lunes, 30 de julio de 2012

La guerra civil de los espíritus

Por Jorge Fernández Díaz (*)
"...nunca es triste la verdad,..."
Partieron en dos a las organizaciones del movimiento obrero: la CGT y la CTA. Dividieron al peronismo, al progresismo, al socialismo y a los radicales. Fragmentaron en dos y hasta en tres partes a los empresarios, los industriales, los intelectuales, los periodistas, los economistas, los chacareros. E incluso a los supermercadistas chinos: ahora hay dos cámaras, y una es ultrakirchnerista. 

Dividieron a los hijos de desaparecidos, a los derechos humanos, a los indigenistas, a los gremios de base (para combatir a los trotskistas), a la FUA, los piqueteros (hay dos asociaciones Aníbal Verón), la comunidad judía organizada. Y hasta a los plateístas de Boca: el kirchnerismo llevó su metodología al fútbol para arrebatarle el club a Macri. Durante la campaña por las elecciones partidarias La 12 bajó, por ejemplo, una enorme bandera con la cara de Néstor Kirchner en la Bombonera. Algo que ni siquiera le gustó al boquenese común y silvestre: "Además -me dijo uno de ellos- todo el mundo sabe que Kirchner era de Racing". 

Perón era un militar corporativo y nacionalista que amaba el orden y la cohesión: al menos inicialmente, separó sin querer hacerlo. La irrupción del peronismo abrió las aguas, y Perón luego lidió duramente con sus nuevos adversarios, muchas veces fue cruel e injusto con ellos, pero lo hizo como quien en el fondo enfrenta una fatalidad. Hay dos clases de continuadores de Perón. 

Primero, están los peronistas que hicieron autocrítica acerca de las aberraciones divisionistas llevadas a cabo en aquella época. Son los que formaron un peronismo que giró hacia el juego democrático y la creencia en el bipartidismo. Un peronismo que fue perseguido y que ya nunca más quiso ser perseguidor. Luego están los otros peronistas, aquellos que en la fatalidad de Perón creyeron encontrar su gran virtud. Estos últimos son como los malos escritores, que a los genios literarios les copian no sus valías sino sus defectos. Copiar los pecados de Perón es como calcar los ripios de Arlt y no sus majestuosos hallazgos. Desarrollar y multiplicar deliberadamente los enconos de aquella primera época peronista es como querer ser ciego para escribir como Borges.

Algo se cocinó en los 70 y llegó al paroxismo en los últimos años: la política del copamiento. Que es, traducida al credo actual, "vamos por todo". "Tenemos que dividir para ganar y meternos en todos lados; tenemos que dominar hasta el consorcio", decían los setentistas. Una cosa es la militancia (actividad genuina) y otra muy distinta es el militantismo, que resulta su malformación lamentable: allí todos los aspectos de la vida se piensan en términos de poder, ideología y política. 

Esa enfermedad alejó a las elites militantes de la gente común. Porque la gente transcurre por otros espacios físicos y existenciales que no tienen nada que ver con la política. Cuando la militancia tiñe todo, los militantes se robotizan, se deshumanizan y se alejan del pueblo, que tiene otros intereses y sentimientos.

Todo este gigantesco error es un estigma para el neoizquierdismo peronista. Y se entronca con las nuevas teorías populistas puestas de moda por "pensadores de lo argentino" que duermen en Londres. Lo que es fáctico y fatal en Perón, es premeditado en Ernesto Laclau. Hay que partir a las sociedades. Dividir profundo, abrir zanjas, cavar trincheras, cooptar con dinero, aprovechar ambiciones, atizar odios y separar discursivamente la patria de la antipatria. 

Esta idea es frívola y simplificadora, y por eso mismo suele tener tanto éxito. Hay intelectuales kirchneristas que proponen hacer más nítida esa "línea divisoria", puesto que el "momento histórico lo necesita". Decretan "el momento histórico" con la misma arbitrariedad con que las viejas izquierdas decían a cada rato que había condiciones prerrevolucionarias en la Argentina. 

Decretaban ese estado prerrevolucionario siempre, y la revolución no llegaba nunca. ¿Cómo puede ser que funcione todavía ese viejo truco? Porque el público se renueva. La línea divisoria torna todo muy fácil: yo o el abismo, kirchnerismo o muerte, cristinismo o neoliberalismo, reelección o 2001. Así de cómodo y así de burdo.

Lo paradójico de este Pacman es que se transforma en cultura y alcanza una dinámica propia y autodestructiva. No se puede realizar un nacionalismo popular en nombre de la patria cuando se lucha contra la cohesión nacional. Entrando en su misma lógica, la contradicción se hace evidente: la división como praxis total, el adversario como eje de la política, debilita precisamente a la patria. La deja inerme frente a los "peligros" que denuncia. No se puede, dicho en términos antiguos y míticos, realizar una política antiimperialista dividiendo a los pueblos, sino uniéndolos en torno a una idea.

El Pacman, esa máquina patológica de dividir, sigue dividiendo incluso hacia adentro. A cada figura política, le ponen un contendiente. A Lorenzino le ponen a Kicillof, a Garré le ponen a Berni, a Scioli le ponen a Mariotto, a De Vido le ponen a Moreno. Y así hasta el infinito. Amigos contra amigos, colegas contra colegas, vecinos contra vecinos. 

Alguna vez el sociólogo Carlos Altamirano definió esta situación como "la guerra civil de los espíritus". Lo que quedará, diez años después, será un triste paisaje de patria partida. Una fractura difícil de reparar.

Aunque siguiendo con la lógica imperante, y pidiendo perdón por la cita peronista: para un argentino no hay nada mejor que otro argentino. ¿Se acuerdan? Qué viejo suena todo eso, ¿no?

(*) Jorge Fernández Díaz. Periodista desde hace treinta años. Dirigió la revista Noticias, fundó el suplemento adnCultura y actualmente es secretario de redacción de La Nación. Artículo publicado en La Nación el 29 de Julio de 2012

Fuente: http://www.lanacion.com.ar/autor/jorge-fernandez-diaz-82