domingo, 16 de septiembre de 2012

El permanente y continuo deterioro de la investidura presidencial

Por Alfredo Raúl Weinstabl (*)
Los medios cada vez con mayor frecuencia publican notas, artículos y comentarios que destacan las permanentes trasgresiones del uso de la cadena oficial por parte de la presidente Kirchner. Y no solo eso sino también el comportamiento ante las cámaras y el público, el contenido de lo que quiere expresar  y el modo y forma del lenguaje que  utiliza en esas ocasiones.



Algunos observadores y analistas sostienen que la presidente “está más suelta”. Otros agregan que  “está más desenvuelta y descartonada” y otras consideraciones de esa índole.
Pero todos coinciden que Cristina modificó su comunicación con los ciudadanos del país. También coinciden que no es un cambio natural o espontáneo, sino que responde a una “estrategia deliberada” que algún iluminado de su entorno cercano le aconsejó y que la presidente alegremente compró sin mayores consideraciones.
Es evidente que ese asesoramiento, como muchos otros que recibe de su entorno íntimo, está absolutamente equivocado.
La cadena oficial de radio y TV no está precisamente para ello. La ley está suficientemente clara para su utilización: informar situaciones graves, excepcionales o de trascendencia institucional. Cristina está muy lejos de utilizarla para esas causas. La inauguración de un criadero de chanchos en una provincia, una instalación fabril, o una exposición industrial, no responde precisamente ni a la letra ni al espíritu de la ley.
Pero en realidad, como ya se sabe, a la presidente la ley le importa poco o nada si interfiere con sus objetivos.
Volviendo a la “estrategia deliberada” mencionada anteriormente, los objetivos de esta metodología de Cristina pueden ser clasificados en dos tipos:
· Estar permanentemente en el candelero instalando en la sociedad temas nuevos que al ser luego comentados, analizados y debatidos en los medios, tapan u ocultan los verdaderos y prioritarios problemas de la sociedad y las graves dificultadas por las cuales pasa el gobierno. No interesa en absoluto si el tema es de interés o tenga la racionalidad adecuada. Lo que interesa es que por un tiempo más o menos prolongado se mantenga en las portadas de los medios escritos o se hable de ellos en la radio y en la TV. En palabras más sintéticas, formar cortinas de humo u operaciones de distracción que pasen a segundo plano los aspectos que el gobierno quiera ocultar  o que no puede resolver.
· Utilizar la cadena oficial o sus teles o videoconferencias no solo para lo indicado en el punto anterior, sino también para hacer proselitismo partidario, justificar alguna de sus polémicas decisiones gubernamentales, fustigar a la oposición, a los medios o simplemente a aquellos que tienen un punto de vista u opinión diferente. En este último caso ese procedimiento no es nada más ni menos que un “escrache oficial” realizados a empresas o directamente a particulares. Un proceder inaceptable en la que pretende ser una democracia y menos aún cuando proviene de la más alta autoridad del país.
En síntesis mantenerse vigente en las noticias diarias. No tiene importancia si lo que comunica e informa, interesa o no interesa, si es real o ficticio, si es verdadero o falso. Pareciera que la consigna es hablar, hablar y hablar. Si a ello le sumamos la escasa, casi nula transparencia de los actos gubernamentales y la total ausencia de conferencias de prensa, inadmisible en un régimen democrático, podemos explicarnos la razón del caos que es el gobierno y el creciente hastío y malhumor social.
Sus recientes discursos en la Bolsa de Comercio y en el Día de la Industria estaban plagados de datos y cifras erróneas y otras inexactitudes que posteriormente los aludidos corrigieron adecuadamente.
Ya no caben dudas que sus asesores de imagen, como los demás si lo tuviera, no son precisamente los mejores. La están aconsejando a esta pobre y solitaria mujer, mal y erróneamente. En realidad, aunque si tuviera los mejores, haría lo que se le ocurre. Fiel a su estilo, rechazaría inclusive las recomendaciones de sus allegados y colaboradores más cercanos.
     Desde el mismo momento en que fuera proclamada candidata para la presidencia en el año 2007 en el Teatro Argentino de la ciudad de La Plata las críticas de los observadores señalaban que su cabello y sus largas prolongaciones, intentando pasar por una treintañera, hacían que se vea más como una actriz de reparto de telenovela de segunda línea que una funcionaria de alto rango, con la prestancia y dignidad que debería tener su alto cargo.

Su atuendo más de una vez, parecía más un disfraz que la vestimenta  de una alta dignataria. Recordémosla  en ocasión de su visita al Papa. Parecía Morticia escapada de la serie televisiva “Los Locos Adams”.
    A ello, cuando habla,  se suman sus mohines, modismos y tics y sus permanentes toqueteos a los micrófonos o su constante acomodamiento de su cabello, pero que no disimulan su arrogancia y soberbia insolente. Sus discursos y disertaciones llevan siempre implícito una postura de “maestra siruela”, dueña de la verdad revelada y en pose permanente de impartir clase y enseñanza sobre el tópico que ella quisiera.
Pero a medida que pasaba el tiempo sus disertaciones que tenían inicialmente una formalidad propia de un legislador del Parlamento, pasó a mutar al lenguaje de una iletrada que discutía en el patio de un conventillo o la dueña de un puesto de verduras en una feria de un barrio del conurbano ponderando sus hortalizas.
Con un lenguaje cada vez más chabacano, ordinario (ordinario como papel de cohete dirían los chicos) y vulgar, vocalizando casi groseramente y arrastrando las palabras, con chistes en doble sentido, algunos demasiado picarescos, casi groseros, otros sin gracia, con sarcasmos, casi coloquial, con diálogos con el auditorio, tuteando sin mantener la distancia con sus ministros y colaboradores, recuerdos, anécdotas y experiencias personales, sonrisas sobradoras, etc.
Casi una actriz de reparto de espectáculos teleteatro, por supuesto de tercera o cuarta línea. Pero muy, muy lejos, de lo que se supone debe ser una presidente de una Nación.

Para sus actuaciones también utiliza diferentes papeles. La viuda eterna, vestida de riguroso negro como un cuervo, la sensiblera dolida viuda lloriqueando mientras recuerda al “padre de la Patria”, su difunto esposo, la enferma terminal, la actuación populista y tecnocrática (esta última es en general muy imprecisa con gruesos errores y en ocasiones inentendible) en la que dicta clases de economía y política y crítica duramente a los países centrales (no lo hace en cambio en cambio, ni a Venezuela, Cuba y Angola entre otros), la historiadora con su propia relato e interpretación de la Historia con una increíble óptica y visión de nuestro pasado o la alegre bailantera que sigue cualquier ritmo que escucha.
Muchas veces crispada, enojada, casi histérica. (¿Será su ya largo período de continencia sexual?) Y para colmo además de la patología psíquica.(este tema ya fue tratado extensamente por los medios en varias oportunidades) ahora tendría otra más debido al intenso stress que soporta.
Esta mujer, esta pobre, solitaria y estresada mujer, teóricamente está llevando las riendas del gobierno. En realidad por sus condiciones y su evidente ineptitud, nos está llevando de cabeza al precipicio. Personalmente como buen cristiano me da profunda pena.
Pero independientemente  cómo ciudadano argentino, mucho más me preocupa el continuo y permanente deterioro de la investidura presidencial. El cargo de Presidente es una de las principales instituciones de nuestro sistema republicano. Cristina lo está bastardeando constantemente con su comportamiento, conducta y con solo abrir su boca.
¿Se darán cuenta sus asesores que cuando habla por la cadena millones de argentinos cambian automáticamente de canal? ¿Es tan difícil darse cuenta del motivo?
Cristina Kirchner es una presidente que avergüenza a los argentinos.
                                                                                                         
14 de Septiembre de 2012                                             
  
(*) Dr. Alfredo Raúl Weinstabl. Doctor en Ciencias Políticas.  

Fuente: Comunicación personal del autor