lunes, 17 de septiembre de 2012

Necesario análisis sobre la manifestación del 13 de septiembre

Por Agustín Laje (*)
Cientos de miles de personas hicieron sentir su voz el pasado jueves 13 de septiembre en numerosas ciudades y pueblos de Argentina. Pocos esperaban, en verdad, tamaña convocatoria autoconvocada desde las redes sociales, cuya resonancia llegó incluso a llamar la atención internacional.

Fue, en ese sentido, una demostración evidente del gran poder de la comunicación por Internet: un poder impersonal capaz de organizar masas desprovistas de líderes ni estructuras.

Pasado algunos días y, por tanto, atenuada la euforia propia de fenómenos de esta naturaleza, es dable efectuar un análisis sobre lo ocurrido.

Mensajes no recibidos
Las consignas que llevaron los manifestantes fueron numerosas y variadas. Inseguridad, corrupción, inflación, autoritarismo, opresión, sólo por mencionar algunas de manera genérica.

“Acá no veo un qué quiero” esgrimió, no obstante, el jefe de Gabinete Juan Manuel Abal Medina. “No escuché cuáles son los planteos que están haciendo” dijo, en idéntico sentido, el senador Aníbal Fernández. La maniobra resulta clara: de lo que se trata es de cerrar los ojos y tapar los oídos frente a una pluralidad de reclamos que, si no estaban articulados de manera prolija en una suerte de mensaje unívoco, eso tuvo estrecha relación con las características del evento mismo; un evento, como se dijo, organizado sin organizaciones, conducido sin conductores, convocado sin sellos convocantes.

Estas condiciones configuraron un espacio público en el que cada quien tenía, al menos por algunas horas, la posibilidad de expresarse horizontalmente. Su voz y su reclamo no estaban atados, como suele ser siempre, a la retórica de algún cacique aglutinador. Por el contrario, cada voz encontraba en este espacio la misma legitimidad que la del vecino más inmediato: no había consignas preestablecidas, sino que cada quien iba movilizado por aquello que más lo indignaba. ¿Qué más democrático que esto que paradójicamente se lo denomina “golpista” y “destituyente”?

Cientos de miles de personas, empero, no lograron hacer llegar los mensajes con éxito. Como suele ocurrir en el correo electrónico, el mensaje fue enviado, pero ingresó en la carpeta de “correo no deseado”. ¿Qué otra cosa era de esperar de un gobierno que aborrece el diálogo, detesta el debate, abomina de la crítica y de democrático sólo tiene los votos?

Llamada de atención a la oposición
Para continuar con la metáfora del correo electrónico, el mensaje del 13 de septiembre tuvo un destinatario con Copia Carbónica (CC): la oposición.

En efecto, tamaña movilización autoconvocada evidencia que existe un profundo y masivo descontento ciudadano contra el kirchnerismo que no logra ser canalizado a través de las organizaciones que deberían encausar las disidencias al oficialismo: los partidos políticos opositores.

La cuestión del por qué presenta una complejidad cuyo tratamiento excede los objetivos de este artículo, no obstante lo cual, intuyo que la razón pasa por el hecho de que ningún partido opositor haya logrado confeccionar un discurso sustantivamente distinto en términos ideológicos al discurso hegemónico kirchnerista.

Paradójico odio de clases
La descalificación de la manifestación que elaboró el kirchnerismo, como era de esperar, fue en verdad la descalificación de los manifestantes. Así pues, en lugar de rebatir los reclamos, se criticaron las vestimentas, y en lugar de refutar las consignas, se objetaron los barrios de los que provenían los autoconvocados.

Hebe de Bonafini admitió que a las Madres “nos dan asco los que marcharon”; Abal Medina sostuvo que los que se manifestaron “les importa lo que pasa en Miami”; Luis D´Elía se refirió a los caceroleros como “los ricos de Santa Fe y Callao”; Estela de Carlotto aseveró que la marcha estaba integrada por “gente bien vestida” (aunque ella nunca haya sido vista de harapos en los actos kirchneristas).

Son sin dudas críticas burdas y reduccionistas pero altamente efectistas, que remiten a un odio de clases que evidencia una gran paradoja a considerar: aquellos que cuestionan a las clases medias que se manifestaron disfrutan del confort económico propio de las clases altas gracias a su acomodo en el poder político.

Lo que subyace a este tipo de cuestionamientos clasistas es claro: sólo a determinados sectores sociales les sería legítimo manifestarse. Ese es el fundamento escondido. Nada más contrario a los valores que debería resguardar una verdadera democracia.

Los concurrentes a la marcha del 13 de septiembre no eran pobres, es cierto; eran en su mayoría gente proveniente de la clase media que sostiene, con su sudor y su trabajo, todo el descomunal peso del sistema asistencialista confeccionado por quienes se dan el lujo de desmerecerla.

Diferencias con 2001 y 2008
Algunas críticas provenientes de sectores kirchenristas, por otra parte, se concentraron en afirmar que “el verdadero cacerolazo fue el de 2001”. Al margen de que es notablemente ridículo pensar que hay un “verdadero” cacerolazo y uno “falso” (¿según quién y según qué criterio?), vale aclarar que lo ocurrido en 2012 es significativamente diferente de lo ocurrido en 2001 y, por tanto, no son fenómenos comparables.

El motivo específico del 2001 estuvo vinculado a lo económico y se denunciaba un vacío de poder, un “nadie gobierna”. La pluralidad de motivos del 2012 se inscribe sobre todo en un plano moral y lo que se denuncia es un exceso de poder, un rechazo al autoritarismo creciente. Donde antes era la ausencia, hoy es el abuso.

Lo del 13 de septiembre tampoco es muy similar a las masivas manifestaciones contra el gobierno que se dieron en 2008 a causa de la 125. En efecto, por entonces había un sector en particular perjudicado económicamente (el campo) que encontró solidaridad en distintos sectores sociales llevando adelante un reclamo articulado por organizaciones formales (las sociedades rurales). La situación de 2012 es distinta por cuanto presenta una multiplicidad de actores afectados en diversos sentidos, no sólo económicos sino que principalmente morales, sin que medie la presencia de ninguna organización formal articuladora de demandas.

Crispación social
Si algo dejó en claro la manifestación del 13 de septiembre, es que la Argentina está socialmente dividida y que las grietas se seguirán abriendo gradualmente. El periodista ultrakirchnerista Eduardo Aliverti lo sostuvo con claridad: “Quiero tener con quienes fueron al cacerolazo una profunda división. Quiero a esa gente cada vez más lejos”.

En este orden de cosas, el próximo 27 de octubre se viene la “contramarcha” que hará el kirchnerismo, aprovechando el aniversario de la muerte de Néstor Kirchner. En ella intentarán demostrar que tienen mayor poder de convocatoria (como si ello anulase la importancia de la autoconvocada marcha ciudadana), haciendo uso de los siempre disponibles recursos del Estado, por supuesto.

Estimo que sería un grave error, como producto del entusiasmo entendible que genera un fenómeno como el analizado, pretender repetirlo todas las semanas convocando a un “cacerolazo semanal”. Fijar periodicidad y frecuencia es atentar contra la misma naturaleza espontánea del fenómeno en cuestión y por tal motivo no funcionará.

Finalmente, creo que el masivo cacerolazo terminó de sacar a la superficie y de hacer evidente un clima de crispación social cada vez más asfixiante, que entraña un profundo conflicto político que recién comienza para amplios sectores de la sociedad civil que, a falta de partidos opositores eficientes y representativos, ha decidido ingresar al campo de batalla por sí misma.


(*) Agustín Laje, es autor del libro “Los mitos setentistas”. Artículo publicado por La Prensa Popular el 17 de Septiembre de 2012 en su Edición Nº 141 www.agustinlaje.com.ar@agustinlajeagustin_laje@hotmail.com

Fuente: http://www.laprensapopular.com.ar/6796/necesario-analisis-sobre-la-manifestacion-del-13-de-septiembre