lunes, 20 de agosto de 2012

Culpas y responsabilidades

Por María Celsa Rodríguez (*)
La vida del hombre siempre transito sobre prejuicios montados en ideales o pensamientos que son mantenidos y conservados por decenios y repetidos por generaciones. Quizás en algunas épocas pasadas esos ideales funcionaron bien por un tiempo, pero luego se fueron deteriorando. Tal vez faltó perfeccionarlo o adecuarlos a las circunstancias históricas que  iban sucediendo en la sociedad. Pero a veces los errores se suscitan por fallas en las  previsiones o por  múltiples combinaciones de elementos que juegan negativamente  sobre las proyecciones deseadas.

Si bien  hay errores individuales y errores colectivos, errores individualizados y errores funcionales. En estos últimos podemos ubicar los errores político-sociales. Cuando un pueblo  decidió seguir un camino que creyó era el indicado, el que favorecería a todos, o por lo menos que así lo demostraban quienes manejaban las riendas del poder. Luego con el paso del tiempo se dieron cuenta que estaban viviendo hechos  desagradables y los proyectos y esfuerzos alcanzados  se comenzaron a desmoronar, enfrentándose ante situaciones irreversibles. Motivados por seguir esperanzados, algunos aún esperan un cambio que no llegará. Mientras  la realidad se recrudece ante sus ojos.

La crisis del hambre azota en muchos rincones del mundo. En los Estados Unidos los índices de pobreza han alcanzado límites históricos y la clase media ha comenzado a comer en albergues. Europa también expone un panorama similar. Entre abusivos recortes, aumento del iva, la desocupación llegando a índices alarmantes, hace que las presiones políticas se tornen preocupantes  y la antropología social se torne debilitada.


En el Norte de Malí, una economía primitiva,  movida por el trueque también siente el encarecimiento de los alimentos. "Un saco de arroz que antes costaba una cabra  ahora cuesta 3". Pero dicho encarecimiento no solo es consecuencia del aumento del combustible sino también de los efectos climáticos por el calentamiento global, en que  las largas períodos de sequías o por las inundaciones, se destruyen las cosechas y mata el ganado. Pero  también es consecuencia de la elaboración del biocombustible que toma  una parte importante de la producción  alimentaria. Y de la cantidad de superficie que se destina para la producción del cultivo, en proporción a la demanda.


La sabiduría popular  deduce que los mapas complejos de la realidad imperante conciben que estamos encaminados a padecer los efectos de los errores que cometen los gobiernos, porque las equivocaciones de ellos la sufrimos todos. Si bien pueden tener toda la intensión de ser beneficiosa para el bien común,  pero luego las circunstancias desafortunadas, ya sea  porque fueron hechas en el momento menos oportuno, o por factores externos opuestos o quizás  porque la imprevisión juega a escondidas con los errores,  termina   devorándose  todo.


Sabemos que el sistema es depredador, y  la competencia, y la rivalidad generan situaciones coyunturales que traiciona cualquier pretensión o programa estructurado desde las esfera del poder.

Pero el tema central es:  si el  fracaso se asume con  la cuota de  culpa y de  responsabilidad  por el daño causado al pueblo (?)
Y si los dolores que se causa a la gente devoran sus conciencias (?)
Algunos pensarán ¿que conciencia? El poder no tiene conciencia.

Si bien la responsabilidad genera el deber de dar una respuesta, de hacerse cargo del perjuicio causado. Pero la realidad nos demuestra que los gobiernos raras veces asumen la culpa, porque eso significaría  reconocer que se han equivocado y que responderán por el daño causado y esas  "responsabilidades" siempre tratan de evitarlas. Dejando en manos del pueblo esa responsabilidad, en su libre albedrío y en las armas que le da la previsión para  hacerse cargo de su propio destino

Ver a Pepe un empresario español que perdió su empresa, su casa, sus autos  y dejó sin trabajo a 15 familias que dependían de su  comercio y que hoy vive en la calle, es un claro ejemplo de como los sueños se pueden desvanecen  ante los errores de los gobernantes. Pepe siente que ha perdido el alma. Su desesperación se ve en la mirada.

Sueños hechos cenizas y la librería de la memoria que aún guarda en sus escaparates el dolor ante la  frustrante  realidad que le hace temblar hasta los huesos.

Mario un comerciante que a pesar de haber sufrido la crisis del 2001 en Argentina y por el corralito bancario  perdió todo, hoy vive en una villa y trabaja de zapatero.  Lejos de aquí, en Nueva York,  Mickey también  vive en la calle. Al igual que Pepe y que Mario,  tenia una tintorería en Brooklyn, vivía muy bien con su esposa y sus dos hijos. Ahora  esta solo, es un linyera sumido en el alcohol y en las sustancias, tratando de ahogar sus dolor,  quemando los días en la inconciencia. Solo quiere morirse para no sufrir más.


Tanto Pepe, como Mario y como  Mickey confiaron en sus gobernantes, los votaron y hoy se sienten que los han defraudados. ¿Quien se equivocó aquí Pepe, Mario, Mickey o los gobiernos?

 Quizás hay muchos Pepes, muchos Marios y muchos Mickeys en distintas partes del mundo, sufriendo las equivocaciones de sus gobernantes. Son víctimas obligadas  de regímenes instalados legalmente y que fueron legítimamente elegidos por su pueblo, pero que por error, ignorancia o por falta de previsión están generando consecuencias  desafortunadas en los ciudadanos que con toda esperanza confiaron en ellos.
Mientras ellos siguen siendo privilegiados por el poder, Pepe, Mario y Mickey sufren las culpas ajenas  en silencio, y olvidados. 

(*) María Celsa Rodríguez. Periodista y analista política. 

Fuente: Comunicación personal de la autora.