lunes, 20 de agosto de 2012

Ir por todo para permanecer

Por José Luis Milia (*)
“El punto de vista económico de los nazis era grotescamente primitivo; contemplaban la creación de riqueza como un juego de suma cero en el que, si Alemania tenía que ganar, otro tenía que perder. La consecuencia fue que, desde 1940, Hitler financió la guerra saqueando cada vez más su propio imperio; este proceso solo podía terminar en la bancarrota.” Max Hastings, “Se desataron todos los infiernos”, (pág. 567).
 
Al igual que Hitler, al menos en lo que han pensado siempre de la economía, el dúo presidencial que manejó la República hasta el 27 de octubre de 2010 obró siempre con criterios de suma cero. Sus armas eran, y son, subsidios y retenciones; los primeros para los amigos que reciben todas las prebendas y para mantener más o menos contenta a la hacienda electoral y los segundos para los enemigos que solo merecen ser saqueados.

Hagamos algo de historia. Cuando el dúo llegó al gobierno, con ellos llegó algo desacostumbrado en estas latitudes. Por primera vez desde hacía mucho tiempo nuestra producción tradicional, los granos, tenía precio y no cualquier precio, eran valores que tenían que ver con las necesidades que el crecimiento de una nación cuyo censo es el 14,3% de la población mundial debía solventar. El precio de los commodities agropecuarios crecía acorde con un mundo que necesita alimentos.

Con esas condiciones dadas, con la solvencia que en pocos años ese mercado en ascenso nos iba a dar, había que ser un bribón consumado o un incompetente a tiempo completo para no reconstruir, a niveles inimaginables, el País. Como tenían la ubicuidad de los primeros y a su rapacidad sumaban la torpeza inmanente de los otros convirtieron a la República en un infame mercado donde todos tenían su precio y cada acción su tasa; desde los políticos de cualquier pelaje, funcionales como compañeros de ruta en las más inmundas tramoyas, hasta los jueces que, proxenetas consumados, se dedicaron a bajarle los calzones a la justicia y cobrar por los favores que la pobre daba, sin olvidar a los jefes militares que a cambio de espurias canonjías aceptaron entregar sin decir palabras a sus camaradas ni al empresariado industrial siempre listo a arrodillarse. Ni siquiera la Iglesia, o al menos su jerarquía, cacheteada como nunca en la historia de la Argentina, osó, vaya uno a saber por qué causa, ir más allá de ligeras reconvenciones mientras se daba vía libre al aborto, al gaymonio y a tantas otras cosas que eran cintarazos crueles en nuestras espaldas de creyentes.

En verdad, y aunque nos duela el engaño, no habían venido a reconstruir un país, solo les importaba continuar la faena urdida en su comarca. Sus previsiones resultaron exactas. Podían, y aún pueden ir por todo. Conocen a los argentinos.

Hace tiempo que las promesas dichas aquel 25 de mayo de 2003 y las que se cuecen en cada 25 de mayo cada cuatro años han quedado en el olvido; nada hay de los 5.000 kms. de autopistas ni de las 700.000 viviendas prometidas, y aunque inventaron el ministerio de planificación, jamás planificaron nada, excepto la exacción, el desorden y la fábula contada cada tanto en cadena nacional; y entraron, ahí ya de lleno, en un surrealismo exaltado cuando el dios del relato se les presentó por primera vez y les garantizó que si lo sabían usar los pobres seguirían creyéndoles aunque cada vez fueran más pobres y los ricos, aunque no les creyeran, nada harían en su contra porque sus bolsillos seguirían llenándose.

Todo permanece igual en Argentina, nada ha cambiado desde 2003. De lo que era una simple pero rencorosa manera de hacer política, la sobreviviente del dúo ha llevado al paroxismo las características de este modus operandi político pero le ha sumado una fervorosa adoración del dios de la patraña que solo a ella se le manifiesta y que presuntamente le ha hecho saber que si no nombra algo- inseguridad, inflación, drogas o la muerte de niños desnutridos-, ese algo no existe o no sucede en el país de las maravillas que ella en su cerebro se ha diseñado.

Un simple ejercicio, ponerle a la soja hoy el valor que tenía en 2001, nos revelaría que nada de lo que se nos muestra como logros económicos del modelo hubiera sucedido. Hoy no habría combustibles ni siquiera para calentarnos y ni hablar de producir energía para que los industriales “flor de ceibo”- esos que si no tuvieran a papá estado sobándoles el lomo no existirían- pudieran hacer la parada de un país industrializado. No habría subsidios, salvo que se pagaran con vidrios de colores pero al menos un país pauperizado como sería el de la soja a 148,25 US$/ton podría justificar impiadosamente las muertes de chicos por desnutrición.
Hoy quieren que hasta le creamos la payasada que al dólar, en su real valor, se lo puede manejar con un verbo de barricada o jugando de maestra de Siruela pero solo han conseguido desplomar el mercado inmobiliario y han convertido el auge turístico en una entelequia sin visos de realidad.

La única realidad visible en este patético festival de realismo mágico es que quieren permanecer, como sea, en el poder y para ellos tienen que ir por todo, caiga quien tenga que caer, sin importar que sufrimientos se inflijan a los argentinos, porque necesitan caja y seguirán apostando a hacerse de ella aunque deban saquear, hasta dejarla exhausta, a la República.

(*) José Luis Milia. Artículo publicado por Informador Público (Director: Carlos Tórtora) el 18 de Agosto de 2012.