lunes, 13 de agosto de 2012

La división 54%/46% es el pasado

Por Claudio Chiaruttini (*)
"En Córdoba, José Manuel de la Sota aprobó un proyecto de ley que desengancha a la provincia del Acuerdo Fiscal de 1997, paso que podrían seguir otras. Por su parte, en Patagonia, germina una rebelión de provincias petroleras, inhibidas de negociar con las empresas del sector las inversiones que dan trabajo a miles de sus ciudadanos. Nunca durante el gobierno de Néstor Kirchner hubo tal estado deliberativo de las provincias. Nunca durante el primer mandato de Cristina Fernández se vio un escenario tan fragmentado entre los gobernadores. Es un cambio de tendencia que va en contra del proyecto hegemónico cristinista, tal como lo quiere construir Cristina Fernández."
Hasta los funcionarios más fieles reconocen que Cristina Fernández ha tenido un cambio de personalidad notable en los últimos seis meses. Sorprendidos, ven como la Presidente de la Nación usa cada monólogo que se trasmite por cadena nacional o cada acto que la tiene como protagonista, para lanzar duras andanadas contra viejos y nuevos enemigos, buscando una polarización cada vez más profunda de la sociedad.
 
Pero el monólogo presidencial no sólo divide a los argentinos entre amigos y enemigos, sino también, construye una realidad que nadie ve, plantea un escenario político que no existe, levanta acusaciones que afectan hasta a sus propios aliados y rompe acuerdos que, con esfuerzo y cuidado, fueron armadas por Néstor Kirchner o alguno de sus ministros.
 
Cristina Fernández usa sus monólogos como tribuna de doctrina, como púlpito para su feligresía, como demoledor de credibilidades, como constructor de relatos alternativos y como articulación de una hegemonía que intenta perdurar en la historia argentina. Sin embargo, todo esto no sirve para bajar la mortalidad infantil, mejorar la inserción de la Argentina en el mundo, ni para incrementar la competitividad de industria. En realidad, tampoco sirve para que vuelvan a funcionar los subtes, para que los trenes dejen de descarrilar o para que baje, apenas un poquito, la inflación.
 
Mientras Cristina Fernández está empecinada en construir una nueva historia, una épica de gestión, los problemas reales no se solucionan, huir hacia adelante se ha hecho costumbre y cada vez que la soja sube 100 dólares, el precipicio se corre otros dos años, oxigenando a un gobierno que debería estar sofocado por sus propios errores.
 
A quince meses de elecciones intermedias, que pueden ser la puerta o la muralla para el proyecto hegemónico cristinista, la Presidente de la Nación ha resultado que los problemas de las políticas mal aplicadas y los errores políticos cometidos se solucionan con expropiaciones antojadizas e inexplicables, que se revisten de epopeya para no resultar ridículas.
 
El fracaso de la política energética terminó en la expropiación del 51% de las acciones de Repsol en YPF. El fracaso de la política aerocomercial terminó con la expropiación de Aerolíneas Argentinas. El fracaso de la política telepostal terminó con la expropiación del Correo Argentino al Grupo Macri. El fracaso de la política de control del espectro radiofónico terminó con la expropiación de Thales Spectrum. El fracaso de la política comunicacional del gobierno terminó con la expropiación de las transmisiones del fútbol. El fracaso de la política monetaria terminó con la expropiación de la ex Ciccone. El fracaso de la política de saneamiento terminó con la expropiación de Aguas Argentinas. ¿Es necesario dar más ejemplos del comportamiento patológico kirchnerista?
 
El mismo gobierno que no es capaz de controlar la gestión de una empresa o de un servicio público a una empresa privada lleva a expropiaciones que se hacen violando la ley (no se pagan compensaciones), suma gastos a unas cuentas públicas que ya están exhaustas, incrementa el clientelismo que debilitó hasta su desaparición a los partidos políticos, tapan maniobras turbias que nunca se revelan y abre la puerta a nuevas maniobras turbias que nos costará develar en el futuro.
 
La res-publica (la cosa pública) se toma como caja privada. El mandatario se convierte en soberano. El funcionario, que debe gestionar, se transforma en dueño. Los dineros públicos se administran como si fuera personal. Las riquezas en manos del sector privado caen y los funcionarios incrementan sus fortunas con sorprendente celeridad. Quizás, para esto, muchos reclamen “más Estado”.
 
Mientras que para el 46% del electorado se derriban instituciones, se viola la ley, se destruyen las formas, se avasalla a otros poderes, se amenaza a los enemigos y se despilfarran los dineros públicos, para el 54% nace una nueva Argentina, se escribe una nueva historia, se funda una nueva nación, se crea una nueva mística, se pare una nueva política.
 
Sin embargo, el gobierno se equivoca. La división 54%/46% es el pasado. Cristina Fernández gobierno con los resultados de las elecciones de octubre del año pasado y prefiere ignorar las encuestas que cambia esa ecuación. Para el negacionismo extremo que invade al gobierno, no es extraño que eso ocurra, pero obliga a la Presidente de la Nación a encabezar batallas quijotescas que, bajo la creencia que destruye a sus enemigos, terminan por consumir su poder político, por agotar su capital simbólico, por cansar a la opinión pública.
 
Un claro ejemplo es la huelga de los metrodelegados del subte, un colectivo de extrema izquierda que fue apañado y protegido por el gobierno para debilitar a la Unión Tranviario Automotor, por entonces, aliada a Hugo Moyano; e instrumento de desgaste de la administración de Mauricio Macri. 
 
Aún hoy, pese a que el ministerio de Trabajo no les concede el rango de gremio, el grupo cuenta con el apoyo de la cartera laboral.
 
Sin embargo, lo que en la ecuación cristinista era un riesgo válido correr para dañar al potencial candidato presidencial de la centro-derecha, la huelga salvaje en el subte, está evaporando gran parte del voto para el Frente para la Victoria y destrozó los planes de la Casa Rosada de recuperar una parte del sufragio de la clase media porteña.
 
Para la concepción política cristinista, no importa perder por los próximos 10 años las elecciones en la Capital Federal si la centro-derecha se queda sin candidato para el 2015. Por eso, Mauricio Macri es un blanco más grande que Mauricio Macri, es evitar que una persona encabece la recreación de un espacio político, de un espacio de poder, que pueda intentar ser alternativa al proyecto hegemónico oficialista.
 
La guerra sin sentido que Cristina Fernández lanzó contra Mauricio Macri termina para beneficiar al Jefe de Gobierno porteño que se victimiza ante la inacción de la Casa Rosada y le permite reducir el costo político de la huelga salvaje que no tiene forma de controlar.
 
Cristina Fernández cree que una vez que termine el paro en los subtes, podrá recuperar más imagen positiva entre los porteños que la imagen positiva que podría intentar recuperar Mauricio Macri entre los votantes que el resto de la Argentina. Es decir, fomentar la huelga salvaje de los metrodelegados tiene como meta, también, evitar que el PRO pueda  construir una opción en las provincias y que el ex Presidente de Boca Juniors pueda capitalizar su gestión y el apoyo de los porteños.
 
La Presidente de la Nación sabe que sus monólogos televisados en cadena nacional tienen poder de daño sobre el prestigio de sus ocasionales enemigos. Por eso no duda en salta de un enemigo a otro sin solución de continuidad, colocando en una misma bolsa un multimedios, un funcionario, un periodista, una medida, un anuncio, una historia y un dato estadístico.
 
Joseph Goebbles decía “miente, miente, que algo queda”. La propaganda política se basa en este apotegma. Los manuales de propaganda política recomiendan mentir, ocultar, disminuir, agrandar, distorsionar, tergiversar, modificar, mutilar, embarrar, alterar, modificar, manipular, desacreditar, criticar y menospreciar a un enemigo. Por eso Juan Domingo Perón llegó a decir “al enemigo: ni Justicia”.
 
Pero dejar que el subte no funcione una semana no sólo afectó 6 millones de personas, también estaría comenzando a impactar en el interior, donde un efecto empático, hace que los provincianos compadezcan a los porteños por el calvario de volver a sus casas, justo lo contrario de lo que ha buscado la Presidente de la Nación al enfrentar porteños contra provincianos en sus monólogos.
 
Puede ser que el paro del subte sirva para tapar el escándalo ex Ciccone, los crecientes controles del cepo cambiario, la suba de precios del GNC y otros combustibles, el ataque contra los productores de biodiesel, el esmerilamiento de Daniel Scioli o los problemas de la YPF expropiada. Pero lo que no pueden ocultar es el virtual proceso deliberativo que ha comenzado entre los gobernadores y hacen tambalear al armado cristinista.
 
En Córdoba, José Manuel de la Sota aprobó un proyecto de ley que desengancha a la provincia del Acuerdo Fiscal de 1997, paso que podrían seguir otras. Por su parte, en Patagonia, germina una rebelión de provincias petroleras, inhibidas de negociar con las empresas del sector las inversiones que dan trabajo a miles de sus ciudadanos.
 
Nunca durante el gobierno de Néstor Kirchner hubo tal estado deliberativo de las provincias. Nunca durante el primer mandato de Cristina Fernández se vio un escenario tan fragmentado entre los gobernadores. Es un cambio de tendencia que va en contra del proyecto hegemónico cristinista, tal como lo quiere construir Cristina Fernández.
 
Sin duda, 2012 no es el año que quería la Presidente de la Nación para comenzar su segundo mandato. Pese a que la oposición está desmembrada, sin capacidad de reacción y sin fuerza para causar daño al gobierno, Cristina Fernández pierde imagen positiva y su gestión es cada vez menos apreciada. La recesión y presentarse como proyecto hegemónico daña a la Presidente de la Nación y la Casa Rosada no quiere escuchar más que buenas noticias, encuestas positivas y que los comunicados de prensa se repitan sin cesar.
 
Cuando Cristina Fernández ataca al periodismo no oficialista reconoce que es el único enemigo que le falta someter. Sin embargo, atacar al mensajero no ocultará los problemas reales. La épica, el relato, los enojos y los monólogos no sirven para retener, hoy, el 54% de octubre. Y, eso, es lo que le cuesta entender a la Presidente de la Nación. Los ataques, el relato e ignorar los problemas de la gente comienzan a afecten a la gobernabilidad. 
 
Sin embargo, Cristina Fernández no cambiará. Seguirá atacando, criticando, fustigando. Todo sea por polarizar en busca de un voto más.
 
 
(*) Claudio Chiaruttini. Periodista. Próximo Licenciado en Ciencias Políticas y de Gobierno - Comunicación en casos de crisis y financieras - Ex profesor universitario. Artículo publicado por Urgente 24 el 13 de Agosto de 2012.