente: Comunicación personal del autor

Progres de realidad paralela y tiernos progres de diván

Por Jorge Fernández Díaz (*) 

Macri lanzó una mirada azul e irónica sobre aquel cacique sindical, y todos esperaron entonces que profiriera una de esas chanzas mordaces con que habitualmente aguijonea a sus rivales futbolísticos. Pero esta vez no se trataba de fútbol: "De acuerdo, no vamos a impulsar una reforma laboral tan dura como la brasileña -le dijo, ante los ojos atentos de todos-. Pero si los inversores prefieren a Brasil y no a la Argentina, la culpa la vas a tener vos y vamos a estar obligados a sentarnos otra vez y a discutir cómo miércoles generamos laburo". Ese día comenzó a definirse el futuro acuerdo gremial; los caciques se sentían aliviados. La pregunta, sin embargo, sigue siendo pertinente: ¿cuál de esas dos partes en pugna era más progresista? Pongamos un contexto: este modesto dilema ideológico se plantea en un país estancado que quiere ingresar mágicamente en la era global de la posindustrialización, la ultratecnología y la sociedad del conocimiento, pero sin renunciar a las reglas modélicas de los tiempos del Duce. Como si un paisano pretendiera entrar en la era espacial con un jeep de rezago de la Guerra Civil Española. En un mundo donde el trabajo está amenazado, progresista no es quien defiende el statu quo, sino quien lo rompe para crear empleo. Me refiero a empleo justo, legal y sustentable, y no a tareas negras ni negreras, ni al facilismo de la aspiradora pública, que luego la Nación no puede financiar.
El asunto se conecta secretamente con otras voces, otros ámbitos. Narra un amigo que debe manejarse en puntas de pie para no agitar la grieta cada vez que se reúne con familiares queridos en el conurbano. Hace dos domingos se sorprendió al descubrir que esa eterna calle de tierra estaba asfaltada, y no pudo con su genio: "Veo que por primera vez tus impuestos rinden frutos". El hermano kirchnerista miró por la ventana y le respondió: "El intendente es del palo". Pero lleva años y años de gestión: ¿justo ahora te asfaltan la calle?, pensó retrucarle; se mordió los labios: al kirchnerista lo asiste el derecho inalienable de la realidad paralela, y si acaso existe un milagro se debe a la benevolencia de algún "compañero", nunca a una acción pactada con la gobernación o con Balcarce 50. A esto se une el desprecio que el progre urbano siente por la infraestructura y los créditos hipotecarios, que como todo el mundo sabe son martingalas de la derecha. "Bueno, estoy con el kirchnerismo porque quiero votar con los pobres", dicen acorralados en mi barrio. No obstante, los estudios del voto demuestran que millones de "descamisados" les pusieron la boleta a otros partidos, tal vez porque al proletariado verdadero sí le interesan esas cloacas que menosprecian los tilingos de Peronismo Hollywood. "No importa, me mantengo en esa posición porque siempre fui antiimperialista", aducen los simpatizantes del "socialismo nacional" mirando hacia Washington. Parecen no haberse anoticiado de que por primera vez en los últimos quinientos años el gran poder abandona el peñón occidental para establecerse en Oriente. Y que el exangüe "socialismo del siglo XXI" no ha hecho más que cambiar de patrón: olvidando la consigna "liberación o dependencia", el chavismo ahora depende descarada y desesperadamente de la Rusia imperial de Putin y del Partido Comunista Chino. El ombliguismo argento no registra este contradictorio y dramático reseteo de la mundialización. "En la región, todavía no sabemos cómo hablar de China", se angustia Ricardo Lagos. Quienes siguen hablando hoy en día de "coloniaje" en relación con la Casa Blanca suenan más viejos que la revolución sandinista. Proteccionismo y apertura no son ya remedios absolutos, sino matizados, híbridos y mutantes. El sociólogo alemán Ulrich Beck asegura que el pasado se caracterizaba por la férrea dialéctica de "esto o aquello", y que el presente se singulariza por amalgamar y combinar ideas polarizadas y contradictorias. La nueva lógica es "esto y aquello", según cuándo y cómo conviene. No está garantizado, por supuesto, que Cambiemos lea bien estos nuevos vientos de la historia universal; mucho menos que consiga subirnos al tren y no descarrile, pero está probado al menos que el populismo nos lleva al atraso y que las supercherías progres se han vuelto retro. Macri debería entender, al mismo tiempo, que ningún gran país se hizo grande sin una pizca de nacionalismo sano y sin una saludable propensión a la igualdad social.

El gen progresista es aquí transversal y reconoce al menos tres formatos. A un lado y a otro de la fractura exacerbada por los discípulos de Laclau, hay gente de "centroizquierda" en el cristinismo y también en Cambiemos, donde históricos alfonsinistas y socialdemócratas modernos y sin partido acompañan su entente. Pero también hay un progresismo independiente e inarticulado que marcha por el medio, y que bascula con opiniones inestables en relación con las pugnas clásicas. Esas almas bellas suelen ser genuinamente antimacristas, y eso las une de manera intermitente con las ocurrencias victimizadoras del kirchnerismo, a pesar de que los mandarines de la "década ganada" las hostigaron desde el Gobierno y les trabajaron la moral de manera cruel: gorilas, vendidos a la oligarquía, funcionales al sistema. Las almas bellas lucen culposas, y a veces caen en prejuicios de brocha gorda y en un cierto fetichismo lombrosiano: un hombre de negocios les parece a simple vista la encarnación de Lucifer, no reconocen los avances igualitarios del Estado de bienestar capitalista (salvo cuando viajan a Europa para pasear) y las empresas son siempre sospechosas y les producen urticaria (salvo las que pagan sus sueldos). Las neurociencias y el psicoanálisis explican muy bien esta clase de emocionalidad inconsciente; también la necesidad de comprar causas obvias que los acrediten como integrantes del bien y oponentes del mal, aunque a la vez lo suficientemente etéreas como para permitirles retroceder con rapidez a posiciones cómodas y prescindentes, e incluso en algunos casos a elevarse como el fiel de la balanza y el árbitro del partido. Curiosamente, ciertas "almas" sienten culpa de simpatizar de pronto con alguna idea del demonio, se horrorizan de sí mismos y son reactivas, como esa persona que se siente atraída por alguien de su mismo sexo y para calmar su espanto se vuelve homofóbica. Esta carne de diván suele ser, en consecuencia, proclive al relato psicopático que los kirchneristas logran instalar. El asunto no tiene mayor relevancia electoral, aunque Luis Alberto Romero advierte que esos mecanismos manipulativos y esas solidaridades automáticas van creando un "sentido común dominante". Los casos de Milagro Sala y de Santiago Maldonado son ejemplos de cómo operaciones falsarias del cristinismo, con la inestimable ayuda de algunas organizaciones humanitarias internacionales porosas a lobbistas partidarios, resultaron persuasivas para los segmentos más blandos del progresismo, que compraron las mentiras y hasta se embanderaron con ellas: el primero produjo una crisis hacia afuera y el segundo una crisis política hacia adentro. El progresismo nacional y también el más cosmopolita no son ajenos a estas peligrosas campañas de argumentación. Ese colectivo debería revisar todos y cada uno de los preceptos sacrosantos con que fueron tiernamente criados. Puesto que antes no es ahora, y que muchas categorías tradicionales se volvieron anacronismos risibles. El más progresista de los sentidos críticos debería empezar por casa.
(*) Jorge Fernández Díaz. Columnista de La Nación. Artículo publicado el 19 de Noviembre de 2017

jueves, 16 de noviembre de 2017

Aprender a aprender: un desafío para la educación del siglo XXI

Por Edgardo Zablotsky (*)

El desarrollo tecnológico y el uso de la web proveen un espacio increíble para que toda persona pueda ejercer la libertad de aprender lo que desea, independientemente de su localización geográfica y, aún en muchos casos, de sus posibilidades económicas. Probablemente en pocas áreas la tecnología ha contribuido tanto, y lo hará mucho más todavía, para gozar de los beneficios de la libertad como lo es en el terreno educativo.
Hoy el problema no es memorizar una gran cantidad de información que autoritariamente un docente nos enuncia. Así se estudiaba hace no tanto tiempo. Lo relevante es aprender a buscar la información, a sistematizarla, sintetizarla y utilizarla con criterio. La información que encontramos en la web no es escasa sino, por el contrario, demasiada y, por supuesto, muchas veces desordenada. Es necesario discernir qué nos es de utilidad para el tema puntual que estamos estudiando o el trabajo que nos encontramos realizando. Por ello, el papel del maestro sigue siendo fundamental, pero es muy distinto al que supo tener años atrás.
Y he aquí un serio problema que, de pensarlo un segundo, resulta obvio. Los chicos que cursan actualmente la primaria reciben una educación esencialmente igual a la que recibieron sus padres y sus abuelos. La escuela no cambia, pero los alumnos sí. Cualquiera que es profesor lo sabe. Esto da por resultado un cóctel explosivo.
La educación, tal como la conocemos hoy, nació en el contexto de la revolución industrial. ¿Cuál era su objetivo? Preparar a los jóvenes para convertirse en buenos empleados para las fábricas, formarlos con un pensamiento homogéneo que funcionara bien en el rutinario entorno laboral de la época. Es claro que en ese entorno el concepto de libertad educativa no tenía ningún significado.
El propósito actual de la educación sigue siendo preparar a los jóvenes para desarrollarse en la sociedad que encontrarán en su vida adulta. Pero estamos en un mundo que cambia a un ritmo sin precedentes. Por eso, la educación hoy debe ser muy distinta.
¿Cómo hacerlo? Aprender a aprender es la respuesta. Ya no importa aprender conocimientos específicos, sino tener la capacidad de aprender en forma continua. Probablemente la mayor parte de lo que un joven necesite aprender, a lo largo de su vida adulta, hoy ni siquiera exista. Cada joven, cada individuo, es distinto y no puede caminar sobre esta cinta sin fin de adquisición de nuevos conocimientos si no goza de la libertad de elegir qué es lo que necesita aprender en cada momento y dónde puede encontrarlo. La revolución tecnológica permite justamente eso.
Enseñar a aprender por sí mismo, ese es el papel del docente en este nuevo mundo en que vivimos. El maestro es un guía que debe motivar al alumno a desear ejercer su libertad de aprender por sí mismo; no existe otra forma de hacerlo.
Aprender a aprender, esa es la idea. La tecnología lo facilita de una manera increíble si somos capaces de utilizarla. Ese es actualmente un gran problema que enfrenta la educación. Repetidas veces los alumnos conocen tanto más de este nuevo mundo que sus maestros, muchos de los cuales pertenecen a una generación en la cual la televisión se veía en blanco y negro.
¿Qué sentido tiene hoy día sentarse a tomar una materia con un profesor que sabe mucho menos que un investigador del MIT, de la Universidad de Harvard o de Chicago, cuyo curso lo podemos tomar en línea? Llegará ese momento en que cada estudiante haga uso de su libertad para armar la currícula que desee, eligiendo cursos que se ofrezcan en distintas universidades, en distintos lugares del mundo. Obviamente, eso será posible cuando en las búsquedas laborales no se requiera un título sino una certificación de conocimientos.
Parece un futuro lejano, yo creo que no lo es. La velocidad del cambio tecnológico es tal que perdemos noción de ella y se acelera exponencialmente. Tarde o temprano el avance tecnológico será tal que pensar que un estudiante deba estar sentado varias horas al día en un aula, tomando durante cinco o seis años un conjunto de materias decididas por burócratas en algún momento lejano del tiempo, será tan sólo un recuerdo.
Es claro que para que ello sea una realidad, el paradigma educativo deberá cambiar: ya no enseñar a nuestros alumnos conocimientos sino la capacidad de aprender a aprender por ellos mismos, de aprender a utilizar todos los recursos que la tecnología ofrece para educarse a lo largo de toda su vida en un marco de mucha mayor libertad. Ese es del desafío de la educación para el siglo XXI.

(*) Edgardo Zablotsky. Miembro de la Academia Nacional de Educación y vicerrector de la Universidad del CEMA. Artículo publicado por INFOBAE el 16 de Noviembre de 2017

miércoles, 15 de noviembre de 2017

¿Cómo te afecta el Gasto Público?

Por CEDICE Libertad (*)
(*) CEDICE Libertad Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad de Venezuela. "¿Sabías que en 1947 Venezuela llegó a ser el país más rico de América Latina? ¿¡Qué nos pasó!? En este video realizado por CEDICE Libertad en co-producción con Libertad y Progreso, se dan respuestas y nos explica de una manera sencilla, cómo y cuánto gasta el gobierno de nuestro dinero". Video subido a Youtube con licencia estándar.

El síndrome del tercermundismo

Por Carlos A. Montaner (*)

Chile está a punto de entrar en el Primer Mundo. Será la primera nación de América Latina que logre derrotar el subdesarrollo
El 19 de noviembre los chilenos acudirán a las urnas. Si ningún candidato obtiene más del 50% de los sufragios, los dos más favorecidos (de un total de ocho) volverán a aspirar el 17 de diciembre. Según todas las encuestas, Sebastián Piñera, cabeza de la centroderecha, será nuevamente el jefe del Estado chileno en la primera o en la segunda vuelta. Ya lo fue, exitosamente, entre el 2010 y el 2014. Lo sustituyó, sin gloria, Michelle Bachelet, que sale de la presidencia con el aproximado rechazo del70% de los chilenos y el aprecio del 30 restante.
Hasta ese punto no hay nada sorprendente, salvo la historia de la evolución económica y social de Chile y el miedo al éxito de una parte sustancial de la población de ese país. Es lo que llamo “el síndrome del tercermundismo”. Son ese conjunto de síntomas, basados en supersticiones ideológicas, que impiden que ese país (como sucede con toda América Latina) finalmente se transforme en una nación del Primer Mundo.
Hasta 1970 Chile fue una nación en la que convivían la democracia con la injerencia constante del Estado. Era un país libre, pero gris, sometido a una serie de controles que ahogaban la creatividad de sus emprendedores. Ese año fue electo Salvador Allende con un tercio de la votación, pero quiso emprender una revolución social inspirada en el ejemplo cubano, curso que contradecía sus promesas de campaña y el documento que tuvo que firmar con el Parlamento para acceder a la presidencia.
El experimento se saldó en 1973 con una grave crisis económica, inflación, desabastecimiento, atropellos judiciales y, finalmente, el golpe militar de Augusto Pinochet.
Los 17 años de Pinochet fueron duros. Hubo unos tres mil asesinatos y miles de chilenos marcharon al exilio para escapar de las cárceles y la tortura. La Democracia Cristiana, que en un principio apoyó el golpe, muy pronto se opuso a los militares. Sin embargo, como Pinochet tenía una idea muy borrosa da la economía, contra el consejo de algunos militares estatistas (como casi todos), les entregó esas actividades misteriosas a unos jóvenes académicos que se habían formado en Chicago bajo el magisterio de Milton Friedman, o en Harvard, donde tampoco eran ajenos a la influencia intelectual de los defensores del mercado y de la versión moderna del laissezfaire. En ese punto comenzó la leyenda de los Chicago boys.
La reforma de la economía tuvo éxito. Al principio, naturalmente, hubo tropiezos, pero en 1990, cuando los chilenos retoman la democracia como método de gobierno, el país estaba encaminado en la dirección correcta. Chile crecía espectacularmente, y la oposición, ya instalada en la Casa de la Moneda, tuvo el buen juicio de no cambiar lo que funcionaba estupendamente: el modelo económico. No regresó al Chile preallendista, sino inauguró la etapa pospinochetista sobre las bases sólidas que les habían dejado los Chicago boys, hasta que la señora Bachelet, en su segundo periodo, comenzó a involucionar hacia el pasado.
La gran contradicción es que mucho de los que rechazan a Piñera lo hacen por las malas razones. Siguen creyendo en la Teoría de la Dependencia –esa idiota manía de culpar a las naciones desarrolladas de la pobreza del Tercer Mundo-, sin preguntarse quiénes han tratado de impedir a los cuatro dragones asiáticos dar el salto a la prosperidad. O sin estudiar cómo Israel comenzó exportando naranjas y hoy exporta aviones, medicinas y software. Incluso el caso de Irlanda, ahora un país bastante más rico que el Reino Unido del cual se separó.
Chile está a punto de entrar en el Primer Mundo. Excede los 24,000 dólares per cápita de PIB medido en paridad de poder adquisitivo, sólo tiene un 6.5% de desempleo, y existe una gran movilidad social en un país que hoy está sustancialmente habitado por clases medias. Si mantiene el gasto público bajo, se aparta del capitalismo de amiguetes (crony capitalism), erradica la poca corrupción que existe, sostiene un sistema competitivo que aumente la productividad, y es capaz de alentar a los emprendedores e innovadores, será la primera nación de América Latina que logre derrotar el subdesarrollo, algo que pudiera anunciarse en los próximos cuatro años.
Para el resto de América Latina es muy importante que exista esta excepción. Será la señal de que no hay nada en nuestro ADN que impida que los latinoamericanos prosperen, abandonen los vagones pobres y mediocres de la civilización y se incorporen a la locomotora del planeta. Pero para ello es menester que Chile triunfe claramente.
Cuando eso suceda, nadie tendrá el derecho de convocar a revoluciones absurdas y sangrientas, como sucede en la Venezuela del chavismo o en la Cuba irreductiblemente estalinista de Raúl Castro. El camino es otro: el del mercado, la competencia y la libertad. El que Chile emprendió hace varias décadas.
(*) Carlos A. Montaner nació en La Habana, Cuba, en 1943. Reside en Madrid desde 1970. Ha sido profesor universitario en diversas instituciones de América Latina y Estados Unidos. Es escritor y periodista. Varias decenas de diarios de América Latina, España y Estados Unidos recogen desde hace más de treinta años su columna semanal. Artículo publicado por Cubanet el 12 de Noviembre de 2017
Fuente: https://www.cubanet.org/opiniones/el-sindrome-del-tercermundismo/

"Fayando y fayando"(*)

Por Enrique Guillermo Avogadro (**) 

"Nos envejece más la cobardía que el tiempo. El tiempo sólo arruga la piel. El miedo arruga el alma" Facundo Cabral 
Hoy la Justicia ocupa el lugar central de la vidriera donde se exhibe lo peor de la Argentina, tanto por el enorme desprestigio que la rodea, cuanto por la discusión acerca de las reformas necesarias. Las responsabilidades alcanzan a los tres poderes del Estado, y su buen desempeño, con independencia, seriedad y celeridad, resulta esencial para nuestra propia convivencia como sociedad y para la inserción de nuestro país en el mundo, con la consecuente llegada de indispensables inversiones: para que la incidencia de la deuda pública en el PBI descienda, éste debe crecer y, por otra parte, el millón de empleados públicos que sobran sólo podrán ser despedidos cuando la actividad privada pueda absorberlos.
El inventario de los males que la aquejan incluye la modificación kirchnerista del Consejo de la Magistratura, la nefasta aceptación de la renuncia de los magistrados cuestionados, el inicuo comportamiento de los jueces federales, el enriquecimiento inexplicado de algunos, la falta de preparación de otros, la colonización del fuero penal por la escuela garantista (herencia de Zaffaroni), la industria de los juicios laborales, la enorme duración de los procesos, el colapso edilicio y la falta de equipamiento informático, el nepo/amiguismo en el ingreso del personal a la carrera judicial y varios etcéteras.
Una vez más, y por razones cada vez más repugnantes, ha vuelto a ser cuestionada. Regresó a la picota por obra del Juez Ariel Lijo y su orden de detención del ex Vicepresidente, Amado Boudou. En la nota anterior, "Punteros, malandras y porongas", ya expresé mi opinión sobre el tema, pero la difusión de las imágenes y filmaciones captadas durante el procedimiento ha suscitado una discusión que amerita otro análisis, ya que una parte de la ciudadanía y del periodismo se rasgó las vestiduras frente a la presunta e humillación a la que habría sido sometido el reo -se trata de un delincuente común, cómplice y testaferro del régimen saqueador que acaba de pasar a la historia- cuando se lo vio en piyama, descalzo y despeinado, mientras se le leía la orden de prisión.
Comenzó una polémica, amplificada en las redes sociales, acerca de la eventual violación de los derechos humanos del imputado, y otra vez se reveló nuestro costado más hipócrita. Nada se dijo de los perjuicios directos que este incansable ladrón causó a los más humildes y desprotegidos de nuestros conciudadanos, muchos de los cuales siguen descalzos -hace poco tiempo se viralizó la fotografía de un chico en un colegio rural, sin zapatos, mientras portaba la bandera- sino que se olvidaron las situaciones, mil veces más graves, que afectan a los militares y civiles presos, muchos sin condena firme, desde hace tantos años.
Los recientes presos por corrupción, mucho más jóvenes, son trasladados al Hospital Penitenciario de Ezeiza, donde pueden comprobar en carne propia la precariedad de las instalaciones y de los servicios que allí se brindan; pero los antiguos huéspedes son ancianos cuya edad promedio supera los 76 años y presentan patologías de toda índole, incluyendo numerosos de casos de cáncer terminal, están casi ciegos o paralizados.
Entre los muchos casos que fueron llevados en penosas condiciones a los tribunales que los juzgan en los procesos mal llamados de "lesa humanidad", hombres de edad muy avanzada, algunos de los cuales se encuentran afectados por males de Alzheimer y Parkinson, los más emblemáticos fueron los del General Antonio Bussi y del Comisario Luis Patti. Además de recordar que fueron elegidos por sus vecinos varias veces como Gobernador de Tucumán e Intendente de Escobar, respectivamente, fueron obligados a comparecer estando cuadripléjicos; sus penosas fotografías en camilla recorrieron el mundo y, sin embargo, no hubo queja alguna de parte de los organismos de pseudo derechos humanos, ni se levantó una sola voz desde la política que se refiriera a ellos. Ahora, muerto el primero y cuando los jueces decretaron la prisión domiciliaria del segundo, se organizan escraches para repudiarlo; ¿se necesita alguna muestra más de la tuerta mirada de esas organizaciones? Pero no fueron los únicos episodios aberrantes de este largo período de venganza caníbal que se desatara a partir de la llegada del kirchnerismo al poder y que el gobierno de Cambiemos no ha hecho nada por interrumpir.
El mes pasado, desde el penal de Ezeiza fueron llevados a un tribunal de Bahía Blanca un grupo de detenidos; el traslado se efectuó en un camión celular, destartalado y sucio, a pesar de la avanzada edad -superaban los 82 años- y de las enfermedades de los imputados. Por la noche y durante doce horas, con las luces interiores encendidas permanentemente y las ventanillas cegadas, se los trató como ganado; entre otros comportamientos humillantes, el vehículo no se detuvo ni para que pudieran ir al baño -el existente en el interior estaba clausurado- y debieron utilizar en su reemplazo botellas provistas por los agentes penitenciarios. Tampoco hubo entonces queja alguna, ni reacción de la Secretaría de Derechos Humanos. El contraste con el trato brindado a los presos por corrupción, que incluyen traslados en avión y vehículos de alta gama, no puede resultar más repulsivo.
El otro aspecto de la cuestión Boudou se centró en la orden de prisión preventiva del ex funcionario. La ley establece que esa medida de privación de la libertad se debe decretar cuando existe peligro de fuga o se puede poner el riesgo la investigación; dada la edad de los militares y su falta de medios económicos, pensar que puedan escaparse sería una estupidez, y nadie podría alterar las pruebas en hechos ocurridos hace cuarenta años.
No puede exceder de los dos años, prorrogable por un año más si hubiera fundamentos. En el caso de los presos políticos, amén de otras aberraciones violatorias de todos los principios del derecho que sustentan el edificio de la civilización occidental -irretroactividad de la ley penal, juez natural, legalidad, principio de inocencia, etc.- esos límites han sido superados exageradamente. Para poner números concretos, hay que decir que el 76% no tiene condena firme, y el promedio de extensión de sus prisiones preventivas llega a los 6 años, aunque en algunos casos alcanzan a los 15; peor aún, 287 detenidos en esas circunstancias ni siquiera han llegado a juicio, o sea, nunca han sido declarados culpables de los crímenes que se le imputan.
Tengo esperanzas en que la reciente renuncia de la Procuradora General de la Nación, la inefable Alejandra ¡Giles! Carbó, que tendrá efecto a partir del 31 de diciembre próximo, y la reforma de la ley del Ministerio Público, en tratamiento hoy en el Congreso, permita el rápido desplazamiento de los innumerables impresentables disfrazados de fiscales con los que colonizó los tribunales, con la obvia complicidad de esos otros canallas, los jueces -verdaderos asesinos togados- que llevaron adelante los juicios de la venganza.  
¡Teléfono para Germán Garavano, Ministro de Justicia, y para Claudio Avruj, Secretario de Derechos Humanos! No se puede ser acomplejado ni timorato, en especial cuando enfrente están los mismos que pretenden destituir al Gobierno y convocan a organizar comandos de resistencia sin que a nadie se le mueva un pelo.
Bs.As., 11 Nov 17
(*) De "Yira, yira", tango de Enrique Santos Discépolo
(**) Enrique Guillermo Avogadro. Abogado
E.mail: ega1@avogadro.com.ar
E.mail: ega1avogadro@gmail.com
Site: www.avogadro.com.ar
Fuente: Comunicación personal del autor

¿Reconciliarnos o asumir nuestro pasado?

Por Luis Alberto Romero (*)

Quizá para comenzar a superar la tragedia argentina, más que reconciliarnos, necesitamos comprendernos unos a otros desde la historia.
En julio de 1792, con la Francia revolucionaria invadida y las facciones de la Asamblea embarcadas en una guerra a muerte, el obispo Lamourette propuso que los diputados interrumpieran sus disputas, se abrazaran y besaran. Todos lo hicieron, conmovidos. En seguida retomaron con entusiasmo sus querellas y el propio Lamourette fue guillotinado dos años después.
Recuerdo el episodio, popularizado por Robert Darnton, con motivo de las diversas iniciativas en favor de la reconciliación, que reaparecen cuando, a uno y otro lado de la brecha, arrecian las pasiones. Para algunos, como los hombre de la Iglesia, reconciliarse consiste en el perdón recíproco; un abrazo entre víctimas y victimarios -cada uno elegirá dónde se ubica- que remplace el odio por el amor.
Presumo que, como en el caso de Lamourette, estas buenas intenciones tendrán pocos resultados. A los parientes y amigos de las víctimas caídas a uno y otro lado de la batalla se les pide demasiado: renunciar a una de las pocas cosas que les permite elaborar su dolor.
Pero sobre todo, no basta. Parientes, amigos y conocidos de todas las víctimas, para quienes ese perdón podría ser significativo, son un número reducido en relación con los 45 millones de argentinos. Entre el resto están los que no se involucraron en la tragedia, o eran demasiado pequeños, o simplemente nacieron después.
Quienes hoy se alinean a uno y otro lado de la brecha lo hacen por relatos recibidos, interpretados según sus propios valores, expectativas y necesidades. Sus propios relatos están amasados con ideas políticas, sentimientos y, sobre todo, muchos mitos. El perdón entre algunos no cambiará sus posiciones.
La reconciliación que el país necesita es de otro tipo, menos emotiva y más racional. No pasa por el perdón y el abrazo sino por asumir el pasado y aceptarlo bajo la forma de una tragedia colectiva. Los historiadores conocemos una forma, un camino: historizar el pasado reciente. Inyectar historia en el mundo de los mitos y los sentimientos.
Para comenzar, hay que hacer algo muy simple: despejar los hechos sólidos de la maleza de fantasías que los oculta o deforma. La discusión sobre los "30.000 desaparecidos" se aplica a muchos otros casos. Pero el punto central es la comprensión. Antes que juzgar a los actores de la tragedia, como Dios en el Juicio Final, hay que entender las razones de cada uno, "los motivos del lobo", que -en palabras de Rubén Darío- pudo comprender "el mínimo y dulce Francisco de Asís".
En su caso, bastaba con tener "corazón de lis, alma de querube, lengua celestial". En nuestro caso, más terrenal, se trata de tener sensibilidad histórica. Se trata de entender cómo algunos llegaron a tener conductas que hoy nos parecen inaceptables o aberrantes. Pero también hay que entender por qué otros los apoyaron, los miraron con simpatía o con empatía. Y también a quienes contemplaron con naturalidad el transcurrir de la carnicería e incluso lo ignoraron todo. En suma, debemos tratar de entender a todos los que vivimos en esos años, y también a todos los que, más tarde, formaron sus juicios a partir de nuestros relatos.
Gustavo Noriega contrastó el enorme esfuerzo de comprensión que se ha desarrollado en torno de las organizaciones armadas, y la escasa preocupación por hacer el mismo esfuerzo con quienes las enfrentaron.
En el primer caso, hay una versión que ya es canónica, formulable casi como un silogismo. La premisa mayor es el contexto revolucionario mundial: Vietnam, el Mayo francés, el Concilio, la "opción por los pobres" y la adhesión a la utopía de un mundo mejor. La premisa menor se refiere a los medios: fracasados el reformismo y la democracia, ante una abrumadora "violencia de arriba", la única alternativa era otra violencia, de abajo y liberadora, iluminada por el ejemplo de Cuba.
La consecuencia del silogismo era legitimar la violencia asesina, con la que se podía construir un mundo mejor. ¿Que otra cosa podría hacer un hombre de buena voluntad? ¿Que otra cosa podían pensar quienes los miraban con simpatía, o con empatía, aun cuando deploraran los excesos, o incluso los medios?
Curiosamente este mismo razonamiento resulta valido, mutatis mutandis, para los militares de la época. En el mundo en que se formaron y educaron, las Fuerzas Armadas eran el custodio último de la Nación, por encima de sus frágiles instituciones. En ese mismo mundo, conquistado desde los años 30 por una Iglesia Católica preconciliar, integralista y militante, la Espada, unida a la Cruz, debía combatir a todo lo ajeno a "nuestra cultura occidental y cristiana", desde el liberalismo hasta el comunismo.
Esa era la premisa mayor. La menor era instrumental: en el mundo de la Guerra Fría y de las "fronteras interiores", el enemigo era un "subversivo apátrida" librando una guerra irregular, que debía combatirse de manera no convencional. De los militares franceses aprendieron las técnicas de la contrainsurgencia, que muchos perfeccionaron en Panamá, instruidos por sus pares estadounidenses.
De algo de esto fui testigo accidental, como soldado conscripto en la Escuela Superior de Guerra en 1965. En el mucho tiempo libre, por distraerme, leí los materiales con que se instruía a los alumnos, que eran capitanes, y los libros suministrados por la Misión Militar Francesa. Conocí a varios profesores, que eran entonces teniente coroneles y once años después figuraron en la cúpula militar que planeó y ejecutó el terrorismo clandestino.
Me costó entender que seres personalmente agradables y humanos pudieran recurrir a la tortura y desaparición forzada, o simpatizar con quienes lo practicaban, o mirarlo con naturalidad. Luego, uniendo recuerdos, empecé a comprenderlo.
Entre unos y otros hay muchas diferencias, pero la naturalización del asesinato los iguala en algo. La homología de las circunstancias debería ayudarnos a entender lo que pasó en los años negros, y a comprender que fue una tragedia compartida, en la que todos, de alguna manera, fuimos los actores y las víctimas.
También nos ayudaría a enmendar unas cuantas cosas muy mal hechas durante la democracia, cuando nos fuimos apartando de los propósitos de justicia, memoria y verdad. La verdad se funda en hechos y no en mitos. La justicia debe ser igual para todos.

Todas las víctimas deben ser recordadas sin distinciones, con el mismo grave pesar. Una mayor comprensión histórica nos ayudaría enmendar lo que está mal hecho, y a asumir nuestro pasado. Quizás así podremos encarar, con serenidad, la construcción del futuro.
(*) Luis Alberto Romero - Historiador. Integra el Consejo de Administración de la Universidad San Andrés. Artículo publicado por "Los Andes" el 12 de Noviembre de 2017