viernes, 12 de octubre de 2012

Conspiradores se buscan

Por Gabriela Pousa (*)
Todo culmina sin culminar. Es la dinámica de la política nacional de un tiempo a esta parte. Los problemas se postergan, las oportunidades se pierden, los escándalos se amontonan, los números se dibujan, las imágenes se trucan, y la memoria se envilece.
Un atropello sigue a otro sin que medie una explicación, menos aún una disculpa. La corrupción tiene voceros y denuncias pero no castigo aunque los protagonistas sean siempre los mismos. No se profugan, no se avergüenzan, no se esconden siquiera…
Por el contrario, ocupan cargos, se los premia, frente a nuevos comicios se candidatean, cambian de color y camiseta pero no de mañas ni de estrategias. Y de repente, como si nada hubiera sucedido, como si fuesen recién llegados, se los encuentra frente a cámaras denunciando y explicando cómo solucionar lo que ellos mismos provocaron.
Esa es la peculiar lógica de nuestra dirigencia. Las causas judiciales nacen vencidas, el juez no castiga, Dios y la Patria demandan acorde a su realidad: lo atemporal. La sociedad despierta en cámara lenta sin garantía, la oferta del circo oficialista distrae, envicia.
En ese escenario no se vive, se resiste. Y en los últimos meses se siente latir esa resistencia con inusitada fuerza. Al gobierno le molesta, en consecuencia le pone nombre, etiqueta y la alimenta. Se regodea: ha encontrado otra fuente de inspiración para su guerra. Plantean pues, una falsa disyuntiva: ellos son la democracia, los demás los enemigos de aquella.
Lo cierto es que  la soberanía popular se forjó como lo más benévolo, pero ya ha dejado de respetarse la mayoría de sus términos. Subsiste así, la creencia generalizada de vivir en “democracia”, cuando en rigor ésta se ha limitado a una fecha arbitraria del calendario. Antes y después es difícil determinar qué o quién está gobernando, y el “cómo” es directamente el antónimo de lo democrático.
La “democracia” actual sirve apenas para justificar el aguantar lo que aguantamos a diario. ¿Quién se atrevería en pleno siglo XXI a rebatir las bondades de la representación del pueblo? Nadie: la condena caería sobre aquel como cayó la flecha de fuego sobre las alas de Dédalo.
Y es que si dicho régimen se limita a un día cada 4 años, es dable decir que Hitler fue democrático. Un rápido racconto por las ideas de Alexis de Tocqueville, haría comprender que la democracia es un modo de vida, más que un sufragio.
El kirchnerismo impuso una historia oficial y forjó su propio diccionario.  Denuncian complots al por mayor. Alguien tiene que tener la culpa cuando se venga abajo todo este andamiaje con alambre atado.
Recurren al viejo artilugio del conspiracionismo, instalan la idea de una conspiración perpetua. Los buenos de su lado. El resto, por antonomasia es malo. Así ante cada adversidad que tuvo que enfrentar el kirchnerismo apeló a la misma estrategia: escapar hacia adelante, ir por más. Es su forma de hacer politica.
De ese modo se explica la vorágine de los últimos días en los cuales todo mal es adjudicado al grupo Clarín, y a maniobras destituyentes de un “ilegal” Héctor Magnetto. Comienzan pues a agitar banderas, a denunciar sin pruebas, a victimizarse, y a advertir que los fantasmas regresan.
Ya se han denunciado complots de toda índole: empresarios, eclesiásticos, judiciales, políticos, agropecuarios, de Barrio Norte, de Recoleta, de clase media… Cristina Fernández es experta en aggionar el discurso e instalar la existencia de una conspiración contra ella.
Sin duda habrá mucha gente que quiere verla lejos de la Presidencia. Ahora bien, de ahí a que se trate de complot destruyente hay trechos cuyas distancias exceden a la contabilidad humana. El teatro actual no es el que se erigía en viejas épocas. Las divergencias no son sutiles. La escenografía necesaria para los golpes de Estado fue deshecha. No hay armas. No hay líderes. No hay intención siquiera. Y ese es quizás el mayor problema para la Presidenta.
Si nadie conspira, debe hacerlo ella. Y en ese punto del guión estamos hoy. Cristina libra una guerra inútil y macabra contra la nada, o peor aún contra sí misma. Claro que no causa risa, no es Quijote contra molinos de viento, no es Gabriel Syme contra la anarquía (1), no hay magia ni poesía.
Veamos un poquito de que trata este método. De acuerdo a dos estudiosos en la materia, Berlet y Lyons, “el conspiracionismo es una forma narrativa particular de articular un chivo expiatorio, la cual enmarca enemigos satanizados como parte de un vasto e incisivo argumento contra el bien común.”
Las teorías de la conspiración responden a visiones apocalípticas donde sólo hay buenos y malos.Bajo ese esquema de pensamiento, a los malos hay que vencerlos a cualquier precio y por cualquier medio. Se justifican entonces medidas autoritarias y arbitrarias. En definitiva, se justifica la dictadura como una forma de defensa de la democracia.
¿Por qué no creerle a Cristina? Por el simple hecho que para instalar una idea de conspiración eficiente y efectiva se necesita convencer, y en este caso, ni ella se muestra convencida.
¿Los decretos de recortes salariales en Gendarmería y Prefectura fueron rubricados por oligarcas de Avenida Libertador acaso? Una pregunta basta para que se caiga el teorema. Y supongamos que las declaraciones del jefe de Gabinete, Juan Abal Medina y del ministro de Economía Hernán Lorenzino, fuesen ciertas: ¿Cómo es que hay caos administrativo y se dan cuenta después de 10 años de ocupar la Presidencia? Es, lisa y llanamente una afrenta.
El intento por justificar lo injustificable y echar culpas afuera es harto conocido. Zviad Gamsajurdia, difunto presidente de Georgia, atribuía su apartamiento del poder a un complot transnacional teledirigido desde Washington. Para Alexander Zinoviev, antiguo partidario de la restauración del comunismo en Rusia, Occidente había propuesto acabar con su país comprando a Yelstin y a Gorbachov con el fin de aplastar y desmantelar el “sovietismo”.
La tesis del complot resulta tranquilizadora en la medida que explica todos los acontecimientos mediante la acción de fuerzas subterráneas. Lo cierto es que el nombramiento de un Gran Culpable puede tomar dos direcciones: la primera lleva a la renuncia (¿para qué luchar si alguien superior en poder o potencia trama negros propósitos contra nosotros?) Y la segunda a la designación de un chivo expiatorio, un enemigo al cual hay que aniquilar no importa el modo, para recuperar la armonía.

La idea de conspiración es irrefutable pues a los argumentos que se les oponen se les da vuelta, y se los transforma en prueba de la omnipotencia de los conspiradores. Eterna cantinela del paranoico: ¿Qué culpa tengo yo si siempre tengo razón?. Evita hacer autocrítica a quienes son objeto de aquella, impide ser puestos en tela de juicio. Les ofrece el consuelo supremo: creerse suficientemente importantes para que malvados inmorales, en alguna parte, pretendan destituirlos.
El peor complot en definitiva -sintetiza Pascal Bruckner- es la indiferencia. “¿Cuántos de nosotros sobreviviríamos a la idea de que no suscitamos en los demás ni suficiente adhesión ni suficiente odio como para justificar la más mínima malevolencia?”
¿Podría Cristina Kirchner digerir que la gente está preocupada en sus propias necesidades y en una realidad adversa, más que en sus diatribas y “generosas” ofertas? A la vista está la respuesta.
Referencia: (1) personaje de la novela “El Hombre que fue Jueves” de Chesterton
(*) Gabriela Pousa es Analista Política en Medios, Licenciada en Comunicación Social y Periodismo (Universidad del Salvador), Analista Política y Master en Economía y Ciencias Políticas (ESEADE). Artículo publicado el 12 de Octubre de 2012 en: http://www.perspectivaspoliticas.info