domingo, 22 de julio de 2012

El mito de la solidaridad izquierdista

Por Agustín Laje Arrigoni (*)
Si se pidiera a un grupo heterogéneo de personas definir en una simple palabra aquello que caracteriza a un militante de izquierda, probablemente la respuesta más arrojada sería: solidaridad. Tal contestación no obedecería, posiblemente en la mayoría de los casos, a un compromiso con los ideales del socialismo, ni mucho menos. Se trataría, más bien, de una suerte de “acto reflejo” vinculado a una errónea comprensión del verdadero acto moral solidario, y a una correcta descripción de lo que se nos ha enseñado erradamente que es la particularidad distintiva del izquierdismo: la solidaridad.

En resumidas cuentas, el fundamento que hay detrás de tal caracterización es aquel banderín siempre esgrimido por la izquierda, de todo pelaje, que peticiona por una “redistribución equitativa de la riqueza”, de la cual ellos (¿acaso quién más?) se erigen en jueces igualadores cuasidivinos y reclaman para sí el uso de la fuerza capaz de vehiculizar tal intención. Esto último es evidente: el modelo de redistribución de riqueza por el cual juzgamos a la izquierda como “solidaria”, es un modelo basado exclusivamente en la coerción. No es otra cosa que la idea de convertir al Estado en la encarnación institucional de un Robin Hood radicalizado, desquiciado: robar al que tiene mucho, para dar al que tiene poco; robar al que tiene algo, para dar al que le falta algo; robar, al final de cuentas, a todos, en todo momento, en todo lugar, para dar a… juzgue por usted mismo los resultados de la implementación práctica de este esquema.

Dejar de lado análisis fáciles y lugares comunes, supone empezar a decir las cosas como son. No sólo los particulares roban; también lo hace el Estado, si por robo entendemos el acto de despojarlo en contra de su voluntad de algo que usted ha conseguido con su trabajo. El robo es robo, independientemente de los propósitos que se aleguen: no interesa si un individuo coloca un revolver en su cabeza y lo saquea con la intención de llevar una mejor vida a costa de su propiedad, o si un grupo de individuos llamados gobierno lo amenazan de colocarlo tras las rejas si no les permite meter las manos en sus bolsillos con la supuesta intención de beneficiar a terceros. Un robo es un robo, al margen de las intenciones y del estatus de los ladrones. Es una obviedad incómoda que cuesta aceptar.

Si lo que aquí nos proponemos es reflexionar en torno al valor ético de la solidaridad, resulta insoslayable definirla al menos en forma sintética: la solidaridad es el acto moral consistente en colocar el bienestar del otro en el propio código de valores. Un acto moral, por su parte, es un acto benevolente que se constituye en reflejo de una escala de valores propia. De esto último se desprende el requisito de la moralidad: la libertad. En efecto, todo valor moral presupone un criterio, un propósito y la necesidad de actuar y elegir entre un conjunto de alternativas. Donde no hay alternativas ni elecciones (por extensión, donde no hay libertad), no son posibles los valores morales.

Esta definición, que puede resultar algo abstracta y desconcertante en un primer momento, puede visualizarse con mayor claridad en el siguiente ejemplo: suponga que usted es obligado por una banda de delincuentes, bajo la amenaza de muerte, a colaborar con ellos en un robo. 

¿Su participación en el atraco sería juzgada, de acuerdo al sentido común, como inmoral? No, por una razón simple: usted no actuó con libertad y, por tanto, sus actos no fueron el reflejo de su jerarquía de valores. Del mismo modo, suponga ahora que el Estado aumenta aún más la carga impositiva sobre sus espaldas, arguyendo cuestiones de “solidaridad” y ayuda a terceros, y lo amenaza con terminar en la cárcel si se resiste. ¿Su participación en la supuesta “ayuda a los demás” puede considerarse un acto moral o “solidario”? Del mismo modo que en el ejemplo anterior, la respuesta es negativa, por idénticas razones: usted no tuvo libertad de elección.

La condición necesaria para que la solidaridad pueda tener lugar es, en consecuencia, la libertad. Un acto de benevolencia que no está mediatizado por la elección consciente y voluntaria, carece de todo valor moral y se asemeja más bien al proceder de una máquina. Lo que diferencia precisamente a los hombres de las máquinas, no es tanto la racionalidad, sino más bien el sentido de la moral. Una máquina puede ejecutar buenas acciones, como mantener con oxigeno a un ser humano, pero no tiene elección sobre ello: todos sus procesos derivan de anticipadas programaciones algorítmicas y no de evaluaciones conscientes donde lo bueno y lo malo se consideran en función de un código de valores propio. La máquina no actúa en virtud de valores, sino de mandatos; los hombres que no gozan de libertad, también.

En este orden de cosas, juzgar de “solidarios” a quienes siempre han despreciado los valores de la libertad y proponen sistemas políticos basados en la igualación coercitiva, es una contradicción en si misma. La empatía que habita el espíritu humano sólo se manifiesta en ausencia de coerción y la historia ha dado cuenta de ello sobradamente: allí donde se experimentaron mayores grados de libertad, la solidaridad floreció y las entidades privadas caritativas realizaron grandiosas labores que concibieron a la pobreza como un problema a resolver, fijándose como meta la independencia de los hombres. Contrariamente, allí donde el Estado se arrogó una función redistributiva esquilmando a los ciudadanos productivos para aceitar el asistencialismo gubernamental, la pobreza se acentuó, el populismo floreció, y los impulsos solidarios se adormecieron en la sociedad, pues se pensó que los burócratas estaban realmente dedicados a eso. Se creyó, erradamente, que la caridad era una función más del Estado.

Un ejemplo contemporáneo ilustrativo del poder de la verdadera solidaridad (es decir, aquella que se origina en la voluntad) es The Giving Pledge, la fundación de Bill Gates y Warren Buffett, integrada por casi una centena de multimillonarios comprometidos a donar la mayor parte de sus fortunas a la caridad. Hoy en día ningún Estado podría aproximarse a las sumas destinadas por esta entidad privada a la ayuda al prójimo, que superan los 158.800 millones de dólares. ¿Se imagina que una organización de estas características y dimensiones podría tener lugar en la Cuba de Fidel Castro, en la Venezuela de Hugo Chávez, en la Bolivia de Evo Morales, o en la Argentina de Cristina Kirchner?

La próxima vez que escuche el mito popular que reza que la izquierda es “solidaria”, recuerde que hacer solidaridad con dinero ajeno no es ser solidario: es ser un ladrón.

(*) Agustín Laje es autor del libro “Los mitos setentistas”.
www.agustinlaje.com.ar
 | agustin_laje@hotmail.com | @agustinlaje
Artículo publicado en La Prensa Popular el 20 de Julio de 2012.