viernes, 5 de octubre de 2012

Es el humor social, estúpido…

Por Vicente Massot (*)
Todo dio comienzo con las manifestaciones multitudinarias del jueves 13 de septiembre. Sorprendido el gobierno con la guardia baja, no tuvo mejor idea el jefe de gabinete, Juan Manuel Abal Medina, que hacer una comparación ofensiva respecto de San Juan y Miami.

Si las estrellas rutilantes del firmamento kirchnerista hubiesen querido sumar, a propósito, tamaña cantidad de errores en apenas tres semanas, no habrían podido hacerlo mejor. Si de pronto, como sea, se hubieran vuelto contra sí mismos deseándose fracasos, derrotas y traspiés, ciertamente sus desventuras no habrían igualado a las de los pasados veinte días.
Todo dio comienzo con las manifestaciones multitudinarias del jueves 13 de septiembre. Sorprendido el gobierno con la guardia baja, no tuvo mejor idea el jefe de gabinete, Juan Manuel Abal Medina, que hacer una comparación ofensiva respecto de San Juan y Miami. Tras sus declaraciones se elevaron las voces del coro estable del cristinismo cuyo leit motiv fue enderezarle críticas, directas e indirectas, a las clases medias urbanas. Por supuesto no podía faltar Cristina Fernández, la cual —olvidándose de su condición de presidente de la totalidad de los argentinos, al menos en teoría— también sumó su aporte a expensas de quienes habían inaugurado, entre nosotros, una forma de queja colectiva —por llamarle de alguna manera— que llegó para quedarse.
En lugar de tenderles la mano y escuchar sus reclamos —por mucho que le disgustase— la viuda de Kirchner reaccionó con la soberbia que la caracteriza. Suscitó así mayor rencor y rechazo de parte de segmentos considerables de nuestra sociedad que se preparan, con más ahínco que nunca, para reeditar la gigantesca convocatoria del pasado 13 de septiembre, el 8 de noviembre. Hosca, hiriente y con el dedo en alto, la presidente resultó inútilmente provocativa.
Pero no fue todo. Faltaba lo peor, que estaba por venir. El inefable Guillermo Moreno, con la educación exquisita que arrastra, les dijo a los caceroleros que habían decidido hacerle un escrache en el frente de su casa, “que se metiesen las cacerolas en el orto”. Si hubiese pensado dos veces antes de levantar la voz para insultarlos, fácilmente habría caído en la cuenta de que le convenía convertirse en el “payador perseguido” del episodio. Al obrar como un desaforado, copió a sus agresores con la particular coincidencia de que él es secretario de estado de Comercio, no un forajido.
El broche de oro llegaría de afuera, desde Georgetown y Harvard, donde una hiriente Cristina Fernández no dejó tontería por decir y error por cometer. En tren de escoger uno, se llevaría el premio la comparación entre Harvard y La Matanza, en desmedro de esta última. Ella que se vive jactando de sus blasones nacionales y populares tuvo una suerte de brote oligárquico. Lo que quedó en evidencia en las célebres universidades americanas es algo que en estas playas no sucede porque las conferencias de prensa no existen y, muchos menos, la presencia de la Señora en las altas casas de estudio. Cuanto sobresalió fue su incapacidad para sortear preguntas agudas. Acostumbrada al festejo continuo de sus ministros y al de los auditorios complacientes de los cuales se rodea, cuando jugó de visitante quedó expuesta y salió mal parada.
Da la impresión —y no es un dato menor— que Cristina Fernández sufre algún tipo de desequilibrio emocional. De lo contrario no se entienden algunas de sus reacciones histéricas, su locuacidad por momentos ridícula, sus enojos bíblicos y su proverbial soberbia. Es vox populi la furia que le produjo el paso en falso dado en Estados Unidos. Sólo que, en lugar de repasar sus decisiones en punto a la agenda, se las tomó con el embajador en Washington. Antes, igual destrato sufrió Abal Medina por sus declaraciones. Pero retarlo por lo que hizo sin repasar lo que ella obró en Harvard y Georgetown, revela que la paja en el ojo ajeno le importa más que la viga en el propio.
Las primeras encuestas conocidas dan cuenta de cuánto sigue cayendo su imagen y, sobre todo, cuánto ha disminuido desde aquellos topes verdaderamente espectaculares a los que había llegado un año atrás, poco tiempo antes de substanciarse las elecciones que la catapultaron a la Casa Rosada con 54 % de los votos. Semejante deterioro no ha sido producto de la inteligencia de sus opugnadores sino de su propia desmesura. Nada, como no fuese su carácter, hacía prever en octubre del año pasado que, transcurridos doce meses desde el fenomenal triunfo obtenido en las urnas, su administración iba a encontrarse en este estado.
La estrategia de convertir el ejercicio del poder en una empresa de pura beligerancia y, a la par, ignorar o denostar a los adversarios, le dio al kirchnerismo resultados provechosos cuando sólo debía preocuparse de gerenciar la bonanza en los años de vacas gordas. En una democracia delegativa como la nuestra, con la economía creciendo y la soja generando divisas al por mayor, funcionó a las mil maravillas. La situación cambió cuando las vacas devinieron flacas y parte de la gente que había votado primero a su marido y luego a ella comenzó a cansarse. Si a esto se le suman las torpezas inauditas a las que venimos haciendo referencia, se entiende que las chances del oficialismo de obtener los sufragios suficientes en octubre de 2013, como para quedar cerca o llegar a los dos tercios en las cámaras de diputados y senadores, sean hoy remotas.
Entiéndase bien, no ha variado la relación de fuerzas que le permite al gobierno actuar con la discrecionalidad a que nos tiene acostumbrados desde mayo de 2003. Tampoco va a cambiar, cuanto menos hasta que se lleven a cabo los comicios legislativos dentro de un año. Lo que sí ha sufrido modificaciones de consideración es el umbral de tolerancia de una parte de la sociedad compuesta por gente de distintas clases y diferentes modos de pensar.
Salvo una catástrofe, el dominio que ejerce el kirchnerismo en el Congreso Nacional; la subordinación casi absoluta de los jueces federales al Poder Ejecutivo y el disciplinamiento de los gobernadores a través del unitarismo fiscal no sufrirán alteraciones que pudiesen hacer peligrar aquella relación de fuerzas. Pero lo que las manifestaciones del jueves 13 han dejado al descubierto es la pérdida de la calle por parte del oficialismo. Para un régimen que, so pretexto de no criminalizar la protesta social, alentó la política piquetera de pasar por encima de la representación partidocrática para avanzar sobre los espacios públicos y desde allí peticionar o extorsionar a mansalva, el fenómeno de los autoconvocados tiene que haberlo preocupado.
A su favor cuenta con la mansedumbre de los manifestantes. Pero tiene la desventaja, por eso mismo, de que no puede acusarlos seriamente de desestabilizadores y, salvo que desease echar leña al fuego, mal podría repetir la táctica de Luis D’Elía de mover violencia, en pleno conflicto con el campo, contra quienes se habían congregado en Plaza de Mayo. Si el 8 de noviembre a alguien de las filas oficialistas se le ocurriese aplicar las prácticas de Guillermo Moreno a escala colectiva o emular a D’Elía para amedrentar a la gente, la reacción podría resultar incontrolable. Con criterio exacto se ha dicho que la última ha sido la peor semana del flamante periodo presidencial de Cristina Fernández. No hay pizca de exageración en el comentario cuya claridad se advierte a poco de contemplar no sólo los gazapos de la presidente y de sus escuderos, aquí y en Harvard, sino su impotencia a la hora de vertebrar un plan para salir de este atolladero que no es económico, electoral, financiero o internacional. Sencillamente ha cambiado el humor social.
El kirchnerismo, de ordinario tan competente en todos estos años —salvo en dos oportunidades que, a la postre, concluyeron en las únicas derrotas estratégicas que sufrió— para detectar con sentido preciso cuáles eran los principales reclamos de la sociedad, ahora ha perdido el rumbo en la materia. Encerrada en sí misma la mujer que decide en última instancia, a la que sus ministros y consejeros de confianza le temen más que a su marido, y obnubilada como está por supuestos complots que sólo existen en su imaginación —desde los presuntos conspiradores que guiarían a las manifestaciones populares hasta los que planearon en su contra las preguntas de los alumnos en Estados Unidos— es difícil que el gobierno le encuentre solución al problema.
Con todo, el kirchnerismo, por boca de su jefa, ha dejado en claro que la batalla para la cual se prepara nada tiene que ver con el perdido dominio de las calles, la baja en la imagen presidencial o la recusación de la re-re por casi 60 % del electorado (según sendas encuestas de Poliarquía y de Management & Fit). La ofensiva contra Clarín —que de eso se trata— carece de antecedentes y revela hasta dónde se halla dispuesta a jugar su autoridad Cristina Fernández. Si no fuese así, no tendría sentido que —en cuanta oportunidad puede— anuncie que el 7 de diciembre 4 se cumplirá la ley a rajatabla y el llamado monopolio quedará reducido a su mínima expresión. Tantas veces ha anticipado la presidente el resultado final de la disputa —con prescindencia de cuanto pueda determinar la justicia de aquí a la primera semana de diciembre— que es difícil imaginar cómo haría para retroceder si hubiese una sentencia que convalidase la interpretación hecha por Clarín y no la suya. Da la impresión que, como tantas veces en estos diez años, jugar a suerte y verdad es la vocación kirchnerista por antonomasia.
En este orden de cosas, el aval de la Corte Suprema de Justicia al juez subrogante, Raúl Tettamanti, que deberá fallar en el caso que involucra al grupo Clarín, no es la mejor de las noticias para la Casa Rosada. 
(*) Vicente Massot es doctor en Ciencia Política, profesor titular del doctorado en esa especialidad en la Universidad Católica Argentina y director del diario La Nueva Provincia, de Bahía Blanca. Es autor de diez libros sobre historia de las ideas. Artículo publicado en La Prensa Popular (Director: Nicolás Márquez) el 4 de Octubre de 2012.