lunes, 15 de octubre de 2012

El proyecto nacional y popular

Por Gabriel Boragina (*)
Prácticamente no existe demagogia populista en el mundo (en realidad habría que llamarlas demagogias a secas) que no esgrima como "bandera" tener un "proyecto" nacional y popular para su país. Sin embargo, a la hora de tener que explicar en qué consiste el tan cacareado "proyecto" nacional y popular son pocas las demagogias que aciertan a dar una descripción clara, concreta, sintética y convincente acerca de en qué reside el mismo.

Analizada más en detalle la cuestión, nos encontramos con que el mentado "proyecto Nac&Pop" (como se lo suele abreviar) no radica en otra cosa más que -en realidad- en un "proyecto" personal del jefe del grupo o del partido que lo postula. En el mejor de los casos, se trata de un "plan de gobierno" a corto plazo, diseñado para el periodo en que el partido demagógico aspira a permanecer en el poder. Y ahondado más a fondo: el "proyecto" se reduce (en resumidas cuentas) a ese sólo objeto: permanecer en la cúspide del poder la mayor cantidad de tiempo posible. Se puede decir que, todos los "proyectos nacionales y populares" que hemos conocido se han restringido -en última instancia- a poco más que eso.

En general, el "proyecto" en cuestión busca concretar y materializar las ambiciones políticas, personales y –sobre todo-económicas de sus gestores y realizadores, lo cual -como es sabido-, de llegar al poder, sólo podría plasmarse mediante la extracción de recursos del resto de la ciudadanía a través de conocidos mecanismos tales como impuestos, exenciones fiscales para unos, subsidios para otros, planes sociales (que suenan "bien", pero que -en definitiva- se traducen en mayor pobreza para el conjunto) y otra serie de medidas que serian muy largas de enumerar detalladamente en este momento.

En lo que concierne a la República Argentina ¿necesita este país de un "proyecto" nacional y popular? Estimamos que sí, pero, al mismo tiempo, estamos convencidos que ese proyecto nacional y popular, la Argentina lo tiene desde hace muchísimo tiempo, tanto como desde 1853 y que -además- el mismo tiene nombre y apellido, y se llama Constitución de la Nación Argentina. No cabe ninguna duda que, dicho proyecto es genuinamente nacional, ya que basta leer apenas el Preámbulo de la Constitución para advertir de inmediato que el mismo ha sido redactado para el pueblo de la Nación Argentina. Y tampoco es dudoso que el referido proyecto sea verdaderamente popular, ya que en el mismo Preámbulo (y en otras partes del texto constitucional) se menciona al pueblo como su destinatario. Si tenemos en cuenta que dicho proyecto ha sido redactado y sancionado por ese mismo pueblo, no resulta difícil concluir que desde aquella fecha existe en la Constitución de la Nación Argentina un auténtico proyecto nacional y popular que está contenido en la Constitución misma. Pero, por supuesto, como sucede con todo proyecto, no debe quedarse en meramente un simple y ambiciosodesignio. Es necesario dar los pasos necesarios para que el diseño allí delineado se materialice. Es en esto en lo que han fallado muchísimos gobiernos (probablemente la mayoría de ellos) desde la fecha de la sanción del texto constitucional hasta el día de la fecha.

Entonces, no es que "falte" un "proyecto nacional y popular" sino que el verdadero problema, la verdadera falla reside en no haber intentado con suficiente insistencia realizar el proyecto ya diseñado por aquellos próceres, aunque es forzoso reconocer que, cuando en el transcurso de la historia tibiamente algunos gobiernos trataron de acercarse a él, la Argentina vio momentos de cierta prosperidad y esperanza. Bastaba pues apegarse a las cláusulas constitucionales delineadas y cuidadosamente proyectadas en 1853 para cumplir los propósitos enunciados en el Preámbulo de la Constitución: "con el objeto de constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer a la defensa común, promover el bienestar general, y asegurar los beneficios de la libertad, para nosotros, para nuestra posteridad, y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino: invocando la protección de Dios, fuente de toda razón y justicia"

Es cierto que, en 1994, ese proyecto incluido en la Constitución de la Nación Argentina sufrió un duro golpe (por ejemplo, la Segunda Parte de la Constitución desnaturaliza a la Primera y en muchas ocasiones va abiertamente en contra de esta Primer Parte) habida cuenta que muchas cláusulas incorporadas por la reforma se contradicen entre si y chocan, hasta tal punto que llegan a anularse mutuamente. Sin lugar a duda, la reforma ha sido de lo más desafortunada. Pero sería todo aun mas caótico si, a la ya preexistencia de un proyecto nacional y popular como es el comprendido en la Constitución, se le quisiera agregar o superponer proyectos partidarios, o peor aún, personales, disfrazándolos y ocultándolos bajo la máscara de un falso "proyecto nacional y popular". Sin embargo, es lo que los gobiernos demagógicos populistas, hoy lamentablemente tan de moda otra vez, intentan hacer diariamente.

Hay que tener en cuenta que la Constitución de la Nación Argentina, no sólo contiene un proyecto de país sustentable a largo plazo, sino que –además- ha creado una serie de Instituciones políticas, jurídicas y económicas que son abiertamente incompatibles con las demagogias populistas que al presente nos asolan. Ya así lo explicaba claramente el prócer argentino Juan Bautista Alberdi, en su clásica obra Sistema Económico y Rentístico de la Confederación Argentina según su Constitución de 1853 avizorando premonitoriamente entonces, los peligros que se manifestarían en nuestra época. Estas demagogias letales y funestamente destructivas como son las conformadas por el FPV en Argentina y el PSUV en Venezuela, portan "proyectos" que, apenas se llevan a la práctica, revelan su naturaleza autocrática y empobrecedora, negación esta de cualquier democracia republicana, si es que cabe confluir el concepto de democracia con el de república. Se trata de un mentiroso "progresismo" que, en los hechos, implica un verdadero regresismo a épocas que ya deberían estar plenamente superadas.

(*) Gabriel Boragina. Abogado. Magister en Economía y Ciencias Políticas. Gestor de Acción Humana Artículo publicado el 14 de Octubre de 2012.