sábado, 8 de septiembre de 2012

Una botella lanzada al mar

Por María celsa Rodríguez (*)
Días pasados alguien me dijo con algo de enojo para que perdía el tiempo escribiendo artículos si al final de cuentas, no sirven de nada. Ellos siguen haciendo lo que quieren y los problemas continúan multiplicándose.

Parece que estos cuestionamientos son contagiosos, ya que a un bloguero español le dijeron lo mismo y el contestó "escribo para no gritar por las calles".

Es que el pensamiento no se pueden encerrar en cárceles, las opiniones no se pueden enmudecer, las palabras no la podemos dejar escondidas en las habitaciones del silencio y del miedo.


Sabemos que nuestras palabras son como botellas con mensajes lanzadas al mar y recogidas por navegantes virtuales que desde lugares que no conocemos abren la botella desde una bitácora y encienden ante sus ojos los centellantes renglones que desglosa una reflexión.

Si bien parece que algunos prefieren vivir  tapando la realidad  y   guardando silencio.
No intentan gritar, ni rebelarse. Aceptan que el mensaje que recibimos  esté tergiversado,  y que todo se encamine olvidados del sentido común. Tal vez sea por miedo, o tal vez porque esclavizado tras el clientelismo mendigante mantienen la boca cerrada y la mirada esmerilada. Presentando una posición molesta frente a aquellos que cuestionamos lo que pasa y no aceptamos  tanta corrupción e impunidad, tanta mentira desbocada.

A pesar que mirar para otro lado  y  seguir  parpadeando tras los ventanales oscurecidos que reflejan  la mugre de nuestro presente, ya es parte del paisaje cotidiano. Nos seguimos empantanando, hundiéndonos en las arenas movedizas de  nefastos artilugios

Estamos desbordados de engaños.  La política usa mecanismos sucios y arma una trama que comprende el delito organizado burocráticamente. Negociados  estructurados con la ayuda de los organismos públicos que evitan  los controles obligados, en beneficio de amigos y favorecedores que terminan luego protegidos  por la impunidad.

Si se pidiera a cada funcionario una declaración jurada de honestidad, habría un gran problema para cada uno de ellos, ya que no sabrían que declarar

Los casos  de corrupción recordados y tantos olvidados , como de Jaime, Schoklender y Sueños Compartidos, Skanska, IBM-Banco Nación y ahora Ciccone determinan un circulo vicioso de perfecta ingeniería donde se cruzan todos tratando de esconder pruebas, desviar información o dejar tras una nebulosa de posibilidades y supuestos, que mantiene  todo colgado en un tendedero de impunidades, en perfecto orden para ser premiados con la prescripción de la causa o el sobreseimiento.

Vivir en un Estado que no ve con malos ojos  la corrupción y que tampoco hace nada  por cambiar eso, va camino a ser destruída   internamente,  quebradose institucionalmente.
Sin que nos diéramos cuenta, han construído barreras mentales alrededor de un relato finamente bien fundamentado y editado a su antojo, que fue aceptado por todos con aplausos, pero que a la larga  se está tornando peligroso para todos.

No se porque ha pasado esto, quizás porque nos gusta seguir  mirando  desde cristales manchados de mugre.


Se ha naturalizado lo malo, al punto tal que hay una aceptación generalizada que todo esto es normal. Y que hay que callarse, mirar para otro lado y seguir divirtiéndonos con el circo.  Y lo anormal es ser honesto, lo anormal es ser justo, lo anormal  es hablar, quejarse, opinar y  denunciar.


Vivimos en una sociedad invertebrada de valores y principios, donde se pretende preservar con esmero  la  marginalidad de criterios  que se ha adueñado de toda nuestra integridad.
Si bien nuestra crisis tiene otra estructura y es de carácter  social, que se ha transferido a lo político. Pero es entendible. Los políticos surgen del núcleo de la sociedad. Y nuestra sociedad tiene una carencia  de orientación. No sabemos  hacia donde queremos ir y en que clase de sociedad queremos vivir. Hemos perdido el  rumbo  como así también qué valores usar para retomarlo.


Las causas, efectos y reacción ante esta crisis, no deja espacio para sondear desde el corazón mismo del poder como abarajar una solución, quizás porque ya todo es parte del paisaje ennegrecido del presente.

A lo largo del tiempo y de las circunstancias las  sociedades sufren mutaciones donde reunen lo antiguo con  lo  moderno  en ese largo  proceso de transformaciones.  Y siempre los cambios van en la búsqueda  de un  propósito de mejorarla. Aunque nosotros en este aspecto estamos retrocediendo. Estamos cayendo en un progresivo estado caótico dejando que las fuerzas destructoras sigan diseccionando las células de nuestra sociedad,  hasta transitar cabizbajo en la decadencia en la que estamos inmersos. Quizás con la reforma al Código Civil  terminen por destruir lo más importante que tiene un ser humano que es la familia. Porque las modificaciones traerá aparejado la formación de un concepto distinto al que teníamos de matrimonio y de familia.

Asimismo el crecimiento de la violencia, la inmoralidad política, la inseguridad, la impunidad, y el descontrol reflejan que conducimos nuestros pasos hacia un futuro imprevisible.
Nos han vendido que todo es parte de un modelo  que aún falta por ser profundizado. Por eso buscan la re-reelección.


Pero la pregunta es ¿cual modelo? ¿Este modelo popular y nacional que ya resulta imposible de sostener? ¿El de sumar  más poder? ¿El de aumentar la desocupación? ¿El del crecimiento de la pobreza? ¿Para que haya mas pacodebilitamiento de las instituciones?
¿El modelo de intervenir y expropiar empresas privadas por necesidad y urgencia sin orden judicial, pasando por arriba de la propia  Constitución?

Ella dijo  "Amo construir, debo ser la reencarnación de un gran arquitecto egipcio"  Y debe ser verdad, ha construído un gran patrimonio.

Perpetuar a Cristina a través de una reforma constitucional es ponerse de espalda a una realidad que  empieza a ocasionar urticaria a la razón.

Carecen de las condiciones éticas y morales  para sentirse en condiciones de levantar la antorcha de un tercer mandato.

 Transitan el segundo sobre un camino lleno de baches, donde tropiezan a cada rato con su misma ineficiencia para resolver los problemas que gravitan sobre ellos pero que repercuten sobre nosotros.


(*) María Celsa Rodríguez. Periodista y analista política.
www.chacorealidades.blogspot.com 

Fuente: Comunicación personal de la autora