lunes, 1 de octubre de 2012

De filósofo a psicólogo social

Por Eduardo Filgueira Lima (*)
“Cuando la inteligencia supone saber más de lo que sabe, demuestra su implícita ignorancia,….”

El conocido filósofo ”K” José Pablo Feimann, se expresó hoy con referencia al supuesto que una gran parte de la población odia a CFK, y al respecto manifestó que “…en realidad las mujeres la odian porque la envidian,….(…) envidian su éxito personal,…. envidian su presencia y su figura porque a pesar de sus 58 años es aún una linda morocha argentina,…(…) y los hombres la odian por una cuestión sexista, porque no pueden entender que sea ´ella´,… una mujer, la que estuviera rodeada de éxito,…”
Y escucharlo me causó una especie de estupor por pensar que un filósofo supuestamente inteligente y formado, se inserte en caminos de interpretación del comportamiento humano con tanta liviandad y como si dispusiera de elementos de análisis – que en realidad debería tener – para efectuar de una menos manera simplificada, interpretaciones complejas que exceden incluso el campo de la psicología social.
Feinmann no solo omite la realidad, pues parecería que todas las expresiones ciudadanas pueden interpretarse con esa simpleza rayana en la ignorancia, sino que a su vez demuestra desconocer – lo que sorprende – la complejidad y dinámica de la lógica de la acción colectiva.(7)
Claro esto está explicado si uno supone que su interpretación forma parte del relato, más aún cuando dijo: “….¿que pasa si uno no tiene lo que desea?,… pues simplemente trata de lograrlo y si no puede envidia a los que lo tienen,…”
Lo anterior además intenta desmerecer (por suponer su envidia) a quienes sencillamente no acuerdan con sus políticas (exitosas según ella misma en la Universidad de Harvard al hablar sobre su fortuna personal:”…he sido una exitosa abogada y ahora soy una exitosa Presidente,..”), y además, poner distancia con ellos porque – “el relato” – describe sus políticas (Nac & Pop) dirigidas a los más necesitados, entre los que con seguridad no se cuentan los “envidiosos”.
Parece desconocer que las acciones humanas son relaciones de intercambio.(4)    Y esto es tan válido para la más insignificante transacción como para la compleja relación entre gobernantes y gobernados.
Para los primeros la construcción de poder puede lograrse de diversas maneras, pero en nuestros países – propensos a ello – el populismo y la dádiva han sido el medio más adecuado a sus intereses.
Por otra parte existe una “relación no-vinculante” entre lo que el político promete y lo que después hace y casi todos creemos – o queremos creer no por ingenuos, sino porque así nos lo indican nuestras expectativas y esperanzas – que los representantes que elegimos responderán cabalmente a nuestra expresión de interés.
Pero siempre existe gran imprecisión y falta de conexión entre el voto realizado y la política llevada a cabo. El político hará lo que le convenga – disfrazado o no – con independencia de lo que haya prometido. Si existieren reclamos o conflictos tendrán siempre a mano excusas para culpar a terceros o a condiciones imprevistas,… porque siempre tienen varios años para recomponerse y volver a embaucar. Su capital son los votos.
Y por parte de los gobernados nos encontramos inicialmente con una “indiferencia racional”, porque para la sociedad resulta racional no asumir los costos que supone la información y más aún en cuestiones complejas, considerando además que su voto se diluye – en todo caso es solo a expresión de “su” opinión – en el conjunto y que el mismo no modifica nada.
El voto de resultas responde a cuestiones emotivas, supuestos, simpatías, lealtades a grupos o perspectivas tribales, razones viscerales, pero no racionales, cautivas de las opciones demagógicas que se nos ofrecen.(6)
Pero del supuesto inicial y aunque no sea su fin primordial – porque la gente se ocupa cotidianamente de cuestiones que le son próximas, conocidas, cercanas en la cotidianeidad, y desestima frecuentemente lo que considera “alejado” que le incumbe poco y no lo afecta nada – termina por enterarse y comprender cuanto y en que medida finalmente le afectan “las acciones de la política”.
Por ello el mito, la ficción o el relato que llegan a la gente pueden causar de inicio admiración y adhesiones, en especial cuando ha sido cuidadosamente elaborado para darle un significado reivindicador.
Pero cuando los individuos perciben que sucesiva y crecientemente su cotidianeidad se ve afectada y que las decisiones del gobernante son las que las promueven, exaltan y defienden políticas que lo afectan, entonces el mito y el relato pierden sustento.
Cuando la realidad se hace presente, las voces se suman y las “preferencias agregadas” en la relación de intercambio con los gobernantes cambia,.. progresiva y aceleradamente.
No es como dice nuestro filósofo devenido en psicólogo social que por envidia o machismo, el colectivo social se rebela y lo expresa – denominándolo “odio” (y peor aún sexista) para desmerecerlo – es porque el gobernante ha alterado las relaciones de intercambio, ha incumplido su promesa de lograr un país mejor y para los que se expresan la situación que el gobernante ha generado, ya no les gratifica, no les satisface o los perjudica.
No es que exista demasiada tolerancia por parte de los gobernados hacia el gobernante, sino que el conocimiento en la sociedad se encuentra disperso (1), la adquisición de información es muy costosa y además lleva tiempo. Pero fundamentalmente no todos acceden de la misma forma y al mismo tiempo.
Estas son las circunstancias que posibilitan a los gobernantes no mantener una relación vinculante entre las promesas y las acciones,…y mentir. Lo que olvidan es que “….se puede engañar a algunos todo el tiempo y a todos algún tiempo, pero no se puede engañar a todos todo el tiempo,…” (2)
Los gobernantes deberían saber que “…los colectivos buscan superar la angustia que produce la miseria y la limitación humana frente a la grandeza que (no se tiene y) se desea conseguir. Esta “grandeza”, para la mayoría, se traduce sencilla y llanamente en tener más libertades, más derechos y más justicia….”(3)
Las manifestaciones y expresiones de la población se construyen a la inversa del relato: “Ex-post”. Y como “preferencias agregadas” de insatisfacción presente o presunta de sus expectativas.
Demasiada tolerancia ha tenido la ciudadanía. Poco a poco le han ido cercenando sus libertades, se ha instaurado un aparato político que se adueña de todo y de cualquier forma, la burocracia y el aparato estatal prebendario no parece encontrar límites.
Y ha sido muy tolerante, diría casi inexpresiva, frente a innumerables hechos de corrupción. Porque le parecían estar muy lejos, o ser pasibles de la duda, o que no la afectaban particularmente. Desconociendo que toda acción tiene sus costos y los costos de las malas acciones de gobierno – y más aún la corrupción – los pagamos entre todos,… las paga el país !
Recién ahora comenzamos a oir: “…la corrupción mata,…”. Recién ahora se comienza a sentir que las políticas redistribucionistas empobrecen a todos. Que no es cuestión de “quedarse con todas las cajas”,.. para dar migajas y obtener votos. Que la cuestión de fondo es generar riqueza genuina y que ello incluye ampliar los intercambios, no limitarlos.
Las intervenciones del Estado por los intereses del gobierno con el discurso de “recuperar la soberanía”, no nos la hacen ganar sino perder a sus manos. Porque en realidad, de lo que se adueña es para pagar las deudas que él mismo ha generado y continúa generando con sus políticas !
Tal vez Feinmann esté recapacitando ahora. Tal vez se de cuenta – como lo hizo R. Forster al desmentir en el mismo 6, 7, 8 el relato oficial – que se ha ido de boca,… que minimizó con un burdo psicologismo, al extremo de llamar “odios y envidias personales”, a la creciente reacción de desencanto para algunos o de confirmación para otros, porque el gobierno nos conduce por caminos que nos serán difíciles de remontar.
El político inteligente – el que podríamos envidiar, pero a su vez admirar – es el que sabe escuchar, el que sabe corregir, el que comprende que deben superarse antinomias, que sabe que es difícil construir un proyecto de país que contenga a todos. Pero que ese es el único camino. Porque llega el tiempo que el mito y el relato se acaban,… el tiempo de saberse “usado” llega y el descontento (que no es envidia ni odio), puede ser el único camino de libertad.(5)
Por el contrario el mal político juega al engaño,.. a la confrontación (amigos vs. enemigos),.. al corto plazo,.. a perpetuarse en el poder con cualquier artilugio, a reafirmarse en sus posturas con la supuesta seguridad puesta en la certeza de no equivocarse nunca.
¿Nos puede explicar Feinmann – más allá de psicologismos baratos – que es lo que le tenemos que envidiar?
Feinmann ha simplificado la cuestión, omitiendo y desconociendo la realidad que el 13-S debió poner ante sus ojos (y que muchos otros atinadamente han propuesto “escuchar”), no se trata de odios ni envidias,  sino de reacción ante la mentira y la injusticia.
Feinmann debería saber esto, pero sus dichos nos muestran que la inteligencia, cuando es miope, puede conducir razonablemente por caminos que solo evidencian ignorancia.
Referencias:
1.- Hayek, F. “Knowledgement and economy”, (1936)
2.- Lincoln, A. “Primer discurso inaugural”, (1861)
3.- Leví-Strauss, C. “El pensamiento salvaje” (1962)
4.- von Mises, L. “La Acción Humana” (1949)
5.- Locke, J. “Ensayos sobre el gobierno civil”, (1662)
6.- Huerta de Soto, J. “Estudios de economía política”, (1994) 
7.- Olson, M. “La lógica de la acción colectiva” (1968)
Buenos Aires 1º de Octubre de 2012

(*) Dr. Eduardo Filgueira Lima
Magister en Sistemas de Salud y Seguridad Social
Magister en Economía y Ciencias Políticas
Director del CEPyS