miércoles, 17 de octubre de 2012

Cuando el destino nos alcance

Por María Celsa Rodríguez (*)
La política cuando se conduce con la brújula de un poder hegemónico utiliza  para sus intereses las fuerzas de las instituciones hasta debilitarlas.Y en el camino de alcanzar  la suma de sus ambiciones  van dejando retazos de sufrimientos en el pueblo que los eligió.

Cuando un gobierno se convierte en hegemónico, en un Estado democrático tratará de persuadir a todos  que ellos  son  los mejores,  y ya sea por presión o miedo, el entorno será sometido bajo las faldas de sus decisiones, imponiendo sus ideas y  principios, su ideología y valores, sus creencias y objetivos. Con el propósito de encaminar a ese pueblo y a la oposición a una unidad de pensamiento. 

Entonces ya no se gobierna, se comanda. Ya no se administra, se domina. Debilitándose así  la república.

Con asombro leí las palabras del ex legislador radical  Leopoldo Moreau que dijo que "Por una cuestión política, está de acuerdo con el Gobierno. Dice que en general hace las cosas bien y ha dejado de imaginar que el radicalismo es una alternativa. Cree que las opciones son el Gobierno o la derecha y, partiendo de la base que la UCR no es de derecha, está convencido de que el partido tiene que encolumnarse con el Gobierno”.

Es lógico que de esta lucha de intereses propios sobre el interés común, el poder gobernante absorba en subsunción no solo a políticos y dirigentes de otros partidos sino también a los otros poderes  del Estado, subyugando a la justicia, al Parlamento y a los organismos de controles  para servirse de ellos a fin de lograr sus objetivos.

Esconderán  la verdad y la corrupción estará omnipresente en cada problema, empantanandose en la negligencia y en la omisión.

Se alimentará la necesidad de un gobierno eterno, e irán en la búsqueda de perpetuarse en el sillón de mando,  traspasando los límites del tiempo de mandato, modificando para ello la constitución nacional para adherirse sin impedimento a un ejercicio vitalicio. 

No aceptarán  la alternancia, algo que  es una dosis saludable en toda democracia, y no admiten  el crecimiento de ninguna oposición a quienes tratarán  de debilitar y hasta se podría decir de acallar completamente,  para alcanzar el poder  de una única fuerza política  como la más capaz y la más eficaz para gobernar.

Tampoco tolerarán  el eco de voces contrarias que vengan de cualquier sector social, cultural o intelectual, porque no admiten críticas, estas  lastiman sus ambiciones, y solo quieren la subordinación y el control absoluto de todo aquello que los puedan debilitar.

Los gobiernos hegemónicos rechazan la libertad de prensa  como así también las libertades individuales porque es un gobierno de amigos, de acuerdos cerrados. O se están con ellos o se es el enemigo. Adhiriendo a aquellas facciones de adversarios que les hagan ruidos. Siendo su propósito  acallarlos para evitar que se les rebelen, amansando de esa manera el impulso de pasiones contrarias. Ya que las únicas pasiones que se pueden desbordar son las que les apoyan. No admiten la pluralidad de ideas  sino el monopolio ideológico.

La constitución nacional aquí y en muchos países regula  una sola reelección. El propósito justamente es impedir  la instauración de gobiernos hegemónicos.  Ejemplos de ello en Latinoamérica son Cuba y ahora Venezuela. Si bien es el electorado con su voto el que a la larga decide vivir  en estas democracias recortadas, con restricciones a las libertades individuales, la suma del Poder Público, sin independencia  del Poder Judicial y con una mayoría absoluta  en el Poder Legislativo.
 
Aunque muchas veces  a través de los decretos de necesidad y urgencia - y de esto tenemos muchos ejemplos- el Parlamento solo acepta y ratifica lo que le ordena el Ejecutivo. Convirtiéndose el Congreso en una escribanía que con una mano en alto y sumando mayorías,  apoyan sin discutir ni modificar lo que  diga el  Presidente.

Pero el 7 D será la última carta que se jugaría  aquí, en pos de alcanzar ese poder   hegemónico, colapsando la libertad de expresión y absorbiendo la opinión pública hacia una sola voz..  Así el relato será lineal, sin criticas y en un solo sentido. Las denuncias, la corrupción, las injusticias, los reclamos no tendrán recepción, no habrá un oído opositor y una voz que denuncie nada. La libertad de expresión quedará mutilada, manipulándose  la información en perjuicio de la verdad,  para influenciar en el pensamiento popular. Negativizando e invisibilizándolo todo lo que ellos deseen. 

La democracia comenzará un proceso de erosión total, porque las instituciones de control están en manos del poder  y las voces de la prensa que hoy pueden contar lo que está pasando, estarán silenciadas. No existirán  las barreras de resguardo, y la justicia será totalmente sorda, ciega y muda, atada a las decisiones de quienes la manejen. Serán ventrílocuos del gobierno. Y el sueño de un  poder perpetuo en el sillón de mando  estará más cerca de ser realizable,  con el completo convencimiento  de su éxito. 

Cuando el destino nos alcance,  caminaremos sobre una República absolutamente corrupta y sin derechos, sobre las ruinas de lo que fuimos.
De nosotros dependerá que elección hacemos  para cambiar esto.

(*) María Celsa Rodriguez. Periodista y analista política.

Fuente: Comunicación personal de la autora