martes, 14 de agosto de 2012

El infierno tan temido

Por Ricardo Saldaña (*)
“A través de un proceso continuo de inflación, los gobiernos pueden confiscar secreta e inobservadamente una parte importante de la riqueza de sus ciudadanos”. John Maynard Keynes (1919) “Las consecuencias económicas de la paz”.

El persistente proceso inflacionario que arrastramos desde hace cinco años comienza a dar señales de haberse metastatizado. El desequilibrio de los precios relativos cobra expresión en la desaceleración del nivel de actividad, el debilitamiento competitivo, la represión de importaciones, y la brecha cambiaria creciente, haciendo inevitable la adopción de un programa antiinflacionario.

La trascendencia y centralidad asignada a la moneda, desde el origen mismo de nuestra civilización, contrasta marcadamente con el envilecimiento de que ha sido objeto en nuestro país.

En 1989 detona en Argentina una rebelión civil, conocida como hiperinflación, cuyos remezones no acaban hasta 1991. Una sociedad hastiada del saqueo, se rebela contra el impuesto inflacionario confiscatorio y, espontáneamente, decide repudiar la moneda con que el Estado la estafaba, imponiéndole al poder político la necesidad de autolimitar su soberanía monetaria.

Lo que hoy pretenden quienes suponen haber descubierto en la inflación la fuente inagotable de la prosperidad infinita, ignorando elementales principios de administración de la hacienda pública, es recuperar ese instrumento de vasallaje, para ponerlo al servicio de sus tropelías.
No hay heterodoxia que alcance, si se trata de impulsar el funcionamiento de la economía en ausencia de un instrumento de ahorro que asegure una tasa de retorno positiva en términos reales. Tampoco se conoce voluntarismo capaz de eludir el ciclo certidumbre-inversión-demanda agregada, como exclusiva senda al desarrollo. Los atajos siempre nos condujeron al ajuste recesivo con inflación.

A esta altura, se suponía aprendido que las experiencias de inflación con tipo de cambio rezagado no auguran buen final: típicamente la convergencia no se da de la tasa de aumento de los precios internos al ritmo de devaluación del tipo de cambio, sino al revés. La experiencia muestra que el nuevo equilibrio se produce tras un salto en el tipo de cambio, que converge al nivel de precios internos. Es llamativo que la política haya vuelto a entregarse a la seducción de la efímera reactivación que impulsa el retraso cambiario, sin advertir -una vez más- que a la vuelta de la esquina espera agazapada la restricción externa.

La mejor receta para estimular el crecimiento de la producción y el empleo es sostener el valor de la moneda, induciendo la baja del riesgo soberano, y el consecuente aumento de la inversión fija.
En ese sentido, resulta paradigmática la enseñanza que nos regala nuestra experiencia reciente. Como muestra el gráfico, hacia finales de 2006, a pesar del default y la importante quita impuesta a nuestros acreedores por la renegociación de la deuda, nuestro costo de financiamiento internacional había convergido al de Brasil. A partir de 2007, la perversa combinación de inflación en alza y falsificación de los índices, impone una brecha creciente entre ambos valores, que determina que en la actualidad, financiar un proyecto productivo en Argentina resulte seis veces más caro que en Brasil.

Fuente: J. & P. Morgan

A partir de 2007, ante el incontenible crecimiento del gasto público, cuyo nivel per cápita en moneda constante es hoy un 60% superior al de 2003, el gobierno viene apelando a la inflación de manera deliberada, para mitigar el bache fiscal. El impuesto inflacionario, recurso no legislado cuya base de tributación son los saldos monetarios en poder de la población, y que se estima aportará este año un ingreso equivalente al 3% del PBI al Presupuesto Federal, grava proporcionalmente tres veces más a quienes integran los deciles inferiores de la escala de ingresos, que a aquéllos que revistan en los segmentos más acomodados. (1)

Un caso particular es la AUH. Esta asignación directa, que constituye la nave insignia de la Política Social del “modelo”, es percibida por 2.000.000 de padres desocupados o con trabajo precario. Su falta de actualización ha reducido su valor de compra a un 85% del original, lo que equivale a decir, en términos de poder adquisitivo, que la inflación le ha robado a sus perceptores, dos meses de asignación por año.

Un despojo similar ha reducido en más de 1.300.000, el total de Asignaciones Familiares que se abonan, en los últimos tres años.

La dinámica adquirida por el proceso inflacionario genera distorsiones que alejan de manera sistemática la posibilidad de recuperar los equilibrios necesarios en el sistema de precios relativos. Así, por ejemplo, la convivencia de alta inflación con el ancla cambiaria pone en tensión al salario con la competitividad de nuestra producción industrial.

Fuente: Econométrica

El creciente protagonismo del financiamiento del Banco Central al Tesoro, entre tanto, muestra la centralidad que ha cobrado el impuesto inflacionario en la estrategia de desendeudamiento. Lo que antes se pagaba con superávit fiscal, ahora se paga con inflación. Finalmente, desnudando la falsa épica del “relato”, es el sector privado -a través del deterioro del poder de compra de la moneda- quien efectivamente termina pagando la deuda pública.

En ese sentido, el cepo cambiario procura, esencialmente, que no podamos escapar a esta encerrona refugiándonos en activos externos, y el desdoblamiento de facto del mercado cambiario está expresando el agotamiento de la capacidad de recaudar impuesto inflacionario sin devaluar.

1) “Efectos distributivos del impuesto inflacionario: Una estimación para el caso argentino”. Hildegart Ahumada, Alfredo Canavese, Pablo Sanguinetti y Walter Sosa Escudero. Economía Mexicana NUEVA EPOCA, vol. 0 (2), pág. 329-383, Jul-Dec.

(*) Ricardo Saldaña. Artículo publicado por Informador Público el 13 de Agosto de 2012.