lunes, 29 de octubre de 2012

Algunos indicadores de fraude electoral

Por Gabriel Boragina (*)
El axioma básico de la acción humana -conforme a la praxeología de Ludwig von Mises- es que los seres humanos siempre pretendemos pasar de un estado de menor satisfacción a otro de satisfacción mayor. En todas nuestras elecciones procedemos siempre de la misma manera. Otro axioma básico de la acción, nos enseña que las necesidades humanas -en todo momento y lugar- siempre serán mayores a los recursos disponibles y necesarios para cubrirlas.

Nuestras necesidades políticas -y las acciones que emprendemos dentro de su órbita- se insertan, desde luego, en este marco en el que se encuadran todas las acciones y decisiones humanas.

Difícilmente -por no decir imposiblemente- nuestros semejantes podrán compensar nuestras insuficiencias, ni en todo ni en parte. Si consideramos a los políticos como destinados a satisfacer pretensiones políticas, ellos siempre serán insuficientes tanto en cantidad como en calidad para colmar a sus votantes. El electorado naturalmente exigirá la renovación constante de los cuadros políticos, a fin de que los requerimientos de la comunidad se cumplan más y mejor que el día anterior a la elección. No necesariamente significa que el político en ejercicio haya efectuado "mal" las cosas durante su gestión, sino que simplemente constata el hecho de que el público elector siempre estará insatisfecho por lo que se haya actuado, independientemente de que se lo califique como malo o bueno. La acción humana siempre nos impulsa a buscar lo superior, o lo que al momento, creemos que es lo excelente (aunque luego comprobemos que no lo fue). De allí que, sea extremadamente dudoso que un mismo candidato/a sea reelegido por más de una vez, o siquiera una vez más, salvo -por supuesto- que haya mediado algún artilugio fraudulento en la votación, lo que -en los tiempos políticos que corren- en modo alguno es de descartar.

Ya hemos hablado del carácter inconstante y mudadizo de la naturaleza humana, lo que podemos verificar -inclusive- en nuestra vida diaria. ¿Existiría algún motivo para que nuestras decisiones y acciones políticas sean diferentes a las que emprendemos para nuestras elecciones cotidianas y caseras? Ninguno. Es más probable que decidamos mucho mejor y con numerosos más elementos de juicio cuando vamos a comprar un par de zapatos, o un coche, o una casa, que cuando decidimos quién nos va a gobernar, porque conocemos mejor la medida de cuánto calzamos, o cómo y dónde tenemos que movilizarnos, o dónde nos conviene vivir y de qué manera, que al candidato que se propone para "resolver" nuestros problemas políticos, y menos certeza siquiera podemos tener de si va a cumplir con sus promesas, mas bien, al contrario. De modo que, son más racionales las decisiones que tomamos en las cuestiones domésticas más cercanas y cotidianas, que las que hacemos cuando debemos votar a los políticos. Y como, salvo en casos muy raros y muy puntuales, es prácticamente imposible que mantengamos inadulteradas nuestras decisiones en el corto, mediano y largo plazo, es muchísimo más improbable que lo hagamos cuando vamos a votar. Todo lo cual refuerza la tesis de que los resultados repetidos siempre "a favor" de un solo y mismo candidato, tiene que llevar, necesariamente y por la propia lógica de la acción humana, a la conclusión de que el grado de fraude incurrido en esas extrañas "reelecciones" sea cada vez mayor.

A todo lo dicho se le suma la extrema ingenuidad y credulidad de muchos, cuando se anuncian los "resultados" electorales en términos rimbombantes y estruendosos por medio de la prensa o de los "voceros" oficiales. No es difícil que la gente -aun la de mayor inteligencia- crea de "buena fe" que el "dato electoral" que la prensa o los medios oficiales le brinda sea "cierto". Pero, como dice aquella célebre frase de Abraham Lincoln: "Se puede engañar a algunos todo el tiempo y a todos algún tiempo, pero no se puede engañar a todos todo el tiempo".

Aunque cada uno de nosotros conozcamos a muchísimas personas en la vida social, siempre serán muy pocas las que satisficieran nuestras exigencias, y las que lo hagan no podrán hacerlo durante toda nuestra vida, ni tampoco en toda la extensión, cuantía y calidad de cada una de nuestras demandas. Si esas personas son los políticos que votamos, la conclusión será exactamente la misma. Por eso, siempre la gente tiende a elegir candidatos diferentes para cada ocasión electoral, y si no los tiene (o los partidos no se los ofrecen), no vota a ninguno. Esto determina la casi imposibilidad que el mismo "resultado" de la elección se repita en un mismo y único candidato más de una vez. Y si se dice que se "repite" las posibilidades de fraude son cercanas a un 100 %, considerando la lógica de la acción humana.

Los políticos que tienden a monopolizar el poder, sufren todos los efectos limitativos a los que cualquier monopolio esta subordinado en cualquier campo, ya sea el económico o el político. Estos límites se conocen en doctrina como el de la competencia potencial, el factor competitivo permanente, la ley de precios, la elasticidad de la demanda, y la ley de los rendimientos decrecientes. Restricciones que sólo se pueden "salvar" blindando por ley al monopolio gubernamental para ponerlo a seguro de los mismos. Lo que, en otros términos, significará que el resultado electoral en el que recurrentemente "gana" el monopolista del poder, no estará representando nunca la verdadera voluntad del electorado al momento de la votación. O lo que, en palabras más simples, será un claro indicador de lo que se llama fraude electivo.

Por muy acotada que sea la oferta electoral, nuestra innata tendencia a mejorar (axioma de la acción) a la que aludimos en las líneas precedentes, nos hará votar en un sentido muy diferente al que lo hicimos en oportunidades anteriores, y cuando ningún candidato nos representa, lo expresaremos mediante el voto en blanco, la abstención o la inasistencia al acto eleccionario. Así actuamos todos sin excepción, dado que siempre estamos eligiendo en todo momento y lugar.

(*) Gabriel Boragina. Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas. Egresado de ESEADE (Escuela Superior de Economía y Administración de Empresas). Presidente del CEEFI (Centro de Estudios Económicos, Filosóficos y Políticos). Director del curso sobre Escuela Austriaca de Economía, dictado por el Centro de Educación a Distancia para los Estudios Económicos (CEDEPE). Director del Departamento de Derecho Financiero del INAE (Instituto Argentino de Economía). Artículo publicado en Acción Humana en Octubre de 2012.