domingo, 9 de septiembre de 2012

La libertad se conculca en cómodas cuotas

Por Jorge Héctor Santos (*)
Los sueños de los padres es que sus hijos sean se orgullo. El contexto para que esto ocurra a veces, en ciertos países eso se va convirtiendo en una utopía. Los regímenes que limitan libertades del pueblo que gobiernan lo hacen de a poco pero mucho más rápido que lo que la gente toma conciencia. 
 El ser humano le tiene miedo a los miedos.
 
Desde que nace debe irremediablemente sortearlos, uno tras otro, porque de eso se trata en gran parte la vida.
 
De ese saltar barreras o subir escalones que producen vértigo está compuesta la fórmula del crecimiento personal; del hacerse de los recursos para poder competir en la ligas más complejas, de poder desarrollarse.
 
Algunos de los condicionantes que juegan a favor o en contra para acometer esos desafíos están dados por el entorno familiar y por la sociedad en que se desenvuelve.
 
Otro elemento nuevo que se incorporó a este proceso evolutivo es la llamada globalización; ayudada en gran forma por la tecnología, la que achicó las distancias de la información y por ende hizo “redujo” el tamaño del propio mundo.
 
Es frecuente ver como los más jóvenes emigran para trabajar en lugares muy distantes al país en que nacieron.
 
Los ciclos de adaptación de estos nuevos “ciudadanos del mundo” son breves.
 
La idea de patria para ellos cambió. Ahora su patria es donde se sienten bien y donde pueden básicamente poner en juego sus conocimientos, ampliarlos y generar ingresos que le permitan mejorar su subsistencia.
 
Educación, talento, orden, disciplina, manejo de idiomas son algunos de los requerimientos indispensables para este ejército de trabajadores itinerantes.
 
Ese planeta que los llama les solicita cada vez mayor preparación.
 
Su bandera lejos de aquella a la que le cantaba de niño, pasó a ser su propia vida.
 
Como uno de los limitantes a esta posibilidad de avance individual, se mencionaba más arriba, a la comunidad en que el sujeto dio sus primeros largos pasos.
 
Si el país donde se nace está empequeñecido en las ocasiones que le puede brindar a sus habitantes para alcanzar excelencia educativa y formación con valores; las chances para progresar se ven muy disminuidas; en especial para aquellos que conforman las clases medias y sobre todo las más bajas.
 
Cuanto más atrasada esté una nación menos probabilidades evolutivas tendrán los hijos de la misma.
 
Mucho más si esto sucede, como normalmente ocurre, en repúblicas que reuniendo estas características es común que se hagan del poder personajes que pretenden eternizarse en él; con lo cual, cuanto menos formado esté el pueblo, más terreno fértil habrá para que estos acepten condiciones indignas que terminan transformándolos en “clientelistas” a cambio del “voto dádiva”.
 
Las particularidades de países cuasi sometidos al designio de una persona toda poderosa tiran para abajo al conjunto.
 
Quien pretende destacarse en un contexto así  le supone mucho más esfuerzo  que aquel otro que vive en una organización respetuosa de los principios democráticos como pilares insustituibles de su estructura colectiva.
 
En esos territorios con gobiernos totalitarios se produce inexorablemente el cercenamiento de las libertades; que siempre va de menor a mayor.
 
Ese miedo humano, al que se aludía inicialmente, hace que la gente que va viendo que se limitan sus derechos estipulados en la Constitución y en las leyes, descrea que eso, finalmente, le vaya a pasar. Siempre se aspira a que una solución mágica aparezca y borre el problema y por ende haga desaparecer el temor que alberga.
 
El tiránico no anoticia: “voy por vos”, va.
 
Por eso es que el humano es propenso a pensar que “van por otro”, no por él. Así es como, lentamente, lo van cercando.
 
Hasta que un día se da cuenta que para viajar tiene que decir dónde va, por qué va, en qué gasta su dinero.
 
Otro día se entera que esa radio, canal de TV o diario independiente que acostumbraba a elegir para informarse fue clausurado, desapareció.
 
Mientras tanto, ya se fue acostumbrando a sufrir una enorme inflación que licúa sus ahorros; a soportar una inseguridad que lo angustia; a admitir una impunidad que protege a quienes gobiernan de actos de corrupción que desgastan sus ansias de una existencia honorable.
 
Hasta que llega ese momento de darse cuenta que no iban a venir a venir por él; que ya vinieron y lo seguirán haciendo.
 
Mira a los costados y toma conciencia que no puede ya confiar en nadie. El portero o el vecino o el cartonero trabajan como delatores.
 
¿Cómo protegerse?, se dice.
 
La solución más a mano y que tranquiliza su susto es armar su propio relato…”vivo en democracia, hay libertad”… Antes le mentían, ahora se miente.
 
¿Cómo me pasó esto?, se pregunta.
 
“Yo esperaba que los políticos de la oposición hicieran algo”…, dice.
 
Busca sacarse culpa de encima.
 
No tiene posibilidades de emigrar.
 
Sus hijos que soñaba se convirtieran en “ciudadanos del mundo”; apenas ahora son alcahuetes del régimen, para tener un mínimo ingreso.
 
¿Por qué me consolé; por qué no hice nada antes que me pasara todo esto?, repite.
 
El silencio que lo rodea es la única respuesta que obtiene.  


(*) Jorge Héctor Santos. Contador Público, Asesor en medios de comunicación y periodista. Artículo publicado en Urgente 24 el 9 de Septiembre de 2012.

Fuente: http://www.urgente24.com/204395-la-libertad-se-conculca-en-comodas-cuotas?pagination=show