martes, 30 de agosto de 2011

Debacles económicas y crisis políticas

Por Manuel Solanet (*)


La economía y la política tienen relación entre sí, aunque esto se hace más notorio en momentos de crisis. Puede ocurrir que el origen del problema esté de uno o de otro lado. Por ejemplo que sea un debilitamiento político el que finalmente lleve a una situación de descontrol o debilidad económica, o bien que sea una grave circunstancia económica la que desemboque en una crisis política. A veces se hace difícil distinguir cual fue la causa y cual el efecto. Por ejemplo, hay un círculo clásico en los gobiernos populistas. Primero se busca agrandar la base de poder mediante concesiones demagógicas que implican un aumento sostenido del gasto público. Aparece así un déficit fiscal creciente que se financia con deuda cada vez más onerosa, o con emisión. Esto encuentra un límite cuando se llega a una deuda impagable o a una inflación descontrolada. En esas circunstancias al mismo gobierno de vocación populista se le hace difícil realizar un ajuste preventivo y planificado, por lo tanto se genera inevitablemente un ajuste incontrolado y doloroso. Una corrida cambiaria – bancaria suele acompañar ese episodio y esto habitualmente lleva a una crisis política. Este caso es bien conocido en la historia Argentina.


Después de los resultados del 14 de agosto que hacen muy probable la reelección de Cristina Kirchner, muchos ciudadanos se preguntan si el modelo económico, cuyo sostenimiento ha sido ratificado, puede agotarse. Si este fuera el caso, la pregunta es qué ocurriría y cuáles serían las consecuencias políticas. Los datos de agotamiento gradual del modelo son hoy más que abundantes. El déficit fiscal, bien medido, crece sostenidamente. Sin acceso al crédito, ese desequilibrio se financia con el Banco Central y con la Anses, aunque esta última agotó su resto. La expansión monetaria impulsa la inflación. Se utiliza el tipo de cambio como ancla antiinflacionaria. El superávit comercial decrece y ya se verifica un saldo negativo en el balance de pagos. Hay un faltante energético que se resuelve con costosas importaciones. Hay fuga de capitales y las reservas comenzaron a decrecer.

Sin duda hay correcciones posibles, pero no parecen estar en el libreto oficial, sea por razones ideológicas o por el temor a desmentir el sueño que se creó. Cualquier recorte de gastos o reducción de subsidios sería considerada como un ajuste, palabra que ha sido enfáticamente repudiada por el ideario kirchnerista y particularmente por quienes hoy rodean a la Presidente. Hay aún cajas posibles de atacar y arbitrios forzosos para captar recursos, pero no sin dolor y resistencias. La confianza de los empresarios e inversores está mellada, el crédito para inversión es escaso y el gobierno resiste el restablecimiento de las relaciones financieras con el mundo. Se pierde gradualmente la competitividad, pero una devaluación hoy aceleraría riesgosamente la inflación y rápidamente perdería su efecto. Los controles de importaciones o de cambios, o los desdoblamientos cambiarios, serían de efecto real limitado pero de impactos psicológicos negativos.

La historia argentina muestra un par de casos recientes de gobernantes que debieron ceder su posición en medio de situaciones desbordadas de la economía. Alfonsín debió acelerar el traspaso de su gobierno frente a una hiperinflación incontrolable. De la Rúa renunció en medio de una situación de caos social, frente a un cercano default y con una corrida cambiaria y bancaria. El corralito fue su última medida desesperada. Estos fenómenos se espiralizan rápidamente. Una vez desatados, la gente corre toda en el mismo sentido huyendo del riesgo, sea de los depósitos bancarios o del dinero local. Si no se detiene, se corta la cadena de pagos, desaparece el crédito y se paraliza el comercio y la producción. De ahí a los saqueos, la hiper recesión y al caos social hay solo un paso. Las experiencias citadas mostraron que el poder político se diluyó y que no siendo posible un cambio contundente y creíble de políticas, fueron los gobernantes los que tuvieron que reemplazarse. Los resortes constitucionales en cada caso determinaron la forma en que eso sucedió.

La sociedad argentina ha transitado por esos y otros acontecimientos de huida del dinero, por lo tanto no es una novedad que no puedan volver a repetirse ante condiciones similares. El gobierno debe saber advertir los síntomas para prevenir las situaciones y evitarlas. Hoy los síntomas están incipientemente presentes. Atarse a pruritos ideológicos o a un populismo destructivo sería el peor camino a seguir.

(*) Manuel Solanet es Director de Políticas Públicas de Libertad y Progreso

Fuente: http://www.libertadyprogresonline.org/2011/08/29/debacles-economicas-y-crisis-politicas/

¿Para que ser libres?

Por Alberto Benegas Lynch (*)


Por lo pronto hay que decir que el hombre no puede dejar de ser libre en el sentido de que se ve impelido a tomar decisiones. Si, paradójicamente se ve forzado a ser libre. No puede renunciar a su naturaleza, no puede convertirse en un avión ni en una lapicera, es un ser humano y como tal debe decidir constantemente entre diversos cursos de acción. Incluso cuando decide quedarse quieto está eligiendo, prefiriendo y optando. También cuando delega sus decisiones en otro, está revelando su libertad. En resumen, el ser humano es libre a pesar suyo.

Ahora bien, esa libertad puede ser ancha como un campo abierto o puede convertirse en un sendero estrecho, angosto y oscuro en el que apenas se pasa de perfil. Lo uno o lo otro dependen de que los hombres entre si no restrinjan la libertad del prójimo por la fuerza. No dejamos de ser libres porque no podemos volar por nuestros propios medios, ni dejamos de gozar de la libertad porque no podemos dejar de sufrir las consecuencias al cometer actos estúpidos, ni somos menos libres debido a que no podemos desafiar las leyes de gravedad ni las ineludibles leyes biológicas. Solo tiene sentido la libertad en el contexto de las relaciones sociales y, como queda dicho, se disminuye cuando otros hombres se interponen recurriendo a la violencia.

No debe confundirse libertad con oportunidad. El que no es un atleta no tiene la oportunidad de ganar el premio de cien metros llanos y el que no dispone de los recursos suficientes no cuenta con la oportunidad de adquirir una mansión. Se trata de dos conceptos distintos. El náufrago en una isla desierta dispondrá en general de muchas menos oportunidades que el que habita en una ciudad, pero no por eso es menos libre. La naturaleza impone restricciones a las oportunidades así como también las imponen las conductas humanas y las condiciones sociales pero si no media la fuerza, hay libertad. Solo puede ser restringida si se recurre a la fuerza lesionando derechos. Lo contrario significaría un uso arbitrario y del todo inconducente respecto del sentido de la libertad.

Thomas Sowell aclara muy bien las confusiones y los usos inadecuados de conceptos cuando escribe en su Knowledge and Decisions : “¿Qué libertad tiene un hombre que se está muriendo de hambre? La respuesta es que el hambre constituye una condición trágica, tal vez más trágica aun que la pérdida de la libertad. Pero eso no impide que se trate de dos cosas bien distintas. No es relevante la importancia se le atribuya a lo desagradable que resulta el endeudamiento y la constipación pero un laxante no eliminará la deuda y un aumento de sueldo no permitirá la regularidad del vientre. Del mismo modo, en cuanto a bienes apetecidos, el oro puede considerarse jerárquicamente superior que la manteca, pero no puede untarse un sándwich con oro ni comérselo como nutriente. La jerarquía que se le atribuya a las cosas no puede confundir las que son distintas. El mero hecho de que algo puede ser más importante que la libertad no hace que ese algo se convierta en libertad”.

Cuanto menos margen de libertad se permita al hombre, ya sea por los manotazos del Leviatán o por la violencia de otros sustentados en la mera fuerza bruta, más se lo asemeja al animal no racional y más se lo despoja de sus atributos y condiciones propiamente humanas. Cuanto más ocurra esta desgracia más precaria y gaseosa se convierte la vida.

Pensemos en lo que podemos y no podemos hacer al efecto de medir nuestras libertades. Solo unas poquísimas preguntas de lo más cercano a la vida diaria despejará el tema. ¿Están abiertas todas las opciones cuando tomamos un taxi? ¿Ese servicio puede prestarse sin que el aparato estatal decida el otorgamiento de licencias especiales, el color del vehículo, la tarifa y los horarios de trabajo? ¿Cuándo elegimos el colegio de nuestros hijos, la educación está libre de las imposiciones de ministerios de educación? ¿Puede quien está en relación de dependencia liberarse de los descuentos compulsivos al fruto de su trabajo? ¿Puede elegirse la afiliación o desafiliación de un sindicato o no pertenecer a ninguno sin sufrir las decisiones de los dirigentes? ¿Puede exportarse e importarse libremente sin padecer aranceles, tarifas, cuotas y manipulaciones en el tipo de cambio? ¿Pueden elegirse los activos monetarios para realizar transacciones sin las imposiciones del curso forzoso? ¿Hay realmente libertad de contratar servicios en condiciones pactadas por las partes sin que el Gran Hermano se interponga, meta sus narices y constriña? ¿Hay libertad de prensa sin contar con agencias gubernamentales de noticias, pautas oficiales, diarios, radios y estaciones televisivas estatales y sin la propiedad del espectro electromagnético que impone la figura de las concesiones gubernamentales? ¿Hay mercados libres con pseudoempresarios que hacen negocios con los gobiernos de turno y las consecuentes prebendas y privilegios? ¿Puede cada uno elegir la forma en que preverá su vejez sin que el aparato estatal imponga retenciones al salario?

La decadencia de la libertad no aparece de un solo golpe. Se va infiltrando de contrabando en las áreas más pequeñas y se va irrigando de a pocos al efecto de producir estados de anestesia en los ánimos. Pocos son los que dan la voz de alarma cuando el cercenamiento de libertades no le toca directamente el bolsillo. Es como el cuento de aquel que vio como aniquilaban la libertad del verdulero, pero no decía nada porque no era verdulero, vio como interferían con la libertad del zapatero pero no dio la voz de alarma porque no era zapatero y así sucesivamente hasta que entraron a su casa para amordazarlo pero ya era tarde porque no lo dejaron hablar.

Es como dice el poeta “Me acusa el corazón de negligente/ por haberme dormido la conciencia/ y engañarme a mi mismo y a la gente/ por sentir la avalancha de inclemencia/ y no dar voz de alarma claramente”.

Tocqueville en La democracia en América nos dice que “Se olvida que en los detalles es donde es más peligroso esclavizar a los hombres. Por mi parte, me inclinaría a creer que la libertad es menos necesaria en las grandes cosas que en las pequeñas, sin pensar que se puede asegurar la una sin poseer la otra”.

No hay nadie que no declame a favor de la libertad, el asunto es que se quiere decir con esa expresión. Ya Marie-Jeanne Roland, cuando era conducida a la guillotina en plena contrarrevolución francesa, exclamó ¡Libertad, cuantos crímenes se comenten en tu nombre! Por su parte, Anthony de Jasay escribe que “Amamos la retórica y la palabrería de la libertad a la que damos rienda suelta más allá de la sobriedad y el buen gusto, pero está abierto a serias dudas si realmente aceptamos el contenido sustantivo de la libertad”.

El liberalismo significa el respeto irrestricto a los proyectos de vida de otros. Nada más y nada menos, la sociedad abierta significa que cada uno puede hacer lo que le venga en gana con lo propio sin rendir cuentas a nadie, siempre que no vulnere igual facultad de otros. Los megalómanos que quieren fabricar el “hombre nuevo” y demás dislates y sandeces siempre conducen al cadalso. El antropomorfismo del Estado (siempre con mayúscula, sin que se use el mismo criterio para el mucho más respetable individuo), hace que se personifique ese aparato y se le atribuyan todas las virtudes imaginables y todas las responsabilidades para que la gente sea buena. Tamaño despropósito niega la idea del agente moral y destruye la noción más elemental de justicia que, según la clásica definición de Ulpiano, consiste en “dar a cada uno lo suyo”.

La maximización de la libertad es indispensable por el oxígeno que brinda para poder vivir humanamente, no por otra cosa que siempre le estará subordinada. Nada se gana con tener todo lo demás si se es un esclavo. Además, las naciones libres cuentan con condiciones de vida infinitamente superiores a las que se encuentran sumidas por los dictados de autócratas confesos o disimulados, pero esto es un adicional, que si bien muy importante no reemplaza la dicha de ser libre, no reemplaza la posibilidad feliz de mantener y celebrar la situación propiamente humana.

¿Cuántas personas hay que no hacen absolutamente nada por la libertad? ¿Cuántos hay que creen que son otros los encargados de asegurarles el respeto a sus libertades? ¿Cuantos son los indiferentes frente al avasallamiento de la libertad de terceros? ¿Cuántos los que incluso aplauden el entrometimiento insolente del Leviatán siempre y cuando no les afecte su patrimonio e intereses de modo directo? Afortunadamente todavía hay quienes se quejan amargamente de esta situación y proponen soluciones, pero muchas veces es como si estuvieran gritando desde un pozo profundo, oscuro y con muy mala acústica. Forman parte del remnant de que nos habla Isaías.

Es en verdad triste observar documentales en los que se divisan siluetas cadavéricas desplazarse como zombies en caravanas interminables con algún bultito al hombro, dirigidos por los bestias totalitarios de cualquier rincón del orbe. Para las víctimas ya fue tarde, van al despeñadero, dejaron de ser humanos, no solo se los trata como animales sino que tienen arada el alma y achurada en tajos y rebanadas de una pavorosa profundidad que se abren a un vacío ilimitado de dolor y llanto interior.

En otros casos, se ven sujetos bien vestidos, con portafolios y celulares desplazándose en automóviles de lujo que albergan en residencias descomunales pero sus vidas y su suerte están prendidas y atadas a los dictados de funcionarios gubernamentales sedientos de poder que manejan a estas pseudopersonas como marionetas, mientras estos títeres que no solo se han dejado violar y dejado que se masacre espiritualmente a otros, sino que les brindan apoyo irrestricto a sus carceleros con tal de tener gratificaciones corporales aunque hayan rematado su espíritu y hayan dejado de ser personas.

Entonces ¿por qué ser libres?, por la sencilla razón que de ese modo nos elevamos a la categoría de seres humanos y no nos rebajamos y degradamos en la escala zoológica, por motivos de dignidad y autoestima, para honrar al libre albedrío del que estamos dotados, para poder mirarnos al espejo sin que se vea reflejado un esperpento y, sobre todo, para poder actualizar nuestras únicas e irrepetibles pontencialidades en busca del bien. Con esto se juega nuestro destino, ¿puede concebirse algo de mayor importancia?

(*) Alberto Benegas Lynch (h): Presidente del Consejo Académico de Libertad y Progreso

Fuente: http://www.libertadyprogresonline.org/2011/08/26/%C2%BFpara-que-ser-libres/

lunes, 29 de agosto de 2011

Solo el 12% de los jóvenes pobres accede a la universidad

Por IDESA (*)

La calidad y el acceso a la educación en la Argentina son muy diferentes según el estrato socioeconómico al que pertenecen los niños y jóvenes. En general, los pobres son expulsados muy tempranamente de la educación básica lo que les impide acceder a la universidad, aun cuando sea libre y gratuita. Mientras que en Chile la baja accesibilidad de los pobres a la educación es motivo de intenso debate, en la Argentina prevalece un pasivo conformismo frente a las regresivas consecuencias que tiene asociada la mala organización del sistema educativo.

La crisis política en Chile presenta como tema central el cuestionamiento al funcionamiento del sistema educativo. Las críticas apuntan a las inequidades en el acceso a los recursos y a la calidad educativa que sufren las poblaciones más postergadas. Más allá de las diferentes posturas y la radicalización del conflicto, es destacable la demanda generalizada de la población por lograr accesos más igualitarios a la educación de calidad.
En la Argentina, el rasgo más notable de los últimos años ha sido el crecimiento del gasto público en educación. Es un esfuerzo importante, aunque diluido por el mayor incremento de gasto público que se dio en otras áreas menos prioritarias, como la de los subsidios a empresas públicas y privadas. Otro aspecto muy relevante es que el crecimiento del gasto público en educación fue liderado por los mayores recursos destinados al sistema universitario. Esto impone la necesidad de evaluar en cuánto ha beneficiado a los pobres la priorización de los recursos educativos en favor de las universidades.
Según la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) del INDEC, en el grupo de jóvenes con edades entre 20 y 25 años de edad aparecen las siguientes tendencias:
• El 24% del total de los jóvenes cursa estudios universitarios, mientras que el 17% no estudia, ni trabaja, ni busca trabajo.
• Entre el 20% de los hogares de más altos ingresos, el 43% de los jóvenes cursa estudios universitarios mientras que menos del 5% no estudia, ni trabaja, ni busca trabajo.
• En cambio, entre el 20% de los hogares más pobres, sólo el 12% cursa estudios universitarios mientras que el 30% no estudia, ni trabaja, ni busca trabajo.

Los datos oficiales señalan que para las familias pobres el acceso a la universidad es una alternativa remota. La mayoría de los jóvenes pobres desertó mucho antes de estar en condiciones de ingresar a la universidad y los pocos que terminan el nivel medio lo hacen con severas deficiencias de formación. Por eso, los que ingresan tienen pocas probabilidades de permanecer en la universidad y el resto tampoco tiene como alternativa el ingreso al mercado de trabajo por sus déficits formativos. Prueba de ello es que casi un tercio de los jóvenes pobres declara no estudiar, no trabajar y ni siquiera estar buscando un empleo. No es difícil asociar esta situación al fenómeno de la delincuencia juvenil.

Estas evidencias sugieren que gran parte del aumento en la inversión en educación se está dilapidando. Este es el resultado previsible de haber colocado mayores recursos en un sistema mal organizado. Se ha tomado el aumento del presupuesto en educación como prioridad absoluta y excluyente, cuando el desafío más importante y complejo es mejorar la gestión del sistema. Por ejemplo, la agenda educativa está monopolizada por el tema salarial, y muy poco se discute sobre lo que los docentes retribuyen a la sociedad por sus remuneraciones. Bajo estas condiciones, el sistema educativo opera como un lastre que no contribuye al crecimiento económico y menos aun a la movilidad social.

En las mediciones internacionales, el deterioro que sufre la Argentina en calidad educativa es notorio. Según PISA, la Argentina califica 5º, detrás de Chile, Uruguay, Colombia y Brasil. A esto se le agrega los datos de la EPH que demuestran que la universidad, aun cuando se declame libre y gratuita, en la práctica es altamente elitista. Estos resultados son consecuencia de gruesos errores estratégicos. Para revertirlos, es fundamental dar prioridad en la asignación de los recursos a la educación básica e incorporar incentivos que induzcan una mejor gestión educativa.

Los conflictos de Chile son traumáticos y dolorosos. Pero alientan la esperanza de que asumiendo los problemas con realismo exista la posibilidad de instrumentar soluciones. En la Argentina, la desigualdad educativa y el deterioro de la calidad se esconden detrás de la gratuidad y el acceso irrestricto a la universidad. Prevalece el conformismo y la mediocridad, apelando a aumentar el gasto público en educación para evitar colisionar con los intereses corporativos que conspiran contra la calidad. Así, con mucha demagogia e hipocresía se perpetúa la discriminación educativa que sufren los jóvenes pobres.










(*) IDESA: Informe Nº 404 del 28 de Agosto de 2011

Fuente: www.idesa.org

El modelo y Robinson Crusoe

Por Roberto Cachanosky (*)

El modelo pretende convencernos que se puede consumir antes de producir. ¿Cómo podría Crusoe comer cocos si no se toma el trabajo de bajarlos del cocotero?


Luego de dar una charla sobre la situación económica y explicar porqué primero hay que producir y luego consumir, uno de los asistentes me decía que él pensaba que tal vez incentivar el consumo llevaba a más inversión y puestos de trabajo porque el empresario, ante la mayor demanda iba a querer aumentar su oferta. Obviamente el planteo venía a cuento porque durante la charla yo había sostenido que el famoso modelo no cierra porque pretende impulsar el consumo dejando de lado la inversión y eso, en el largo plazo, es insostenible.

Para poder explicarle que primero está la producción y luego el consumo, como dice la ley de Say, se me ocurrió plantear el siguiente ejemplo. Imaginemos a Robinson Crusoe solo en la isla en su primer día. Si Robinson quiere comer un coco (demandar), primero tiene que tomarse el trabajo de bajar el coco del cocotero. O, si Robinson Crusoe quiere comer un pez, primero tiene que pescarlo. Es decir, si tomamos la economía más rudimentaria, vemos que antes de consumo inevitablemente hay que producir.

Imaginemos ahora que un día llegan a la isla de Robinson un grupo que viene de otra isla vecina y le propone a Robinson intercambiar sus telas por algo que tenga Robinson y que los otros isleños demanden. Es evidente que Robinson primero tendrá que haber producido algo, cocos o peces, para poder intercambiar con los otros isleños. Nuevamente, primero Robinson generó un ingreso vía la producción (peces y cocos) y gracias a esa producción previa pudo intercambiar bienes con los isleños vecinos.

Supongamos que Crusoe puede bajar 6 cocos por día de los árboles. Consume 4 y 2 los ahorra. Esos dos cocos excedentes son los que le permiten realizar intercambios con sus vecinos. ¿Cómo puede Crusoe incrementar el intercambio para poder acceder a otros bienes que tienen los isleños de la isla vecina? Aumentando la producción de cocos que es su ingreso. ¿Cómo puede aumentar la producción de cocos? Dedicando parte de su tiempo a construir una escalera. Los dos cocos que antes usaba para intercambiar los ahorra para consumirlos, mientras fabrica una escalera que le permita bajar 15 cocos por día. La escalera es un bien de capital y gracias ese bien de capital baja por día 9 cocos más. Eso en economía se llama incrementar la productividad.

El incremento de la productividad de Robinson se produjo gracias a que, primero ahorro cocos para consumirlos mientras construía la escalera, y ese ahorro lo invirtió en un bien de capital en vez de tirarse a tomar sol hasta que se le acabaran los cocos y tuviera que producir nuevamente.

Es decir, Crusoe no se consumió sus ahorros sino que los invirtió en un bien de capital que le incrementó la productividad y este incremento de la productividad gracias al mayor stock de capital le permitió acceder a niveles de consumo más elevados realizando una mayor cantidad de intercambios con sus vecinos gracias a que ahora tiene más cocos para intercambiar sin afectar su consumo diario de 4 cocos.

Obviamente que Robinson Crusoe podría no producir y demandarle a los isleños vecinos un Plan Universal por Naufragante. Ese plan le permitiría consumir sin tener que producir y dedicarse a tomar sol en la playa mientras los isleños vecinos generan ingresos con sus trabajos. Claro que alguien tendrá que obligar a los isleños vecinos a entregar parte de su producción paras subsidiar a Crusoe así puede tomar sol mientras otros trabajan. Y ese alguien tiene que ser el jefe de los isleños vecinos que usará el monopolio de la fuerza para quitarles a los isleños parte de su producción y entregársela a Crusoe en forma de Asignación Universal por Naufragante.

Dicho en castellano básico, Crusoe viviría del trabajo ajeno y no tendría incentivos para producir, en tanto que los isleños verán reducido su ingreso (los bienes que entregan para financiar el Plan Universal para Naufragantes). En otros términos, Crusoe solo podrá consumir sin producir, si el jefe de la isla vecina expolia a sus habitantes.

El dilema es si a la isla de Robinson llegan cada vez más naufragantes y todos exigen el Plan de Asignación Universal por Naufragante. El jefe de la isla vecina tendrá que aplicarles una carga impositiva cada vez mayor a sus isleños para financiar a la creciente cantidad de naufragantes que, en nombre de la inclusión social, habrá que mantener mientras toman sol en la playa.

Pero volvamos al punto en que Crusoe produce cocos e intercambia con sus vecinos. Supongamos ahora que en otra isla hay gente que también produce cocos y supongamos que Crusoe convence al demagogo jefe de la isla vecina que mande a un grupo de guerreros a la isla para que los que también producen cocos no puedan intercambiarlos con los habitantes que producen telas. Los que producen telas solo podrán comprarle cocos a Crusoe que ya no tiene competidores porque el jefe de la isla vecina les impide comerciar.

¿Por qué Crusoe va invertir para producir más cocos y así tener más ingresos para generar un mayor intercambio con sus vecinos? Dado que, en nombre de la producción nacional y la defensa de puestos de trabajo no hay competencia, lo racional es que ante la demanda de sus vecinos Crusoe ajuste por precio y no por cantidad. Es decir, Robinson le va a pedir a sus vecinos más metros de tela por cada coco en vez de invertir en otra escalera. ¿Cómo termina la situación de los isleños vecinos? Con una caída en su ingreso real porque tendrán que entregar más telas por cada coco debido a que se eliminó la competencia.

En consecuencia, mi amable interlocutor se equivoca si cree que Crusoe va a invertir para abastecer la mayor demanda de sus vecinos al mismo precio y con más inversión si tiene la posibilidad de no enfrentar competencia alguna. Este es el segundo punto. Nadie invierte porque haya más demanda, sino que invierte si espera obtener más utilidades realizando la inversión en vez de ajustar por precio porque no hay restricciones a la competencia.

El famoso modelo productivo ha caído en la trampa de creer que Crusoe puede consumir sin producir cocos. Es más, cree que Crusoe puede consumir cada vez más sin invertir en la escalera para aumentar sus ingresos medidos en cocos.

El nuevo paradigma económico o la invención de la pólvora que pretende haber descubierto el gobierno, es que Crusoe puede consumir sin producir y que puede aumentar su consumo (intercambio) sin invertir en la escalera para aumentar su producción (ingreso).

De lo que pretende convencernos el gobierno es que Crusoe puede consumir antes de producir y que puede aumentar su consumo sin invertir para incrementar sus ingresos (más cocos).

Lo que nos dicen la gente del gobierno es que sin bajar un solo coco del cocotero, Robinson puede comprarles las telas a sus vecinos y que su ingreso crece sin construir la escalera (incremento de la productividad). Y encima nos dicen que Crusoe va invertir en más escaleras y contratar a Viernes para bajar más cocos cuando el jefe demagogo de la otra isla prohíbe la importación de cocos aplicando los ROI (registro de operaciones de importaciones).

Es más, el jefe demagogo de la isla vecina encontró un negocio con estos de los ROI, porque empieza a pedirle el 15 a Robinson para que no emitir los ROI. Pero ese tema de corrupción en la isla es otra historia.

Lo más importante es entender que nadie puede demandar si primero no genera un ingreso. Crusoe solo podrá intercambiar bienes con sus vecinos si primero produce cocos. Y solo puede demandar sin producir cocos si el jefe de la isla vecina se apropia de recursos de sus isleños para darle a Robinson la Asignación Universal por Náufrago.

El resultado es que la producción total (que es igual al ingreso) no aumentó, en todo caso bajó porque Crusoe consume pero no produce. Esto quiere decir que el ingreso se mantiene constante o disminuye si los isleños vecinos son sometidos a continuas arbitrariedades del jefe demagogo que les confisca una mayor parte de su producción para subsidiar a Robinson, armar un circo romano con un juego de playa llamado Castillos en la Arena para Todos y demás disparates del estilo.

En síntesis, acá no tenemos un nuevo paradigma de modelo económico que permite consumir sin producir. Los kirchneristas se equivocan si creen que inventaron la pólvora y descubrieron que se puede consumir antes de producir. Eso no existe. Lo que existe es una fenomenal carga impositiva, confiscaciones varias y consumo de stock de capital que se destina al consumo, desestimulando la inversión, la productividad y, por lo tanto, haciendo previsible una caída futura del ingreso real de la gente.

A quienes creen que el kirchnerismo inventó un nuevo modelo económico les diría: no se hagan los rulos, porque la fiesta de consumir más de lo que se genera de ingresos, es insostenible en el largo plazo. En economía no hay magia. Lo que hay son costos que en algún momento se pagan por haber querido hacer magia, que en vez de magia fueron barbaridades económicas presentadas como magia.

(*) Roberto Cachanosky: Licenciado en Economía, Universidad Católica Argentina (1980). Consultor económico.
www.economiaparatodos.com.ar (Edición Nº 380)

Fuente: http://www.economiaparatodos.com.ar/ver_nota.php?nota=3233

La plata no hace la felicidad pero permite ganar elecciones

Por Nicolás Marquez (*)


Le guste a o no a los historietistas rentados del régimen, gran parte de la gestión de gobierno del Presidente Jorge Rafael Videla (1976-1981) tuvo un consenso masivo en la población, no ya por haber puesto a la subversión contra las cuerdas sino porque se venía de un default de la hiperinflación peronista del “rodrigazo” en 1975, y durante los primeros años del Gobierno de facto disminuyó sensiblemente la inflación, se recuperó el crédito y las privatizaciones periféricas promovidas por el Ministro Martínez de Hoz generaron muy buenas expectativas en una clase media que deambulaba entre Miami y Río de Janeiro, consumiendo a borbotones novedosos productos que poco tiempo atrás eran de acceso imposible.

Luego, a poco andar la década del 80`, la crisis internacional del petróleo hizo peligrar el plan económico (la posterior devaluación del Ministro populista Lorenzo Sigaut le dio el tiro de gracia al plan de su antecesor) y fue a partir de allí cuando Videla dejó de ser elogiado por la opinión pública para convertirse en “represor y genocida”.

Entusiasmados por las presuntas bonanzas que traería el Plan Austral, el Presidente Raúl Alfonsín era aplaudido por las clases medias que veían al verborrágico mandatario como un estadista de fuste que nos iba a salvar con sólo recitar el preámbulo de la Carta Magna.

Sin embargo, tras la hiperinflación de 1987 (más la debacle de 1989), el “estadista” pasó a ser para el gran público no otra cosa que un demagogo, eurocomunista e incapaz que “no sabía, no podía ni quería” solucionar ni la espiral inflacionaria ni la implosión de la infraestructura estatal.

En la década siguiente, la estabilidad monetaria, la modernización acaecida con motivo de cierta apertura y la eficacia obtenida en los servicios públicos con motivo de las privatizaciones, el Presidente Carlos Menem dejó de ser el extravagante caudillo periférico e imitador de Facundo Quiroga para pasar a ser buen mozo, alto, refinado y dejó de ser “carlitos” para convertirse en “San Carlos”. Así lo confirma por ejemplo el hecho histórico de que en 1993 el candidato peronista Herman González arrasara en las contiendas de la ciudad de Buenos Aires (sector tradicionalmente “gorila”) y Menem ganara hasta 1997 cinco elecciones nacionales consecutivas (reforma constitucional incluida).

Pero ocurrió que los muy malos precios internacionales de entonces (los commodities valían el 20% de lo que hoy se cotizan) y el desmesurado déficit fiscal obrante, promovieron un creciente desempleo que además vino acompañado de una larga recesión. Luego, “San Carlos” pasó a ser el “turco mafioso”, “cipayo” y entreguista que “endeudó al país” y vendió “las joyas de la abuela”.

Anda circulando ahora un mail (presumiblemente con información de wikileaks), cuyo contenido explosivo comprometería gravemente al kirchnerismo y que por ende modificaría el rumbo electoral de las contiendas de octubre.

Supongamos por un rato que la información en ciernes es fidedigna y objetivamente escandalizante: ¿De veras cabe suponerse que cambiaría “la decisión” del votante?

Skanska, fondos de Santa Cruz, aduana paralela, bolsa de Michelli, valija de Antonini Willson, enriquecimiento de los K y sus Ministros (legitimados por las sentencias de Oyarbide), INDEC, nepotismo en el INADI, López y sus tragamonedas, la mafia de los medicamentos, las casitas populares de las Madres de Plaza de Mayo y un inacabable etcétera de felonías por todos conocidas, serían episodios más que suficientes como para que el votante medio hubiera “torcido” ya su voto en las primarias del corriente, y sin embargo, como vimos el gobierno cada vez obtiene más votos.

Cabe concluir entonces que el único “escándalo” que podría modificar la insoportable mansedumbre y llamativa docilidad de la mitad de los votantes del país, sería un problema económico vigente que altere la vida doméstica del elector.

Por ahora, el azar meteorológico y el contexto internacional se han encargado de anestesiar el bolsillo (y la indignación) de los hombres que habitan en la economía de mayor inflación del mundo, y por lo pronto, para el vulgo “El” sigue siendo “El” y no un “tuerto ladrón”, tal como lo llamarían si la soja tuviese otro valor.

(*) Nicolás Márquez (Publicado por La Prensa Popular en su Edición Nº 34 del Lunes 29 de Agosto de 2011)

Fuente: http://www.laprensapopular.com.ar/?p=1865

Una mayoría aún sin voz

Por Santiago Kovadloff (*)


Es un hecho: la República se tambalea, pero ni los propósitos ni las conductas del populismo son denunciados con la claridad y la firmeza necesarias. Los opositores invierten más tiempo en hablar de las propias virtudes y en denostar al competidor que en denunciar los riesgos que corre el sistema.

Claridad y firmeza no sólo implican energía y transparencia. Implican, además y ante todo, aptitud persuasiva, coraje y lucidez unidos al poder de comunicación. No otra cosa demanda el desperdigado sector mayoritario de nuestra sociedad. Por eso es Moyano y no sus adversarios quien de veras preocupa al Gobierno. Es el único que, por el momento, condiciona la avidez de sus aspiraciones. La vía extorsiva, sin embargo, no puede ser el camino legítimo para disputarle al oficialismo la conducción del país. Una vía, dígase de paso, por la que el oficialismo no vacila en transitar cuando lo cree necesario.

Quien aspire a alcanzar, en nombre de la oposición, la presidencia de la República debería tomar muy en cuenta lo que ha escrito Susana Viau y disponerse a "caracterizar con menos miramientos al gobierno de Cristina Fernández, denunciar la corrupción, fustigar los desbordes cesaristas y alertar acerca de sus ya insinuadas intenciones de perpetuación; sólo la inminencia de una aventura autoritaria legitimaría la construcción de una gran alianza opositora". Todo ello sin olvidar esa franja más que dilatada de trabajadores que, por no integrar las compactas filas camioneras, se ve privada de los beneficios que Moyano sabe recaudar para los suyos. Esa brutal asimetría ha generado descontentos que todavía no encuentran representación entre los opositores de algún relieve.

El juego pendular desplegado por los coqueteos cristinistas (me voy, me quedo, me voy) no puede confundir sino a los distraídos. Unicamente ellos son capaces de creer que la Presidenta se entretiene deshojando la margarita. Por supuesto, su psicopatología podría marcarle algún límite. Pero no su ambición.

¿Hasta cuándo se subestimará a los voceros del oficialismo que invocan la necesidad de que la Presidenta encuentre el recurso "legal" que le permita perpetuarse en el poder, como lo hacen siempre que pueden sus aliados provinciales? Es, la de esos voceros, una propuesta que lo dice todo acerca de la lógica que vertebra el propósito primario de quienes promueven "el modelo" y se ufanan de ser populistas.

El desborde frecuente en el que incurren brinda demasiada transparencia a lo que el tacto aconsejaría presentar por el momento con mayor discreción. Esa franqueza descarnada siembra el espanto en la clase media, a la que, por otra parte, la Presidenta se propone seducir para ganar más espacio electoral. Los gestos medidos que hace suyos se quieren indicio de un espíritu conciliador y tratan de hacer naufragar en el olvido y en el festival del consumo las amargas enseñanzas suministradas por las promesas de diálogo y mayor institucionalidad hechas en 2007 y que el viento se llevó.

La oposición, por su parte, lo será el día en que, como ha dicho Jorge Fernández Díaz, sepa a qué oponerse. Es decir, el día en que los opositores tengan una causa y dejen de vivir consagrados a los preciosismos ideológicos y a la descalificación recíproca mientras arde el edificio al que todos quieren ingresar.

Esa causa, frente a las banderas de un populismo que se postula como "vía nacional", no puede ser otra que la democrática. Una causa que tendrá la consistencia que logre imprimirle la denuncia frontal del delito y la demagogia. Una causa que vuelva a animar el fervor por los principios que el Gobierno siempre despreció. Una causa que sepa oponerse al envilecimiento del Estado. A un poder que nunca ocultó su desdén por los partidos políticos y concibe a la República como una cáscara vacía. A un poder que asegura no tener nada que aprender del pensamiento disidente al que, por lo demás, considera senil. A un poder al que le repugnan los controles sobre su gestión. A un poder que no admite adversarios. A un poder para el cual la pobreza es un recurso político y el narcotráfico un delito sin trascendencia. A un poder que tergiversa los índices económicos y persigue implacablemente a quienes lo hacen evidente. Que no promueve la libertad sindical. Que destruye el federalismo y busca inscribir en el vasallaje a las provincias para consolidar su centralismo despótico.

El dirigente que sepa enunciar estas verdades con la fuerza del compromiso emocional, la claridad expresiva indispensable y el espíritu esperanzado de quien se siente capaz de transformar lo que parece irremediable despertará otra vez el entusiasmo cívico, ese que se pronunció en 2008 y buscó hacerse oír nuevamente en 2009.

No se trata de proceder como el Gobierno y hacer redoblar los tambores que inciten a la resurrección de un pasado mítico. Ese pasado no existe para quienes buscan la república. Se trata, en cambio, de multiplicar la conciencia que ya tantos tienen de que hay que levantar la hipoteca que se está contrayendo con el porvenir.

Ello, claro, siempre que se aspire a dejar de ser una democracia espectral. Siempre que se aspire a desplazar la política del terreno en el que hoy agoniza el pluralismo. Siempre que importe aproximarse a la modernización indispensable, a ese empeño en la ley que hace ya tanto se dejó de practicar en la Argentina y que es indisociable de la educación, el orden y la dignidad social.

Ya estamos lejos de la recurrencia a los golpes de Estado. Esa distancia es un logro mayor de la módica cultura cívica de los argentinos. Pero no estamos lejos ni a salvo de las causas profundas de la crisis de 2001. La perversión y el oportunismo que entonces tanto tuvieron que ver con lo que nos pasó siguen vigentes entre nosotros. La euforia económica de hoy no tiene futuro. Podrá prolongarse un tiempo más pero no cuenta con bases sólidas. No la respalda ninguna política de Estado.

Lo ha dicho bien Roberto Lavagna: una cosa es consumo con inversión y empleo, y otra, consumo con inflación, sin inversión y sin empleo real. El oportunismo rapiña la riqueza. El Gobierno no contribuye a crear lo que con insaciable avidez consume. Si obrar criteriosamente fuera su propósito, Guillermo Moreno no seguiría en su cargo. Sin medidas adecuadas no tardará en mostrarse crudamente la enfermedad de lo que parece sano.

En suma, el país se encuentra en un proceso regresivo, agravado a partir del catastrófico ingreso al nuevo siglo. Ese proceso sigue sin encontrar su contraparte en un proyecto nítido que posibilite su reversión estructural. No otra cosa es la decadencia. Al promover "niveles de pobreza e indigencia inéditos y una clase dirigente sin legitimidad -señala Sergio Berensztein-, el país abrió una caja de Pandora de la que se escaparon ideas, valores y mecanismos de organización del poder que parecían superados: el estatismo y el intervencionismo sin control, el hiperpresidencialismo hegemónico, el corporativismo sindical arrogante y mafioso, el financiamiento inflacionario del fisco y la tolerancia de una sociedad ensimismada y temerosa".

El populismo se alimenta de la ruina democrática. No aspira a reconstruir lo derruido sino a impedir su revaloración. Esta es la diferencia esencial entre el proyecto populista y el que, aún a los tumbos, trata de expresar la oposición.

La disputa debería ser, finalmente, entre un modelo prebendario y una propuesta republicana. El primero hace ya tiempo que inició su despliegue. La segunda aún no demuestra suficiente energía. Le faltan voces altamente representativas. Y potencia, para concitar la atención sobre los peligros con que hay que terminar en la Argentina y qué es lo que en ella debe empezar a afirmarse de una buena vez.

No es hueca agresividad lo que se le exige a esa segunda propuesta, sino intransigencia ante el delito. Osadía para poner al desnudo lo que esconde la retórica que se dice progresista. ¿Brotarán esas voces de la niebla opositora? Si ello ocurriera, la mayoría de los argentinos, harta del oportunismo y la demagogia, sabrá reconocerlas.

(*) Santiago Kovadloff : Filósofo, ensayista, escritor, poeta
Artículo publicado en La Nación el Miércoles 1 de Julio de 2011

Fuente: http://lavallerural.blogspot.com/2011/08/temas-que-deberian-interesar-una.html

¿Cómo se extinguieron los dinosaurios?

Por Paul A. Cantor (*)

Artículo original en: http://mises.org/daily/94

Acabo de leer The Last Dinosaur Book, de W.J.T. Mitchell. Milagrosamente, se las arregla para utilizar el tema de los dinosaurios como forma de atacar el capitalismo. No me pregunten cómo lo hace (Mitchell habla continuamente acerca de Barney, combustibles fósiles, Parque Juràsico, vehículos todo terreno, anuncios de McDonald’s, Andrew Carnegie) y de alguna manera añade a las grandes bestias del mesozoico una acusación a las empresas multinacionales y lo que han hecho.

No me gustó mucho el libro, pero me hizo pensar: ¿tiene la izquierda también control sobre la paleontología? Tomemos el caso de la misteriosa extinción de los dinosaurios hace unos 65 millones de años. Se han ofrecido muchas teorías para explicar este hecho.

Algunos han apuntado a cambios climáticos, otros a la superpoblación de dinosaurios. Tal vez la teoría más popular en este momento atribuye la desaparición de las bestias gigantes a un asteroide asesino cuyo impacto en la tierra levantó tanto polvo y escombros como para bloquear el sol y extinguir las vidas de los dinosaurios en todo el mundo. Todas estas teorías conjuran convenientemente los distintos aspectos de la paranoia izquierdista (los grandes miedos antitéticos al calentamiento global y al invierno nuclear) y todas ellas sugieren insidiosamente importantes nuevos papeles para el gobierno federal, como protegernos frente a cometas y otros objetos del espacio exterior.

¿Incluso los dinosaurios se alienan contra la causa del libre mercado hoy en día? Bueno, en mi caso, como estudiante de economía austriaca tengo una explicación más probable: la extinción de los dinosaurios debe haber sido la consecuencia de la intervención del gobierno en el mercado.

Aunque mis especulaciones han encontrado cierto escepticismo por parte del establishment de los paleontólogos, estoy por fin preparado para mostrar en público mis descubrimientos después de una visita a Montana el pasado verano que me permitió examinar por mí mismo los restos fósiles y reconstruir la verdadera historia del auge y declive de los dinosaurios.

Todo empezó a finales del Periodo Triásico, cuando el gobierno decidió ayudar a todas las criaturas de sangre fría. A las autoridades federales les preocupaba profundamente la aparición de los primeros animales de sangre caliente, que parecían tener una ventaja injusta sobre sus hermanos de sangre fría: se movían más aprisa, estaban más alerta y en general parecía irles mejor, especialmente durante los meses de invierno.

Preocupados por la posibilidad de que los animales de sangre caliente pudieran acabar desplazando completamente a todos los animales de sangre fría, el gobierno aprobó la Ley de Estabilización de la Temperatura Corporal. Subvencionando a los animales de sangre fría a costa de los de sangre caliente, esta ley eliminaba todos los impuestos federales para los primeros y doblaba los de los últimos.

La propuesta trataba también de prohibir el invierno, pero esto fue declarado inconstitucional en los tribunales. Los problemas de esta aparentemente ilustrada pieza legislativa empezaron cuando el Consejo Nacional de Control de Estabilización de la Temperatura Corporal decretó que los dinosaurios eran de sangre fría y por tanto les otorgaron enormes exenciones fiscales.

Como dijo un burócrata: “Su nombre significa ‘lagartija del trueno’, ¿no? Eso les hace reptiles y por tanto de sangre fría. Caso cerrado”.

Por supuesto, las últimas evidencias científicas sugieren hoy que los dinosaurios eran de sangre caliente y más cercanos en algunos aspectos a las aves que a los reptiles. Así que los dinosaurios, al ser el único grupo animal que combinaba sangre fría y exenciones fiscales, prosperaron y pronto sobrepoblaron la tierra.

Alarmados por esta nueva situación, el gobierno decidió imponer un impuesto por cabeza a los dinosaurios. Ya dentro del Periodo Triásico tardío, todos los anímales sujetos a impuesto se evaluaban al peso. Los funcionarios del gobierno suponían que podían reducir la proliferación de dinosaurios gravándolos por número en lugar de por peso.

Aún preocupados por la falta de competitividad de los animales de sangre fría, el gobierno impuso asimismo un nuevo impuesto penalizando el aumento en el tamaño del cerebro que se estaba produciendo como consecuencia de la evolución.

El impacto de esta nueva legislación fiscal sobre los dinosaurios fue inmediato y radical: al tener un impuesto por número y no por tamaño, encontraron conveniente crecer menos en número pero más en tamaño. Al mismo tiempo, con la sueva sanción fiscal sobre la inteligencia, sus cerebros se hicieron más pequeños.

Al final la política del gobierno federal tuvo éxito en producir una notable imagen espejo de sí mismo en el dinosaurio jurásico: un cuerpo enorme, lento, hinchado y excesivamente grande animado por un cerebro del tamaño de un guisante.

Ustedes podrían pensar que el gobierno estaría loco de contento con esta consecuencia. Pero tan pronto como la política federal generó colosales animales terrestres ocupando la tierra, apareció por todas partes el grito: “Acabar con los dinosaurios”.

La irritación fue particularmente fuerte contra una especie de dinosaurio, el Tyrannosaurus Rex, que como mayor depredador que jamás holló la superficie de la tierra fue acusado de precios predatorios por el Departamento de Justicia. Curiosamente, la campaña contra los dinosaurios fue liderada por una especie particularmente horrible de dinosaurio, el temido Algoresaurus.

Esta criatura realmente se las arregló para convencer a sus colegas dinosaurios de que se habían hecho cosas demasiado grandes en su propio beneficio y estaban consumiendo una parte injustificablemente grande de los recursos de la tierra.

Con su moral rota y afrontando la perspectiva de cientos de millones de años de litigios, el dinosaurio acabó firmando cartas de consentimiento con el Departamento de Justicia, acordando dividirse en varias piezas, no menos de cinco o seis en la mayoría de los casos.

Muchos han datado la desaparición de los dinosaurios en este momento. El registro fósil parece demostrarlo. Hasta ahora no se ha encontrado ningún espécimen intacto de dinosaurio en lugar alguno. De hecho, a juzgar por la evidencia fósil, para cuando el gobierno acabó con los dinosaurios, les habían dejado en los huesos.

Una de las criaturas más exitosas del planeta, el dinosaurio acabó siendo eliminado de todas las partes del globo hace aproximadamente 65 millones de años.

En ese momento el gobierno puso a los dinosaurios en la lista de especies en peligro de extinción. Para ser justos con el gobierno, realmente hicieron esta declaración unos 3 millones de años antes de la extinción de los dinosaurios.

Por desgracia, los avisos oficiales que protegían a los dinosaurios se enviaron por correo ordinario. Entonces como ahora, el lema de Correos era “Cuando absoluta y positivamente tenga que estar en aproximadamente la misma era geológica”.

Como el envío postal en este caso se demoró en unos 5 millones de años, los dinosaurios ya estaban extintos cuando el gobierno federal invocó su protección.

Esta es la historia de la extinción de los dinosaurios, al menos hasta donde he sido capaz de reconstruirla.

(*) Paul A. Cantor es professor de inglés Clifton Waller Barrett en la Universidad de Virginia. Es coautor, con Stephen Cox, de Literature and the Economics of Liberty. Vea su entrevista en la Austrian Economics Newsletter.

Fuente: http://mises.org/Community/blogs/euribe/archive/2011/08/28/c-243-mo-se-extinguieron-los-dinosaurios.aspx

domingo, 28 de agosto de 2011

El sistema educativo

Por Luis Zanotti (*)

El sistema educativo debe probar su eficiencia

En El secreto de las estructuras competitivas, Octavio Gelinier desarrolla como tesis fundamental la siguiente idea: la estructura monopólica de los servicios prestados por los organismos oficiales –del tipo de la administración pública en general, correos, registros civiles, etc. – determina su desinterés por todo cuanto sea eficiencia, juicios de valor de los usuarios y costos. La experiencia histórica de los últimos ciento cincuenta años en los países europeos y americanos demuestra acabadamente la razón de la tesis de Gelinier, con el agravante, para los segundos, de factores de inmoralidad o incapacidad de los cuadros de la administración aunque con diferencias grandes, por supuesto, entre unos y otros países y sin querer significar que esos dos elementos –inmoralidad o incapacidad– estén totalmente ausentes de los países europeos.

Las causas determinantes de este fenómeno son sencillas: la eficiencia es el factor clave en la empresa privada –o sea las estructuras competitivas– para obtener el favor del público consumidor o recipiendario del servicio de que se trate y para alcanzar costos mediante los cuales la ganancia, o el lucro, sea posible. Los servicios prestados por el Estado mediante disposiciones legales de monopolio absoluto –correos, registro civil, alumbrado, seguridad y muchos otros– en países donde ha crecido notablemente la tendencia a esa modalidad, y entre los cuales suelen contarse la salud o los servicios sanitarios, teléfonos, transportes, etc., no necesitan preocuparse ni por los costos ni consecuentemente por las ganancias pues todo su personal tiene aseguradas de cualquier modo sus fuentes de ingreso, ni por la eficiencia, pues sea cual fuere el juicio del público que recibe el servicio no existe posibilidad de que ese público pueda acudir a otro lado a obtenerlo, y en la mayor parte de los casos los mecanismos presuntamente puestos a disposición para manifestar sus quejas o desagrados son lentos o inocuos.

El sistema educativo

La tesis de Gelinier tiene gran importancia en el plano educativo. Las instituciones educativas –el conjunto del sistema educativo formal– han terminado por constituir, en países como el nuestro, herederos de la tradición del estado cuya organización es fruto borbónico-napoleónico, una estructura de monopolio absoluto y han terminado por asumir las características antes señaladas: despreocupación por la eficiencia, desinterés por el juicio del usuario –alumnos o padres– y desprecio del tema costos.

La existencia de establecimientos privados de enseñanza no altera, en este caso –aunque a primera vista parezca extraño– la afirmación anterior. En efecto: si junto al servicio de correos oficial o del registro civil se admitieran servicios idénticos pero prestados por organizaciones privadas, éstas deberían preocuparse por obtener ganancias razonables que sostuvieran los servicios (y empleados y funcionarios comprenderían que sus salarios no están garantizados por el presupuesto oficial sino por la subsistencia de la empresa) y que justificaran la inversión. Para ello deberían atender a la eficiencia de los respectivos servicios: que las cartas y telegramas llegaran a destino rápidamente y en buen estado; que los usuarios no debieran hacer largas colas para despacharlas u obtener franqueo, etc., o que las inscripciones respectivas se lograran en corto plazo y las copias solicitadas también y la documentación estuviera suficientemente garantizada. Además, debieran preocuparse de establecer tarifas razonables –o competitivas en el mercado– y para ellos debería atender a un problema clave: bajar los costos del servicio hasta niveles compatibles con la eficiencia. Un correo privado no podría poner más empleados de los que soportara la estructura integral de costos ni menos de los que garantizaran la atención al público con un mínimo razonable de eficiencia.

Pero las instituciones privadas de enseñanza en nuestro país deben atender a estos mismos requerimientos de manera muy atenuada. El tema costos se ve notablemente disminuido como preocupación, en un alto número de casos, por los aportes del Estado para pago de salarios. El tema eficiencia prácticamente desaparece, salvo en algunos pocos aspectos –precisamente los que están al margen de la estructura oficial, como idiomas o actividades complementarias, por ejemplo– pues la admisión al sistema educativo se concede sobre la base de una igualdad absoluta de planes, programas y modalidades de régimen pedagógico. (Esta afirmación admite alguna diferencia en el caso de las universidades privadas, pero en los hechos los resultados no son muy diferentes). En síntesis, la situación es esta: en nuestro país se puede elegir entre una escuela oficial y una privada y en general se puede elegir (salvadas circunstancias de ubicación geográfica y de disponibilidad económica) el establecimiento de enseñanza, pero el sistema educativo en su conjunto es una estructura de servicios monopólica porque la población está obligada a recurrir a esa estructura, uniforme y rígida –ya sea en establecimientos oficiales o privados– para obtener los reconocimientos oficiales indispensables para la ley o para la necesidad particular requerida.

Análisis por niveles

La enseñanza primaria es obligatoria. Todo padre está obligado por ley a proporcionar enseñanza a ese nivel a sus hijos. Tiene a disposición para satisfacer esa exigencia el sistema educativo. Pero el régimen es el mismo en ambos, en lo esencial. Las diferencias son insignificantes. Si su hijo cursa el sistema y satisface todos sus requerimientos, obtendrá el certificado correspondiente y la obligación legal habrá quedado satisfecha. Entretanto, si envía a su hijo a un establecimiento ubicado legalmente dentro del sistema educativo, obtendrá también los correspondientes salarios por escolaridad. Con el certificado de estudios primarios completos así obtenido y avalado por el Estado quedará exento de cualquier responsabilidad civil o penal; su hijo tendrá acceso a empleos en la administración pública y –lo que es hoy sin duda principal– podrá acceder al segundo nivel de enseñanza. Pero la única manera de alcanzar estas satisfacciones y disponibilidades es enviarlo al sistema educativo formal –repito, ya se trate de establecimientos oficiales o privados– y cumplir religiosamente todos sus requisitos de organización y de funcionamiento, así como sus modalidades curriculares. Es imposible evadirse de estas exigencias.

Por lo tanto, el sistema en su conjunto queda desinteresado de la eficiencia de sus servicios. El sistema no tiene por qué interesarse, en su conjunto, del aprovechamiento real que de sus servicios alcancen los usuarios directos –los niños– o del juicio de valor sobre aquella eficiencia se formen los usuarios indirectos, los padres, pues de todos modos no hay alternativa. El padre podrá, en caso extremo, cambiar a su hijo de escuela y quizá obtenga como resultado –si tiene suerte y ha hecho una elección acertada– una escuela algo mejor, que funcione mejor, quizá con mejor conducción y mejores maestros, pero en esencia será una escuela del mismo sistema, que esencialmente tiene el mismo régimen organizativo, pedagógico y curricular que todas las restantes del sistema. Porque en caso contrario quedaría fuera del sistema, y cuanto pueda hacer un establecimiento o un padre por su cuenta fuera del sistema no sirve para nada desde el punto de vista legal.

Ningún otro logro es certificado o avalado si no se recurre a los servicios del sistema. He ahí la esencia del monopolio y he ahí la razón por la cual los resultados auténticos del servicio interesan muy poco a los responsables. Y esto determina además otra consecuencia mucho peor: llega un momento en el cual los usuarios directos o indirectos del sistema –alumnos y padres– consciente e inconscientemente dejan también de preocuparse de la eficiencia del sistema y terminan preocupándose solamente del formalismo encerrado en el acto de cumplir los requerimientos formales del sistema, es decir, se preocupan solamente de cursar el sistema, de obtener la certificación final y no de alcanzar resultados efectivos del servicio prestado.

Con el certificado de escolaridad primaria completa se obtiene la posibilidad de ser nombrado agente de policía o de correos o de maestranza en la administración pública o de ingresar a organismos de seguridad en determinados niveles, por ejemplo, amén de que entretanto se cursa el sistema se obtiene el salario correspondiente. Si, además, se ha aprendido a leer y escribir correctamente, es otro asunto. Esto será en todo caso, por añadidura. Pero en la mayor parte de los usuarios esto deja de interesarles sustancialmente. Inclusive, con ese certificado se obtiene una plaza en establecimientos de segunda enseñanza, aunque en una sola página de escritura se comentan veinte errores de ortografía en palabras sencillas. Esto último es un problema de eficiencia del servicio que a lo largo de los siete años de escolaridad primaria no ha preocupado auténticamente ni a los responsables del servicio ni a los usuarios directos o indirectos.

La enseñanza media no es obligatoria. Pero es el escalón obligatorio para acceder a cualquier tipo de estudio de nivel terciario –universitario o no– y en la actualidad resulta indispensable para acceder a una gran cantidad de actividades laborales, esencialmente para cualquier actividad laboral que represente un escalón de ascenso social o económico o brinde requerimientos mínimos de “status”. Para alcanzar, pues, cualquiera de las necesidades que se busca satisfacer con el certificado de enseñanza media completa es también indispensable cursar el sistema como ocurría con el nivel elemental.

Ninguna perspectiva queda abierta para quien pretenda evadirse del sistema. Obsérvese bien que la llamada libertad de enseñanza permite elegir una de estas tres alternativas para lo que nosotros denominamos cursar el sistema: concurrir a un establecimiento oficial, concurrir a un establecimiento privado o estudiar como “libre”. Pero, en última instancia, cualquiera de esas tres alternativas representa satisfacer la totalidad de las exigencias del sistema, formalmente consideradas, salvo, en el caso de la tercera, la asistencia a clases. Si se quiere ingresar a la Universidad, a un instituto de profesorado, al Colegio Militar de la Nación, a un banco oficial, o simplemente conseguir ciertos empleos, es necesario haber cursado o haber aprobado la enseñanza media, es decir, haber satisfecho requisitos formales de asistencia, de exámenes, de pruebas, de comportamiento, de notas formalmente asentadas en libros debidamente rubricados, todo ello mediante un régimen curricular de determinados años de estudios, de contenidos fijados en planes y programas rígidos e inamovibles y obligatorios y de exámenes también rígidamente organizados según esos mismos regímenes curriculares y esos mismos programas analíticos obligatorios. Es inútil hablar inglés como Sir Lawrence Olivier si no se han aprobado los exámenes de primero, segundo y tercer año de inglés del ciclo básico de la escuela media o si no se ha cursado esos tres años y se ha asistido a las clases en las cuales el respectivo profesor ha tratado de enseñar a sus alumnos el ABC de la lengua de Shakespeare y si no se ha obtenido con ese profesor el 7 sacramental o al menos el 4 de marzo. Luego, puede ocurrir que los alumnos con sus certificados de escuela media concluida en regla sean aceptados como postulantes para ingresar a la Universidad o puedan obtener un empleo en el Banco de la Nación Argentina, aunque al cabo de aquellos tres famosos años y de sus gloriosas eximiciones sigan siendo incapaces de distinguir la tercera persona de la primera en la conjugación de los verbos ingleses, mientras aquel otro joven no podrá alcanzar ninguna de esas posibilidades, sean cuales fueren sus logros en idiomas o en cualquier otro contenido académico o en cualquier otra habilidad. O certificado, o nada. Y el certificado sólo se obtiene si uno se somete a las leyes del sistema.

Por lo tanto, los usuarios –padres y adolescentes– han terminado por comprenderlo y aceptarlo: hay que cursar la escuela media. En cualquier escuela y de cualquier manear. Pero hay que cursarla. Luego se verá si de verdad se aprende algo o se hace algo. Y las escuelas y sus responsables, en todos sus niveles jerárquicos, de algún modo han terminado de internalizar la misma conducta. Un padre que se muestre muy disgustado por cuanto ocurra en una escuela todo lo que puede hacer es mandar a su hijo a otra... en la cual quedará al fin sometido al mismo régimen, en lo esencial.

El tema que venimos analizando alcanza sus picos más agudos en los niveles elemental y secundario. En el caso del nivel superior del sistema educativo –ámbitos universitarios o no– la situación mejora sensiblemente por varios motivos. Uno de esos motivos es que ahora los usuarios indirectos –los padres– en la práctica desaparecen porque quienes toman las decisiones, sobre todo la decisión de proseguir o no estudiando, son los interesados directos. Y por lo tanto, estos, dada su edad y las particulares condiciones psico-sociales de la juventud actual, se sienten muy poco inclinados a “aguantar” largos años de encierro vital o de simples asistencias a clases o de cumplimiento formal de exigencias académicas y de un modo y otro exigen algo –aunque solamente algo– desde el punto de vista de la eficiencia y la calidad de los servicios educacionales que se les brindan. Otro motivo es que en los ámbitos universitarios, en general, se está más cerca de la realidad vital con la cual los sistemas educativos están comprometidos y las responsabilidades emergentes son más claras, directas y, diríamos, el compromiso social efectivo es más real y menos formalista.

En el caso de los establecimientos privados de enseñanza de nivel superior hay algo más: las universidades no tienen apoyo económico del Estado –por lo cual el tema costos tiene mayor significación– y los usuarios suelen medir con un interés muy particular la relación entre el servicio recibido y su calidad y el gasto o la inversión que se les exige, fenómeno que, obviamente, no se da en el caso de la enseñanza secundaria o primaria.

Hay una cuarta razón: los docentes universitarios, en un alto número de casos, son profesionales comprometidos de lleno con la realidad vital en sus campos respectivos, y no pueden sino aportar a sus cátedras esa suma de saber o de capacidad que aquella realidad les impone necesariamente. Muchos de ellos, además, no encuentran en la Universidad el sustento económico fundamental y suelen estar más desprendidos de las reglamentaciones formalistas o se dedican a la cátedra sólo por auténtico interés vocacional. De donde se desprende –de una situación originalmente negativa– un beneficio inesperado: se preocupan por sí mismos de la eficiencia de los servicios educativos que prestan aunque el sistema no se lo exija.

Todas estas aclaraciones, empero, no deben llevar a creer que la situación en el nivel universitario es absolutamente distintade la de los restantes niveles del sistema educativo. Porque, para empezar, debemos recordar esto: el régimen propio del sistema educativo formal argentino sólo reconoce los logros alcanzados dentro de sus estructuras formales y desconoce absoluta y totalmente cualquier logro alcanzado por otras vías fuera de él.

En esencia, pues, el nivel universitario es tan monopólico como lo son los anteriores, aunque las razones antes apuntadas introducen variaciones significativas en su realidad operativa. De esta forma, el sistema universitario, en su conjunto y como tal, como sistema, tampoco tiene necesidad de preocuparse ni por la eficiencia de los servicios que presta, ni por el costo, ni por el juicio de los usuarios. Esto último debe ser remarcado, y no hay contradicción con una afirmación anterior sobre el peso del juicio de estos usuarios a que antes nos habíamos referido.

Es verdad que en los niveles superiores de la enseñanza los jóvenes tienen menos paciencia para proseguir cursos que encuentren de baja calidad o de relativa significación para sus expectativas, pero la disconformidad absoluta sólo encuentra una vía de canalización definitiva: el abandono del sistema educativo, con cuanto esto conlleva como sanción que la sociedad impone al disconforme, pues cuanto pueda alcanzar luego fuera del sistema no le será convalidado ni reconocido formalmente nunca.

La capacidad educadora ociosa de la sociedad

Además de los problemas que hemos señalado –consecuencia, a nuestro juicio, de la estructura monopólica del sistema educativo–, surgen otros que en alguna medida son resultado también de ese mismo carácter y en parte surgen por otros motivos. El sistema educativo, a lo largo de ciento cincuenta años, aproximadamente, ha evolucionado hasta una especie de “gigantismo”, en el sentido de que actualmente ocupa un gran número de años en una gran parte de la población y ocupa esos años de manera casi absoluta o principal.

Una suscinta visión histórica es indispensable, porque una tendencia habitual lleva a olvidar un dato significativo. Hace apenas cien años la iluminación eléctrica era casi desconocida, y la inmensa mayoría de la humanidad seguía viviendo, en lo esencial, según los ritmos de luz y de oscuridad determinados por el ritmo de la Naturaleza.

Muy pocas personas hacen hoy esa sencilla reflexión y por lo tanto no se advierte que en la evolución de la especie humana y de las sociedades civilizadas el lapso correspondiente a las formas de vida determinadas por la iluminación artificial –con la consiguiente alteración de los ritmos de vida y la independencia de los ritmos naturales consiguientes– es un fenómeno recientísimo. Lo mismo sucede con la escolaridad, en términos generales.

Ciento cincuenta años atrás, la inmensa mayoría de la humanidad pasaba su vida entera sin transitar por el sistema educativo o siquiera por alguna forma de escolaridad. Al fin, no llegan a mucho más de cien años los grandes esfuerzos universitarios por implantar la escolaridad elemental, obligatoria y universal. En los hechos, en los países más adelantados de Europa y de los Estados Unidos, ese ideal apenas comenzó a ser alcanzado en el primer tercio de este siglo.

Pero luego, y en particular después de la segunda guerra mundial, los acontecimientos evolucionaron a una velocidad impresionante. Actualmente, los países de mayor desarrollo cuentan con sus poblaciones enteramente escolarizadas hasta los 16 ó 18 años de edad aproximadamente, y hacia esa situación marchan los países que siguen sus huellas de avance cultural y económico. En todos lados, por otra parte, la cantidad de personas que concurre a establecimientos de enseñanza ha aumentado notablemente en las últimas décadas y la enseñanza superior, en particular, ha sufrido –aunque en gran medida el fenómeno es propio del nivel medio– lo que se suele denominar “la explosión escolar”. Creo que es necesario extenderme en un aspecto que a lo largo de los tres o cuatro últimos lustros ha sido tratado abundantemente en toda la literatura pedagógica y económico-social en general.

En una palabra: actualmente, la “Escolarización” es una circunstancia vivida por la inmensa mayoría de la población, en mayor o menor grado. Cada día es más grande el porcentaje de la población que pasa los siete años de su vida entre los 6 y 14 en la escuela, y aumenta también incesantemente la cantidad de jóvenes que pasan hasta veinte años de su vida dedicados exclusivamente a una actividad de tipo escolástica, lo cual quiere decir sustraídos de realidades vitales y de experiencias sociales que antes formaban parte de un proceso educativo y cultural, y socializante, de importancia fundamental. Si se medita un poco en esta circunstancia no es difícil llegar a la conclusión de que nuestro siglo está afrontando un problema muy grave.

En efecto, con el afán de “educar” a las juventudes y de perfeccionar la formación de las generaciones no adultas, quizá nuestro siglo haya caído en una trampa que podría resultar mortal. El sistema educativo así considerado podría ser visto como un “boomerang” que se ha vuelto contra la misma sociedad que lo ha lanzado o lo ha puesto en marcha.

La sociedad tiene una fuerte capacidad educadora, que además es gratis, es decir que se da por añadidura junto con el funcionamiento mismo de la sociedad. Los niños pasan ahora casi todo el día fuera de los ámbitos familiares, pierden contenidos formativos valiosísimos que ninguna escuela puede brindarles, pero, además, la sociedad malgasta absurdamente recursos en montar organizaciones artificiales para proporcionar a esos niños la educación que la vida familiar, gratuitamente, les proporcionará. Algo así como las madres que disponiendo de abundante, sana y gratuita leche de su propio seno lo volcaran diariamente sin utilizarla y luego gastaran altas sumas en comprar productos alimenticios de reemplazo que al fin nunca podrán ser tan ventajosos como aquel provisto generosamente por la Naturaleza.

El fenómeno se repite luego a lo largo de los restantes niveles de la enseñanza. La sociedad cuenta en todas sus instituciones y en todas sus estructuras funcionales con una riquísima capacidad educadora que se ha dejado de utilizar o que se deja de utilizar cada vez más porque las generaciones jóvenes permanecen progresivamente cada vez más sustraídas de la realidad vital de esa sociedad para ser encerradas en establecimientos educativos que pretenden brindarles toda aquella formación y aquella riqueza de contenidos educativos.

Es verdad que en un primer momento, los establecimientos escolares surgieron por una necesidad básica, para cumplir menesteres educativos que la sociedad no puede cumplir por sí misma. Pero la sociedad cayó luego en la trapa de creer que esos establecimientos escolares podían reemplazar toda su capacidad educadora o que cumplirían el cometido formativo y socializante mejor que ella por sí misma en todos los aspectos.

Se ha llegado entonces a este absurdo conceptual y a este grave problema económico: mientras la capacidad educadora de la sociedad está cada vez más ociosa –en el sentido en el que se dice que una instalación empresaria permanece ociosa cuando su capacidad de producción no se usa– se agiganta el sistema educativo que pretende suplantar esa capacidad, con dos consecuencias negativas. Una es que el costo es insoportable para la sociedad; otra es que jamás se logra un reemplazo eficaz.

La escuela o el sistema educativo como mito

Queda algo más, que debe ser expresado con cuidado extremo para evitar malos entendidos. La escuela, o mejor dicho, el sistema educativo de nuestro tiempo –he analizado este tema con mayor extensión en Las etapas históricas de la política educativa– surgió en el último tercio del siglo pasado dentro de una corriente de pensamiento que hizo de las instituciones escolares una especie de iglesia laica y racionalista con finalidades últimas de perfeccionamiento moral, político y social. Esa concepción original acompaña, hasta hoy, a las instituciones escolares. No la atacamos, entiéndase bien, pero nos permitimos disentir de los excesos que suelen acompañarla, y ello también lo hemos fundamentado in-extenso en la obra anteriormente citada.

Sin embargo, el problema de fondo no deriva de cuál es el grado adecuado o equilibrado de valoración de las instituciones escolares, sino que consiste en otra cosa: aquella concepción ha llegado a constituir a las instituciones escolares en organizaciones que no pueden criticarse o juzgarse objetivamente. Como los símbolos nacionales o como ciertos valores esenciales propios de cada sociedad, cualquier juicio crítico negativo se toma como irreverencia insolente o disolvente.

Nuestro país, en particular, tiene una tendencia a la creación de mitos intocables muy peligrosa. Casi sin darnos cuenta, hemos llegado a excesos sin sentido en esa materia.
Así, no parece que en estos momentos sea posible una crítica literaria o social al Martín Fierro, por ejemplo, que contradiga juicios de valor habitualmente aceptados, sin correr graves riesgos de condenas generalizadas e inclusive de condenas de carácter oficial que pueden sacar al osado de circulación de los círculos o ambientes oficiales. Personalmente participo de un criterio de valoración altamente positivo con respecto al Martín Fierro, pero simplemente me pregunto qué ocurriría si un texto de literatura en uso en los establecimientos de enseñanza media señalara discrepancias serias con esa valoración.

La tendencia generalizada a la ceración un tanto sensiblera de mitos de este tipo caracteriza a nuestro país en asuntos históricos, en ídolos populares y en temas de la vida cotidiana. Con la escuela pasa algo parecido y cuando nos hemos permitido proponer estructuras escolásticas no graduales, por ejemplo, o una organización curricular por grupos de contenidos sin mantener cohortes de alumnos constantes y ficticiamente homogeneizadas, hemos encontrado casi siempre, expresa o tácitamente, una fuerte oposición fundada esencialmente en el sentimiento largamente arraigado de la figura de la maestra o del maestro de grado como factor irremplazable emocionalmente. Y ni qué decir del punto a que llega esa posición cuando se toca el tema de la maestra del primer grado.

Una posición mental de este tipo acompaña, globalmente considerado, a todo el sistema educativo. Es muy difícil, por lo tanto, discutir académicamente, o mediante metodologías más o menos objetivas sus grados de eficiencia, o su estructura interna en términos de costos o de racionalidad organizativa. Inconscientemente, además, los funcionarios y los miembros pertenecientes al sistema, advierten cómo esa especie de mitología les conviene y suelen ampararse detrás de ella cuando surgen críticas difíciles de levantar o cuando surgen pedidos de explicaciones racionalmente fundadas sobre su labor o sobre su eficiencia.

Una peligrosa confusión

Sería un grave error concluir este punto sin advertir otra circunstancia. En los últimos diez años, en el mundo, y en nuestro país con particular intensidad, se han alzado voces “demitificadoras” de muchas instituciones, las escolares entre otras. Esas voces han criticado acerbamente el conjunto de la sociedad de nuestro tiempo, englobándola genéricamente bajo en nombre de “establishment”, algo así como lo establecido u organizado o aceptado o valorado. La familia, las nacionalidades, las estructuras económicas, las fuerzas armadas y el sistema educativo han sido considerados los agentes represivos destinados al sometimiento físico y mental de las masas para ponerlas al servicio de los mezquinos intereses de minúsculas minorías oligárquicas dispuestas a servirse de ellas en su exclusivo beneficio. De esa manera hemos visto, por ejemplo, surgir análisis –a veces según el método freudiano y en general dentro de una tónica propia del materialismo dialéctico– de los libros de lectura tradicionales de la escuela primaria argentina, desde los más antiguos de este siglo hasta hoy, en los cuales se ha intentado demostrar aquellas tesis.

En otras oportunidades hemos analizado extensamente esa posición; la hemos refutado de manera terminante y creemos que nuestra posición al respecto ha sido reiteradamente manifiesta en esa y en otras múltiples ocasiones, incluyendo otros muchos artículos y ensayos aparecidos en esta publicación. La tesis que por nuestra parte sostenemos no se mezcla con aquella, aunque –y debemos decir lamentablemente– se puede confundir, lo reconocemos. Esto entraña un riesgo muy grave, en una doble dirección. En primer término, en cuanto nuestra tesis puede ser usada por los sostenedores de la anterior para llevar agua a su propio molino. Además, puede acarrear críticas o consecuencias negativas para quien levante hoy las posiciones que estamos sosteniendo, precisamente a causa de esa posible confusión, sobre todo para quien quiera aprovecharse de tal circunstancia para encontrar una fácil y cómoda refutación que quizá no sepa formular de otro modo.

Queda el segundo riesgo: para evitar esa confusión, o como consecuencia de haberse planteado aquella tendencia disolvente en el país a lo largo de los últimos diez años, simultáneamente con la conocida situación político-social vivida en el mismo lapso, ninguna crítica se arriesga actualmente hacia el sistema educativo, y este ha cobrado a lo largo de los últimos cinco años un carácter de inmovilismo y de conservadorismo a ultranza.
Creemos cumplir con un deber de conciencia, pues, si entre ambos riesgos, elegimos el primero. Inclusive, porque creemos que mantener el sistema educativo argentino en una peligrosa senda de quietismo y de congelamiento de sus estructuras puede llegar a constituir, más tarde o más temprano, el mejor caldo de cultivo para el renacimiento de las posturas contestatarias ideológicamente disolventes y sobre todo para empujar a los adolescentes y a los jóvenes a seguirlas.

La desinstitucionalización del sistema educativo o la desescolarización

Descripta la situación de los sistemas educativos contemporáneos tal como por nuestra parte la vemos, y formuladas las advertencias conceptuales oportunas, terminaremos el desarrollo de la tesis que queríamos exponer con la propuesta que constituye su núcleo central: es conveniente poner en marcha un proceso que lenta, pero inexorablemente, conduzca, de aquí a fines del siglo actual, a una relativa pero significativa desinstitucionalización de los sistemas educativos contemporáneos.

Esto mismo suele enunciarse a veces como la tendencia a la desescolarización, y no tememos admitir la palabra. Por supuesto, no participamos de las posiciones absolutas al respecto ni de las visiones prospectivas que algunos pensadores difundieron alrededor de 1970 y que en nuestro país seguidores de segunda mano, entre los que se reclutaron ingenuos, exitistas, demagogos, pedagogos de escasa formación académica y principalmente ideólogos de izquierda, lanzaron a la circulación haciendo creer que en pocos años la escuela sería absolutamente innecesaria así como ninguna institución social quedaría en pie. No vale la pena entrar de nuevo en las refutaciones consiguientes. Pero entiendo que sin duda los años próximos requerirán una carga de escolaridad sustancialmente menor que la que actualmente soporta la población en su conjunto, es decir, menor en cantidad de años y sobre todo en cantidad horaria cotidiana de dedicación a las instituciones escolásticas puras, si se admite este término.

Entiendo que ninguna persona deberá dedicar, o mejor dicho, consagrar –en el sentido de la dedicación absoluta e inclusive con un sentido casi sacramental o religioso– tantos años de su vida como actualmente le demanda el sistema educativo a quien quiera recorrerlo desde el principio hasta el fin, y que ni siquiera deberá exigírsele a ningún niño y a ningún adolescente o joven que destine prácticamente la totalidad de sus horas de vida cotidianas a la actividad escolar en ninguno de los niveles del sistema. Entiendo que durante la infancia propiamente dicha, o la niñez, es decir, entre los 4 ó 5 años y los 11 ó 12, la escolaridad elemental no tiene por qué exceder de tres o cuatro horas diarias de asistencia y que restarle al niño horas de permanencia en el hogar y de tiempo libre para el ocio o la participación progresiva en la vida social de los adultos es innecesario, negativo y en última instancia absurdo. Así como entiendo también que los actuales medios masivos de comunicación –la televisión en primer término, y los futuros adelantos en la materia referidos a videocasetes y recursos educativos e instructivos de uso individual u hogareños– deberán pasar a formar parte de la capacidad educadora de la sociedad junto con la de las instituciones escolares tradicionales del nivel elemental o primario.

Por cuanto hace a la escuela media, juzgo urgente una intensa disminución de esa carga escolar que actualmente abruma con resultados negativos a la adolescencia. La sociedad está aceptando sin discusión, desde hace décadas, la necesidad de una gigantesca cantidad de contenidos de conocimientos como indispensables para una formación social e intelectual sin detenerse en ningún momento a meditar en las razones concretas y objetivas que justifiquen esa situación. Por otra parte, la experiencia demuestra sobradamente cómo muchos de esos contenidos o de esas destrezas o habilidades se adquieren mejor, en menor tiempo y con menor costo, mediante otros procedimientos organizativos. Sin embargo, se prosigue con las exigencias formalistas tradicionales sin que nadie parezca comprender que esto conduce a la sociedad un gasto enorme y a la adolescencia a un desperdicio realmente pernicioso de sus potencialidades en un momento decisivo e irrepetible de sus vidas.

Por otra parte, en ese momento vital es conveniente no aislar de manera completa a los adolescentes y a los jóvenes de experiencias fundamentales de la sociedad, como es el trabajo u otras responsabilidades de cualquier naturaleza que las familias quieran imponerles.
Y en cuanto a los estudios superiores, a los universitarios en particular y a todos cuantos se dirijan hacia una formación profesional definida, entiendo que si de verdad admitimos las tesis contemporáneas sobre la vigencia del concepto de educación continua –con su consecuente superación de la idea del producto acabado como fruto de una institución escolástica cristalizado en un diploma o título de validez permanente– nadie podrá dudar de la necesidad de estructurar esas instituciones mediante regímenes de períodos alternados de estudio y trabajo o de períodos que integran el estudio y el trabajo y permitan una vida futura de entradas y salidas constantes entre la actividad del mundo adulto o del trabajo efectivo y la del estudiante, del estudioso o del investigador.

Pero la disminución de lo que he llamado la carga de escolaridad propia de los sistemas educativos contemporáneos no es, sin embargo, la esencia de la tesis que me interesa proponer. O, en todo caso, esa disminución no es sino la resultante que deberá darse de la idea de fondo de la tesis: los sistemas educativos contemporáneos deben despojarse de su estructura monopólica. Es decir: la sociedad debe organizar de algún modo el reconocimiento, la aceptación formal o la validez de los logros educativos de cualquier naturaleza alcanzados fuera del sistema educativo formal. Más aún: lo que la sociedad debe exigir son logros, no caminos recorridos. La Universidad, por ejemplo, debe exigir determinados requisitos para acceder a sus aulas. Supongamos uno: el dominio de una lengua extranjera. Supongamos otro: un conocimiento cabal e inteligente de la historia argentina y universal. Supongamos otro: el dominio de las formas de expresión escrita en idioma castellano. Pues bien: para ello no tiene por qué interesarle a la Universidad si el postulante que se presenta a sus aulas cursó regularmente o no la enseñanza media. Debe ocuparse de comprobar fehacientemente que ha alcanzado esos logros.

¿Por qué ocuparse de las vías que haya seguido para alcanzarlos? Lo mismo debería ocurrir con las leyes de instrucción obligatoria. Cuando los hombres del siglo XIX las sancionaron pretendían que la universidad de la población alcanzase determinados logros educativos, entre otros, uno fundamental: leer y escribir. Esto se ha transformado, andando el tiempo, en otro tipo de exigencia: haber cursado la escuela primaria de acuerdo con planes, programas y procedimientos determinados. El fin esencial ha terminado por quedar oculto.

En realidad, hoy no se está exigiendo de verdad saber leer y escribir para poder ingresar como ordenanza a la administración pública: se exige solamente un certificado que garantice que el postulante ha satisfecho los requisitos formales del sistema educativo en el nivel respectivo, es decir, que ha cursado la escuela primaria o que ha aprobado los exámenes libres respectivos. Se dirá que si la ha cursado o si ha aprobado esos exámenes debe suponerse que sabe leer y escribir. A eso voy: se supone... no se lo prueba. Y en cambio, aunque el postulante pueda probarlo fehacientemente, no se lo admite, no se le reconoce ni se le otorga validez a ese logro si lo ha alcanzado del sistema.

Llevando mi pensamiento al extremo, tal como lo he insinuado en otro artículo sobre las instituciones universitarias, diré que el proceso de desinstitucionalización en los ámbitos universitarios significa que las altas casas de estudio deberían, en el futuro, dejar de poseer la atribución de conceder por sí y ante sí las prerrogativas propias del ejercicio de las diferentes profesiones u oficios. Las casas de altos estudios deben ser centros de estudios de carácter académico y profesional conjuntamente, pero la habilitación concreta para el ejercicio de las diferentes profesiones debe quedar reservada para organismos de otro carácter que tengan como única misión comprobar fehacientemente las capacidades profesionales respectivas, es decir, la idoneidad profesional, no tendrá por qué quedar reservada como en la actualidad, monopólicamente, para el sistema educativo formal. Siendo ello así, el sistema debería ocuparse de obtener una eficiencia capaz de atraer a los usuarios, pues de lo contrario éstos podrán optar por otras vías para alcanzar los logros que aquellos organismos responsables de la sociedad les exijan para reconocer su idoneidad. Porque, obsérvese bien: aquellos organismos deberán ser instituciones de altísima responsabilidad social, y deberán montar mecanismos de comprobación de idoneidades muy severos. Por lo cual en más de una ocasión podría suceder que los egresados de una universidad integrante del sistema sean rechazados como no idóneos, y ello podría demostrar que esta casa, o el sistema, ha trabajado sin ninguna eficacia, cosa que hoy nadie está en condiciones de probar ni en sentido positivo ni en sentido negativo.

Conclusión

El análisis desapasionado de la eficacia y de la verdadera necesidad social de los sistemas educativos contemporáneos, tal como ellos han llegado a constituirse en la actualidad, es una labor indispensable de la política educativa en nuestros días. La tendencia a la desinstitucionalización de los sistemas educativos, también la moda tendencia a la desescolarización, a pesar de las confusiones que pueden darse con posiciones ideológicas que sólo pretenden fundarse en esas tesis para resultados de otro carácter, es una línea de pensamiento que no debe desecharse sin grave riesgo académico y político.

Proponemos seguirla con todo el rigor que ella merece y como parte de un esfuerzo de perfeccionamiento y de transformación del sistema educativo que, de una u otra forma, estamos seguros que en el siglo XXI se hará presente. Los educadores y los pedagogos serán responsables si esa transformación se da desde fuera del sistema porque ellos no supieron encararla desde adentro.

(*) Luis Zanotti (para publicación en Diversos Medios): Instituto de Investigaciones Educativas

Fuente: http://www.luiszanotti.com.ar/diversosmedios2.htm

sábado, 27 de agosto de 2011

¿El votante irracional?

Por Iván Carriño (*)

En la versión digital del diario La Nación del día miércoles, apareció una nota titulada “El votante irracional”, escrita por la premiada periodista y miembro de la Academia Nacional de Periodismo, Nora Bär.


En ella se busca, sobre la base de ciertos hallazgos de la neurociencia, racionalizar (valga la paradoja) la catarata de insultos hecha por Fito Páez y tantos otros luego del triunfo de Macri en Capital. Generalizando, el artículo se pregunta: “Pero ¡¿cómo puede ser que tanta gente haya votado por X y no por Z?!” A juzgar por las conclusiones, me quedo con Fito.

La tesis de este breve artículo es, básicamente, que los políticos ganan gracias a la irracionalidad de los votantes.

“… tal como explicó Facundo Manes en su último programa sobre “Los misterios del cerebro” (sábados a las 21, por C5N), y sugieren cada vez más estudios neurocientíficos -y campañas publicitarias plagadas de golpes bajos dirigidos a nuestros más íntimos resortes emocionales-, la decisión del votante es peligrosamente parecida a una conducta irracional o inconsciente: se basa en datos como la cara o la apariencia del candidato, siente una gran resistencia al cambio (aunque se le presenten argumentos convincentes), realiza inferencias similares a las que utilizan los chicos…”

Ahora bien, aceptando la premisa que el triunfo de Macri tuvo que ver con razonamientos similares a los que utilizan los chicos, o dando por sentado que Cristina ganará por la resistencia al cambio, debe destacarse que de estas premisas no se extraen necesariamente las conclusiones del artículo.

Si bien la autora busca una posición políticamente correcta sobre los “enojos post electorales”, creo que considerar irracional al votante es todavía más agraviante – y más inexacto- que acusarlo de egoísta, como dijera el autor de Mariposa Tecnicolor.

De hecho el votante, como cualquier ser humano, es un ser racional[i] y cuando vota, también lo hace racionalmente, por más que ignore las propuestas de los candidatos y sólo se guíe por la cara, la publicidad de la tele, o la entrevista en la revista GENTE.

Y si bien para Bär guiarse por estas cuestiones demuestra que el voto es irracional, creo necesario decir que es exactamente lo contrario.

Votar implica un costo, e informarse para hacerlo implica un costo aún mayor. Por otro lado, el poder que tiene el voto de cada uno es difícilmente tan importante como para inclinar una elección y, aún en el caso de que gane nuestro candidato, el beneficio que uno obtiene está muy disperso entre toda la población (es decir, es difícil que nos beneficie directamente si es que no formamos parte del sindicato de Moyano).

Por último, el costo de una mala elección (votar al que finalmente termina haciendo las cosas mal) también está disperso y las consecuencias están distribuidas entre toda la población (a menos que seas un productor de carne y te prohíban las exportaciones, o seas un economista profesional y te multen por medir la inflación). Ergo, los incentivos para tomar una decisión “informada” son bajos.

De esta forma, lo que la periodista describe como irracionalidad, no es más que lo que otros autores llamaron hace más de cincuenta años la “ignorancia racional”:

“En una de sus originales contribuciones a la teoría de la elección pública, Anthony Downs (1957) resaltó que el individuo que vota es –en gran medida- ignorante pero es racional en mantenerse en ese estado. La lógica detrás de esta afirmación es que el voto del individuo raramente decide el resultado de una votación. De esta forma, el impacto de hacer un voto bien informado es cercano a, sino directamente, cero.”

¿Entonces, para qué informarme, leer los planes de los candidatos, saber sobre economía, sobre moral, sobre justicia, o sobre política si, en el fondo, mi voto va a hacer muy poco por mi bienestar y el bienestar del país?

¿Para qué me voy a informar a fondo si puedo tener un pantallazo general al ver un spot televisivo y dedicar el resto de mi tiempo a hacer actividades que sí redunden en un beneficio directo como trabajar, cuidar a mis hijos, o mirar Bailando por un Sueño?

En conclusión, podemos ser críticos de quienes ganan las elecciones. Podemos oponernos a la idea de que las campañas tengan más marketing que debate político. Podemos quejarnos de que sistemáticamente nos toquen los peores gobernantes. Pero grave será el error si creemos que la culpa la tiene la supuesta irracionalidad de los votantes.

(*) Iván Carriño: Periodista, docente en universitario.

Fuente: http://www.libertadyprogresonline.org/2011/08/16/%C2%BFel-votante-irracional/