lunes, 24 de septiembre de 2012

Retrocesos tácticos en medio de la interna

Por Joaquín Morales Solá (*)
Halcones contra palomas. Agravios en las palabras y moderación en los actos. Todo coexiste en el interior de un gobierno aparentemente homogéneo. Sin embargo, el kirchnerismo no ha procesado definitivamente la novedad de las cacerolas como un nuevo e inesperado protagonista político. Las ideas que circulan en la nomenclatura son a veces contradictorias y, otras, muy distintas. Es una pelea de todos contra todos, explicó una fuente segura del oficialismo. La propia Presidenta oscila entre discursos más amables (ya sin la cadena nacional) y frases que revelan un fastidio íntimo y profundo contra algunos sectores sociales.

El kirchnerismo no sabe moverse sin la certeza de la hegemonía. Aquel viejo concepto imperial de la política chocó de frente con su refutación cuando algunos kirchneristas quisieron convocar a una inmediata contramarcha. El entusiasmo de contrastar en las calles a oficialistas contra opositores surgió del núcleo duro del cristinismo y de sus jóvenes jacobinos.
Varios intendentes del conurbano dieron un prudente consejo: es mejor no hacer nada, dijeron. Argumentaron con sus razones: nunca una marcha cristinista reuniría la misma cantidad de gente que convocaron los cacerolazos; la multitud de colectivos para el traslado de manifestantes oficialistas contrastaría seriamente con la espontaneidad de los opositores, y ellos mismos, los intendentes, deben precaverse ante futuros cacerolazos.
Temen ser el destino de nuevas manifestaciones. De hecho, hubo cacerolazos en varias ciudades del conurbano en la noche del jueves 13, aunque en el cinturón bonaerense se congregó un número pequeño de personas en todos los casos. La llama piloto quedó encendida, se alarmó uno de los poderosos caudillos de Buenos Aires. Los caceroleros del conurbano protestaron contra la Presidenta y su gobierno, no contra las administraciones municipales. Un exceso de cristinismo podría colocarlos a ellos en el centro de la bronca social. Los intendentes suelen curar esas heridas suturando y vendando, nunca confrontando.
La exploración dentro de los gremios amigos le trajo al kirchnerismo la misma conclusión. Ninguno quería ir más allá de la prudencia. Perón nos enseñó a terminar con la lucha de clases. Esta no es nuestra bandera, señaló, malévolo, uno de los dirigentes sindicales del antimoyanismo. Los empujó, en verdad, el pragmatismo más que la doctrina. Antonio Caló, el más notorio de los antimoyanistas, aunque no el más decidido, acaba de tener un serio revés electoral. A pesar de que fue reelecto como jefe nacional de la UOM, su candidato perdió las elecciones del gremio en Córdoba, una de las tres provincias con más afiliados metalúrgicos. Buenos Aires y Santa Fe son las otras dos provincias con fuertes filiales de la UOM. Dirigentes sindicales de Córdoba aseguran que el ahijado de Caló cayó empujado por las cercanías cristinistas de su padrino nacional.
Había que retroceder. ¿Para qué serviría un acto kirchnerista con la renuencia previa de los barones del conurbano y de los sindicatos? ¿Los grandes espectáculos populares del oficialismo no se hicieron siempre, acaso, con la activa participación de gremios y de aparatos políticos? Era sólo el principio del retroceso. La retirada más espectacular fue la de la provocadora propuesta de re-reelección de la Presidenta. Aníbal Fernández suele cargar de pólvora su arma verbal para terminar deslizando algunas verdades, escondidas entre la balacera. No hay proyecto ni votos para la reforma de la Constitución, aseguró el jueves, después de ningunear a los caceroleros. Fue la notificación más clara de que ese proyecto se metió en algún cajón cercano, fácil de acceder en cualquier momento más oportuno que éste.
Otro senador kirchnerista, Miguel Pichetto, jefe del bloque, fue el más razonable cuando explicó por qué no debía hacerse una contramarcha. No es conveniente. Siempre hay sectores que no concuerdan con un gobierno, apuntó. Le hablaba a la disputa interna más que a la opinión pública. Es que a algunos hay que explicarles cómo funciona la democracia, interpretó un peronista cercano al Gobierno. Luego, la posición de Pichetto resultó perdedora dentro del bloque que él mismo comanda; Pichetto proponía que el voto de los jóvenes de 16 años fuera obligatorio. El kirchnerismo más cerril quería que ese sufragio fuera optativo, porque supone que irán a votar sólo los jóvenes movilizados por la enorme estructura del Estado. Ganó el voto optativo y perdió el mandato constitucional.
La Constitución dice (artículo 37) que "el sufragio es universal, igual, secreto y obligatorio". ¿Por qué algunos argentinos podrían desobedecer a la Constitución? ¿Amañar una elección vale más, acaso, que cumplir con el precepto constitucional? ¿Vale más también que profundizar la notoria crisis de la escuela secundaria? Más de 800 mil argentinos abandonan el secundario antes de terminarlo, según reconoció en el Senado el ministro de Educación, Alberto Sileoni. Y ahora nosotros nos vamos a meter ahí para hacer campaña electoral, se lamentó un dirigente opositor.
Otro retroceso importante se dio, casi imperceptible, en Mendoza. El gobernador cristinista Francisco Pérez ("Paco", como lo llama en público la Presidenta) presionaba para reformar la Constitución mendocina, una de las más sabias del país. En Mendoza no hay reelección consecutiva, ningún familiar directo del gobernador saliente puede aspirar a sucederlo y el gobernador no puede ser senador nacional inmediatamente después de su mandato. En Mendoza hubo un enorme cacerolazo. El número de gente que se manifestó fue sólo comparable a los cierres de campaña de 1983. Algunos caceroleros protestaron contra el gobernador.
En el acto y públicamente, el gobernador enterró su presión por la reforma constitucional. Era una presión más que un proyecto serio, porque en esa provincia hay un radicalismo en condiciones de trabar el cambio constitucional. De todos modos, una noche de cacerolazos consiguió en Mendoza lo mismo que una consulta popular en Misiones, cuando un gobernador, el también kirchnerista Carlos Rovira, perdió hace casi seis años la posibilidad de reformar la Constitución. El kirchnerismo tomó nota de lo que sucedió en Mendoza. El "caso Pérez", como lo citan, abundó en las controversias del kirchnerismo nacional.
Ricardo Echegaray echó a una directora zonal de la AFIP porque mandó a los countries del Gran Buenos Aires un documento con preguntas que metían miedo por el grado de intromisión del Estado en la intimidad de las personas. Echegaray echa a cualquiera antes de que lo echen a él. Personal de la AFIP aseguró que esa directora no hubiera tomado jamás tal decisión sin la aprobación expresa del jefe del organismo. O pecó, en todo caso, por haberse dejado llevar por el clima de la época. ¿Qué diferencia hay entre esas intromisiones y las que ejecuta Echegaray para autorizar la venta de dólares a los que viajan al exterior?
La orden presidencial que recibió el jefe de la AFIP fue clara: se sigue con lo que se hacía, pero no se deben agregar nuevas agresiones a los sectores medios de la sociedad. La única excepción fue Guillermo Moreno, que sigue ejerciendo el despotismo con la perfección de un artista. Nadie sabe lo que Cristina Kirchner ha perdido por el capricho de conservar al más impopular de los funcionarios de su administración.
La propia presidenta retrocedió. Anunció modificaciones a la ley de riesgos de trabajo que ella misma propuso hace tres años. Cambió las retenciones a las exportaciones de biodiésel que su zar de la economía, Axel Kicillof, había fijado hacía pocas semanas. Los anuncios parecieron cambios profundos de viejas y ajenas decisiones. Eran todas decisiones suyas. Las retiradas fueron atropelladas, casi sin vocación ni ganas. Las palabras la traicionaron a la Presidenta, aunque tal vez necesitaba confirmar ante la militancia la línea política seguida por sus funcionarios. También ella fustigó verbalmente a los sectores medios. Se puede entregar cualquier cosa, menos el capital político e intelectual del kirchnerismo. Esa dirección la estableció ella misma: hay que retroceder disimuladamente con los actos, pero se debe avanzar con palabras de diatribas, de fracturas y de combates.
(*) Joaquín Morales Solá. Periodista, escritor y analista político. Artículo publicado en La Nación el 23 de Septiembre de 2012.