lunes, 20 de agosto de 2012

Desde la esquina

Por Maria Celsa Rodríguez (*)
Leonardo Da Vinci dijo:”Quien no castiga el mal ordena que se haga”. Hoy la inseguridad dominante en las calles nos hace pensar que la frase de Leonardo es muy acertada a la realidad. Con  la idea instalada por el gobierno que la inseguridad es solo una sensación, esta dejando por sentado   que  es solo una "impresión",  algo que se "intuye" o un "presentimiento",  pero que carece del peso  necesario como para darle la magnitud que los medios  se encargan por demostrar cada vez que una víctima es asesinada.

Al menos es el mensaje que nos quieren  hacer llegar cuando ellos hablan “de sensacion” frente al estímulo del miedo  a ser víctima de un atraco en la vía publica, o de un robo en casa y a las estadísticas que nunca se detienen.
 
 
Quizás resulte válido para ellos de acuerdo a las condiciones en que fundamentan la idea de  "sensación de inseguridad", porque pareciera que todo se asienta en una  teoría basada en suposiciones meramente retóricas pero que se aleja de la realidad fáctica. También sabemos que el Estado no nos va a proteger en todo momento,  y que es allí donde juega un papel importante nuestra previsión  en equilibrio entre la culpa y la responsabilidad  del Gobierno


Como sociedad estamos inmersos en una crisis de valores que golpea no solo las costumbres que  nos hacen especiales. Ya que los argentinos siempre llevamos nuestro modo de vida  simplista atado al corazón. Sin embargo últimamente hemos perdido “esos gustos  urbanos". Sentarse en la vereda a tomar mate y conversar era algo que formaba parte del cotidiano trato en cualquier barrio de cualquier provincia argentina. Hoy es imposible  hacerlo.

Tampoco caminar por la calle con una cartera, un bolso  o un portafolio. Si lo hacemos estamos siempre mirando para todos lados, inseguros y temerosos. Inclusive salir a caminar o correr un fin de semana, o  jugar los chicos en la vereda, se han vuelto una misión imposible
Dejar el auto estacionado en cualquier lugar, el portón de casa abierto, conversar en la puerta de casa o olvidar la puerta entornada por unos minutos, son costumbres que abandonamos.


Pero ¿porque las cosas involucionaron de este modo?  Porque todo parece alinearse a ser nuestras vidas  manejadas conforme a lo que decidan ciertos “personajes” que desde la marginalidad en que se mueven nos mantienen expectantes, pudiendo en un minuto hacer de nosotros lo que ellos deseen a punta de pistola o simplemente con un arrebato quitarnos la vida como le ocurrió  a una mujer  hace unos días que  la empujaron de la moto en movimiento para robarle la cartera,  y por culpa del golpe falleció  horas después.


Esta realidad nos lleva a aferrarnos a las nuevas modalidades. Dejamos nuestras costumbres de lado y esperamos que algún día esto cambie.  Si bien adaptarse no significa colocarnos en la misma paridad de agresión de quienes nos roban y nos arrebatan nuestras pertenencias o lo que es peor aún: la vida. Sino mas bien se trata de alcanzar una tarea de prevención frente a la inseguridad,  con el propósito de sobrevivir dentro del caos que hoy se torna el cotidiano trajinar urbano.


Todos sabemos que con esto no alcanza si es que al mismo tiempo no va acompañada de una buena política de seguridad. Ya que nuestros esfuerzos individuales a protegernos de nada servirán si de parte de la policía  y de la justicia no hay un trabajo eficiente y coordinado. Velar  por poner en funcionamiento el aparato de la seguridad tomando  las medidas pertinentes en tiempo y forma es lo que exigimos. Pero lamentablemente, esto falla.


Encerrarse, colocar rejas y alarmas, salir con cuidado de casa,  estar atento en la calle,  no son herramientas eficaces si siempre vamos a estar  expuestos a ser sorprendidos por aquellos que están constantemente pululando por las calles, a toda hora del día buscando víctimas a quien atacar.


Si bien la pendulación entre la negación o la invisibilización  del problema por parte del gobierno  y el reclamo y el miedo por parte de los que diariamente sufrimos "los ataques" de  "los dueños de la calle",  hace un dialogo de sordos. Ellos son responsables de velar por nuestra seguridad,  pero también nosotros  somos responsables de exigirles que se hagan cargo de algo que se les está  yendo de las manos. Aunque muchos piensan que el peligro es un mal de este tiempo, y que socialmente hay una aptitud casi tácita de aceptación. Una aceptacion que está universalizada, según queda reflejada en  los medios digitales, y en la televisión: y es  que la criminalidad ya es parte del espacio natural de las sociedades modernas. 


Hoy la inseguridad no tiene ni respeta límites. Ocurre en los hospitales, en jardines de infantes  y en las iglesias, lugares que antes eran intocables. Es que se han perdido todos los códigos del mínimo respeto.

Sabemos que  es una materia  que el gobierno aún no le ha encontrado solución Y  aunque tomemos todas las previsiones en casa,  en la calle todos estamos expuestos a ser víctimas obligadas de un arrebato o de un robo en un semáforo,  y es allí donde el  Estado debe poner toda la atención. Aunque  la realidad nos indica que la Ministra Garré siguen mirando para la otra esquina con la sensación que no pasa nada. Mientras tanto en esta  esquina alguien acaba de recibir un disparo para robarle el auto.

(*) María Celsa Rodríguez. Periodista y analista política.

Fuente: Comunicación personal de la autora.