jueves, 12 de julio de 2012

La naturaleza y origen del valor subjetivo

Por Eugen von Böhm-Baverck (*)

Todos los bienes sin excepción (que estén de acuerdo con la misma concepción de ellos como “bienes”) poseen cierta relación con el bienestar humano. Sin embargo hay dos grados esencialmente distintos en esta relación. Un bien pertenece al grado inferior cuando posee la capacidad general de proporcionar mejoras humanas. Por el contrario, el grado superior requiere que un bien deba ser más que simplemente una causa suficiente: debe ser una condición indispensable del bienestar human, una condición de tal tipo que alguna gratificación se sostiene o desploma con la tenencia o falta del bien. En el expresivo vocabulario de la vida diaria, encontramos una designación distinta para estos grados. A la inferior se la llama utilidad, a la mayor, valor. Debemos tratar de dejar clara y bien marcada esta distinción, ya reconocida en el habla común, por merecerlo su importancia fundamental para toda la teoría del valor.
 
Un hombre vive junto a un burbujeante manantial. Ha llenado su vaso y el arroyo continúa echando agua suficiente como para llenar cien vasos más cada minuto. Otro hombre viaja en el desierto. Un largo viaje de un día sobre la ardiente arena le aleja todavía del oasis más cercano y ha apurado su último vaso de agua. ¿Cuál es la relación en cada caso entre el vaso de agua y el bienestar de su propietario?

Un solo vistazo nos mostrará que la relación es muy distinta, pero ¿dónde radica la diferencia? Sencillamente en que, en el primer caso, solo tenemos el grado inferior de relación que llamamos bienestar, el de la utilidad; en el segundo caso tenemos también el grado superior. 

En el primer caso, como en el segundo, el vaso de agua es útil, es decir, capaz de satisfacer un deseo y, además, en exactamente el mismo nivel, pues evidentemente las calidades refrescantes del agua (las cualidades en las que se basa su capacidad de saciar la sed, como frescura, sabor, etc.) no se ven debilitadas en lo más mínimo por el hecho de que otros vasos de agua resulten poseer propiedades similares, ni, en el segundo caso vean aumentadas en lo más mínimo estas cualidades refrescantes por la circunstancia accidental de que no hay agua cerca. 

Por otro lado, los dos casos se convierten en esencialmente distintos cuando se consideran en relación con el segundo grado. Viendo el primer caso, debemos decir que la posesión del vaso de agua no proporciona al hombre una sola satisfacción más, ni su pérdida una satisfacción menos, de la que habrían obtenido sin él. Si tiene ese vaso concreto de agua puede saciar su sed con él, si no lo tiene, bueno, puede saciar su sed bastante bien con uno de los cientos más que el manantial pone gratuitamente a su disposición a cada minuto del día. Por tanto, si quiere, puede hacer de ese vaso la causa de su satisfacción al saciar con é su sed, no puede ser una condición indispensable para su satisfacción, para su bienestar es dispensable, indiferente y no importante.

Es bastante distinto en el segundo caso. Aquí debemos decir que, si nuestro viajero no hubiera tenido ese último vaso, no habría podido saciar su sed, debe aguantar su sed, e incluso sucumbir a ella. Por tanto, en este caso, vemos que el vaso de agua no es meramente una causa suficiente, sino una condición indispensable, un sine qua non del bienestar humano. Es algo trascendente, incluso urgente: posee importancia para su bienestar.

No hay que decir que la distinción hecha aquí es una de las más fructíferas y fundamentales en toda nuestra ciencia. No debe su existencia al microscopio ni a ninguna distinción sutil del lógico. Esta viva en el mundo de los hombres que la conocen y la usan y la toman como guía en su actitud común hacia el mundo de los bienes, no solo respecto de la estimación intelectual que aplican a estos bienes, sino respecto de sus transacciones empresariales reales. Respecto de los bienes que son solo útiles, al hombre práctico de negocios le resultan indiferentes y no le preocupan. El conocimiento académico de que un bien pueda ser “de uso” no puede avocar ningún interés eficiente en el bien, a la vista del otro conocimiento de que puede obtenerse del mismo uso sin él. Esos bienes son prácticamente nulos respecto de nuestro bienestar y los tratamos como tales, no vamos a cambiar cuando los perdemos y no haremos ningún esfuerzo por obtenerlos. ¿Nos preocuparía o haríamos un esfuerzo por evitar la caída de un vaso de agua en el arroyo o el escape de un pie cúbico de aire atmosférico? 

Por otro lado, allí donde la aguda vista del hombre económico reconoce que alguna satisfacción, bienestar, gratificación está relacionada con un bien concreto, allí el interés efectivo que nos tomamos en nuestro propio bienestar se transfiere al bien que reconocemos como su condición, vemos y valoramos nuestro propio bienestar en él, reconocemos su importancia para nosotros como valor y finalmente desarrollamos un ansia, proporcional a la grandeza de esa importancia de adquirir y tener el bien.

Así que, definido formalmente, el valor es la importancia que posee un bien o un complejo de bienes con respecto al bienestar de un sujeto. Ningún añadido a esta definición, es necesario, hablando estrictamente, respecto del tipo y razón de la importancia, ya que los bienes solo pueden tener una importancia efectiva para el bienestar humano en un sentido, a saber, siendo la condición indispensable, el sine qua non, de alguna utilidad lo mejora. Sin embargo, a la vista del hecho de que en otras definiciones del valor éste se traduce muy a menudo como “importancia”, mientras que la importancia indicada se basa, erróneamente en una simple capacidad de utilidad o, no menos erróneamente, en la necesidad de gastar o similares,# los definiremos, sin ambigüedades y exactamente como: Esa importancia que adquieren bienes y grupos de bienes como condición reconocida de una utilidad que hace por el bienestar de un sujeto y no se obtendría sin ellos.

Todos los bienes tienen utilidad, pero no todos los bienes tienen valor. Para la aparición del valor, debe haber escasez al tiempo que utilidad, no una escasez absoluta, sino relativa respecto de la demanda de la clase particular de bienes. Por decirlo más exactamente: los bienes adquieren valor cuando todas las existencias disponibles de ellos no es suficiente como para cubrir los deseos de los que dependen para su satisfacción o cuando las existencias no serían suficientes sin estos bienes concretos. Por otro lado, esos bienes que se mantienen sin valor se ofrecen en tal exceso cuando todos los deseos que han de satisfacerse se provisionan completamente y cuando, más allá de eso, hay un exceso que no puede encontrar más empleos en la satisfacción de un deseo y que, al mismo tiempo, es suficientemente grande como para desperdiciar los bienes o cantidades de bienes que estamos valorando sin poner en peligro la satisfacción de ningún deseo.

Después de todo lo dicho, no debería ser difícil probar estas proposiciones. Cuando la oferta de bienes no es suficiente y algunos de los deseos que son aptos de satisfacer deben permanecer insatisfechos, está claro que la pérdida de incluso un solo bien implica la pérdida de una posible satisfacción, mientras que el añadido de un solo bien implica la adquisición de una satisfacción de otra forma imposible y está claro, por consiguiente, que alguna gratificación o forma de bienestar depende de la existencia de ese bien. 

Por el contrario, está bastante claro que, si ha de haber un exceso de bienes de cualquier clase, no se produce ningún daño si se pierde un bien (ya que puede reemplazarse inmediatamente con las existencias en exceso) ni se obtiene ninguna utilidad si se añade otro bien de este tipo (ya que no puede emplearse de ninguna forma útil). 

Supongamos, por ejemplo, que un campesino necesita 50 litros de agua al día, y nada más, para fines generales (digamos para beber su familia, sirvientes y él mismo, para dar agua a su ganado, limpieza, uso sanitario, etc.) y supongamos que el único manantial a su alcance no proporciona más de 40 litros diarios. Es muy evidente que no puede desperdiciar ni un solo litro de su suministro de agua sin sufrir, en mayor o menor grado, respecto de los deseos y objetivos de su economía. Todo litro en este caso es la condición de una esfera definida de utilidad. Incluso si el manantial proporcionara 50 litros, seguiría siendo verdad. Pero si el manantial proporcionara 100 litros diarios, es igual de evidente que la pérdida de 1 litro no generaría el más mínimo daño a nuestro campesino. Solo puede emplear 50 litros de forma útil y debe dejar que los otros 50 fluyan sin usarse. Si se derrama 1 litro, se reemplaza con el exceso de flujo y el único efecto es que ahora exceso no utilizable se reduce de 50 a 49 litros.

Por tanto, como los bienes insuficientes, o apenas suficientes, son el objeto de atención económica (los bienes que “economizamos” o nos atrevemos a adquirir y mantener), mientras que los bienes de los que haya exceso son gratuitos para todos, podemos expresar las proposiciones anteriores de forma breve en la siguiente manera: Todos los bienes económicos tienen valor; ningún bien gratuito tiene valor.# En cualquier caso, debe tenerse constantemente en cuenta que son solo las relaciones de cantidad las que deciden si cualquier bien concreto es meramente capaz  de ser usado o es también para nosotros la condición de una utilidad.#

[Este artículo está extraído de La teoría positivia del capital, libro 3, capítulo 2]
Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe.

(*) Eugen von Böhm-Baverck. Economista y político austro-húngaro que contribuyó de forma destacada al desarrollo de la Escuela Austríaca de Economía.  

Fuente: http://www.miseshispano.org/2012/06/la-naturaleza-y-origen-del-valor-subjetivo/