viernes, 14 de septiembre de 2012

Tomarse en serio las cosas

Por Luis Tonelli (*)
El desarrollo se alcanza con un gobierno que busque superar la crisis, logre incluir cada día más excluidos y vaya reparando el dañado tejido social (tal la intención manifiesta del primer gobierno de Néstor Kirchner) y no con un gobierno retórico-revolucionario que busca generar una crisis permanente en donde se diferencien dos bandos: los que están con el pasado, con el odiado establishment, y los que están con lo supuestamente Nuevo.
 
La discusión retorna anacrónica. Rancia. Muy rancia. Se vuelve a desenterrar la disputa entre democracia formal y democracia real. Y no solo en la boca de imberbes que (solo) gritan consignas con música de cantitos de cancha y que les vendría bien que comenzaran a leer. Sino también de personas con algún título habilitante en ciencias sociales colgado en la pared.

Disputa pre-dictadura, cuando desde las  “formaciones especiales” se tramaba la estrategia de provocación violenta para que “el fascismo mostrará su verdadero rostro represivo y se sacara la máscara democrática”.

Resulta ahora que son las reglas de convivencia políticas, constitucionales, electorales y de gobierno las que impiden disminuir la pobreza extrema, la inseguridad, y el deterioro de la productividad que asuelan a la Argentina.

Los que reclaman un “republicanismo formal y vacío” serían los retrógrados que buscan bloquear aquellas reformas que abrirían el cauce a la tan postergada “noble igualdad”. Son ellos, los que habrían entonces desfigurado el intenso crecimiento de todos estos años, redirigiéndolo hacia las capas más altas de la sociedad (justo las enemigas del “proyecto nacional”) y no hacia quienes más lo necesitan.

Aquí hay dos cosas para resaltar: las reglas de convivencia que regulan el juego político son las que permiten, al institucionalizar el conflicto, evitar la guerra de todos contra todos, tal como muchas veces en la historia argentina la hemos experimentado. Atacar la “democracia formal” es abrir directamente la caja de Pandora de las hostilidades bélicas.

 
La segunda cuestión tiene que ver con que incluso estos arrebatos revolucionarios no plantean salirse del sistema capitalista sino, por lo que se lee y se escucha, pretenden avanzar hacia un capitalismo de Estado a imitación del socialismo bolivariano chavista. Pero eso sería echar atrás la rueda del desarrollo argentino y no ir hacia adelante.

Obviamente, el capitalismo necesita de regulación porque si se los deja solos, los capitalistas destruyen el capitalismo (como queda nuevamente claro después de lo sucedido el mundo  desde 2008). Pero las sociedades modernas son máquinas desbocadas de consumo, y llega el momento que los capitales propios no alcanzan para abastecerla (aun siendo bendecidos por el comercio internacional).
 
Se necesitan grandes inversiones (especialmente repatriar el capital fugado durante todos estos años),  que no pueden ser atraídas si no se recrea un ambiente favorable a los negocios, sin dejar, obviamente, de lado ninguno de los objetivos redistribucionistas.  Hoy el problema del desarrollo en Argentina pasa más por ineficiencias en la gestión estatal de lo social que por ausencia del crecimiento.

El desarrollo se alcanza con un gobierno que busca superar la crisis, logra incluir cada día más excluidos y va reparando el dañado tejido social (tal la intención manifiesta del primer gobierno de Néstor Kirchner) y no con un gobierno retórico-revolucionario que busca generar una crisis permanente en donde se diferencien dos bandos: los que están con el pasado, con el odiado establishment, y los que están con lo supuestamente Nuevo.

Claro, que quienes se entusiasman con el colorido de la revolución bolivariana que protagoniza Hugo Chavez por sus logros sociales deben admitir que incluso a pesar de tener el control de la gran fuente de riqueza de su país, el petróleo, (como Putín en Rusia) no ha logrado sin embargo, cambiar la tozuda fisonomía de ricos y pobres de Venezuela, que supo ser en algún momento una de las sociedades más igualitarias de Latinoamérica (salvo el haber logrado que miembros prominentes de su fuerza política adquirieran gustos y poder de compra del establishment venezolano).
 
En la Argentina, en cambio, el petróleo ya no alcanza para el consumo propio y la gran fuente de riqueza, el campo, se encuentra en manos privadas. O sea, a diferencia de los bolivarianos venezolanos, que tomando el Estado dominaron la economía y controlan a duras penas la sociedad pero se han asegurado el dominio político por años,  en la Argentina, no alcanzaría con tomar el Estado para replicar esa experiencia, sino que es necesario “tomar la sociedad” para así lograr cambiar las reglas constitucionales y expropiar.

Un dislate imposible para llegar a resultados sociales, políticos y económicos peores que los que exhibimos hoy, que podrían mejorar fácilmente si el Gobierno dejara de lado la opinión de los ignorantes y los voraces. Urge abandonar esa jarana típica de una estudiantina en viaje a Bariloche, y pasar a tomarse en serio tanto el funcionamiento complejo de la democracia como el del capitalismo.
(*) Luis Tonelli. Artículo publicado en 7 Miradas el 12 de Septiembre de 2012, en el News Nº 67 (Editor: Luis Pico Estrada)