domingo, 26 de agosto de 2012

Hechos y opiniones

Por Luis Tonelli (*)
¿Hay verdades objetivas o sólo existen relatos (parciales, múltiples, todos igualmente opinables)? El gobierno a menudo alega lo segundo, pero actúa como si su propio relato fuera la verdad encarnada y los relatos ajenos, obra de gente “sin autoridad moral”. Es saludable recordar a John Stuart Mill: “Si algo que se dice es verdadero, que disfrute de su libertad llegando a todos; si algo es una mentira, hay que darle oportunidad a la verdad para que se imponga sobre ella”.

¡Quien este libre de culpas, que arroje la primera piedra!. Esta es la sentencia bíblica que ha pasado ser el eje defensivo en el oficialismo. Lo que se traduce en un escrache ad hominem a toda crítica que ande dando vuelta por aca. Recurso retórico ancestral, uno de los preferidos por  los medios, en esta “sociedad- centrada-en – personajes”,  se ha mostrado terriblemente eficaz.
Tal o cual no tiene “entidad moral” para decir lo que dice, y pareciera que para encontrar a alguien que sí la tiene uno debería  recurrir a algún angelito de sala celeste de jardín de infantes, aún soportando su falta de un vocabulario un tanto más consolidado.

En cambio, si fuesemos a la justificación clásica de la libertad de opinión y de prensa, el “quien lo dice” y el “porqué lo dice” deberían importar poco, ya que lo que importa es que haya una dialéctica en donde afirmación se pruebe  contra crítica para probar su veracidad. Es la recontraconocida posición de John Stuart Mill en On Liberty: “Si algo que se dice es verdadero, que disfrute de la libertad para  a todos; si algo es una mentira, hay que darle oportunidad a la verdad para que se imponga sobre ella“.

Lamentablemente  sabemos que todo no es tan simple ni cristalino. Que existen oligopolios informativos (Clarín y el Gobierno, por ejemplo), que hay cuestiones complejas en las que nadie puede establecer “de una” cuál es la verdad (especialmente aquellas afirmaciones que tienen un efecto difuso o postergado en el tiempo) y ahora está el aporte de los descubrimientos  de la neurociencia  que nos dice que en realidad lo que consideramos un juzgamiento racional son respuestas automática de nuestro amasijo de neuronas en sinapsis chispeante (recomiendo del Premio Nobel Daniel Kahneman y su fascinante Pensar, rápido y lento recientemente aparecido en castellano en las librerias).

Todo lo cual ha sido aprovechado por el Gobierno, incluso asumiendo una postura postmoderna y preguntándose como Pontius Pilatus: ¿Que es la verdad?. (A mí particularmente siempre me gustó como sonaba en las películas privativas  de la Semana Santa  subtítuladas, cuando un tipo todo vestido de romano exclamaba en ingles californiano ¿what´s  the  true?

Esta fue la estrategia sorprendente del “relato oficial”, en la que el mismo Gobierno concedía que había otros “relatos” lo suyo era una postura entra tantas, pero que también todo era materia opinable, incluso los “hard facts”.

De este modo, los índices “objetivos“ del INDEC, o sea la inflación, pasaron a ser “relato“,  así como los indicadores de inseguridad, las noticias acerca de la corrupción, y  todo lo que antes era “videncia” no opinión. El Gobierno postmoderneó hasta lo postmoderno, porque autores como Richard Rorty siempre criticaron esa obsesión platónica de alcanzar la Verdad con mayúscula, pero obviamente no se refería a nuestras verdades del sentido común, a esas cuestiones evidentes, que si uno ignora, cuanto menos podrían causar un buen chichón en la cabeza, como decir “esta pared frente mío no existe”.

Un ejemplo del desatino de todo esto se ha podido constatar en las opiniones que ha disparado el informe que Jorge Lanata elaboró sobre la corrupción en Formosa. Más allá del interés personal de Lanata, más allá de la búsqueda de rating, más allá de que su programa se emite en una empresa del Grupo Clarín, el punto es que lo que sucede en Formosa es algo evidente, que todos lo que estamos en este negocio conocemos más o menos en detalle. Que lo que rige en esa provincia norteña, y no solo en ella, es una  “subdemocracia”,  plena de “zonas marrones” como llamaba Guillermo O`Donnell a la ausencia de Estado y cruzada por dolores sociales y criminalidad.

La gran pregunta es si esos gobernadores e intendentes que administran recursos y territorios no son una barrera para que la prosperidad llegue a los habitantes de esos tristes trópicos. Y dado que la respuesta es obviamente afirmativa, la pregunta que sigue es como puede ser que tras casi 10 años de  crecimiento, desde el gobierno nacional se los ha premiado con su estabilidad antes de haberlos reemplazados allá lejos y hace tiempo.

(*) Luis Tonelli. Artículo Publicado en el News Nº 64 de "7 Miradas" (Editor: Luis Pico Estrada) el 22 de Agosto de 2012.