viernes, 31 de agosto de 2012

Unos y otros

Por Vicente Massot (*)
Parte del país está dispuesto a cerrar filas con el kirchnerismo en defensa de un modelo que a la parte restante le parece detestable. No significa esto que haya una guerra civil a la vuelta de la esquina. Supone que las condiciones indispensables de la convivencia cada día se deteriorarán más y más. 
La noticia corrió como reguero de pólvora a mediados de la semana pasada. Según la misma estaba sujeto a estudio un plan destinado a avanzar sobre los countries, obligándolos a desmontar sus muros perimetrales. Ello, por razones obvias, disparó una pregunta obligada en la Capital Federal y en buena parte del país: ¿hasta dónde llegará el kirchnerismo?
Como el tema en principio pareció avalado por el titular de la cartera de Justicia, Julio Alak, y el diputado santafesino, Agustín Rossi, y había consonancia con otros que también tomaron estado público en el curso de esos días, referidos a la propiedad de la tierra y al adoctrinamiento en las escuelas públicas, las especulaciones respecto de las intenciones dirigistas del gobierno no cesaron de crecer.

Si la presidente quisiera malquistarse de manera gratuita con segmentos enteros de la población, seguramente pensaría en implementar medidas de corte discrecional semejantes a las enunciadas más arriba. Una administración, en cambio, que desease expandir su base de adhesiones, pensaría en otras políticas. ¿Por qué, entonces, Cristina Fernández se empeña en comprarse pleitos que no sólo no reditúan nada en su favor sino que suscitan, de parte de los potenciales damnificados, zozobra y rencor?

La primera respuesta viene envuelta en una duda no menor: ¿sabía la jefa de estado la existencia de estos proyectos? De creérsele a algunos miembros conspicuos del círculo áulico que la rodea, no tenía la menor idea del asunto y, ni bien se enteró, montó en cólera. Por eso, quienes inicialmente habían sumado sus voces al proyecto de los countries —Alak y Rossi— debieron desandar lo andado y negar cuanto antes habían considerado con buenos ojos. Por su parte, el devaluado Julio De Vido fue el encargado de desmentir la versión de que el oficialismo estaba considerando seriamente la posibilidad de instrumentar una reforma agraria o algo por el estilo.

La segunda respuesta tiene que ver con cuanto podría definirse como la técnica del globo de ensayo. Para explicarlo en forma sencilla: se lanza una idea al ruedo con el propósito de determinar la reacción que genera en la sociedad. Si pasase desapercibida o no fuese rechazada más de la cuenta, podría luego ponerse en práctica. Si, inversamente, hubiese en su contra una grita generalizada, moriría antes de nacer.

Por fin, no debe descartarse una tercera explicación. Qué Cristina Fernández supiese -si no con lujo de detalles, sí en términos generales- las hipótesis de trabajo que se manejaban y no hubiese puesto reparos en que se hiciesen públicas.

Está claro que las intenciones gubernamentales al respecto no representan una cuestión sin importancia. Pero, más allá de si hubo desidia, imprudencia, desconocimiento o intencionalidad, lo cierto es que el tiro le salió al kirchnerismo por la culata. Que dos ministros del Poder Ejecutivo nacional y un diputado de la importancia de Rossi hayan sido obligados a dar explicaciones como lo hicieron, significa que hubo un costo alto que pagar. De lo contrario, se hubiese dejado desvanecer el tema sin necesidad de desmentir un par de versiones en menos de setenta y dos horas.

Distinto por completo es el adoctrinamiento que Cristina Fernández -no sin énfasis- ha defendido, enarbolando el argumento de cuánto vale la presencia y el protagonismo de una juventud militante que quiere saber y desea formarse en las escuelas. Quitándole toda connotación partidista y poniendo a la cuestión al margen de cualquier fin espurio, la presidente avaló un programa que casi la totalidad de la oposición ha rechazado enfáticamente, considerándolo una intromisión desatinada del oficialismo en la educación.
Por lo tanto, hay dos versiones complicadas y conflictivas que nadie sabe a ciencia cierta si tuvieron un calado suficiente en la consideración de la Casa Rosada y un plan perfectamente orquestado dirigido a los colegios, cuya autoría el gobierno reivindica como un timbre de honor.

Como los tres tienen un común denominador en punto a la invasión de lo estatal a expensas de los derechos individuales y la educación pública, se ha generalizado en sectores extendidos de la sociedad argentina -todos ellos manifiestamente antikirchneristas- la idea de que hay un designo perverso en Cristina Fernández de cambiar las reglas de juego vigentes en nuestro país desde la sanción del texto constitucional de 1853. De ahí a suponer que se recorta en el horizonte, sin maquillajes que disfracen su propósito, un régimen chavista, existe apenas un paso.

No es ajeno a esta preocupación el hecho de que desde el oficialismo se ventilen a diario los afanes reeleccionistas de CFK -con reforma de la Constitución incluida, se entiende. Basta leer la última entrega de Carta Abierta para advertir hasta dónde ha penetrado, en la intelectualidad afín al régimen, el designio de socavar los fundamentos liberales de la Carta Magna y reemplazarlos por otros cuyo regusto populista resulta indisimulable.

Supongamos, como ejercicio analítico, que las versiones ahora desmentidas fuesen solo eso y que no haya una estrategia armada desde Balcarce 50 para reformar la Constitución sino voces de aliados del gobierno y de funcionarios que no necesariamente trasparentan las preferencias de Cristina Fernández. Aun así, el clima enrarecido que se ha instalado es una realidad. Cada vez más parecen dibujarse en el empíreo político dos países distintos, con proyectos tan contrapuestos y ánimos tan caldeados, que el grado de conflicto por venir no debería sorprender a nadie.

Al margen de cuál sea la verdad, lo que importa en estos casos es lo que piensan los antagonistas de la disputa que existe hoy entre nosotros y no tiene visos de desaparecer. Por el contrario, todo hace pensar que está destinada a escalar. Parte del país está dispuesto a cerrar filas con el kirchnerismo en defensa de un modelo que a la parte restante le parece detestable. No significa esto que haya una guerra civil a la vuelta de la esquina. Supone que las condiciones indispensables de la convivencia cada día se deteriorarán más y más. 


(*) Vicente Massot es doctor en Ciencia Política, profesor titular del doctorado en esa especialidad en la Universidad Católica Argentina y director del diario La Nueva Provincia, de Bahía Blanca. Escritor. Artículo publicado en La Prensa Popular (Director: Nicolás Márquez) el 30 de Agosto de 2012.

Fuente: http://www.laprensapopular.com.ar/6551/unos-y-otros?utm_medium=Email&utm_source=Newsmaker&utm_campaign=Newsmaker--baleado-en-nombre-de-los-derechos-humanos--30-08-2012