lunes, 23 de julio de 2012

La política de la arbitrariedad

Por Joaquín Morales Solá (*)
Yo no quiero reglas claras. Me gusta más la arbitrariedad. La frase, dicha por Guillermo Moreno a un empresario que le aconsejaba que dictaran reglas aunque fueran duras, expresa todo un modo de gobernar. Va más allá de Moreno, aunque ésta sea su manifestación más tosca y frontal, y abarca a la economía, a las relaciones políticas e institucionales y hasta las relaciones exteriores. Si bien la Presidenta decidió en los últimos días abrir un paréntesis de distensión , luego de semanas de crecientes tensiones, nada indica un cambio significativo en el estilo de mandar. No fue un cambio, en efecto, sino una tregua: otra vez han sido las encuestas, francamente adversas para Cristina Kirchner, las que le fijaron un límite.
 
Resulta extraño que Daniel Scioli haya conseguido el dinero del medio aguinaldo resistiendo sentado y pacífico. El final le dio la razón a su posición, contraria a la de la mayoría de sus amigos que le pedían una actitud hasta rupturista. El gobernador, no obstante, pagó un precio. Encuestas en manos del kirchnerismo señalan que Scioli perdió imagen positiva en los últimos días, aunque amplió el margen a su favor en comparación con la propia Cristina Kirchner . Esto es: la Presidenta perdió mucho más que él. La generosidad presidencial que impulsaron esas mediciones benefició también a otros gobernadores. Puede cambiar: la Presidenta tiene recursos discrecionales del Banco Central y de la Anses, que los gobernadores no tienen.

Versiones confiables señalan que, con todo, fue la voz de Diego Maradona ("Que se rompan la cabeza entre ellos, pero que no jodan a la gente") la que terminó de decidir a Cristina. No fue una voz solitaria; venía acompañada por las encuestas de opinión pública que marcaban que la gente común culpaba más al gobierno nacional que a Scioli de los atrasos en el pago del aguinaldo. Sucedería lo mismo en otras provincias. De todos modos, que Maradona haya influido más que el sentido común es otra prueba de la arbitrariedad que gobierna.

En tales mediciones, hasta la inseguridad bonaerense, que es demasiado alta, es para una notable mayoría más responsabilidad de la Presidenta que de Scioli. Esto es más inexplicable. ¿Scioli está cubierto de amianto, como dicen, o Cristina es ahora más vulnerable que el gobernador? El viceministro de Seguridad de la Nación, Sergio Berni, aceptó ayer que el crimen hace estragos en la provincia de Buenos Aires, aunque a cambio debió asumir su responsabilidad en la Capital. Nunca el gobierno nacional había hecho antes ninguna de las dos cosas. Berni es una estrella en ascenso en el firmamento kirchnerista: ¿qué es entonces la otrora influyente ministra de Seguridad, Nilda Garré, jefa de Berni? Quizás una estrella que ha sido.

Sea como fuere, la Presidenta decidió retroceder, pero difícilmente la operación contra Scioli haya concluido. Le sacó la cabeza del agua. Ya se la volverá a hundir , dijo un kirchnerista que suele frecuentar el despacho presidencial. El presagio es coherente con la historia del conflicto. ¿O, acaso, quedarían reducidas a la nada las reuniones conspirativas de Cristina con intendentes del conurbano, los discursos cada vez más destituyentes del vicegobernador Gabriel Mariotto y las ofensivas desestabilizadoras de los bloques parlamentarios kirchneristas de La Plata? Durante dos semanas, el cristinismo expuso a Scioli a la crítica de sus opositores y a las del propio kirchnerismo, a las huelgas sindicales y a la presión de la Justicia. Misión cumplida. Por ahora.

El único plan inamovible del kirchnerismo consiste en la eliminación constante y tenaz de los competidores más taquilleros. Scioli estaba todavía bajo tortura política cuando Mauricio Macri apareció como compañero de cautiverio. Un tema los une: la basura de la Capital y de municipios del conurbano, que es enterrada en los mismos terrenos que administra el Ceamse. La basura es un problema estructural porque nadie hizo nada en muchas décadas. En un mundo donde el progreso tecnológico convierte a gran parte de la basura en combustible, en la zona más habitada de la Argentina se la sigue colocando bajo tierra. Las tierras del Ceamse se han agotado en el Gran Buenos Aires.

Ya el Ejército, que tiene tierras colindantes en Campo de Mayo, le vendió al Ceamse varias hectáreas, y ahora son necesarias muchas más. La operación de compraventa estaba en marcha, pero la Presidenta la frenó. La decisión de Cristina es fulminante y precisa: terminaría enfrentando a millones de argentinos con los dos líderes que comparten con ella el chato podio actual de popularidad. En el medio se coló una huelga de trabajadores del Ceamse, liderados por un viejo chofer de "el Gordo" Valor. En tales manos (y en tales arbitrariedades) quedó la suerte de muchos argentinos condenados a vivir durante varios días entre los desperdicios.

Macri ya se había convertido en el blanco del tiroteo oficial por el caso de los subterráneos, que son ahora otra forma cotidiana de suplicio colectivo. La empresa concesionaria sacó de circulación varias formaciones por razones de seguridad. La Presidenta le ordenó al ministro del Interior y Transporte, Florencio Randazzo, que congele el diálogo de la comisión tripartita del transporte metropolitano (la Nación, la Capital y la provincia de Buenos Aires) que ella misma había creado. Dicen que Randazzo le informó a Cristina que las conversaciones andaban bien. No importó. El diálogo debía entrar en estado de hibernación. El gobierno nacional le transfiere a la empresa de subterráneos sólo la mitad de los subsidios que le corresponden para obligar a Macri a pagar la otra mitad. Macri se niega. Quiere que primero se acuerden las condiciones del traspaso del servicio.

La política admite la arbitrariedad, por un tiempo por lo menos, pero la economía es más renuente. De la mano de Moreno, el plan económico se ha convertido en un programa de parches. Tapan hoy los desbarajustes que hicieron ayer. Nunca se resuelven los problemas de fondo. Esa carrera contra los propios errores ha creado situaciones que serían risibles si no fueran trágicas. Las oficinas y los hogares se han quedado sin impresoras de computadoras porque está cerrada totalmente la importación de cartuchos de tinta, que no se fabrican en el país.

Todo eso ocurrió (y ocurre) en los mismos días en que Cristina Kirchner reinauguró Tecnópolis con un renovado aire de modernidad. A todo esto, los elementos de computación cuestan en la Argentina, en dólares, el doble de lo que valen en cualquier otro país, según las mediciones de varios economistas. Las palabras de la Presidenta parecían comparar al país con Silicon Valley, mientras la Argentina real está regresando a la era pretecnológica.

El Gobierno ha colocado a todas las importaciones en un mismo paquete, no importa si son bienes de consumo o si son insumos esenciales para la industria y la actividad rural. Las exportaciones han caído más por esa razón que por la crisis mundial. En medio de un clima inflacionario descontrolado (que la arbitrariedad y las expectativas alientan), el Indec reconoció, por primera vez, una desaceleración de la economía y una grave caída de la producción industrial. La Argentina es solidaria: siempre, aunque no le corresponda, está al lado de los países que peor les va. Ahora su crítica situación se parece más a la de los países centrales que a la de los emergentes, que están mucho mejor.

Los dólares van por el mismo camino: cada día se toman nuevas e imprevistas decisiones para frenar las filtraciones de una sociedad históricamente acostumbrada a maniobrar entre dificultades. El Gobierno se escandalizó el viernes cuando se notificó de que en junio se habían gastado en el exterior, con tarjetas de crédito, el doble de dólares que en el mismo mes del año pasado. ¿Sorpresa? Es la consecuencia natural del cepo a los dólares; a los que viajan sólo les quedan las tarjetas de crédito. El Gobierno estudia un impuesto especial a las compras en el exterior o un desdoblamiento en el tipo de cambio, para hacer más caros los dólares que se gastan fuera del país.

El futuro vacila. Puede ocurrir la guerra o puede suceder una tregua. Una sola persona decide la guerra o la paz. Sólo la política de la arbitrariedad no cambia nunca.

(*) Joaquín Morales Solá. Periodista, escritor y analista político. Artículo publicado en La Nación el 22 de Julio de 2012.

Fuente: http://www.lanacion.com.ar//1492455-la-politica-de-la-arbitrariedad?utm_source=n_tis_nota1&utm_medium=titularS&utm_campaign=opinion