lunes, 24 de septiembre de 2012

Cacerolas y bombos

Por Jorge Raventos (*)
Siete días le demandó al gobierno asimilar el impacto de las cacerolas del 13 de septiembre y es posible que todavía no haya terminado de digerirlo. La reacción del oficialismo se balanceó contradictoriamente entre la necesidad de contener y estimular a su desconcertado frente interno y la esforzada (y por instantes fallida) cautela presidencial, preocupada por no provocar más reacciones.


La inusual circunspección del vértice gubernamental no sólo se manifestó en una semana de abstinencia de cadenas de teledifusión y en el marginamiento momentáneo de la consigna reeleccionista, sino también en el cono de sombra que desde el poder se proyectó sobre la ajada figura del vicepresidente Amado Boudou, uno de los puntos más vulnerables del gobierno.

Disparen contra la clase media
Pese a tantas precauciones, la Presidente a veces parece irrefrenable en sus ganas de expresarse con los mismos argumentos que usan sus voceros más termocéfalos. Los anduvo orillando cuando, en medio de reflexiones sobre las clases medias, les adjudicó a estas “desprecio hacia determinados sectores sociales que no pudieron tener mejores ingresos”. No aludió explícitamente a los manifestantes del 13/S, pero indudablemente el disparo buscaba ese blanco. En el seno del poder ha prevalecido una explicación que quiere ser clasista y que atribuye las movilizaciones y la oposición al gobierno a una especie de satelismo de esas clases medias (“pequeña burguesía”) a “la oligarquía” (o “los gorilas”, o “las corporaciones). 

Los voceros de pico más caliente azotan a ese sector (al que la mayoría de ellos pertenece o, dependiendo del conjeturable ascenso económico, perteneció) y hasta lo acusan de “llevar a la plaza a sus mucamas para que golpeen las cacerolas”: señal inequívoca de que tales intérpretes atraviesan la realidad mirando por el espejo retrovisor. Esa explicación desnuda más plenamente su precariedad al no dar cuenta de la creciente resistencia que el gobierno encuentra más allá de los sectores medios, en el movimiento obrero y también las capas más vulnerables de la sociedad.

Las cifras que muestran encuestas recientes (como la que la consultora Datamática produjo inmediatamente después del cacerolazo del 13 de septiembre) indican que las opiniones negativas sobre la Presidente y sobre su pretendida re-reelección superan el 60 por ciento (en materia de imagen, la señora de Kirchner recibe 61,5 por ciento de dictámenes negativos, contra 25,9 por ciento positivos; la oposición a la reforma constitucional re-reeleccionista las opiniones contrarias llega al 66,8 por ciento). Esas proporciones indican que los rechazos atraviesan todos los sectores de la sociedad, así sea desparejamente. En fin: el 11 del mes de octubre estarán en la Plaza de Mayo trabajadores vinculados a tres centrales gremiales: la CTA de Pablo Micheli, la CGT de Hugo Moyano y la CGT Azul y Blanca que orienta Luis Barrionuevo. ¿Qué explicación clasista a la violeta imaginarán esos ideólogos retroprogresistas?

Sería un error suponer que todos los intérpretes del gobierno naufragan en interpretaciones simplificadoras. Hay observadores lúcidos que toman distancia de ellas: “Un riesgo acecha al oficialismo -escribe, por ejemplo, Mario Wainfeld en Página 12- . Es suponer que la protesta sólo aglutina a exaltados gorilas, que los hubo y se dejaron oír. También presuponer que sólo el odio mueve a los participantes, aunque unos cuantos lo destilaron en dosis pestilentes. Y, sobre todo, desdeñar todas las críticas o creer que éstas se encierran en la burbuja de la minoría que se expresó (…) La CGT de Hugo Moyano (que era oficialista cuando se cosechó el 54 por ciento de los votos) y la CTA de Pablo Micheli (opositora ha rato) unieron fuerzas para una marcha en común Es factible reprobar sus alineamientos, pero no lo sería identificar a quienes seguramente adherirán con las clases dominantes”. Las observaciones de Wainfeld demuestran que se puede simpatizar con el oficialismo sin despreciar los datos que ofrece la realidad y sin extraviarse en la retórica del disparate.

En cualquier caso, el bluff de una rápida “contramarcha” con que se entusiasmaron algunos sectores del oficialismo fue cautamente postergado por indicación de la Casa Rosada. Si se trata de discutir el poder sobre la calle, el gobierno no puede darse el lujo de un fracaso. Se esforzará en juntar todos sus porotos a fines de octubre, cuando se recuerde la muerte de Néstor Kirchner.

El debate en las redes
Del otro lado del mostrador, en las redes sociales que canalizaron las protestas del 13/S el trabajo residió en asimilar el éxito alcanzado. Al parecer también allí –un espacio amplio, plural y heterogéneo por definición- se desarrolló un debate intenso, que en última instancia podría resumirse en dos posiciones: la de quienes pugnaban por golpear sobre caliente y convocar a una nueva marcha a corto plazo (a principios de octubre) y la de quienes, razonablemente, sugerían esperar hasta que el gobierno jugara sus cartas y darse tiempo para que una segunda movilización supere notoriamente la primera (y cualquiera que el oficialismo desarrolle en el medio).

Al parecer el cambio de opiniones se zanjó en este segundo sentido: la próxima cita de las cacerolas será, según empiezan a informar las cadenas de mails, el 8 de noviembre. Será nacional, como la anterior y se propone congregar un millón de argentinos. Si el oficialismo, que ahora descansa sobre una nueva sigla militante (UYO, sin hache, pues corresponde al nombre Unidos y Organizados), hace efectiva su movilización de fin de octubre, deberá asumir como desafío no sólo la marcha opositora del 13/S, sino la que ocurrirá diez días después del homenaje a Kirchner.

La pulseada política
Como era previsible, la gran movilización inorgánica del 13 de septiembre operó como revulsivo en la política organizada. Velozmente se observaron reacciones en el sistema político que procuran leer adecuadamente el mensaje de las cacerolas. Hay una atmósfera de búsqueda de coincidencias (no necesariamente de alianzas electorales) entre las corrientes opositoras y hay comprensión de que la movilización social ha tenido la propiedad de modificar la relación de fuerzas entre el gobierno central y todos aquellos que aspiran a moverse con mayor autonomía.

Un ejemplo llamativo es el del gobernador de Santa Cruz: jaqueado por el poder central, asfixiado financieramente, boicoteado por la mayoría de la legislatura local, que responde a la Casa Rosada (vía Máximo K.), nadie apostaba un centavo a la suerte de Peralta. Este, sin embargo, resiste y además se anima a alzar la voz y a referirse ácidamente al proyecto reeleccionista (“Cuando olfateen que Cristina no puede ser reelecta, todos van a salir corriendo”, dijo). La frase es una oración fúnebre al plan político casi excluyente del entorno cristinista. Sin duda Peralta entiende que un golpe contra su gobierno, una intervención o un desplazamiento se ha vuelto más difícil para el poder central en la atmósfera creada por la protesta del jueves 13. Y eso lo fortalece relativamente.

José Manuel De la Sota, por su parte, avanza en las filas del peronismo. Ha empezado a verse con líderes de distintos distritos y el martes participará en Buenos Aires de un acto en memoria y reclamo de justicia por el asesinato de José Ignacio Rucci, que acaba de ser declarado “prescripto”. El gobernador cordobés acompañará a dirigentes sindicales opositores: Moyano, Barrionuevo y Gerónimo Venegas, el representante de los peones rurales y de las 62 Organizaciones. Son movidas que, filas adentro del peronismo, abren las puertas a transmigraciones que siempre se producen cuando una jefatura da muestra de debilidad y agotamiento.

No habría que descartar que en el próximo cacerolazo converjan lo espontáneo y lo orgánico, las redes sociales y las redes políticas. “Las cacerolas y los bombos”, como sugirió esta semana un dirigente gremial.

Si eso ocurre, siete días no alcanzarán para que el gobierno lo asimile.

(*) Jorge Raventos. Artículo publicado por Informador Público el 23 de Septiembre de 2012.