sábado, 13 de octubre de 2012

El mundo de ficción de la Presidenta

Por Julio Bárbaro (*)
El Gobierno tuvo un importante triunfo electoral hace menos de un año. Difícil de entender, Néstor Kirchner había logrado pacificar y sacarnos del caos con tan sólo un 22%, su sucesora nos devolvía al miedo al futuro con más del 50%. El poder actual tiene mucho de heredado, y es normal que la Presidenta intente darle su propia impronta como manera de apropiarse del legado. A veces pareciera que se dilapida la fortuna recibida. Pero el triunfo no sirvió para encaminar su último gobierno con sabiduría hacia la pacificación sino para despertar el sueño de quedarse para siempre. Y cuando ese sueño asoma, la sociedad se aterra ante la pesadilla. 

La Presidenta expresa en sus discursos las bases de un relato que agiganta los logros, incentivado por el aplauso obediente de los funcionarios. Hay una sola palabra y una sola opción, aplaudirla. Y ese discurso se va transformando en la realidad de ellos, los gobernantes, y descubren de pronto que hay opiniones distintas, que se reflejan en los medios, y deciden imponer la dictadura del relato. 

¿Como sería la realidad si todos aplaudimos al unísono, si sólo se expresan los que están de acuerdo, si logran imponer un mundo oficialista? La desmesura del discurso para describir la magnitud que ellos le asignan a sus logros. Imaginan que sus virtudes convierten en innecesarias las opiniones que las cuestionan, les resulta tan obvio que son perfectos que pueden darse el lujo de eliminar la democracia. El que opina distinto es enemigo, de derechas, monopólico, sólo el mal puede negar las virtudes del bien. Y golpista de los setenta o gestor de los noventa. Y en eso estamos.

En ese mundo de ficción, la Presidenta imagina que los que aplauden son todos, y los que la aplauden no soportan que exista quien no esté dispuesto a compartir su alegría. Las virtudes del modelo son indiscutibles en el seno de los funcionarios del modelo, la burocracia disfruta sus prebendas que imagina merecidas por estar defendiendo los derechos de los necesitados. 

Y convencidos de que los humildes tienen razones para compartir el festejo. Olvidan que el relato altera la estadística y sólo así los pobres dejan de serlo y todas las falencias se esfuman en el discurso. Se niega la inflación para luego negar el derecho a medirla, y se compran las encuestas para que en los fracasos se midan epopeyas. El relato se va alejando de la realidad, y es capaz de negar hasta las mismas matemáticas, la ciencia de la sociología se derrumba en una sociedad donde demasiados sociólogos están rentados para escribir el diario de Yrigoyen.

La coyuntura desnudó a muchos, empresarios y sindicalistas enriquecidos con las prebendas del Estado y en edades cercanas a la despedida aplauden expresando que el pájaro canta hasta morir. Y se acercan al final de sus vidas sin intentar el menor gesto de dignidad. 

Funcionarios sin principios amontonados con principistas cansinos que soñaron revoluciones y se rindieron embelesados a las tardías caricias del poder. Gobernadores indignos de cargo alguno reivindicados y defendidos por ideólogos de la docencia universitaria. La dictadura como archivo delator de la memoria ajena, el olvido como bálsamo forjador de presentes sin ayer. Y la teoría de los dos demonios, dispuesta a terminar con la impunidad de la dictadura, pero desesperada por imponer la impunidad de la guerrilla y sus herederos. Ellos, unos pocos de supuesta izquierda que ocupan cargos secundarios, cumplen la tarea sucia de justificar personajes y negocios sostenidos por la eterna ideología de las ganancias amañadas al Estado.

Entre el relato sin fisuras y los que aplauden sin descanso, el Gobierno avanza para terminar con los que piensan distinto, imaginan crear un mundo sin contradicciones y termina generando una caldera donde el relato cristalizado se comienza a astillar. Utilizan los resultados electorales de un clima y una realidad que ellos mismos se ocuparon de degradar. El sectarismo expulsa al que duda, el núcleo duro del relato se va reduciendo a su mínima expresión.

Y muchos que canalizaron en su juventud la rebeldía en una revolución que pasó de largo y los dejó frustrados, encontraron consuelo hoy integrando la burocracia de un autoritarismo con sueños de eternizarse. La desmesura justifica a los que apoyan un gobierno que aparece como progresista, los beneficios de los burócratas bajo el disfraz del revolucionario favorecido. Ayer cuestionaban los discursos de Perón, asesinaban a Rucci y eran expulsados de la Plaza. Hoy no se animan a otra cosa que aplaudir a la Presidenta, a soñar reelecciones y agredir adversarios. Entre el militante soñador de ayer y el oficialista rentado de hoy están los dos extremos de la conducta humana.

Si Perón era reformista y la violencia un acierto generacional, y la Presidenta es revolucionaria y el aplauso obediente tiene justificación ideológica, nuestras vidas cayeron en el absurdo espacio del sinsentido. Los peronistas nos quedamos en la Plaza, los que se fueron no tendrían que usar ese nombre en vano. Aquel error convocó a la tragedia, esta reiteración remite a la farsa.

Y lo que hoy se debate es mucho más que el peronismo o la izquierda y la derecha, estamos discutiendo la esencia de la libertad. Y no me vengan con el cuento que es un derecho neoliberal, la libertad pueden haberla aportado ellos, y la Justicia nosotros, pero el futuro necesita de las dos. Perón decía aquello de "unidos o dominados", los odios oficialistas nos vuelven dominados por el ayer. Y necesitamos la paz para ingresar al mañana.

(*) Julio Bárbaro. Licenciado en Ciencias Políticas en la Universidad del Salvador (1966), Referente histórico del Peronismo Nacional, escritor y pensador argentino. Artículo publicado en La Nación y en Chacomundo el 12 de Octubre de 2012.