martes, 20 de septiembre de 2011

Democracia y capitalismo

Por Armando Ribas (*)

“Tanto son más fuertes los vicios del sistema que la virtud de los que lo practican”.
Alexis de Tocqueville

No es la primera vez que intento definiciones que parecen inasibles. No fue otro que Frederick Nietzsche quien dijera que democracia y socialismo son sinónimos. Con anterioridad ya Alexis de Tocqueville había señalado que “Socialismo y concentración de poder son frutos del mismo suelo”. Todo parece indicar pues que las democracias en nuestro mundo occidental y cristiano, con excepción por ahora de Estados Unidos, se constituyen en violación de los principios en que se fundara el capitalismo, que fuera el único sistema a partir del cual se creara riqueza por primera vez en la historia.
Tal como con anterioridad he sostenido que el socialismo fue la denominación que le diera el Iluminismo a la demagogia, no puedo menos que insistir en que capitalismo fue la denominación dada por Marx para descalificar éticamente al sistema, que él mismo reconociera como generador de riqueza. Entonces me voy a permitir citar a Aristóteles quien hace 2500 años definiera la demagogia diciendo: “Tan pronto como el pueblo es monarca, pretende obrar como tal, porque sacude el yugo de la ley y se hace déspota, y desde entonces los aduladores del pueblo tienen un gran partido”. Tampoco puedo dejar de recordar las atinadas observaciones de Thrasimacus cuando dijera refiriéndose a la naturaleza humana y las condiciones del hombre en la política: “El debe decir en las asambleas y en las cortes judiciales lo que la gente quiere oír, así ellos pondrán el poder en sus manos… El debe tomarlos por los oídos antes de tomarlos por la garganta”.
Mi criterio aunque pueda parecer un tanto exagerado sería que gran parte del mundo está tomado al menos por los oídos. Tanto así que en Europa tal como dijera The Economist, la causa de la crisis es el sistema de bienestar que implica un gasto público que alcanza a superar el 50% del PBI y el que quiere cambiar el sistema pierde las elecciones. Recordemos lo que le pasó a Schroeder en Alemania cuando intentó cambiar el sistema, y fue su propio partido el que lo destituyó. En el fondo, tal como lo sostenía Aristóteles, es el enfrentamiento de los pobres contra los ricos y en Atenas también eran mayoría.
Entonces pasando al capitalismo tenemos a Marx que en el ‘Manifiesto Comunista’ le reconoce a su odiada burguesía que en cien años había creado más riquezas que todas las generaciones anteriores juntas (SIC). Pero he aquí que seguidamente sostiene: “La sociedad burguesa con sus relaciones de producción, gigantescos medios de producción e intercambio, es como un brujo que ya no es capaz de controlar los poderes del mundo bajo que ha llamado con su hechizo”. Como consecuencia de esa ignorancia Marx predice que el trabajador en el mundo moderno, en lugar de mejorar con el progreso de la industria, se hunde más y más profundamente debajo de las condiciones de existencia de su propia clase.
Pues bien, no obstante la estupidez de ese análisis que culmina con la utopía de la sociedad sin clases, donde superada la escasez como condición de la libertad, el estado desaparecería, Marx está presente Edward Bernstein mediante. Tanto así que recientemente Ferry Eagleton publicó un libro titulado “Marx Was Right” (Marx Tenía Razón). Y esta realidad de la presencia de Marx en nuestro mundo se manifiesta a través de la social democracia que es lo contrario de las predicciones de Marx y logrado la actual crisis en Europa. Y esta crisis es el resultado de la demagogia socialista plus la ignorancia pertinaz de la teoría económica que impiden en gran medida su superación.
Debo insistir entonces en que el capitalismo no es un sistema económico, sino que la economía es el resultado de un sistema ético, político y jurídico que permitió la transformación del mundo hace apenas unos doscientos años. Ese sistema se basó en las ideas liberales plasmadas originalmente por John Locke y seguidas por David Hume y Adam Smith. Fue a partir de las ideas de Locke que la Glorious Revolution de 1688 transformó el sistema político inglés y permitió que se produjera la Revolución Industrial que fue la consecuencia del respeto por los derechos individuales y la limitación del poder político. Esas ideas fueron desarrolladas y puestas en práctica por los Founding Fathers en Estados Unidos bajo la denominación del Rule of Law.
O sea, la economía es el resultado y no la causa, por más que haya momentos en la historia en que las circunstancias permitan un enriquecimiento nacional, inclusive ajeno a la política seguida. Tal es aparentemente la circunstancia existente en la actualidad entre la crisis del mundo desarrollado y la aparente exuberancia del mundo en desarrollo. Tanto así que las últimas noticias muestran la voluntad de los BRICS de financiar a la Unión Europea.
Los principios fundamentales del liberalismo a los que me he referido son en la ética el reconocimiento de la falibilidad del hombre: “Los monarcas también son hombres”, Locke; “La naturaleza humana es inmutable y no generosa y la naturaleza no es pródiga; si queremos cambiar los comportamientos debemos cambiar las circunstancias y ese es el origen de la razón de ser de la justicia”, David Hume. El otro principio fundamental es la denominada mano invisible, según la cual la búsqueda del interés particular beneficia al conjunto y no viceversa. Así dijo Adam Smith: “He visto muy poco bien hecho por aquellos que pretenden actuar por el bien público”.
Bien me he permitido hacer todo este planteo filosófico político, pues considero que es a partir de la comprensión de estas ideas que será posible superar la crisis que agobia al mundo industrializado. En ese sentido quiero comenzar por un tema que considero trascendente y que es la evidente correlación inversa entre el aumento del gasto público y la tasa de crecimiento. Así podemos ver que en Francia en la década 1960-70 la tasa del crecimiento del PBI alcanzó al 6,1% por año. En ese período el gasto público era inferior al 30% del PBI. Después de 1980 el gasto público alcanzó y superó el 50% del PBI y la tasa de crecimiento en 1980-90 se redujo al 1,8% anual y en la década siguiente al 0.8% anual. En Italia en la década 1960-70 el gasto público fluctuaba alrededor del 17.0% del PBI y la tasa de crecimiento alcanzó al 5,7% por año. Entre 1990-2000, el gasto aumentó a un promedio del 47.0% y el crecimiento cayó al 1,6% anual. En la década siguiente se redujo aun más, al 0,8% anual. Y en Alemania en el período 1960-70 el gasto público era tan solo un 13,0% del PBI y crecía al 4,7 % por año. Para el año 2000 ya el gasto había aumentado al 46% del PBI y consecuentemente entre el 2000 y el 2006 el crecimiento cayó al 1,2% anual.
Insisto entonces en la necesidad de revisar la teoría económica en función de la realidad que enfrentamos del impacto del gasto público, que solo puede reducirse bajando su nivel y/o el incremento de su eficiencia. Por ello es igualmente necesario revisar la teoría monetaria y tomar conciencia de que el control monetario ante la expansión del gasto público a quien perjudica es al sector privado y por tanto a la inversión y el crecimiento. Así puede comprobarse que en la Unión Europea la causa del deterioro del crecimiento y de la presente crisis no ha sido la inflación. El problema reside en el crecimiento de la deuda, y por supuesto en la medida que continúan los déficits fiscales la deuda aumenta. Y tanto más en relación al PBI cuanto menor es la inflación. Sé que acabo de decir una herejía, pero la sostengo. Por tanto debemos reconocer que la política monetaria es fundamental para tratar de resolver o paliar los desequilibrios causados por la expansión del gasto público.
Teniendo en cuenta las anteriores consideraciones no puedo menos que recordar una vez más las sabias palabras de Milton Friedman en su análisis de la crisis del 29 cuando culpó al Federal Reserve de Washington por no haber actuado como prestamista de última instancia, y al respecto dijo: “Otra forma de detener el pánico es el capacitar a los bancos sanos a convertir sus activos en dinero efectivo, no a expensas de otros bancos sino de la disponibilidad adicional de efectivo mediante una impresión de moneda de emergencia”. Asimismo recomendó la compra de bonos por parte del Federal Reserve. Esta ha sido la política seguida por Bernanke en Estados Unidos, y al que aparentemente se opone la Sra. Merkel para salvar a los bancos mediante la creación de un bono común.
En fin, la salvación está en la política y no en la economía. Esa solución parte de reconocer las virtudes de la propiedad privada, y por consiguiente la reducción de la injerencia del gobierno en la economía. Ello implica asimismo la aceptación del principio del derecho del hombre a la búsqueda de su propia felicidad y no que ésta quede a cargo de los gobiernos, lo que implica la aceptación del criterio de Nietzsche de la exaltación del fracaso. Si por el contrario las mayorías tienen el derecho a violar los derechos de las minorías nos encontramos ante la ausencia de la justicia y el mantenimiento del poder absoluto de los gobiernos que pretenden su representación. En esas condiciones me atrevo a decir que no habría soluciones pues no sería más que la continuidad de la presente crisis en virtud de tener a los pueblos tomados de los oídos. O sea, como dijera Schumpeter, el éxito de Marx fue sociológico, no económico. La consecuencia el éxito político de la social democracia y su fracaso económico.
(*) Armando Ribas. Abogado de la Universidad de Santo Tomás de Villanueva, en la Habana. En 1960 obtuvo un Mágister en Derecho Comparado en la Southern Methodist University en Dallas, Texas. Filósofo. Escritor.