viernes, 17 de agosto de 2012

Acostumbrados…

Por Gabriela Pousa (*)
Un documento comprometedor ha sido robado del despacho de una persona de alto rango. El ladrón es un ministro, lo vieron apoderarse de la carta, y saben que aún está en su poder. Es por eso que ordenan allanarle la vivienda. Pasan horas revolviendo detalladamente cada ambiente. La carta no aparece. Frente al desconcierto, deciden llamar a un detective privado experto en este tipo de casos. Llega, y en pocos minutos, descubre el enigma.
 
“Para que sea tan complejo hallar el documento, debe haberse guardado con sencillez absoluta”, especula. Años de experiencia le enseñaron esa metodología. “A la policía se le ha pasado por alto debido, exclusivamente, a su evidencia”, no duda siquiera. Efectivamente, para esconder el sobre, el ministro había recurrido a la más sagaz estrategia: no ocultarlo. La carta estaba encima de la mesa, a la vista de cualquiera. De ese modo, nadie repararía en ella.

Ahora bien, transportemos este cuento de Edgar Allan Poe, “La Carta Robada”, a nuestro escenario contemporáneo. Posiblemente, ni siquiera sea necesario un detective muy avieso para advertir lo que está sucediendo.

A fuerza de exhibir constantemente en los medios de comunicación, las sinrazones que caracterizan a una Argentina a la deriva, estas se nos van volviendo invisibles.

Antiguamente, el conocimiento surgía sólo por revelación. Recordemos, por ejemplo, a André Gide denunciando las tropelías de las compañías mineras en el Congo, o el modo como, en 1945, los aliados descubrían los campos de exterminio, etc. Había un tránsito entre el desconocimiento y la revelación. Se pasaba de la penumbra a la luz.

Hoy, sin embargo, son otros los parámetros, es otro el método. Impera la sobre-exposición. Televisión, Internet, correo electrónico, redes sociales, radio… Con ritmo vertiginoso, el desarrollo tecnológico imponen la inmediatez. El “minuto a minuto” nos gana de mano. Es señor y amo.

Inútil es no reconocer las ventajas de las nuevas herramientas para acceder a lo cotidiano. De necios, es no aceptar que, simultáneamente, tienen sus dobleces. Y es que, en pleno auge de la era 3D, se está estableciendo otro régimen: el de la costumbre. Vivimos acostumbrados. Y de allí al letargo, apenas hay un paso.

Todo al alcance de todos. En TV, pasamos de ver crímenes alarmantes, y situaciones degradantes, a ver el nacimiento de osos panda en un zoológico, o un desfile de modelos. Es decir, no terminamos de digerir el shock del primer spot, que ya estamos con algo distinto, opuesto. La conmoción y el estupor se evaporan. Lo desagradable y trágico pasan a formar parte del anecdotario.

Cualquier episodio se convierte en espectáculo. Los argumentos se presentan cortados. No hay principio, desenlace y final, sólo un esbozo: “Mataron a fulano”. “Continúa el paro” “Se levanta el paro”… De ahí en más, que cada uno vuele por el sinfín de posibilidades o aborte el hecho, y continúe con el próximo.

Un caso concreto: ¿Quién y por qué mató a Candela? El escenario queda diezmado, apenas un sutil recuerdo del “qué”, e inmediatamente otro capítulo, otra serie, otro canal, en el monitor, en la TV. Ni siquiera recordamos el “cuándo”. Muchos se asombrarán si digo que, a Candela Sol Rodríguez la asesinaron hace ya un año.

Lo mismo sucede en materia política. Cinco años pasaron de la bolsa de Felisa Micelli en el ropero del baño, otros cinco de la valija que llevó a María Luján Telpuk a los escenarios del Maipo. Así, dentro de cinco años más, Ciccone Calcográfica puede sonar, acaso, a un acierto más del gobierno, un recuperar la impresión de billetes para el Estado…

Por el contrario, cualquier norteamericano sabrá decirle, con rigurosidad, cuándo fue el Watergate. Principio y final. Más allá del cambio de época, la diferencia es abismal: este caso de corrupción se vivió como un todo. Causas y consecuencias no fueron barridas por otro episodio similar en pocas horas, como sucede acá.

Cada día, un nuevo hecho, una medidas diferente reemplaza a la anterior y, la sucesión permanente de acontecimientos impide que nos detengamos a analizar el cómo, el por qué, o el quién de cada uno de ellos. No hay tiempo para indagar qué hay detrás de cada suceso. Lo dejamos pasar. Enseguida hay que pensar en digerir lo nuevo que está llegando, de lo contrario, nos atragantamos.

Antes, una tragedia sensibilizaba, un terremoto causaba pánico, una medida política permitía ser aceptada o rechazada. En estos días, la incansable proyección de imágenes, y el relato inacabable de noticias, saturan. Hacen que la apatía se imponga ante la desmesura.

Se torna “normal” observar hechos de violencia, de inequidad, de falta de respeto, de marginalidad. Frente a tanta incoherencia e inconsistencia, hasta la oratoria de la mandataria, resbala. Acaso pueden molestar segundos, minutos, no más…

La reiteración, el derroche de palabras vacuas, el abuso de la cadena nacional, hacen que ante cada anuncio de promesas y planes, que mueren apenas se retornan las transmisiones habituales, nuestro sentimiento vaya de la indignación al abatimiento. Es tanto el sin sentido y el avasallamiento del gobierno, que se termina aceptándolo, en silencio. Quietos.

Expuestos a una secuencia ininterrumpida de insensateces, no llegamos a tiempo para reaccionar. Eso conlleva inevitablemente a la inercia. Las calamidades, en vez de alterar nuestra conducta, la profundizan. Uno se siente diminuto frente a la grandilocuencia de las injusticias.

El desconocimiento no permite involucrarnos, pero este “saber mucho”, hace que nos sintamos insignificantes para modificar la situación reinante.

Un mes atrás, nos golpeaba la noticia del hallazgo de tres niños ahogados en la localidad de Moreno. Minutos después, se daba a conocer una cuarta criatura degollada en la misma zona. Y, finalmente, un bebé de 18 meses, aparecía muerto de un balazo. La primera noticia fue un balde de agua fría, la segunda generó espanto, la tercera nos convenció que tanta atrocidad, no podía ser digerida. Y quizás por algún mecanismo de defensa, nos alejamos raudamente de la noticia.

Es verdad que una mente normal, no puede comprender que estos hechos se produzcan, y encima se comenten como se comenta el estado del tránsito, o el resultado de un partido de básquetbol.

Esto prueba que, tanto la desinformación como la sobre-información, impiden una conducta proactiva, que se involucre positivamente, y se comprometa frente a lo que pasa, más allá de como se lo haga.

El aparato comunicacional oficialista conoce esta normativa. Precisamente, se sustenta en este conocimiento, y así se explica de algún modo, el abuso que hace la Presidente del micrófono, los actos y las video-conferencias.

Si la jefe de Estado miente hoy, vuelve a mentir mañana, dos días después repite la fórmula, y así sucesivamente, la población experimentará el primer día rechazo, el segundo falta de respeto, y el tercero indiferencia porque antes de escucharla, ya advertirá que dirá otra incongruencia u otra falsedad para sumar a la cuenta.

Cristina Kirchner no ignora esta reacción de la audiencia. Es consciente del cansancio que genera y esto es, paradójicamente lo que busca, aún cuando sostenga que usa la cadena nacional para que el pueblo sepa.

A sabiendas que no tiene nada que decir, que no tiene cómo respaldar su ineficiencia, lo mejor es provocar un éxodo de oyentes. De ese modo, además, impide que después se la ponga en evidencia. Si el día de mañana, se le acusa de no haber dado la cara, o brindado respuestas, utilizará maquiavélicamente, el argumento de un pueblo autista que no quiso oírla.

El kirchnerismo no se maneja improvisadamente. Desde el vamos, ha construido una estructura de comunicación acorde a su objetivo: perpetuarse. No decir nada hablando demasiado, y filtrar lo importante con lo urgente del escándalo.

Al inaugurar una refinería en YPF, la Presidente, supo que la forma de contrarrestar el aumento del gasoil era generando controversia con algún otro tema. Así, surgió el nombre de un periodista “escarchado” sin sutileza. Al otro día, en aquél se centró la noticia.

La habilidad es indiscutida. Lo discutible, sin embargo, radica en el modo y el cuándo, la sociedad podrá vencer la costumbre de vivir, como si las cosas que pasan fueran apenas, escenas de un film en continuado.

Recodemos que la evidencia de lo que acontece está a la vista. Buscarla en lugares intrincados no nos llevará a encontrarla más rápido…

(*) Gabriela Pousa. Analista Política. Licenciada en Comunicación Social y Periodismo (Universidad del Salvador), Analista Política y Master en Economía y Ciencias Políticas (ESEADE). Directora de Perspectivas Políticas.Info
Artículo publicado por Informador Público el 17 de Agosto de 2012.