domingo, 26 de agosto de 2012

A tambor batiente

Por Vicente Massot (*)
Si se compara la seguridad y la prepotencia de la señora presidente con la forma en que se desenvuelven sus opositores, salta a la vista la falta de consistencia y de entidad de estos últimos.
La diferencia, verdaderamente abismal, que separa y distingue al gobierno del arco opositor no reside en el poder que el kirchnerismo reivindica con éxito, a expensas de unos opugnadores carentes de inteligencia y de posibilidades para forjar una alternativa política creíble.

En realidad, es algo más profundo. Cristina Fernández sabe lo que quiere y en todo momento, sin pedir permiso y sin reparar en medios, obra en consecuencia. Siguiendo los pasos de su marido, ha identificado a sus enemigos y se ha propuesto destruirlos. Asume que está en medio de una guerra y las decisiones que toma descansan sobre una convicción tan antigua como sabia: no existen sustitutos para la victoria.

Si se compara la seguridad y la prepotencia de la señora presidente con la forma en que se desenvuelven sus opositores, salta a la vista la falta de consistencia y de entidad de estos últimos.

Porque no sólo están separados por celos y rivalidades que vienen de lejos sino que —salvo excepciones— no terminan de entender la naturaleza de la contienda de la cual, lo quieran o no, son protagonistas estelares.

Cristina Fernández no se anda con vueltas a la hora de arremeter contra Clarín, Scioli, La Nación, Macri, Moyano, la Mesa de Enlace, la Sociedad Rural y las empresas y empresarios que no se rinden ante sus caprichos. En cambio, en buena medida radicales y socialistas han votado junto a los senadores y diputados del Frente para la Victoria la expropiación de YPF y la estatización de Ciccone. Felipe Solá —que nadie sabrá nunca dónde se halla parado, pero pregona siempre su independencia— no tuvo empacho en sumar un voto decisivo al quórum que desesperaba de obtener el oficialismo para después votar en contra de éste. Eduardo Buzzi, de la Federación Agraria, congregó la semana pasada a peronistas disidentes, políticos del radicalismo y del socialismo, pero, al mismo tiempo, excluyó del convite a Miguel del Sel, aduciendo una excusa pueril.

Por supuesto, merecen mención aparte la UIA y la AEA que nunca, ni siquiera en las instancias decisivas de nuestra historia reciente, han abierto la boca salvo para declamar vaguedades de todos conocidas. Y qué decir de los dos diarios de mayor circulación e importancia de la Argentina: no reparan en críticas al kirchnerismo y no dejan oportunidad de poner en evidencia la corrupción y arbitrariedad que caracterizan al régimen imperante. Como contrapartida, muchos de sus columnistas parecen coincidir con el relato kirchnerista más que con la opinión editorial de los medios en los que escriben.

De un lado de la colina hay unidad de mando y un plan con arreglo al cual desenvolver en el tiempo la estrategia escogida. Del otro, sólo se percibe una acentuada dispersión de esfuerzos y dudas respecto de qué está en juego. Es lógico, a esta altura de la disputa, que Hermes Binner no coincida con Mauricio Macri en punto a sus propuestas económicas. Por algo uno es socialista y cree en la planificación y el otro apuesta a las bondades del mercado. Tampoco podría sorprender que disintiesen Ricardo Alfonsín y José Manuel de la Sota sobre la historia del radicalismo y del peronismo.

Cuanto no se entiende es la incapacidad para poner en un ámbito aparte, fuera de la discusión diaria, un plexo de temas —pocos pero sustantivos— que haga las veces de anclaje programático para la discusión excluyente que se avecina: la re-reelección de Cristina Fernández.

Es que, tal como han comenzado a perfilarse las cosas, parece fuera de toda duda que el cambio de discurso de las usinas intelectuales y factores de poder del kirchnerismo transparenta la decisión continuista de Cristina Fernández.

Hasta un par de semanas atrás, la orden bajada desde la Casa Rosada a los distintos operadores del oficialismo era clara: reivindicar la necesidad de una reforma constitucional dejando para mejor momento la idea de la re-re. Excepción hecha de algunos gurkas del régimen, nadie de algún prestigio y consideración dentro del elenco estable del oficialismo, se salió del libreto. Ahora algo se modificó abruptamente.

El nuevo discurso no deja lugar a dudas y ha sido enarbolado a tambor batiente por tres gobernadores, al menos; un conjunto considerable de intendentes del Gran Buenos Aires y algunos pensadores nucleados en Carta Abierta. Si el viraje se debe a la convicción de que nadie puede reemplazar a Cristina con posibilidades ciertas de ganar en 2015 ó es fruto de la conclusión a la que llegó la presidente luego de fracasar —dos veces seguidas en menos de treinta días— en sus embates contra Scioli y Macri, es asunto abierto a debate. En todo caso, el dato relevante del asunto resulta otro: a la única que le falta vocear la conveniencia de la reforma con reelección es a la principal interesada.

Las velas habían sido preparadas y desplegadas para seguir un rumbo claro. La idea consistía en poner a la reforma constitucional como mascarón de proa y ocultar bajo sus anchos pliegues el propósito estratégico de la movida: la continuidad de CFK. Para ello resultaba fundamental convocar a elecciones de constituyentes. Luego la Asamblea tendría tiempo de declararse soberana y sacar de la manga el tema oculto. Nadie podía asegurarle éxito pero era un plan bien pensado.

Esas mismas velas han sido torcidas y, de buenas a primeras, cuanto era tabú mencionar en público, ha visto la luz impulsado por sus partidarios. Da la impresión de que, de aquí en adelante, el meollo del debate nacional va a girar entorno de este eje diamantino: Cristina sí o no. Inclusive, no sería de extrañar que, si el oficialismo se sintiese huérfano de votos en octubre del año próximo, hiciera coincidir las elecciones legislativas con la de constituyentes para que la figura de la presidente —que estaría en el centro de la escena— arrastrase a todas las boletas de su partido.

En más de una oportunidad nos permitimos decir que a la dueña política de la Casa Rosada la desvela la visión de un Scioli con la banda y el bastón jurando en 2015. La sola posibilidad de que la épica camporista —aunque resulte de cotillón— y el modelo forjado en estos diez años vayan a parar a manos del actual gobernador de Buenos Aires, le eriza la piel a Cristina y a sus acólitos. Por alguna razón, de momento difícil de discernir, el gobierno ha acelerado y anticipado los tiempos. Se ha sacado la careta y actúa a cara descubierta. No oculta sus móviles y hace gala de sinceridad al momento de gritar, voz en cuello: Cristina conducción y continuidad.

Poco importa hacer un balance de las chances que lleva la iniciativa. Es todavía demasiado temprano para analizar, más allá de sus pros y contras, las probabilidades de éxito que dependerán, básicamente, de la situación económica y social del país cuando se substancien los comicios.

Deberá correr mucha agua bajo el puente y nadie medianamente serio se halla en condiciones de imaginar siquiera como se encontrará la Argentina dentro de un año. Importa, en cambio, tomar debida nota que, a semejanza de cuanto ha venido ocurriendo desde mayo de 2003, el kirchnerismo ha fijado agenda para los meses por venir. 

(*) Vicente Massot es doctor en Ciencia Política, profesor titular del doctorado en esa especialidad en la Universidad Católica Argentina y director del diario La Nueva Provincia, de Bahía Blanca. Artículo publicado el 24 de Agosto de 2012 en la Edición 134 de "La Prensa Popular" (Director: Nicolás Márquez).