viernes, 31 de agosto de 2012

La Argentina de la mentira se enfrenta con la verdad

Por Jorge Héctor Santos (*)
"La Argentina lastima. Los códigos de la ética y de la moral pública se han destruido. Una maraña intrincada de valores y principios han sido reemplazados por conceptos enloquecedores y perversos. Nueve años de vientos favorables, de difícil repetición se han perdido", afirma el autor.
Después de nueve años de crecimiento a tasas chinas, Argentina bien administrada debería tener un presente muy distinto al actual.
 
Sin embargo, muchos son los que no ven que la situación política, económica y social no es tan mala como otros tantos creen.
 
El relato ha provocado esta división tan tajante entre argentinos, lamentablemente no solo en la forma de analizar las cosas; sino que se ha llegado a un muy complejo nivel de enfrentamiento social de pronóstico reservado.
 
El relato no es ni más ni menos que la censura de la realidad. A este se le adiciona  el ocultamiento de los inconvenientes que más preocupan al pueblo. La ignorancia de estos temas en las cotidianas presencias televisivas de la primera mandataria, es otra sutil forma de censura; lo que ella no dice, no existe.  
 
La ficción que interpreta la presidente y su elenco de actores secundarios llega a tal extremo que pareciera que habitan y gestionan un país de fantasía. Una clara quimera.
 
Para sostener y amplificar esa fábula el gobierno, de Néstor primero y Cristina después, dilapidó enorme cantidad de dinero para comprar periodistas, crear medios subsidiados, arrodillar a empresarios para recibir ingentes ingresos públicos a través de pauta publicitaria oficial, utilizar como propios los medios del Estado; y hasta mantener a los clubes de fútbol para difundir y profundizar el “cuento” de la Rosada en el Fútbol para todos.
 
Los subsidios a la vagancia y tantos otros, fueron instrumentados para cosechar clientelismo; votos.
 
El ciclo de los Kirchner estuvo bendecido por los precios elevados de la soja y un Brasil que no paraba de crecer y empujaba la industria automotriz.
 
El grave problema de los patrones de estancia de Santa Cruz llegados a Olivos fue que destinaron casi todos los ingresos para ganar elecciones, acumular poder y manejar la caja en forma centralizada con el fin de disciplinar a gobernadores, intendentes, así como para hacer “cambiar” de opinión a diputados o senadores obteniendo de tal manera del Congreso un funcionamiento acorde con la voluntad del Ejecutivo.
 
Los aprietes a jueces no quedaron fuera del accionar de una pareja que siempre pretendió replicar a nivel nacional lo hecho en su heredad sureña.
 
La destrucción de casi todas las organizaciones empresarias, sindicales, políticas, etc. fueron parte importante de la labor de dividir para reinar.
 
La Constitución nacional y las leyes de la República fueron dejadas de lado cuantas veces los Kirchner necesitaron para cumplir con sus objetivos hegemónicos.
 
Cristina no puede ser analizada desde ninguna óptica lógica. Su proceder siempre está muy lejos de lo que haría el común de los políticos y de la gente común. Es imprevisible.
 
Cristina puede arrogarse el mejor de elogios aun cuando, sin perturbarse, este se halle muy lejos de poder asignárselo.
 
Cristina no dialoga, no hace reuniones de gabinete, no da conferencias de prensa, no acepta medios o personas que enfrenten sus ideas, que critiquen actos de ejercicio del poder.
 
Su derrotero es ir por todo y lo está haciendo.
 
Los tiempos que se avecinan son huracanados.
 
La libertad de expresión y tantos otros derechos se están limitando y se limitarán aún más.
 
Esto se está consumando a toda velocidad.
 
Al unísono  y a ritmo vertiginoso la presidente buscará  las formas más inimaginables (votos de adolescentes de 16 a 18 años y de extranjeros a los que se les concedió en tiempo récord el DNI) para poder alcanzar su deseo de convertirse en eterna.
 
Con igual propósito se produce la salida de presos, conocida como Vatayón militante; el adoctrinamiento de escolares por parte de La Cámpora; los trabajos en las villas; el Vatayón artístico convocado para presentar el Polo Audiovisual en Puerto Madero, y tantos otros hechos que irán apareciendo.
 
No obstante, la realidad antes o después, se empieza a entremezclar con la farsa.
 
Gigantescos nubarrones empiezan a demostrar que el sol que se cuenta brilló en la historia de maravillas de la era K no es tal y las complicaciones surgen de la mala praxis gubernamental; y eso hace que el ciudadano común esté cambiando de ánimo.
 
La caída de la imagen positiva de Cristina Fernández tiene que ver con ello.
 
La recesión con inflación alta complica un cuadro de estancamiento con muchas actividades en recesión.
 
El empleo no crece y horas extras más suspensiones comienzan a ser temas recurrentes.
 
El costo de vida devora aumentos por más altos que estos sean.
 
La falta de actualización del mínimo no imponible castiga con el impuesto a las ganancias a gran parte de la clase trabajadora.
 
La voracidad fiscal no se aplica para castigar a los que piensan distinto sino también para apretar más a todos, lo que traducido habla de las grandes dificultades de caja existentes.
 
La reforma de  la Carta Orgánica del Banco Central se asocia al ahogo financiero, la máquina de hacer dinero trabaja a destajo para imprimir papelitos de colores sin respaldo; tanto la de Casa de la Moneda como en la empresa sin dueños recientemente expropiada.
 
Las reservas de libre disponibilidad con las que cuenta el país son una incógnita perose intuye que no superarían el 25% de las que se dicen contar.
 
La pobreza desde 2007 hasta 2012 no solo no ha disminuido sino que estudios revelan que ha crecido.
 
Las provincias encuentran grandes dificultades financieras para atender sus gastos corrientes. La emisión de bonos está a la orden del día.
 
Los bancos, merced al cepo cambiario, han perdido la mayor parte de sus depósitos en dólares; y los depósitos en pesos brillan por su ausencia, con tasas de interés negativa.
 
La crisis energética provocada por la falta de controles y de previsión por parte de las autoridades nacionales demanda inversiones multimillonarias y por más festejos que haya habido por la nacionalización parcial de YPF, el problema mayor sigue existiendo y los inversores están lejos de venir a un país sin seguridad jurídica, con imposibilidad de girar dividendos; y además enfrentarse con el zar del conocimiento de casi todo, el prodigio, último invento de la presidente, Axel Kiciloff.
 
Las dificultades de infraestructura eléctrica, vial y de transporte que tiene Argentina no los crearon los Kirchner pero sí los empeoraron y mucho. Esto sumado al festival de dinero que el Estado entregó a empresas operadoras de los mismos cuyo destino no se ve reflejado en mejora alguna, sino más bien en actos de corrupción.
 
La corrupción y la impunidad pasean del brazo y por las calles luciendo entre ambas un gran amor, el que se tradujo en una enorme cantidad de hijos que acrecentaron sus fortunas personales con total descaro.   
 
El mundo no se cayó encima del país; el país se cayó del mundo.
 
Argentina se encuentra enrolada en los países más ignorados por los inversores en Latinoamérica. De ella forma parte junto a Venezuela, Ecuador, Bolivia y Cuba.
 
El cierre de las importaciones en forma grosera e indiscriminada pone en circunstancias de crisis a empresas cuanto a enfermos que no consiguen la medicina indispensable para cuidar su salud.
 
Cual obra de teatro con argumento alejado de la veracidad y con telón del escenario trabado que permite a los espectadores contemplar la mendacidad tramada, a este listado -que recopila parte de lo que las repetidas palabras presidenciales atribuyen a intereses destituyentes- se le pueden adosar muchos más elementos de un país que lastima.
 
Sí, la Argentina lastima.
 
Los códigos de la ética y de la moral pública se han destruido. Una maraña intrincada de valores y principios han sido reemplazados por conceptos enloquecedores y perversos.
 
Nueve años de vientos favorables, de difícil repetición se han perdido.
 
La épica del relato dice lo contrario, se ha estado venciendo a los representantes del mal a los que aún falta matar.
 
El verdadero enemigo del poder no está afuera de la Rosada, habita en ella.
 
La sociedad acompaña este proceso de deterioro con preocupación, indiferencia, buscando formas de salvarse individualmente, destilando broncas en las redes sociales, agraviándose con los fanáticos del modelo.
 
El tiempo corre tanto para “el vamos por todo” como para las dificultades que aparecen en el camino de los que “van por todo”.
 
Los recursos para ir por todo son ilimitados porque están asociados a la ausencia de límites.
 
Hasta aquí, aún con tropiezos, estos fueron ganando.
 
Las dificultades y los que se oponen con reglas ortodoxas al “vamos por todo” tienen como aliado a la verdad, pero como contra central estos enunciativos inconvenientes:
 
La billetera, con papelitos de colores la tiene el gobierno, y esta mata dignidad.
 
La sociedad y los políticos opositores pecan de falta de picardía y discuten temas que todos los días crea el gobierno, mientras este sigue marchando en búsqueda de su objetivo central.
 
La lucha es desigual y con final abierto.
 
En el medio existe una nación que atrasa y muere día a día un poco más, frente a las naciones del mundo que no tropiezan con gobernantes inescrupulosos y con ambiciones poco democráticas.
 
Nuestras libertades primordiales están en peligro porque el totalitarismo está desalojando a la democracia.
 
 
(*) Jorge Héctor Santos. Periodista, asesor de medios comunicación, ex Director de Mitre, La 100,TOP40,Latina,Universo, G Prisa, contador público. Artículo publicado por Urgente 24 el 31 de Agosto de 2012.
 

El intento de reformar la Constitución, viene con mal olor….

Por Elena Valero Narváez (*)
Abandonar la democracia, ambiente pacifico para resolver los problemas, presupone dejar la construcción del propio destino en manos de un dictador, quien, por lo general, se arropa, hasta conseguir todo el poder, en un poncho de cordero. Negando la acción creadora del hombre impone desde el Estado, por ley o de facto, el fin de la propiedad privada y el fin de los valores que permiten la creación de riqueza y el progreso social espontáneo.

El gobernante autoritario intenta, apelando a primarias emociones, controlar, si no hay otros poderes que se lo impidan, a toda la sociedad. Es así como los tenues controles iniciales se vuelven opresivos para la economía, la persona y la cultura.

 En Latinoamérica, hay intentos de volver a dictaduras, pero, aunque se trate de terminar con la democracia , los países que han conocido, aunque livianamente, el goce de la libertad, de la libre expresión, no aceptarán, si no es por el terror, que se combata desde el Estado la existencia autónoma de la opinión. Lo observamos, en Venezuela, en Bolivia, en Ecuador y también en la Argentina. 

No se podrá por mucho tiempo mantener un régimen basado en el miedo y la mentira. Hoy gozamos de medios modernos que impiden la doctrina y el pensamiento único. En los totalitarismos y autoritarismos pasados, la escuela era elemental para adoctrinar, pero hoy no basta. En un mundo planetario, y gracias a las comunicaciones modernas, producto del sistema capitalista democrático- las cosas se saben, se discuten y salen a la luz.

 Es improductivo pasar por encima de los derechos individuales y leyes fundamentales reconocidos por la Constitución. El Estado debe  proteger a las autoridades que imponen el orden, dentro de un régimen jurídico social basado en el reconocimiento de los derechos individuales, en poderes limitados de los que gobiernan, y en la guía de la Ley fundamental. También proteger, especialmente, a  las minorías que llaman la atención de los gobernantes cuando se extralimitan. 

La reforma apresurada de las constituciones, decretos o resoluciones que afecten disposiciones constitucionales, debieran evitarse, para dar a ciudadanos y extranjeros que quieran vivir o invertir en el país, la confianza en que cualquiera sea el que gobierne, será dentro del estado de derecho. 

Reformar nuestra Carta Magna, sin una discusión matizada por tiempo y responsabilidad,  puede significar la destrucción del sistema que  defiende.

Hoy se están vulnerando derechos fundamentales como el de trabajar, ejercer toda actividad lícita, de comerciar y, otros. Más aún: se convierte en institucional toda acción de gobierno que viole algún derecho reconocido por la Constitución. 

Necesitamos jueces que cumplan con su deber: velar por el sistema normativo, invalidando todo lo que se haga en su contra. 

Es común que los gobiernos populistas redistribuyan: quiten a unos para dar a otros beneficiando a sus preferidos a costa de imponer cargas a quienes proveen con su trabajo al Estado vampiro. Esto se enfrenta al principio de inviolabilidad de la propiedad. Los países donde el gobierno es el que reparte planificando la economía,  distribuyen con criterio político, no económico ni igualitario. Los funcionarios deciden autoritariamente la distribución de la riqueza lograda por todos los que trabajan y permiten el funcionamiento de la sociedad.
Es diferente en los países donde el sistema democrático y capitalista funciona: allí son las empresas, los trabajadores, las asociaciones, la gente, la que reparte, invirtiendo y ahorrando parte de lo que ganan. 

Los gobernantes que rechazan la democracia y al capitalismo, hacen crecer enormemente al Estado, de manera que, éste, se inmiscuye, cada vez más, en las decisiones de la sociedad civil, se apropia de la mayoría de las empresas, y se hace cargo de todos los detalles de la estructura económica. Disminuye al mínimo las bases de la democracia: opinión pública institucionalizada, seguridad jurídica, y el ejercicio democrático del poder judicial y del Congreso.

Controlan y regulan las corporaciones de trabajadores, estudiantes, empresarios, profesionales, intelectuales y universitarios.

Hoy en Argentina, se está abandonando el contexto democrático donde las demandas pasan por partidos  consolidados y con políticas alternativas a las del gobierno.

Como en Venezuela, los ciudadanos nos hemos convertido en rehenes de una concepción autoritaria  que lleva a hacer creer que la libertad de elegir es parte de una concepción egoísta que olvida el interés colectivo. 

El  empresario es despreciado por su interés en obtener ganancia. Hasta los chicos hacen piquetes en los colegios con carteles en contra del lucro y del dinero y a favor de la acción estatal en su contra.

Esperemos que la oposición logre unirse, esta vez, y defienda  la preservación de los principios de la Constitución que, seguramente, se verán amenazados si se logra la reforma que promueve el oficialismo.

El progreso está ligado al cambio de un sistema  cerrado, de un Estado apropiador de la riqueza de la sociedad civil, que depende de las decisiones autoritarias de un Gran Hermano, por otro abierto y descentralizado. Con él  las instituciones se hacen más eficientes, tanto en política, como en economía, ciencia y cultura y  las personas pueden decidir libremente su futuro. 

Las desigualdades del mercado las provoca la gente, las arbitrarias de los regímenes tiránicos, la pretendida omnisciencia de los gobernantes.

Recordemos: el sistema socialista real, el nacional-socialismo, y los nacionalismos populares terminaron con el estado de derecho y con una justicia independiente,  si la hubo, porque la política estuvo por encima de la Ley. De que se multipliquen los enamorados de la libertad depende que así no sea.

(*) Elena Valero Narváez. Periodista y analista política. (Autora de “El Crepúsculo Argentino”.Lumiere.2006)

Fuente: Comunicación personal de la autora

Ni Todos Ni Todas

Por Gabriela Pousa (*)
Si bien se mira, los argentinos estamos acostumbrados a las crisis desde tiempos inmemoriales. En ocasiones suelo preguntarme si sabríamos vivir en un país donde la conflictividad no sea una característica estructural, y consecuentemente, una constante.  Posiblemente nos sentiríamos perdidos. ¿A quién echar culpas de los desaciertos?¿Qué ojo ajeno evitaría ver la viga en el nuestro?

Sin duda, el escenario sería desconcertante, requeriríamos una suerte de adaptación como sucede con los chicos al comenzar el ciclo lectivo. Ya lo decía Nietzsche:”En tiempo de paz el hombre belicoso se hace la guerra así mismo”

Ahora bien, una cosa es sobrevivir pendiente del dólar, del costo de vida, de las ofertas, etc., y tomar decisiones de acuerdo a esas variables, y otra muy distinta es hacerlo privados de decidir en torno a ellas. No comprar el billete verde -si no me conviene el precio- es una decisión propia. Que se me prohíba acceder a el, es una imposición. El problema ya no se reduce a un asunto meramente numérico.
De un modo u otro, ya éramos expertos en materia de supervivencia frente a los debacles de la economía. Hasta cuesta hacer memoria y coincidir en algún período de la historia, durante el cual, no hayamos tenido que amoldarnos a administraciones erróneas. Sin embargo, los límites se han forzado.
A tal punto se ha llegado, que hoy no resultaría grave que la moneda americana rozara los dos dígitos. La amenaza viene de otro lado. Se coarta desde afuera nuestra capacidad de decidir su adquisición o no.

La primera reacción es quejarnos. La queja unifica: “¿Nos molesta a ambos? ¡Enhorabuena!”. Nos sentimos respaldados. Hallamos confort y reciprocidad. Pero así como, completamente aislados no resolvemos un ápice, mancomunados sólo soslayamos la situación.

Habría que analizar si lamentarse, no es una forma de renuncia, de evasión. Lo cierto es que, apesadumbrados, los argentinos advertimos algo que, por idiosincrasia y naturaleza detestamos (o decimos detestar): no somos considerados seres especiales, únicos, originales.

Simultáneamente, la Presidente en cada alocución se refiere a “todos y todas”. Ninguna improvisación, ninguna sutileza, ningún intento de inserción. Por el contrario, lo que hace es convertir al individuo en rebaño. Le quita su unicidad. El objetivo es claro y conciso: manejar masas es más sencillo.
Cristina Fernández apuesta al “Herr Omnes” de Lutero, ese “ser todos” para no ser precisamente ninguno. De más está decir que, en las oratorias de la Presidente, no se hallan los 40 millones de argentinos. Ella habla al vacío. De ese modo, no puede replicársele ni lo más mínimo.
Mientras eso sucede, mayor es el esfuerzo de los ciudadanos -conscientes o no- por mantener la individualidad. Así se cae, inevitablemente, en los excesos. Cuando la desmesura gana, tanto el gregarismo como la particularidad se desvirtúan. Exacerbados son dos caras de una misma moneda.

En este sentido, la autoridad máxima del Estado aparece en las antípodas de los ciudadanos. Claramente marca diferencias. Se aleja, no representa, menos aún transmite afinidad. Yo no soy ella“, pensamos. Aún cuando pueda haber rasgos en común, hay una necesidad intrínseca de despegarnos. En síntesis, podría decirse que resulta extraña.

Aunque en estos días las comparaciones muestren más sinonimias que distinciones, cabe recordar cuál fue el punto de inflexión que convirtió, en su momento, a Carlos Menem en un “seductor” (porque aunque nadie lo haya votado, dos veces ganó la elección) Y es que el ex mandatario, nunca olvidaba el nombre de su interlocutor.

Era lo primero que preguntaba, y la última palabra que utilizaba al terminar la conversación. Individualizaba. Cada uno era alguien por si mismo, al margen del montón. Qué luego se haya apagado la mágica luz de la seducción, responde a la lógica de los acontecimientos y del encantamiento.
Pocas cosas gratifican más que ser reconocido, tenido en cuenta y en consideración como un ser único e irrepetible. Menem supo entender ese rasgo de la psicología. Llegó al poder denostado hasta por su aspecto.¿Cómo olvidar aquella foto donde aparecía con prominentes patillas representándonos?
Nos cuesta dejar de lado los prejuicios. Se renuncia a ellos más por resignación que por convicción. En esas espesas aguas, el riojano debió remarla. Lo primero que descartó fue la confrontación.

Cristina Kirchner, en cambio, actuó y actúa en forma visceralmente opuesta. En lugar de conquistar, agrede. Aleja a quienes no le rinden pleitesía, peor aún, apunta misiles en un juego peligroso en demasía. Se venga no por lo que otros hicieron sino por lo que ella no ha hecho: generar empatía. Plantea las diferencias como un grito de guerra. Y en la contienda, inexorablemente, el más fuerte atrapa y paraliza.
En esa parálisis nos hallamos. Creyendo que no hay forma de frenarla, convencidos por evidencia que hace y seguirá haciendo lo que quiera. En rigor, hace lo que “todos y todas” dejamos que haga con absoluta parsimonia. Frente a su autodeterminación aminoramos. Y basta un mínimo resabio de sus actos girando en la frágil memoria, para que el temor que aflora tenga lógica.
Hace unos años, sobresalía una campaña publicitaria cuyo slogan sostenía: un buen nombre es lo mejor que se puede tener”. Acertaba. Vivimos en el reinado de las marcas, pero el andamiaje comunicacional del gobierno, nos uniformó.

El azar está ausente, hay ensayo, método. Cristina castiga, y sabe que la indiferencia es el arma más efectiva. De algún modo, nos trata como Ralph Ellison trataba a los hombres de color en su novela “El hombre invisible“. Allí se refería a la transparencia de los negros en Estados Unidos, pues su color “los tornaba intercambiables y carentes de identidad”, en una suerte de muerte social. Todos los intentos por hacerse visibles eran vanos porque los demás se negaban a verlos. Nada de lo que hicieran o pensaran importaba. El sujeto se aniquilaba.

Así se desvanece nuestra presencia frente a la Presidente. No existimos como individuos sino a los fines específicos: cuando urja llenar las urnas. Para ello, es más dócil y manuable la masa. Esta responde en conglomerado: “¿Dónde va Vicente? Donde va la gente“.

La necesidad de pertenencia y referencia no es un invento de academia, ni ha sido un capricho de Abraham Maslow establecer jerarquías entre las necesidades, y destacar la preeminencia de contención y reaseguro. “No me edifico ni puedo constituirme sin apoyarme en modelos”, por eso no hay cabida tampoco para el individualismo extremo. Cada uno se sueña fundador y se descubre imitador”

Nos movemos entre dos vértices: la autosuficiencia y el Zelig de Woody Allen (ese ser que se limitaba a reproducir lo que veía) Desde el primer polo, la mandataria se erige a si misma libre, no precisa a otros, los desprecia, se cree imprescindible. En su auto-proclamada “superioridad” busca propiciar conductas miméticas. ¿Qué modelo emular? El modelo de “militante” que el kirchnerismo invoca a cada instante.
El “todos y todas” multiplica, y en consecuencia, desindividualiza. La sociedad, para la jefe de Estado, no es un lazo orgánico que une individuos jerarquizados, sino una constante generadora de desindividualización. Cada cual deja de ser un todo para ser apenas un fragmento. Se es el 46 o el 54%, por ejemplo.
Fragmentados, conformando el “circulo virtuoso”, suponemos que nuestro acto será un hecho aislado, no gravitante. “Hacer titánicamente lo insignificante es también un modo de obrar“, decía Roa Bastos. Cabe tenerlo en cuenta, y a lo mejor, por ese lado está la salida: no importa cuánto se haga, sino hacerlo en definitiva. Si acaso parecemos autistas o enajenados al menos que sea en acto. La omisión también es pecado.

Cuentan que un hombre desequilibrado, no habiendo mar, río ni lago, se puso a pescar en la tina del baño. Un psiquiatra especializado en ese tipo de casos, le preguntó: “¿Qué tal el pique?” La respuesta: -“¿Cómo va a picar algo si estoy en la bañadera?”

¿Quién mide la cordura en este escenario?  Y después de todo, ¿quién le quita la satisfacción de haberlo intentado? En última instancia nunca se sabe si la magia o la esperanza obra milagros.

(*) Gabriela Pousa es Analista Política en Medios, Licenciada en Comunicación Social y Periodismo (Universidad del Salvador), Analista Política y Master en Economía y Ciencias Políticas (ESEADE).
http://www.perspectivaspoliticas.info
  

¿Argentina se merece a Cristina?

Por Gabriela Pousa (*)
La desorientación más absoluta es hoy la característica intrinseca de la escena politica. El grado de desconcierto es atípico. Todo cuanto acontece tiene ribetes desopilantes. Cada discurso de la Presidente es un unipersonal digno de ser llevado, en el verano, a la costa o a Carlos Paz.


Es sabido que hasta los funcionarios más aviesos, los que la aplauden denodadamente, escuchan dislocadas a las palabras de las ideas, y al relato de los hechos. ¿Por qué entonces asienten y rinden pleitesía una y mil veces? Por la misma razón, por la cual la sociedad se mantiene en silencio, haciendo catarsis en redes sociales o refunfuñando dentro de cuatro paredes. Cinco letras nos unen irremediablemente: Miedo.

Mientras unos se preguntan cómo salir ilesos del laberinto en que se metieron, aun siendo responsables de ello; los otros, es decir nosotros, nos interrogamos acerca de cómo y cuándo termina todo esto. Y posiblemente algo de responsabilidad nos quepa, aunque no lo aceptemos. En síntesis, podría decirse que, de un modo u otro, todos estamos siendo cómplices del gobierno. Sí, suena duro y feo.
En este contexto, Cristina Kirchner avanzó y seguirá avanzando, gozando de los aplausos de unos y de los silencios del resto, aunque sólo le quede por avasallar las libertades individuales, tarea que ha comenzado de un tiempo a esta parte. ¿Por qué puede hacer esto? La respuesta es deleznable pero es más simple de lo que parece: el pueblo se lo permitió y se lo sigue permitiendo.
En El Hombre Rebelde, Albert Camus sostenía que callarse es dejar creer que no se juzga ni se desea nada. La desesperación juzga y desea todo en general, pero nada en particular, y por ello deviene fácilmente en silencio. Lo furtivo y efímero del último blandir de las cacerolas ha demostrado con claridad esto.

El pueblo argentino es reflejo de sus gobernantes. No cree en nada, por lo tanto nada tiene sentido, no afirma valor alguno. Todo es posible pero nada tiene importancia. Hasta la maldad y la virtud son azar o capricho. La  acción es reemplazada por el diletantismo, y así la vida se convierte en una espera.

En este ámbito, nada es verdadero ni falso, ni bueno ni malo. Y si acaso adjetivamos algo en el instante en que acontece, el adjetivo caerá por inercia en horas apenas. Un ejemplo: la confiscación de fondos de las AFJP causo estupor, pero ya pasó. La vida sigue como un mar sometido, indiferente a cualquier corriente. Si la apatía resta valor, no tiene sentido ser honesto, o no, basta con ser el más fuerte.

Esto sucede en la Argentina. Cristina tiene un gran andamiaje comunicacional, y una habilidad indiscutible para hallar artilugios que sumen a su intención: perpetuarse. Necesita como nunca a la sociedad apática, anestesiada, entretenida con nimiedades, debatiendo si Daniel Scioli hace bien en enfrentarla, o si Tinelli ganó audiencia en su franja horaria.

De espera en espera -decía Epicuro- consumimos nuestra vida, y nos morimos todos en la costumbre, en la rutina.
 Lo asombroso no es que el oficialismo siga manipulando al pueblo con ficciones y circos: Tecnópolis es ejemplo de ello . Lo viene haciendo hace 9 años. Lo asombroso es que, desde el momento en que la sociedad toma conciencia de que ese tipo de entretenimiento es una herramienta del poder, para mantener el status quo, y el gatopardismo, no haya un rechazo generalizado a consumirlo.
Cristina Kirchner puede no saber de economía pero sabe de manipulación, y esta es la cicuta de los argentinos. Bebida a conciencia supone un estado más grave de lo que se piensa.

¿Por qué esta inclinación por gobiernos indignos? Es muy difícil aceptar algún grado de culpa en todo esto. El “yo no la voté”  sirve como atenuante para redimirnos a nosotros mismos, pero no soluciona ni evita que vuelva a repetirse una elección, sin apatía frente a lo elegido.

A esta altura se preguntarán qué es lo que se puede hacer. Rebelarse. No tomando como rebelión el concepto vacuo de desorden, caos y disgregación, sino todo lo contrario: expresándose, perdiendo el miedo a diferenciarse, dejando de esconderse detrás de seudónimos o apodos que sirven de coraza pero no aportan ninguna savia.

(*) Gabriela Pousa es Analista Política en Medios, Licenciada en Comunicación Social y Periodismo (Universidad del Salvador), Analista Política y Master en Economía y Ciencias Políticas (ESEADE).
http://www.perspectivaspoliticas.info


Fuente:  http://www.perspectivaspoliticas.info/argentina-se-merece-a-cristina/

Unos y otros

Por Vicente Massot (*)
Parte del país está dispuesto a cerrar filas con el kirchnerismo en defensa de un modelo que a la parte restante le parece detestable. No significa esto que haya una guerra civil a la vuelta de la esquina. Supone que las condiciones indispensables de la convivencia cada día se deteriorarán más y más. 
La noticia corrió como reguero de pólvora a mediados de la semana pasada. Según la misma estaba sujeto a estudio un plan destinado a avanzar sobre los countries, obligándolos a desmontar sus muros perimetrales. Ello, por razones obvias, disparó una pregunta obligada en la Capital Federal y en buena parte del país: ¿hasta dónde llegará el kirchnerismo?
Como el tema en principio pareció avalado por el titular de la cartera de Justicia, Julio Alak, y el diputado santafesino, Agustín Rossi, y había consonancia con otros que también tomaron estado público en el curso de esos días, referidos a la propiedad de la tierra y al adoctrinamiento en las escuelas públicas, las especulaciones respecto de las intenciones dirigistas del gobierno no cesaron de crecer.

Si la presidente quisiera malquistarse de manera gratuita con segmentos enteros de la población, seguramente pensaría en implementar medidas de corte discrecional semejantes a las enunciadas más arriba. Una administración, en cambio, que desease expandir su base de adhesiones, pensaría en otras políticas. ¿Por qué, entonces, Cristina Fernández se empeña en comprarse pleitos que no sólo no reditúan nada en su favor sino que suscitan, de parte de los potenciales damnificados, zozobra y rencor?

La primera respuesta viene envuelta en una duda no menor: ¿sabía la jefa de estado la existencia de estos proyectos? De creérsele a algunos miembros conspicuos del círculo áulico que la rodea, no tenía la menor idea del asunto y, ni bien se enteró, montó en cólera. Por eso, quienes inicialmente habían sumado sus voces al proyecto de los countries —Alak y Rossi— debieron desandar lo andado y negar cuanto antes habían considerado con buenos ojos. Por su parte, el devaluado Julio De Vido fue el encargado de desmentir la versión de que el oficialismo estaba considerando seriamente la posibilidad de instrumentar una reforma agraria o algo por el estilo.

La segunda respuesta tiene que ver con cuanto podría definirse como la técnica del globo de ensayo. Para explicarlo en forma sencilla: se lanza una idea al ruedo con el propósito de determinar la reacción que genera en la sociedad. Si pasase desapercibida o no fuese rechazada más de la cuenta, podría luego ponerse en práctica. Si, inversamente, hubiese en su contra una grita generalizada, moriría antes de nacer.

Por fin, no debe descartarse una tercera explicación. Qué Cristina Fernández supiese -si no con lujo de detalles, sí en términos generales- las hipótesis de trabajo que se manejaban y no hubiese puesto reparos en que se hiciesen públicas.

Está claro que las intenciones gubernamentales al respecto no representan una cuestión sin importancia. Pero, más allá de si hubo desidia, imprudencia, desconocimiento o intencionalidad, lo cierto es que el tiro le salió al kirchnerismo por la culata. Que dos ministros del Poder Ejecutivo nacional y un diputado de la importancia de Rossi hayan sido obligados a dar explicaciones como lo hicieron, significa que hubo un costo alto que pagar. De lo contrario, se hubiese dejado desvanecer el tema sin necesidad de desmentir un par de versiones en menos de setenta y dos horas.

Distinto por completo es el adoctrinamiento que Cristina Fernández -no sin énfasis- ha defendido, enarbolando el argumento de cuánto vale la presencia y el protagonismo de una juventud militante que quiere saber y desea formarse en las escuelas. Quitándole toda connotación partidista y poniendo a la cuestión al margen de cualquier fin espurio, la presidente avaló un programa que casi la totalidad de la oposición ha rechazado enfáticamente, considerándolo una intromisión desatinada del oficialismo en la educación.
Por lo tanto, hay dos versiones complicadas y conflictivas que nadie sabe a ciencia cierta si tuvieron un calado suficiente en la consideración de la Casa Rosada y un plan perfectamente orquestado dirigido a los colegios, cuya autoría el gobierno reivindica como un timbre de honor.

Como los tres tienen un común denominador en punto a la invasión de lo estatal a expensas de los derechos individuales y la educación pública, se ha generalizado en sectores extendidos de la sociedad argentina -todos ellos manifiestamente antikirchneristas- la idea de que hay un designo perverso en Cristina Fernández de cambiar las reglas de juego vigentes en nuestro país desde la sanción del texto constitucional de 1853. De ahí a suponer que se recorta en el horizonte, sin maquillajes que disfracen su propósito, un régimen chavista, existe apenas un paso.

No es ajeno a esta preocupación el hecho de que desde el oficialismo se ventilen a diario los afanes reeleccionistas de CFK -con reforma de la Constitución incluida, se entiende. Basta leer la última entrega de Carta Abierta para advertir hasta dónde ha penetrado, en la intelectualidad afín al régimen, el designio de socavar los fundamentos liberales de la Carta Magna y reemplazarlos por otros cuyo regusto populista resulta indisimulable.

Supongamos, como ejercicio analítico, que las versiones ahora desmentidas fuesen solo eso y que no haya una estrategia armada desde Balcarce 50 para reformar la Constitución sino voces de aliados del gobierno y de funcionarios que no necesariamente trasparentan las preferencias de Cristina Fernández. Aun así, el clima enrarecido que se ha instalado es una realidad. Cada vez más parecen dibujarse en el empíreo político dos países distintos, con proyectos tan contrapuestos y ánimos tan caldeados, que el grado de conflicto por venir no debería sorprender a nadie.

Al margen de cuál sea la verdad, lo que importa en estos casos es lo que piensan los antagonistas de la disputa que existe hoy entre nosotros y no tiene visos de desaparecer. Por el contrario, todo hace pensar que está destinada a escalar. Parte del país está dispuesto a cerrar filas con el kirchnerismo en defensa de un modelo que a la parte restante le parece detestable. No significa esto que haya una guerra civil a la vuelta de la esquina. Supone que las condiciones indispensables de la convivencia cada día se deteriorarán más y más. 


(*) Vicente Massot es doctor en Ciencia Política, profesor titular del doctorado en esa especialidad en la Universidad Católica Argentina y director del diario La Nueva Provincia, de Bahía Blanca. Escritor. Artículo publicado en La Prensa Popular (Director: Nicolás Márquez) el 30 de Agosto de 2012.

Fuente: http://www.laprensapopular.com.ar/6551/unos-y-otros?utm_medium=Email&utm_source=Newsmaker&utm_campaign=Newsmaker--baleado-en-nombre-de-los-derechos-humanos--30-08-2012