miércoles, 29 de febrero de 2012

De falacia en falacia (II)

Por Armando Ribas (*)
Tengo la impresión de que en este mundo “occidental y cristiano” se vive envuelto en la falacia del socialismo. Así impera aparentemente la demagogia que constituye la vía al poder mediante la búsqueda de la igualdad y el llanto por los pobres. No puedo menos que recordar las sabias palabras de Joseph Shumpeter en su obra “Capitalismo, Socialismo y Democracia”, donde dijo: “Prácticamente toda tontería que haya sido dicha respecto del capitalismo, ha sido sostenida por algún economista profesional…y el capitalismo enfrenta su juicio ante jueces que tienen la sentencia de muerte en el bolsillo” La validez de esas palabras se manifiesta indubitablemente ante la crítica actual del capitalismo como responsable de la crisis europea y americana.

Podemos ver como la falacia que entraña la sentencia final al capitalismo se magnifica a través de la social democracia, a la luz de la igualmente falaz concepción histórica de la Civilización Occidental como el eje de la irrupción de la ética política en Occidente. A esa percepción equívoca se adhieren precisamente economistas profesionales que hasta han obtenido el premio Nóbel tal como había observado Shumpeter. Pero por supuesto salvo la falacia persistente de la evaluación de Marx del capitalismo como la explotación del hombre por el hombre, nadie parece interesado en definir la naturaleza de ese capitalismo supuestamente causante de la crisis actual, en tanto que se ignora asimismo el carácter del socialismo.
Me voy a permitir nuevamente destacar que el capitalismo no es un sistema económico sino ético-político y jurídico. Es decir el denominado Rule of Law. Por consiguiente la economía es el resultado del mismo. Ese sistema parte del reconocimiento de la naturaleza humana como tal, y no como pretende el socialismo para lograr la falacia de la igualdad ante la justicia social. En tanto que Locke reconociera que los monarcas también eran hombres y por tanto se requería limitar sus prerrogativas, David Hume explicó: “La naturaleza humana es inmutable, si queremos cambiar los comportamientos tenemos que cambiar las circunstancias. Esa circunstancia fue el Rule of Law, definida como el límite al poder político, el respeto por los derechos individuales, a la vida, a la libertad, a la propiedad y a la búsqueda de la propia felicidad. Y no menos importante la aceptación de que las mayorías no tienen derecho a violar los derechos de las minorías.
Tal como reconociera Ayn Rand esos derechos jamás fueron reconocidos en Europa y así escribió:”La filosofía americana de los derechos individuales nunca fue comprendida por los intelectuales europeos. La idea predominante de la emancipación en Europa consistió en cambiar el concepto del hombre como esclavo del estado absoluto, personificado por el rey, al concepto del hombre como esclavo absoluto personificado por el pueblo.” De esa percepción surgió en su oportunidad el fascismo y finalmente bajo la égida de la Social democracia, el supuesto Estado de Bienestar que constituye la verdadera causa de la crisis actual y que no se reduce al desequilibrio griego. Al respecto Ayn Rand dijo: “Una moralidad que no puede ser practicada, es una excusa ilimitada para cualquier práctica”
Según la última información del FMI y  el WSJ tenemos los siguientes datos. Ver cuadro.
CUADRO I
                        Deuda publica           Gasto Público            Gasto Social                 Déficit
                         % del PBI 2011         % del PBI 2010         % del Gasto total         % PBI
Alemania              81,8%                      47,4%                         47,3%                        -1,0%
Francia                 85,4%                       56,2%                         45,6%                        -5,6%
Italia                    120,5%                      50,0%                          43,9%                      – 4,0%
Grecia                  168,2%                      —-                             ——                            -10,0%
Gran Bretaña         80,9%                      49,2%                         30,8%                       -8,6%
Estados Unidos      85,5%                      36,4%                         42,2%                       -8,7%
Vistas las anteriores cifras correspondientes a los principales países de Europa, únicamente un ciego no puede ver como el socialismo y no el capitalismo impera en la zona. No obstante la realidad precedente tenemos al Sr. Stiglitz recomendando la necesidad de cambiar al capitalismo, y aceptar la pretensión de Rousseau de crear un hombre nuevo. O sea que carezca de intereses particulares y actúe tan solo en beneficio de la comunidad. Así culpa a la crisis americana de la crisis mundial, y por supuesto descalifica al mercado y más aun al sistema financiero.
En un sentido similar se pronunció Kenneth Rogoff en su artículo “¿Es el Capitalismo Moderno Sustentable?”Así se refiere al capitalismo europeo al que juzga favorablemente, pero lo considera in sustentable. Al mismo tiempo considera que todas las formas del capitalismo son transitorias. Pero el problema sigue siendo que carecemos de una definición de capitalismo y por supuesto considerar al sistema europeo capitalismo es una inconsecuencia evidente. Seguidamente critica al capitalismo porque a la vez que crea grandes riquezas, ha generado grandes niveles de desigualdad.(SIC). Aquí tenemos otra falacia que resulta de la contradicción que implica a la vez reconocer que el socialismo europeo no es sustentable.
La otra crítica al capitalismo la basa en lo que se ha denominado capitalismo de amigos, pues la creación de riqueza capacita a los grupos e individuos a alcanzar el poder político. Ignora una vez más que eso ocurre precisamente donde no hay garantías a los derechos individuales y entonces surge la colusión con los gobiernos, tal como se expuso en el fascismo. Y recordemos las palabras de Tocqueville; “ Socialismo y concentración de poder son frutos del mismo suelo” Y una suerte de fascismo se encuentra aun vigente en nombre de la supuesta democracia mayoritaria, y en América Latina tenemos algunos ejemplos del caso. El más notorio por supuesto el Sr. Chávez, pero no parece que Correa se queda muy atrás.
Por su parte tenemos al Sr. Krugman que sostiene que la reducción del gasto solo es conveniente durante la expansión y no en la recesión. Por supuesto en esta aseveración que pretende rescatar el criterio de Keynes, ignora que precisamente a diferencia con la depresión del treinta, la causa de la crisis actual ha sido la expansión del gasto. O sea que no hay capacidad productiva para satisfacer el nivel de demanda que genera la extralimitación del gasto público, a diferencia del treinta cuando existía capacidad ociosa, precisamente por la caída de la demanda. Y recordemos que en ese tiempo el gasto público en Estados Unidos no superaba el 8,0% del PBI.
La solución de la crisis requiere en una primera instancia  que el Banco Central Europeo actúe como prestamista de última, y así evitar que se produzca la quiebra del sistema bancario tal como ocurrió en Estados Unidos en el treinta por la renuencia del Federal Reserve de Washington de actuar como prestamista de última instancia. En ese sentido es importante señalar, que no ha sido el sistema bancario el causante de la crisis, sino por el contrario uno de los actuales perjudicados por la misma. Pero no debiera haber dudas al respecto de que el actual nivel de gasto es incompatible con la productividad del sistema, y por tanto la solución en última instancia es la reducción del gasto y por supuesto el respeto a los derechos individuales..
Podemos concluir entonces que la crisis en Europa es del socialismo, y en Estados Unidos fue causada por la violación demagógica de las reglas del mercado, que generara la burbuja cuya explosión determinó el inicio de la crisis en el 2009. Demás está decir que la desigualdad no es producto del capitalismo, sino que proviene de la naturaleza humana y se manifiesta de conformidad con los sistemas políticos vigentes. El llamado capitalismo fue el sistema que permitió que la desigualdad humana se manifestara en la creación de riqueza por primera vez en la historia, y no la determinante del poder político absoluto. Y para terminar permítanme recordar a Karl Popper: “Luché por la igualdad hasta que me percaté que en ella se perdía la libertad, y después ni siquiera había igualdad entre los no libres”.
(*) Armando Ribas. Abogado de la Universidad de Santo Tomás de Villanueva, en la Habana. En 1960 obtuvo un Máster en Derecho Comparado en la Southern Methodist University en Dallas, Texas. Filósofo. Escritor. Artículo publicado en Libertad y Progreso el 28 de Febrero de 2012.


Argentina: omnipotencia

Por Agustín Monteverde (*)


Nada cambiará demasiado en los próximos meses en nuestro país. No hay razones de ninguna naturaleza como para imaginar siquiera la posibilidad de una modificación del rumbo político que incluye, por supuesto, otros aspectos de la realidad —el económico y el social— a los cuales siempre es necesario tener en cuenta.


Aun cuando a los defensores del modelo vigente esta aseveración les resulte enojosa y la reputen de antojadiza, lo cierto es que el éxito kirchnerista debe reconocerse tributario de la Diosa Soja y de la estabilidad brasileña. El precio de aquella —que en algún momento amenazó bajar a menos de U$ 400 la tonelada— está de nuevo orillando los U$ 475, y en cuanto al gigante vecino su moneda luce fuerte.

Con semejantes pilares, la arquitectura oficialista acredita solidez. No es que le sobren divisas o que, de buenas a primeras, haya resuelto los problemas energéticos generados por su propia irracionalidad, para hacer mención, apenas de pasada, dos de los flancos más vulnerables de la administración de Cristina Kirchner. Pero aun colocando en la balanza los cuellos de botella que seguramente deba enfrentar en el curso del año, el gobierno tiene todavía más fortalezas que debilidades. Sería distinto si se derrumbasen los valores de los commodities agrícolas o se enfriase fuerte la marcha de la locomotora brasileña. Como ello no pareciera suceder en lo inmediato, el kirchnerismo gozaría de buena salud.

¿Y el ajuste que se nos viene encima de manera inevitable; y la toma ostensible de distancias por parte de Hugo Moyano; y los gestos —tímidos, es verdad, aunque inocultables al propio tiempo— de Scioli tratando de poner límites a las insolencias de Mariotto y de sus mandantes, no significan nada? —Transparentan dos realidades: de un lado, el hecho de que estamos lejos del paraíso y que, luego de ocho largos años de abundancia, ahora debemos soportar —nadie sabe cuántos— años de escasez; del otro, que en el peronismo hay fuerzas agazapadas y dispuestas a hacerse valer en el momento oportuno. En resumidas cuentas, no todo anda bien y no todo el justicialismo —por lo que valga— se halla alineado, como un solo hombre, detrás de la presidente.
De atenernos a lo dicho salta a la vista una situación paradojal, que es la siguiente: cuando debe —por primera vez desde el momento en que tomó las riendas del país— hacer un ajuste al cual se resistió y carece de los recursos que le sobraron, al menos, entre 2003 y 2010, el kirchnerismo políticamente demuestra tener una fortaleza envidiable.
Coinciden, pues, la necesidad de la sintonía fina, cuyas consecuencias de carácter social no son nunca indoloras, con un poder y una capacidad de ejercerlo en tiempo y forma, intactos.
Es más, las encuestas serias ponen de manifiesto que, aun con la perspectiva —para muchos sombría— de un ajuste en puerta, la popularidad de la presidente sigue en alza. Como también la de Daniel Scioli —que en punto a imagen positiva no le pierde pisada a la viuda de Kirchner. Alguien podría argumentar, no sin razón, que es al menos prematuro tomar los relevamientos hechos acerca de la presidente —que la muestran en su mejor forma— cuando todavía no se han abatido sobre la población los efectos más duros del ajuste. Claro que —podrían replicar las usinas gubernamentales— no es poca cosa rozar 60% de popularidad en medio de los anuncios sobre un achicamiento general de la economía que no tiene vuelta.
No resulta una simple conjetura decir que el kirchnerismo se siente y se sabe fuerte mientras el arco opositor se siente y se sabe débil. Es una realidad y nada lo demuestra mejor que la actitud de Guillermo Moreno. En las últimas semanas se ha permitido cargar, sin misericordia, contra Amado Boudou, Julio De Vido y Débora Giorgi, prescindiendo de las sutilezas que cualquiera en su lugar utilizaría para atemperar las críticas enderezadas a expensas de sus pares.
Un ex–ministro de Eduardo Duhalde que, desde las esferas empresarias, hoy pasa por tener la mejor llegada a la presidente y al todopoderoso secretario de Comercio, se mostró entre sorprendido y preocupado por la crudeza con la cual Moreno se había pronunciado, en una reunión que habían mantenido a solas, respecto de los funcionarios mencionados.
Nadie que no fuera un irresponsable o un suicida se referiría despectivamente a sus iguales, si el horizonte se presentase con nubarrones. Pelearse con su propio ejército es la señal más diáfana de hasta dónde al kirchnerismo duro lo tienen sin cuidado sus adversarios o enemigos.
Guillermo Moreno habla, delante de los empresarios, pestes respecto de Giorgi, Boudou y De Vido; no porque no mida los riesgos de una acción por el estilo sino porque considera que esos riesgos lisa y llanamente no existen.
Vista la situación hoy, el gobierno hace cuanto le viene en gana mirando de soslayo a un arco opositor que se debate en su impotencia y ha quedado reducido —vaya a saber hasta cuándo— al silencio o al papel de comentarista de la actualidad política. La falta de protagonismo y de inteligencia estratégica que caracteriza a sus principales figuras contrasta de manera acabada con la suficiencia de la presidente y de su escudero predilecto.
Aun asumiendo el riesgo de pecar por cierto grado de reduccionismo, en la Argentina política sólo cuentan Cristina Fernández y Guillermo Moreno. Los demás son cartón pintado.
(*) Agustín Monteverde es Consejero Académico de Libertad y Progreso.


Accidente ferroviario en Argentina

Por Alberto Benegas Lynch (h) (*)


Como es del dominio público acaba de ocurrir una tragedia en la línea del Ferrocarril Sarmiento, en el barrio porteño del Once. Cincuenta muertos y cientos de heridos en una de los peores dramas ocurridas en los anales del transporte argentino. Las explicaciones de quienes colaboraron en el rescate de las víctimas ponen de manifiesto el espanto de la situación, lo cual incluye la imperiosa necesidad de utilizar aceite y vaselina para desenganchar a personas aprisionadas entre el material del tren en cuestión.
En momentos en que escribo estas líneas hay varias investigaciones en curso, pero lo que ha transcendido es que buena parte de las vías por las que se desplaza el Sarmiento datan de 1930 y muchos de los durmientes estás despedazados. Algunos de los vagones fueron adquiridos hace sesenta años. Según lo que se ha filtrado desde la sala de terapia intensiva donde se encuentra internado el conductor, hubo una falla en los frenos a pesar de que ese supuesto desperfecto no se puso de relieve en las paradas anteriores. Ha quedado registrado que la máquina, al aproximarse a la estación de Once, redujo la velocidad a veinte kilómetros por hora que es en la que se produjo el impacto, pero al haber varios vagones tuvo lugar el efecto acordeón que aumenta la fuerza del choque debido a los golpes en cadena que cual latigazos destrozaron vagones.
La cantidad de víctimas fatales y accidentados se multiplicó como consecuencia de que, hacia el final del trayecto, muchos de los pasajeros se adelantaron al primer vagón a los efectos de bajarse en las inmediaciones de sus combinaciones con otros medios de locomoción. Además, de acuerdo a referencias periodísticas, la formación transportaba más cantidad de pasajeros de lo que es prudente para ese tipo de trenes.
El actual secretario de transporte convocó a una “conferencia de prensa” en la que no permitió que los periodistas presentes formularan preguntas. Dejando de lado que sus palabras no agregaron nada a lo ya sabido, es una falta de respeto superlativa el tratar a periodistas como simples receptáculos de un megáfono. El secretario de transporte inmediatamente anterior tuvo que renunciar en medio de múltiples escándalos de corrupción, y ahora sale a la luz que participó en la compra de varios vagones de tren en España los que resultaron absolutamente inservibles.
En estos instantes, a través de varios medios de comunicación aparecen tilingos que, como si hubieran descubierto la piedra filosofal, proponen estatizar los ferrocarriles en vista de este tremendo accidente. Pero lo que estos voceros aparentan no conocer es que concretamente esta línea Sarmiento ya es estatal y solo constituye una burda cosmética el estar registrada a nombre de una sociedad particular. Esto es así puesto que los ingresos operativos que comprenden el rubro de pasajes significa solamente el doce por ciento de los ingresos totales percibidos por todo concepto: la colosal diferencia la aporta el fisco vía subsidios, esto es, la financian los contribuyentes.
Es un fenómeno parecido al que tuvo lugar durante el menemato. Antes de asumir Menem los ferrocarriles estatales en su conjunto arrojaban una pérdida de trecientos sesenta y cinco millones de dólares por ejercicio, es decir, un millón por día. Luego se “privatizaron” y, oh sorpresa! el subsidio estatal era de trescientos sesenta y cinco millones de dólares anuales. Resultó en un buen procedimiento para que la gente odiara las privatizaciones, lo único que estas no eran tales sino procedimientos archiconocidos del fascismo que prefiere asignar propiedades a particulares y que el aparato estatal maneje el flujo de fondos (más sincero es el comunismo que estatiza directamente sin tapujos). Una de las razones para proceder a las privatizaciones simuladas es que da lugar a mayores tramoyas y negociados y la otra es que cualquier problema pude endosarse “al sector privado” como es hoy el caso en el accidente de marras donde el actual gobierno se constituye en querellante frente a la empresa, como si no tuviera responsabilidad en el deterioro del material ferroviario destinando los fondos a otros menesteres.
No se trata de insinuar que una empresa privada no pueda tener accidentes, muy lejos de ello. De lo que se trata es de señalar que si la empresa se politiza los incentivos para mejorar resultan bastardeados ya que son otros los que pagan los platos rotos, sin embargo, la empresa privada, en la medida en que no presta buenos servicios es desplazada del mercado. Hasta la forma en que se toma café y se encienden la luces resulta completamente diferente en un organismo estatal respecto de lo que ocurre en una empresa privada. Por otra parte, la misma constitución de lo que se denomina una “empresa estatal” significa despilfarro puesto que los siempre escasos factores productivos se canalizarán en una dirección distinta de la que hubiera decidido la gente si se les hubiera permitido hacer uso del fruto de su trabajo. En resumen, no parece adecuado el momento de esta fenomenal tragedia para hacer propaganda y apuntar a que el Leviatán irrumpa con más fuerza de lo que ya lo viene haciendo.
(*) Alberto Benegas Lynch (h) es Presidente del Consejo Académico de Libertad y Progreso. Artículo publicado el 24 de Febrero de 2012

La conciencia de un gobierno criminal

Por Gustavo A. Bunse (*)

Ahora ya no se trata de la impericia, ni de la depredación del conjunto de parásitos de la escoria social que nos gobiernan.
Se trata de corrupción directa y abierta …  sobre funciones operativas de los servicios públicos esenciales …  cuyos autores, puestos bien a la luz, sabían claramente que perpetrando su dolo, iban a provocar una masacre.  

Se trata de dolo consciente…  y con consecuencias fatales previsibles.
Se trata de ladrones de dinero a expensas de la pérdida de vidas que están encaramados (todos ellos) en el gobierno… a nuestra vista y paciencia

La conciencia de estar en manos de criminales que saben muy bien que su latrocinio deviene en el riesgo de una carnicería humana… no coincide con la proporción disparatada del  54% contra  el 46% .  Ninguno de los 2 casos
No es cierto que el 54% rechaza hoy mismo de plano esa conciencia… o la ignora olímpicamente…  ni tampoco es cierto que el 46%  la tiene flotando en el plano conductual… de una forma vívida y plena.

La conciencia sobre cualquier certeza… suele no ser permanente, ni tener la prioridad atencional del sujeto .  La conciencia moral es inmanente.
Hay quienes la evocan o la desentierran de su archivo mental… por alguna razón de necesidad evocativa … o por un simple reflejo racional.

Pero hay también quienes necesitan, para enfocarla en dimensiones justas, el impacto de una tragedia… a la que se le agrega el desastre final, en una  escala de horror y de fatalidad superlativa.

Lo que parece seguro es que… la enorme mayoría de nosotros… hemos tomado conciencia acerca de que estamos mucho más cerca de Sudán que de Alemania.     Mucho más cerca de Haití que de Canadá.
La diferencia… a partir de ese momento casi violento de conciencia súbita, es nada más que la actitud personal  frente a semejante patetismo… en orden al desdén… a la corrupción… y a la criminalidad abierta de quienes nos gobiernan.

Es así, una conciencia plena de que… ellos…son plenamente conscientes.
Acaso… parezca que ellos no premeditaron una masacre… 
Lo que hacen es peor : se roban el dinero del mantenimiento de los medios de transporte que son usados por seres humanos… conectando un  riesgo de muerte lineal…        Un riesgo que por esas acciones… se incrementa a unos límites que son un holograma perfecto de la premeditación criminal.

No lo ignoran.   Lo hacen sin ignorar esa circunstancia en absoluto.
Robarían todos los tubos de oxígeno de una sala de terapia intensiva llena

Y tienen previsto… en medio de cualquier desenlace trágico… difuminar la responsabilidad en una maraña de escalones de descontrol,  precisamente armada por ellos… para favorecer dos cosas de un solo golpe  :

El latrocinio a cielo abierto… y  la elusión de responsabilidades.

Peor que todo lo anterior… y mucho más que todo lo anterior :
Sin el menor reconocimiento de las culpas propias,…  sin el menor acto de contrición sobre la perspectiva inadmisible de la acción cometida,  resulta   imposible aspirar, siquiera, a la menor esperanza de un acto correctivo
Cuando nadie reconoce nada… es el abismo.

Y aquella conciencia dramática…  de estar hoy en manos de unos terribles criminales, se convierte, de este modo, en un formato de certeza definitiva.
En un cuadro que es tan terrible como inmutable…  al que todos debemos someternos como una especie de condena rígida e inapelable…

Y lo que es más grave  : 
Sin la menor esperanza de cambiarle a todo esto …  su clara dimensión de asesinato de masas…
ni de acortar… alguna vez, el tiempo que habremos de soportarlo

(*) Lic Gustavo Adolfo Bunse

Fuente: Comunicación personal del autor

El apriorismo de Mises frente al relativismo en economía

Por Thorsten Polleit (*)
Artículo original en: http://mises.org/daily/2944

Los seguidores cercanos de la obra de Ludwig von Mises (1881-1973), uno de los principales pensadores de la Escuela Austriaca de Economía, mantienen que la economía es una ciencia a priori, “una ciencia a cuyas proposiciones puede darse una justificación lógica rigurosa, lo que distingue a los austriacos, o más en concreto a los misesianos, de todas las demás escuelas económicas actuales”. [1]
De hecho, ese punto de vista contrasta sobremanera con la situación actual de la economía de la corriente principal, que ha caído víctima del hechizo del positivismo: en un intento por investigar la verdad de hipótesis en el campo de las ciencias sociales, los positivistas declaran que haría falta medir las acciones de la gente y hacer continuas pruebas empíricas (de acuerdo con expresión “si-luego”), que permitieran así el progreso científico.[2]
Sin embargo, la aproximación positivista-empirista no cumple, ni puede cumplir, esta premisa. Promueve doctrinas económicas falsas, al entender mal el estado lógico de la ciencia de la economía. El positivismo-empirismo fomenta, hablando intelectualmente, una deriva del orden del mercado, abriendo camino al colectivismo, el socialismo e incluso el totalitarismo.
El positivismo-empirismo fomenta el relativismo moral: niega cualquier verdad a priori de la realidad social de la acción humana, adoptando la opinión de que “vale todo”. Como tal, el relativismo social da ventajas a los enemigos del orden social libre. No hay nada que pudiera, por norma, impedir que las recomendaciones derivadas de la doctrina positivista-empirista violen los derechos de propiedad de los individuos.
En 1945, Friedrich August von Hayek (1899–1992) formuló las consecuencias de una filosofía social que ignore los principios:
La aversión a principios generales y la preferencia por proceder en cada caso particular, es el producto del movimiento que con la “inevitabilidad del gradualismo” nos lleva de vuelta de un orden social que se basa en el reconocimiento general de ciertos principios a un sistema en el que el orden se crea por órdenes directas.[3]
En prácticamente todos los países desarrollados, la actividad del gobierno (medida, por ejemplo, en términos de gasto público como un porcentaje de la renta total y el ámbito de la regulación autoritaria) se ha venido expendiendo a costa de la libertad individual y el orden del libre mercado, consentido (o incluso defendido públicamente) por economistas de la corriente principal.
Por eso la obra de Mises sobre la condición lógica de la ciencia de la economía ha de volver a recibir atención pública: su obra realmente constituye el bastión intelectual contra la degeneración del libre orden social. Así que, en lo que sigue, se revisarán brevemente los fundamentos metodológicos de la economía austriaca.[4] Nuestro punto de partida es, y ha de ser necesariamente, el campo de la epistemología.

La epistemología como punto de partida
La epistemología es la rama de la filosofía que se ocupa del origen, posibilidad, ámbito y base general del conocimiento humano. Una de las cuestiones epistemológicas clave es ¿de dónde viene nuestro conocimiento?
El racionalismo sostiene la opinión de que nuestro conocimiento está basado en la razón. El conocimiento no nos llega a través de la experiencia (percepción sensorial). Se deduce únicamente desde principios que posee previamente la mente humana.
El empirismo mantiene que nuestro conocimiento se basa en la experiencia. Tiene su base en la idea de que todo lo que podemos conocer del mundo es lo que el mundo se preocupa por contarnos y debemos observarlo cuidadosamente.
El racionalismo no mantendría que no podamos obtener ningún conocimiento de la experiencia. Sin embargo, cuando uno empieza a ser científico, cuando hay que identificar reglas y leyes que se apliquen universalmente, un racionalista argumentaría que la experiencia no tiene la misma validez que el razonamiento deductivo.
Dicho esto, uno puede confirmar reglas y leyes por experiencia, pero se obtienen por deducción lógica de leyes superiores (generales), que ya están contenidas en la razón. Aquí tenemos que echar un vistazo al gran filósofo Immanuel Kant (1724–1804) y su revolucionaria Crítica de la razón pura.

Las proposiciones sintéticas a priori de Kant
Kant trató de resolver el problema epistemológico demostrando que el conocimiento del ser humano de los objetos, o de la realidad natural en general, no depende de los propios objetivos. Mantuvo que los objetos empíricos dependen (algo paradójicamente) de nuestro conocimiento sobre ellos.
Kant mantenía que la constitución mental de los seres humanos revelaría el conocimiento. Ese conocimiento no nos llega mediante la experiencia y al observación de la realidad. En realidad, deriva de principios generales, que poseen las mentes de los seres humanos antes de cualquier experiencia.
Kant hizo una distinción entre a priori y a posteriori. Lo primero se refiere a un juicio que expresa conocimiento adquirido antes de cualquier observación, mientras que lo segundo se refiere al conocimiento que se adquiere a través de la experiencia.
Es más, Kant marcó una distinción entre juicios sintéticos y  analíticos. Un juicio analítico se limita a la información ya contenida en la definición de un concepto, mientras que un juicio sintético significa que un juicio acerca de objetos ofrece información sobre el sujeto bajo revisión.
Sus distinciones permiten las siguientes cuatro combinaciones:
1.    Los juicios analíticos a posteriori no pueden producirse, ya que nunca hay una necesidad de recurrir a una experiencia en apoyo de una afirmación puramente explicativa.
2.    Los juicios sintéticos a posteriori son las asuntos relativamente no discutibles que conocemos por medio de nuestra experiencia sensorial.
3.    Los juicios analíticos a priori incluyen todas las verdades lógicas y asuntos directos de la definición: son necesariamente ciertos.
4.    Los juicios sintéticos a priori son el caso crucial, ya que solo ellos podrían ofrecer nueva información que sea necesariamente cierta.
Los juicios sintéticos a priori ni repiten el contenido de información de las definiciones ni ofrecen nueva información acerca del asunto sobre la base de la experiencia. Se refieren a características que la mente humana posee antes de la experiencia y generan conocimiento derivado empíricamente, contándonos la naturaleza del mundo, basándose en la propia razón investigadora.
Así que la cuestión clave es cómo podemos identificar la verdad de dichas proposiciones sintéticas a priori, dado que la lógica formal no es suficiente y las observaciones son innecesarias. Según Kant, la verdad de las proposiciones sintéticas a priori puede establecerse definitivamente por axiomas materiales evidentes por sí mismos. Una proposición es evidente por sí misma cuando no podemos negar su verdad sin entrar en una contradicción: un intento de negar la verdad de una proposición sintética a priori equivaldría a admitir que es cierta.

El axioma de la acción humana de Mises
El “axioma de la acción” de Mises (la proposición de que los humanos actúan) es una proposición sintética a priori verdadera. La proposición de que los humanos actúan no puede refutarse, ya que tal negación es en sí misma una acción. La verdad de la declaración no puede evitarse.
Todas las categorías a las que se refiere la propia economía (valor, fines, medios, elección, costes, etc.) están afectadas por el axioma de la acción de Mises. Solo pueden interpretarse si suponemos que los seres humanos actúan. Son una verdad a priori, deducida lógicamente del axioma de la acción.
Para Mises, la ciencia de la economía sigue la disciplina de la lógica aplicada y por tanto aplicó el término praxeología (la ciencia de la lógica de la acción humana) para caracterizar la teoría de la lógica de la acción humana.[5]
Mises concluía acerca de la ciencia de la economía:
Sus declaraciones y proposiciones no derivan de la experiencia. Son, como las de la lógica y las matemáticas, a priori. No están sujetas a verificación o falsificación basándose en la experiencia y los hechos. Son ambas lógica y temporalmente antecedentes a cualquier entendimiento de hechos históricos. Son un requisito necesario para cualquier comprensión de acontecimientos históricos.[6]
Hans-Hermann Hoppe explicó sucintamente la gran idea de Mises:
La gran idea de Mises fue que el razonamiento económico tenía su fundamento precisamente en esta comprensión de la acción y que la condición de la economía como un tipo de lógica aplicada deriva de la condición del axioma de la acción como una proposición sintética a priori verdadera.[7]

Algunos ejemplos de juicios a priori en economía
Consideremos algunas implicaciones que pueden deducirse lógicamente del axioma de la acción humana de Mises. Sabemos que los humanos actúan: es unaproposición a priori verdadera, ya que uno no puede lógicamente pensar que los humanos no actúan.[8]
La acción humana implica lógicamente intercambio, ya que la acción como tal es cambiar un estado de cosas por otro estado de cosas.
La acción humana tiene lugar en el tiempo. La mente humana no puede pensar otra cosa. Si el hombre pudiera alcanzar sus fines deseados instantáneamente en el presente, no habría ninguna razón para que actuara, pero, como sabemos, actuar es necesario para la naturaleza humana: uno no puede pensar en un hombre que no actúe.
El tiempo es escaso, ya que el hombre es mortal. Y como hombre debe hacer uso del tiempo para alcanzar sus fines, el tiempo es un medio para alcanzar un fin deseado.
Al ser el tiempo un bien escaso, aparece la necesidad de elegir una alternativa entre diversos fines: la escasez significa que un fin solo puede alcanzarse renunciando a otros fines.
Cuando decide buscar ciertos fines, el actor debe asignar prioridades de valor a los fines, lo que representa un proceso de valoración.
El hombre que actúa debe tener una idea de cómo alcanzar sus fines deseados. Si el hombre piensa que no puede alcanzar sus fines, no puede actuar. Como, como se ha visto antes, no existe un hombre que no actúe.
Es más, la causalidad (que es el enlace entre causa y efecto) es una categoría de la acción humana. Si no hay relación causal, el hombre no puede actuar (lo que es imposible).
El futuro del hombre es incierto. Si el hombre conociera su futuro, su acción no podría cambiarlo y por tanto la acción humana atestigua que el futuro es incierto para el actor.
Otra verdad relacionada con el axioma de Mises de la acción humana es que solo los individuos actúan. Conceptos como “gobierno”, “grupos” y “colectivos” no existen por sí mismos. No tienen ninguna realidad: simplemente se basan en las acciones de individuos.
Hoppe ofrece buenos ejemplos de proposiciones económicas a priori de Mises:
La acción humana es una búsqueda resuelta fines valorados con medios escasos. Nadie puede resolver no actuar. Cada acción se dirige a mejorar el bienestar subjetivo por encima del que abrís sido en otro caso. Una mayor cantidad de un bien se valora más que una cantidad menor del mismo bien. Se prefiere la satisfacción antes a la satisfacción después. La producción debe preceder al consumo. Lo que se consume ahora no puede consumirse en el futuro. Si se rebaja el precio de un producto, se comparará la misma cantidad o más que en caso contrario. Los precios fijados por debajo de los precios de liquidación de los mercados acabarán llevando a escaseces duraderas. Sin propiedad privada de los factores de producción no puede haber precios en los factores, y sin precios en los factores es imposible la contabilidad de costes. Los impuestos son una imposición a los productores o a los propietarios de riqueza y reducen la producción o la riqueza por debajo de la que habría habido en caso contrario. El conflicto interpersonal solo es posible siempre y cuando las cosas sean escasas.  Ninguna cosa o parte de una cosa pueden ser propiedad exclusiva de más de una persona a la vez. La democracia (el gobierno de la mayoría) es incompatible con la propiedad privada (propiedad y gobierno individual). Ninguna forma de tasación puede ser uniforme (igual), sino que cualquier tasación implica la creación de dos clases distintas y desiguales de contribuyentes frente a receptores-consumidores de impuestos. La propiedad y los títulos de propiedad son entidades distintas y un aumento de los últimos sin un aumento correspondiente de los primeros no aumenta la riqueza social sino lleva a una redistribución de la riqueza existente.[9]

El dualismo metodológico de Mises
En su libro Teoría e historia, Mises, al principio, se ocupa del asunto del dualismo metodológico: la idea de que las acciones humanas no pueden analizarse de acuerdo con los métodos aplicados a las ciencias naturales, en los que el positivismo-empirismo se ha convertido en la postura dominante.
Murray N. Rithbard apuntaba que los objetos de las ciencias naturales (piedras, planetas, átomos, etc.) deferirían radicalmente de los seres humanos, ya que “la esencia de los seres humanos es que tienen objetivos y propósitos y que tratan de alcanzar esos objetivos. Piedras, átomos y planetas, no tienen objetivos ni preferencias; por tanto, no eligen entre cursos alternativos de acción”.[10]
Y posteriormente:
…puede investigarse átomos y piedras, cartografiar su curso y marcar y predecir sus rutas, al menos en principio, hasta los detalles cuantitativamente más minuciosos. Con la gente no se puede; cada día, la gente aprende, adopta nuevos valores y objetivos y cambia de ideas; la gente no puede clasificarse y predecirse como se puede hacer con los objetos sin mente o sin capacidad de aprender y elegir.[11]
La aproximación metodológica que sigue hoy la economía de la corriente principal (siguiendo a las aplicadas en el campo de las ciencias sociales) es el empirismo. Mises rechazaba esta aproximación basándose en la incompatibilidad de las materias sujeto de las dos disciplinas.[12]
Las ciencias naturales se basan en experimentos de laboratorio: el efecto de los cambios de un elemento individual en otros elementos puede observarse aisladamente. El investigador hace una hipótesis y hacen falta observaciones para descubrir si tiene razón o no.
La aproximación empírica equivale a dedicarse a un inacabable procedimiento de prueba y error. Una aproximación así rechazaría la idea de un vez establecida de una vez y para siempre en las proposiciones, lo que hoy se expone probablemente de la mejor manera en el (casi nihilista) razonamiento de Sir Karl Raimund Popper(1902–1994).
Popper sugería que una hipótesis no puede verificarse (que es criticable mediante la observación) de una vez y para siempre, ya que ninguna cantidad finita de observación podría nunca demostrar su corrección. Puede mantenerse provisionalmente una teoría hasta que acabe falsándose: en ese sentido, el verdadero conocimiento es provisional.
Sin embargo, esta postura es incompatible con la economía, ya que “no puede realizarse ningún experimento de laboratorio respecto de la acción humana, Nunca estamos en disposición de observar el cambio solo en un elemento, permaneciendo inalterables todas las demás condiciones del evento”.[13]
Primero, las pruebas empíricas se basan en datos históricos, que deben formar las bases de la aproximación empírica a la ciencia social. Estos datos soncontingentes ya que siempre son resultados de fenómenos complejos.
Segundo (y esto es categóricamente distinto de las leyes naturales), la gente puede aprender y aprende de la experiencia y tiende a cambiar sus escalas de valores y preferencias. En consecuencia, uno no puede suponer relaciones invariables en el tiempo entre causas y efectos, como pueden observarse en las ciencias naturales.
Si la economía en un ciencia lógicamente deductiva a priori, como estableció Mises, ¿entonces cuál es el papel de las pruebas empíricas, un procedimiento que ha obtenido un estatus central en las ciencias económicas actuales? Cualquier esfuerzo de probar empíricamente verdades deducidas lógicamente sería ilustrativo de una confusión intelectual.
Tomemos una proposición sintética a priori como el teorema de Pitágoras: a2 + b2 = c2. ¿La prueba empírica de este teorema deducido lógicamente produciría algún conocimiento adicional? No, cualquiera de esos trabajos será en vano y una señal de un estado de desorientación intelectual. Esto es también cierto para trabajos dirigidos a probar proposiciones económicas derivadas lógicamente.
Tomemos, por ejemplo, la ley de la utilidad marginal decreciente. Ésta sostiene que si la oferta de un bien aumenta en una unidad, el valor asociado a esta unidad nacional debe necesariamente decrecer, porque esta unidad adicional solo puede emplearse como un medio para alcanzar un objetivo que sea menos valioso que el objetivo manos valorado satisfecho por una unidad de tal bien si la oferta fuera una unidad menor.

La doctrina empirista-positivista lleva al relativismo social
Basar la economía en la doctrina de empirismo es, de hecho, una empresa errónea que lleva a resultados falsos ya que el empirismo sufre de serias deficiencias lógicas. El empirismo sostiene que nada puede conocerse antes de realizar pruebas empíricas. ¿Pero cómo podemos llegar a esa conclusión?
No puede deducirse de hacer observaciones de la realidad: el empirismo es supuestamente la única fuente de conocimiento. Si suponemos que la premisa del empirismo es categóricamente verdad (esto significa que podemos decir algo que es verdad a priori acerca de cómo se relacionan ciertos eventos) traicionamos la tesis empirista, que es que todo conocimiento es hipotético por naturaleza. El empirismo no puede proporcionar conocimiento a priori, como (implícitamente) profesa hacer.
Es más, el empirismo afirma ser capaz de observar y medir la acción humana. Sin embargo, estos conceptos no pueden deducirse de la propia acción, como dice el empirismo. De hecho, requieren una comprensión al observar y medir a la gente. De nuevo, el empirismo debe admitir que echa mano de conocimiento que se basa en la comprensión en lugar de en la observación.
De hecho, el empirismo lleva una semilla destructiva: al rechazar la posibilidad de cualquier verdad a priori, el empirismo fomenta poner en práctica todo tipo de hipótesis, por muy mal ideadas que estén. Para los positivistas, no hay razón para rechazar ninguna hipótesis desde el principio: se adscribe al lema “vale todo” y quiere dejar que la experiencia decida. En ese sentido, la doctrina empirista-positivista lleva a un dañino relativismo social.
Mientras que la aproximación empirista podría ser relativamente inocua en el campo de las ciencias naturales, sus consecuencias en las ciencias sociales son un asunto completamente distinto. Por ejemplo, si una hipótesis predice efectos que se consideran ampliamente como deseables, los defensores del empirismo en el campo de la economía tienen una justificación para probarla y ver qué pasa.
Sin embargo, si el resultado no es el predicho, el empirismo no permite rechazar la hipótesis como errónea. De hecho, el empirismo inmuniza la hipótesis al decir que el experimento falsado fue accidental, sugiriendo que continuar experimentando probaría su verdad. O alternativamente, el positivista sostendría que el fracaso de la hipótesis se debió a factores (incontrolados (omitidos), reclamando por tanto apoyo para continuar en lugar de detener la experimentación social.
Puede esperarse que los defensores de la doctrina empirista-positivista provengan predominantemente del campo de los ingenieros sociales: el grupo de personas (que son el gobierno y todos sus defensores intelectuales) que quieren aumentar su poder por encima de otros miembros de la sociedad.

Ingeniería social en la oferta monetaria – Un buen ejemplo
Tomemos, por ejemplo, la verdad a priori de que cualquier aumento en la oferta monetaria reduce el valor de intercambio del dinero, como se deduce del axioma de la acción, y que una política pública dirigida a estabilizar el valor del dinero es una empresa imposible con consecuencias desastrosas.
Para empezar, el dinero es un bien, y, como cualquier otro bien, está sujeto a la ley de la utilidad marginal decreciente. Esta última sostiene que la utilidad marginal de una unidad monetaria en manos de un agente del mercado disminuye siempre y cuando las existencias de moneda aumenten (siendo igual todo lo demás).[14]
Como consecuencia, bajo un régimen de oferta monetaria que permita un aumento en el tiempo de dicha oferta monetaria (ya sea un dinero en libre mercado o dinero controlado por el gobierno) el valor de intercambio del dinero no puede permanecer estable. Los humanos actúan.
Actuar implica cambio en las preferencias y en las valoraciones de la gente de los bienes y servicios. El dinero no es una excepción. De hecho, incluso si las existencias de dinero permanecen invariables, debemos esperar que su valor frente a otros bienes cambie con el tiempo, debido al innegable hecho de que los humanos actúan.
Mises, partiendo de la obra de Carl Menger (1840-1921), demostró lógicamente con su teorema de la regresión que el dinero solo puede originarse a partir del trueque en un mercado libre, que el dinero tiene un componente histórico. Por tanto, el dinero puede remontarse a la acción humana. No puede establecerse por acción coactiva del gobierno.[15]
Esta idea tiene consecuencias importantes para el orden monetario.
Mises era consciente de que todo lo que hace falta para el cálculo económico (para el que el dinero es una herramienta indispensable) es evitar fluctuaciones grandes y abruptas en la oferta monetaria. Ofrecía una base lógica de que el mercado puede proveer dicho medio de intercambio, sin ninguna necesidad de intervencionismo del gobierno.
Sin embargo, la doctrina positivista-empirista apoyaba la idea de reemplazar el orden monetario del libre mercado por un monopolio público de oferta monetaria: hizo popular la idea ilusoria de que el dinero estable sería un requisito deseable e indispensable para el cálculo económico y que solo el gobierno, y no el libre mercado, podría ofrecer dicho dinero.
Sin embargo, el dinero estable es, sin ninguna duda lógica, incompatible con el axioma de la acción humana:
La idea de hacer estable el poder adquisitivo no deriva de esfuerzos por hacer más correcto en cálculo económico. Su origen es el deseo de crear una esfera ausente del flujo incesante de actividades humanas, un ámbito al que no le afecte el proceso histórico.[16]
Como se deduce del axioma de la acción, no puede haber dinero estable. El control público de la existencia de dinero no solo fracasa en el cumplimento de sus promesas, sino que también se convierte en la misma fuente de crisis económicas, abriendo el camino hacia dosis cada vez mayores de interferencia del gobierno con el orden del libre mercado (como se indica en la teoría monetaria austriaca del ciclo económico).
Si el dinero debe derivar de un producto que sea dinero, el control del gobierno sobre la oferta monetaria no puede establecerse lógicamente sin una violación de los derechos de propiedad y solo a costa de eficiencias económicas:
Un plan del gobierno respecto de la determinación de la cantidad de dinero no puede ser nunca imparcial y justo para todos los miembros de la sociedad. Cualquier cosa que haga el gobierno en la búsqueda de influir en el grado de poder adquisitivo depende necesariamente del juicio personal de los gobernantes. Siempre antepone los intereses de algunos grupos de gente a costa de otros. Nunca sirve a lo que se llama la riqueza común o bienestar público.[17]
Mises era muy consciente de las consecuencias de las desigualdades y crisis económicas que crea el gobierno, ambas resultado directo de teorías que ignoran el apriorismo en la ciencia de la economía: es decir, gente desencantada del capitalismo. Ésta vería el intervencionismo económico (muy ayudada por el sentimiento anti libre mercado de la gente) como una solución a las crisis en lugar de su misma causa, invitando a dosis aún mayores de control público sobre el individuo.

La necesidad de volver al apriorismo de Mises
La doctrina positivista-empirista, que forma el núcleo de la economía actual de la corriente principal no es solo un fracaso intelectual: también fomenta (realmente provoca) el relativismo social, abriendo así la puerta a políticas contra el libre mercado, que, una vez puestas en marcha, son difíciles de refrenar. En ese sentido, el positivismo es, puesto en práctica, una doctrina anticapitalista.
Una vuelta a la gran idea intelectual de Mises (es decir, que puede darse a la economía un fundamento rigurosamente lógico, como epitomiza su praxeología) parece ser necesaria para impedir mayores daños al ideal de la sociedad libre.

(*) Thorsten Polleit es Profesor Honorario en la Escuela de Finanzas y Gestión de Frankfurt.

Referencias:
[1] Hoppe, H.-H. (2007), Economic Science and the Austrian Method, Ludwig von Mises Institute, Auburn, p. 8.
[2] El término economía positiva puede atribuirse a Friedman, M. (1953), Essays in Positive Economics, University of Chicago Press, Chicago [Publicado en España como Ensayos sobre economía positiva [Madrid: Gredos (1967)], en la cual estableció realmente el curso epistemológico de la economía actual de la corriente principal.
[3] Hayek, F. A. v. (1980), “Individualism: True and False”, Individualism and Economic Order, University of Chicago, p. 1.
[4] Ver, por ejemplo, Hoppe, H.-H. (2006), “On Praxeology and the Praxeological Foundation of Epistemology”, The Economics and Ethics of Private Property: Studies in Political Economy and Philosophy, 2ª edición, Ludwig von Mises Institute, Auburn, pp. 265-294; ídem, Economic Science and the Austrian Method, Ludwig von Mises Institute, Auburn. También Leeson, P. y P. Boettke (2006), “Was Mises Right?” Review of Social Economy, Taylor and Francis Journals, Vol. 64, Junio, pp. 247-265.
[5] Ver en este contexto, Rothbard, M. N. (1997), “Praxeology: The Methodology of Austrian Economics”, The Logic of Action One: Method, Money, and the Austrian School, por Murray N. Rothbard, Cheltenham, UK: Edward Elgar, pp. 58-77.
[6] Mises, L. v. (1996), Human Action, [La acción humana] 4ª edition, Fox & Wilkes, San Francisco, p. 32.
[7] Hoppe, H.-H. (2007), p. 25.
[8] Para una explicación, ver Rothbard, M. N. (2004), Man, Economy, and State, with Power and Market, Ludwig von Mises Institute, Chapter 1.
[9]  Hoppe, H.-H. (2001), Democracy: The God That Failed, New Brunswick, N. J., Transaction Publishers, pp. xvii.
[10] Murray N. Rothbard, Prólogo a Mises, L. v. (2007), Theory and History, Ludwig von Mises Institute, Auburn, p. xiii. [Publicado en España como Teoría e historia(Madrid: Unión Editorial, 2004)].
[11] Ibíd.
[12] Ver Mises, L. v. (1978), The Ultimate Foundation of Economic Science, Sheed, Andrews & McMeel, Kansas City, pp. 6-7.
[13] Mises, L. v. (1996), p. 31.
[14] Se argumenta a menudo que el valor de intercambio del dinero permanecería sin cambios si el aumento en la oferta de dinero viene acompañado por una demanda igual de dinero. Aunque esa conclusión es indiscutible, no se basa en un análisis parcial. De acuerdo con esto último, el analista variaría un factor manteniendo constantes todos los demás. Al hacerlo, uno puede decir que un aumento en la oferta monetaria debe, ceteris paribus, llevar a una disminución en el valor de intercambio del dinero.
[15] Rothbard demostró que un monopolio público de oferta de dinero solo puede establecerse mediante un acto de expropiación. Ver Rothbard, M. N. (1990), What Has Government Done to Our Money?, Ludwig von Mises Institute, Auburn, Alabama, capítulo III "Government Meddling with Money."
[16] Mises, L. v. (1996), p. 224.
[17] Ibíd., p. 422.