martes, 23 de octubre de 2012

Huellas del populismo en la Argentina

Por Manuel Solanet (*)
Señores Académicos:
El concepto de populismo ha estado sujeto a dos ángulos de interpretación en la ciencia política. En su acepción más frecuente es aplicado a las prácticas de gobierno orientadas primariamente a satisfacer los deseos y lograr el apoyo de las mayorías populares, explotando sus sentimientos inmediatos más que sus verdaderas conveniencias mediatas. Desde otro ángulo, el populismo ha sido categorizado dentro de las corrientes políticas cuyo signo relevante es su surgimiento desde sentimientos e intereses de una parte del conjunto social al que simplificadamente se le llama “pueblo”.
Este último enfoque ha encontrado dificultades para encuadrar al populismo y poder cotejarlo con otras corrientes, por ejemplo con el socialismo, el marxismo o el liberalismo. Populus, o sea el pueblo, no configura una entidad a la que se le pueda asignar, sin una extrema abstracción o simplificación, suficiente homogeneidad de ideas y objetivos. De ahí que todos los intentos de tratar al populismo como una corriente de pensamiento han caído en general en gran artificialidad, cuando no en confusión.
Los dos ángulos para definir el populismo pueden llegar a tener un punto de convergencia. La práctica del populismo desde el gobierno, desarrollada por personajes carismáticos, con liderazgos fuertes, genera movimientos de masa que finalmente desarrollan su propia retórica y terminan convirtiéndose en fuerzas políticas que declaman defender para el pueblo los principios populistas transmitidos por su líder.
Algunos ideólogos del populismo como movimiento de ideas, han intentado desvincularlo del ejercicio del poder desde el estado. Dicen que justamente si el origen es el pueblo, este no es propiamente el estado. Es así como por ejemplo Larry Gambone, desde una posición anarco individualista, ha definido el populismo como “un movimiento del pueblo, o sea de obreros, de autónomos y de pequeños empresarios, que se oponen al gobierno y a las élites corporativas”. Gambone entiende que el populismo es socialmente conservador ya que se preocupa por la preservación de los valores tradicionales, como la familia y la comunidad, y que además es transversal, desafiando la tradicional dicotomía de izquierda y derecha. De acuerdo a esta definición, el populismo miraría como una amenaza al capitalismo así como a la burocracia estatal. El populismo surgiría de la cultura autóctona y su diálogo con los partidos políticos o con las ideologías más formales solo ocurriría cuando estas hayan calado y comprendido la cultura popular. Esta visión simpática del populismo expuesta por Gambone, se nutre en un rechazo al estado y en general a las instituciones estables de la organización social. Muestra al populismo cercano a posiciones libertarias y al anarquismo. Se trata sin duda de una visión alejada de la realidad, en la que los populismos suelen desarrollarse detrás de líderes en ejercicio del poder y desde allí lo practican con la ayuda del gasto estatal y la propaganda oficial.
Desde Proudhon a mediados del siglo 19, el anarquismo divulgó la idea de su esencia populista y libertaria, sin embargo recurrentemente terminó aliado a la izquierda revolucionaria, sin molestarse por que el objetivo de ésta fuera la toma del poder para la construcción de un estado inevitablemente totalitario. Por ejemplo, el mayo francés del 68, como una expresión de populismo de base, dio a luz al Movimiento Comunista Libertario.
Si es que hubo un populismo en los movimientos libertarios y anarquistas del siglo 20, y si es que ese populismo era opuesto a un estado fuerte como pretende Gambone, debemos concluir en que de alguna manera por sus formas revolucionarias o bien por su necesidad de liderazgos personales fuertes, los movimientos libertarios populistas quedaron diluidos y probablemente contribuyeron a la construcción del nacional socialismo, del fascismo y del comunismo. El populismo, si es que puede imaginárselo de abajo hacia arriba, debe necesariamente enfermar a las democracias transformándolas fácilmente en totalitarismos.
El personalismo esta necesariamente ligado al populismo. El líder toma contacto directo con su pueblo. No hay intermediación. Los legisladores no son los representantes del pueblo sino los fieles seguidores del líder, casi sus súbditos. En el parlamento votan siguiendo instrucciones del líder y se vuelve abstracta la división de poderes. El populismo considera que esa división no es necesaria ya que los deseos del pueblo se suponen bien interpretados por el líder, que dice ejercer el poder en su nombre.
El personalismo ligado al populismo, tienden necesariamente al totalitarismo. No son compatibles con el principio del gobierno limitado, que es lo que caracteriza la democracia representativa liberal. Cuando el populismo y el personalismo tienen origen en procesos eleccionarios constitucionales, tienden a transformar las democracias representativas en delegativas. Como bien lo ha descripto Guillermo O Donnell (“Delegative Democracy”, Journal of Democracy, Vol 5, 1994), en esas circunstancias el líder personalista supone que habiendo sido elegido por el pueblo, gobierna con toda la autoridad que éste le ha delegado y que no puede ser limitada por las minorías. La teoría populista al estilo Laclau, como veremos más adelante, emerge así con todas sus fuerzas, y el totalitarismo ejercido en nombre del pueblo está a la vuelta de la esquina.
El personalismo crea necesariamente debilidad institucional. Las personas físicas enferman y mueren en tiempos mucho más cortos que los de la instituciones. Además quienes ejercen el poder con ese carácter, inevitablemente evitan que otras personas amenacen su liderazgo y cuando eso se insinúa, lo abortan de alguna forma. Más allá de las purgas y destituciones, un camino para desalentar aspirantes al poder es el de la sucesión familiar. Fue el caso de Perón en su tercera presidencia, o el de Fidel Castro hoy. Conocemos bien otros más recientes. Cuando en los regímenes populistas personalistas pero formalmente democráticos, la sucesión familiar no es posible, suele surgir el intento releccionista forzando la modificación de las normas y de la Constitución si es necesario.
En esta presentación tengo el propósito de analizar el populismo en la Argentina. Podría aceptarse que el caso más notorio de populismo en nuestra historia fue el peronismo, que nació de la demagogia y las concesiones abundantes a las masas obreras. O sea que se inició como un caso de populismo de gestión, pero con el correr de los años hoy muchos lo exponen como un movimiento populista de raíces propias.
Hay otros rastros populistas a lo largo de toda nuestra historia. Muchos analistas dicen encontrarlos en la acción de los caudillos. Esto, a mi juicio, no es tan claro a excepción de quien fue el mayor exponente del caudillismo previo a la organización nacional. Me refiero a Juan Manuel de Rosas.
La práctica populista desde el gobierno se ejercita despertando e intensificando los sentimientos de la gente. La técnica usual es la de personificar los “buenos” y los “malos”, identificando al pueblo con los buenos que a su vez son defendidos por el líder gobernante. El populismo de gestión es netamente personalista, sobreponiendo al líder sobre las instituciones. Generalmente sin expresarlo, es anti institucionalista. El reclamo por instituciones sólidas y respetadas es considerado como un recurso burgués o clasista para impedir que el pueblo se exprese a través de su líder. El populismo prefiere la democracia directa a la forma representativa, y en el fuero íntimo también rechaza la democracia, a excepción que las elecciones sean ganadas con seguridad.
Los sentimientos más frecuentemente explotados por el gobernante populista son el resentimiento de clases, en definitiva la envidia, y el nacionalismo. Los enemigos suelen escogerse entre los que naturalmente despierten odio, recelo o temor entre la gente común. Se personifican por ejemplo en las grandes empresas, los terratenientes, los bancos, los monopolios, los Estados Unidos, el imperialismo, etc. Se apela a la propensión de la gente a creer en las conspiraciones, tan fáciles de denunciar y tan difíciles de comprobar. Es así como se hacen aparecer las amenazas de dominación, ya sea desde el exterior, o desde una oligarquía vernácula, o del capital concentrado. Cuanto menor nivel educativo tengan las masas, con más facilidad tienden a interpretar al mundo como una gran conspiración. La falta de racionalización de los fenómenos económicos y sociales, facilita las interpretaciones conspirativas. Es por eso que el populismo es más frecuente en los países de menor desarrollo relativo, con segmentos importantes de la población de baja instrucción.
Si bien el populismo puede encarnarse sobre planteos clasistas que son característicos de la izquierda, no necesariamente hay una correspondencia entre ambos. Hay y ha habido populismos en gobiernos no clasificables como de izquierda, por ejemplo el fascismo.
El caudillismo y el populismo tienen rasgos comunes. Los caudillos basan su poder y permanencia en la adhesión de su gente y en la relación directa con ellos. Entre el caudillo y el pueblo no hay intermediarios. Yendo a los caudillos de nuestra historia podemos citar a Félix Luna, que en su libro “Los Caudillos” decía: “La ausencia de vigente autoridad alentó y abrió paso a conductores sociales, principalmente rurales, que sin justificar siempre títulos legales invocaron una nueva legitimidad fundada en la representatividad de sus personas que adquirían por la fidelidad con que traducían el ánimo de su gente, siendo la fiel interpretación del sentir del pueblo”. La independencia de nuestro país dejó atrás las instituciones coloniales y hasta que no se logró la organización nacional más de cuarenta años después, no se pudieron instrumentar mecanismos de representación adecuados. Como dijo Tulio Halperín Donghi en su “Historia de los Caudillos Argentinos”: “se dejó un lugar abierto para nuevos actores sociales, más capaces de tomar a su cargo las funciones de intermediación”.
Los caudillos debían ser seguidos lealmente por su pueblo con una adhesión suficientemente fuerte como para aceptar tomar las armas y pelear hasta dar su vida por él. Cuando eso no se lograba con cierto paternalismo y apelando a la creación de un enemigo común, se lo hacía con autoritarismo y temor. En las épocas de nuestra anarquía el enemigo real o figurado era básicamente el poder central o el unitarismo. El revisionismo de hoy sigue destacando estos enemigos con más entusiasmo ideológico que rigor histórico. Los caudillos de nuestra historia en general eran guerreros y ofrecían más protección que dinero, porque lo poco que disponían lo gastaban en las armas. Así encontramos casos distintos. Facundo Quiroga fue básicamente un guerrero, capaz de armar fuerzas limitadas y vencer con ellas a su oponente con la ayuda de su intrepidez y de su habilidad militar. Quiroga no fue en ese sentido, un populista. Esta característica más bien le ha sido adjudicada posteriormente por sus admiradores más recientes.
Angel Peñaloza, el Chacho, que se inició militarmente bajo el mando de Quiroga, expuso en su larga carrera de caudillo militar, rasgos similares a los de Facundo, aunque en su faceta de líder civil mostró una aproximación más esforzada con la gente más humilde. Ricardo López Jordán hijo, quien luego de ordenar el asesinato de Urquiza lideró y gobernó la provincia de Entre Ríos, pudo sostener una guerra contra el gobierno nacional apelando a la intimidación más que al amor, para enrolar soldados y alimentar su ejército. Otros caudillos, como Francisco Ramírez o Estanislao López también dedicaron su tiempo y esfuerzos más a guerrear que a gobernar. Su preocupación no eran los votos sino el reclutamiento. Por eso es difícil encontrar populismo en su vida pública.
Juan Manuel de Rosas personificó más cabalmente la figura del caudillo populista. Al asumir su gobierno en diciembre de 1829, transmitió una proclama donde decía haberse constituido en “una autoridad paternal, que erigida por la ley, gobierne de acuerdo con la voluntad del pueblo”. Rosas utilizó procedimientos coercitivos y crueles con sus oponentes más ilustrados, mientras que convocaba la adhesión de las masas populares con su contacto directo y con una imagen de patrón duro, pero bueno y trabajador de estancia. No necesitó crear un enemigo externo, aunque empleó abundantemente la figura del enemigo interno. Como todos sabemos, se refería a los salvajes unitarios.
Tal vez el típico caudillo argentino encuentra sus raíces en la cultura colonial española. Según el mejicano Enrique Krauze, las raíces del populismo iberoamericano se encuentran en una noción muy antigua de “soberanía popular” que los neoescolásticos del siglo XVI y XVII propagaron en los dominios españoles y que tuvo una influencia decisiva en las guerras de la independencia.
La historia del populismo en la Argentina salta, a mi juicio, hasta la llegada de Juan Domingo Perón al poder. Quienes advierten populismo en Hipólito Irigoyen sólo encuentran algunos rasgos que no pueden llegar a tipificar esa categoría. Su hábito de escuchar y resolver situaciones personales en los últimos tiempos de su presidencia, está muy lejos de que esos actos se expusieran como instrumento de propaganda política. Los mecanismos de representación continuaron funcionando y el presidente Irigoyen no se aprovechó de su popularidad para elaborar un discurso populista ni pretender una democracia directa. Su apodo “el peludo” expresaba justamente su propensión a evitar el contacto público, la antítesis de un presidente populista. Con Irigoyen hubo personalismo más que populismo.
Juan Domingo Perón inició su carrera y liderazgo político desde un gobierno militar de corte más bien nacionalista y pro fascista, pero siguiendo las más rancias reglas del populismo. Desde el Departamento Nacional del Trabajo, luego elevado a Secretaría de Trabajo y Previsión, Perón otorgó durante 1943 y 1944 concesiones abundantes ante cualquier pedido de los sindicatos. Hasta entonces el sindicalismo argentino estaba preponderadamente encolumnado y liderado por exponentes del socialismo y del comunismo, con algunos lazos anarquistas. La fuerte inmigración europea traía operarios y trabajadores con las adhesiones ideológicas propias y paternas de sus países de origen. España, Italia y Francia habían recibido los influjos de la revolución rusa y sus organizaciones de trabajadores marchaban hacia posiciones políticas relacionadas con los efluvios de la Unión Soviética. Los sindicatos argentinos estaban ligados estructuralmente con partidos socialistas y comunistas.
En 1930, poco después de la caída de Hipólito Irigoyen, se constituyó la Confederación General del Trabajo, la CGT, sobre la base de la Confederación Obrera Argentina y la Unión Sindical Argentina. Es interesante releer los considerandos del estatuto constitutivo. Dicen así: “Que la evolución de la sociedad capitalista puede ser acelerada por la clase trabajadora por medio de su organización…; Que los organismos existentes en la sociedad capitalista obligan al proletariado a organizarse para defender sus intereses de clase y preparar su emancipación cuando se llegue a un nuevo régimen social fundado en la propiedad colectiva de los medios de producción y de cambio. Sin excluir ningún medio eficaz de lucha, la Confederación General del Trabajo llama a la clase trabajadora a organizarse en el terreno sindical para conquistar desde luego, mejores condiciones de trabajo y remuneración, hacerse respetar por la clase patronal y bregar por la completa emancipación del pueblo productor de acuerdo con el estatuto siguiente.”
La aparición de Perón ganando rápidamente adhesión en la clase obrera mediante recursos abiertamente populistas, creó un revulsivo en la casta tradicional de dirigentes sindicales. Perón era un miembro relevante e ideólogo de un sector del ejército que había depuesto a un gobierno civil, pero no en nombre de la revolución socialista sino con una visión corporativista y con simpatías hacia el Eje. Se produjo una división en la CGT, emergiendo dirigentes que se enancaron en el populismo desembozado del entonces coronel Perón y privilegiaron las conquistas laborales logrables por sobre la adhesión a los contenidos ideológicos de la izquierda. Se formó el Partido Laborista que con buena parte de las organizaciones sindicales del momento, produjeron el 17 de octubre.
Los considerandos revolucionarios del estatuto de la CGT fueron de hecho sustituidos por los postulados populistas – nacionalistas del peronismo emergente. Se incluyó por ejemplo aquello de una nación socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana.
En su campaña electoral de 1946 Perón recurrió a la apelación nacionalista “Braden o Perón” y la combinó con un discurso reivindicatorio de las conquistas obreras. La fórmula le dio un amplio triunfo en las elecciones contra una coalición de los principales partidos de la época. A partir de allí la estructura del poder tomó una forma corporativa, teniendo como eje el Partido Peronista al que Perón prefería referirlo como un movimiento. Sus pilares eran las ramas política, sindical, femenina y juvenil. Desde el poder se promovió la creación de la Confederación General Económica, la CGE, cerrando el círculo corporativo que incluía también a los empresarios. El populismo peronista tuvo así una plataforma poderosa que no encontraba resistencias sectoriales significativas por parte de las actividades que pudieran sentirse perjudicadas. La profusa propaganda política y la tarea de la Fundación Eva Perón hacían el resto.
Puede decirse que Perón fue el caso de más franco populismo en la Argentina, acercándosele sólo en épocas recientes el gobierno iniciado en 2003. Lo cierto es que a partir de la aparición del peronismo y como una forma política de enfrentarlo cuando ese partido no gobernaba, el fenómeno del populismo emergió reiteradas veces en gobiernos radicales y también en gobiernos militares.
El peronismo cautivó a muchos políticos conservadores y a nacionalistas católicos, especialmente en sus inicios. Su color corporativo y anticomunista despertaba adhesiones intelectuales que perdonaban su desenfadado populismo. Sin embargo el discurso de Perón incorporó crecientemente la apelación al antagonismo de clases e inevitablemente se aproximó a las izquierdas. Desde Arturo Jauretche en los cuarenta, pasando por los grupos violentos de izquierda en los setenta, hasta el Grupo Carta Abierta actualmente, muchos revolucionarios e intelectuales de izquierda fueron atraídos por el populismo peronista en los últimos 67 años.
La presencia dominante del peronismo en la política argentina impregnó de rasgos populistas al resto del espectro político. La Unión Cívica Radical no pudo excluirse de ese contagio y ya con la aparición estelar del Coronel Perón como adalid de los trabajadores, produjo la Declaración de Avellaneda, redactada el 4 de abril de 1945 y aprobada como plataforma por el Comité Nacional en 1948. Entre otras cosas, decía: “Toda la historia del país es el resultado de una lucha de corrientes populares progresistas, movidas por un profundo ideal de superación, contra oligarquías retardatarias de las grandes realizaciones que debían hacer del hombre argentino un hombre verdaderamente libre. Dentro de ese proceso nacional, la Unión Cívica Radical es la expresión histórica tangible, que desde fines del siglo pasado rencarnó los ideales de la argentinidad, que tuvieron su primera y efectiva formulación en la revolución de 1810.” “La Unión Cívica Radical, que fue la irrupción del pueblo en la escena política de la Nación, de la cual estaba ausente por la imposición de la fuerza y del fraude, trajo reclamaciones concretas que interpretaban las exigencias de la hora, y, lo que es más fundamental, incorporó a la militancia pública una concepción sobre la vida y sobre la política que serviría de guía para el desarrollo futuro de la Nación. Es así que cualesquiera sean las transformaciones a que asista el mundo, esa concepción será la base inconmovible de la cual los argentinos no se podrán apartar de la soberanía popular como fundamento de las instituciones.”
A partir de aquella Declaración, el discurso y la acción del radicalismo estuvieron teñidos de contenidos populistas, claramente menos intensos que los del peronismo, pero inevitablemente determinados por la competencia que debió librar desde entonces frente a esa fuerza. El socialismo también fue impulsado a modificar su discurso y acompañar postulados más cercanos al populismo que al dogma socialista. El proteccionismo y el nacionalismo, por ejemplo, no eran banderas ni del radicalismo ni del socialismo antes de la llegada del peronismo. Los viejos dirigentes de esos partidos sabían que no eran convenientes para mejorar el nivel de vida de la clase media y de los trabajadores y que más bien beneficiaban a empresarios ineficientes. Pero desde fines de los cuarenta pasaron a formar parte de sus propuestas.
El discurso peronista populista, el clientelismo y las dádivas penetraron de tal modo en las masas, que ningún partido político ni ningún gobierno, incluidos los militares, han podido evitar aplicar políticas que dieran satisfacciones de corto plazo, aunque no fueran las indicadas para beneficiar el largo plazo. El efecto está a la vista. La Argentina ha mostrado una sistemática propensión a aumentar el gasto público por encima de los ingresos fiscales y a producir déficit y endeudamientos impagables. Nuestro país muestra el lamentable record mundial de ser el que ha caído en default más veces en los últimos cincuenta años. El resto del mundo conoce esta debilidad más que gran parte de los propios argentinos, que prefieren creer que hay una gran conspiración internacional en su contra.
El populismo desde la gestión de gobierno ha tenido un fuerte recrudecimiento en los últimos diez años. Es historia demasiado reciente como para desarrollarla en este documento sin caer en un tono político que no creo conveniente. No obstante, creo interesante discutir algún planteo filosófico en defensa del populismo oficial, que ha emergido desde ambientes intelectuales con simpatía ideológica a la experiencia kirchnerista. Me refiero a los postulados del llamado Grupo Carta Abierta y a los de Ernesto Laclau desde sus primeros escritos en 1978 y más recientemente en su libro “La Razón Populista“.
Laclau no interpreta al populismo como una ideología determinada ni tampoco lo observa como una forma condescendiente de gobernar a las masas. Para él el populismo se construye sobre la base de las demandas genuinas de la gente, que sumadas y agrupadas comienzan a tener identidad colectiva. Lo que las articula suele ser un adversario o antagonista común, que responde a intereses propios, por lo general descalificables frente a la convalidación popular de aquellas demandas. Las demandas del pueblo pueden o no coincidir con los postulados de una determinada doctrina o ideología, pero eso no es lo que interesa. Hay en esto una visión relativista que difiere con el marxismo. No necesariamente el pueblo debe seguir el postulado de la revolución socialista o la dictadura del proletariado. Para Laclau no hay un ideólogo que escriba el libreto de la protesta y de la acción, sino que es el pueblo quien espontáneamente define sus reclamos y orientaciones. Estos pueden referirse, por ejemplo, tanto a la propiedad colectiva de los medios de producción, como al rechazo de los inmigrantes o a la separación de razas. El populismo de Laclau podría ser teóricamente tanto de izquierda como de derecha, aunque al focalizar el enemigo común del pueblo en las oligarquías dominantes, comulga con la izquierda y además presume que el populismo lleva al socialismo. Para él las instituciones no son relevantes y más bien inconvenientes si obstaculizan las respuestas a las demandas directas del pueblo. En esta visión hay un rechazo a los mecanismos de representación y se prefiere la democracia directa o en todo caso la delegativa. El gobernante ideal es aquel que escucha y responde a las demandas populares. Es el caudillo que no se deja limitar por las instituciones.
Está claro que para Laclau no cabe la presunción que el pueblo se equivoque. Esto colisiona con la realidad histórica, que ha demostrado que esta presunción ha sido el germen de gran parte de los regímenes totalitarios. Además hay un error conceptual de partida en asignarle una entidad unívoca al concepto de pueblo. Hay personas que piensan y actúan y no hay una igual a otra. Todas son respetables. Cuando un periodista le preguntó a Jorge Luis Borges qué opinaba de los franceses, éste contestó: “No los conozco a todos”. Decir que el pueblo piensa de una u otra manera es una enorme simplificación y suele ser una forma abusiva de exponer poder.
El Grupo Carta Abierta expresa un pensamiento de orientación marxista, aunque vestido por el prurito del respeto por ciertas instituciones de la vida democrática. Sus documentos responden a la dialéctica amigo-enemigo, asumiendo que ellos hablan por el pueblo y que éste y el actual gobierno son una misma cosa. Entonces con esta representación y bajo un liderazgo personal, se alinean con un gobierno que alega enfrentar a los grupos económicos supuestamente dominantes y que castiga a sus aliados culpables. En esta epopeya, todos los errores y pecados son pasados por alto.
Con diversas variantes, otros sociólogos de nuestro medio intentaron rescatar el concepto de populismo de la interpretación más común referida a las políticas públicas concesivas. Podemos mencionar a Torcuato di Tella y Gino Germani que interpretaron al populismo como un resultado necesario en transiciones desde una sociedad tradicional hacia otra más equitativa, que no contó con el tiempo suficiente para adaptar las instituciones existentes y que en la emergencia requirió de un liderazgo fuerte y discrecional. Esta es, a mi juicio, una interpretación generosa del primer peronismo.
Emilio de Ipola y Juan Carlos Portantiero, en su artículo “Lo nacional y popular y los populismos realmente existentes” (1981) criticaron la tesis, hoy de Laclau en cuanto a la continuidad entre el populismo y el socialismo. También observaron al populismo como una forma de transformismo, pero que deriva en un nuevo orden de tipo organicista, no socialista. La experiencia del primer peronismo pudo darles la razón, no así las replicas impregnadas de violencia de los setenta, ni tampoco las más recientes de Venezuela y de otros populismos latinoamericanos con definida propensión a socialismos anacrónicos.
La gestión populista es por definición cortoplacista. Se privilegia la percepción de un efecto positivo inmediato buscando el apoyo y el voto de la mayor cantidad de gente. Pero por regla general las políticas que producen efectos positivos de corto plazo comprometen negativamente el largo plazo, y viceversa. El dicho “pan para hoy, hambre para mañana” describe bien esta peculiaridad. Por esta razón los gobiernos populistas tarde o temprano llevan el país a una crisis, o al estancamiento económico. También suelen llevar a enfrentamientos y violencia, ya que la corrección supone dureza y, fuera ya del poder el líder populista encuentra fácil culpar de esa dureza a sus antagonistas y sucesores.
La satisfacción inmediata está en la esencia del ser humano, pero el reconocimiento del valor del sacrificio presente y del ahorro, forma parte de los avances de la cultura. Cuanto mayor sea el nivel de comprensión de este principio, tanto más difícil es que avance el populismo sobre una sociedad. Es una cuestión de formación y de responsabilidad para saber cuando se está comprometiendo el futuro, y también de solidaridad para no aceptar un beneficio cuando es propio, mientras el daño recae sobre otros. El ser humano también es intuitivamente egoísta y sólo puede vencer esta tendencia cuando participa de valores que además se extienden en su ámbito social al que presta solidaridad.
Las gestiones populistas optan por el beneficio inmediato y desconocen cualquier tipo de compromiso inter generacional. Los ciudadanos de generaciones venideras no votan y por lo tanto no interesan. Hay que gastar más hoy contrayendo deuda si es necesario. La pagarán otros. Tal vez esos otros ya viven y son niños o jóvenes, pero probablemente no se den cuenta. Hay que usar hoy los fondos de pensión, mañana se verá como se les paga a los jubilados. Hemos conocido este tipo de comportamientos en la Argentina y hoy nos suena familiar. Enrique Krauze ha descripto con notable realismo los rasgos de nuestros populismos en su “Decálogo del populismo iberoamericano”, en el Diario El País, el 14 de octubre de 2005. Decía: “1) El populismo exalta al líder carismático. 2) El populista no sólo usa y abusa de la palabra: se apodera de ella. . Habla con el público de manera constante, atiza sus pasiones, “alumbra el camino”, y hace todo ello sin limitaciones ni intermediarios. 3) El populismo fabrica la verdad, abomina de la libertad de expresión, confunden la crítica con enemistad militante. Por eso busca desprestigiarla, controlarla, acallarla. 4) El populista utiliza de modo discrecional los fondos públicos. El erario es su patrimonio privado que puede utilizar para enriquecerse o para embarcarse en proyectos que considere importantes o gloriosos, sin tomar en cuenta los costos. 5) El populista reparte directamente la riqueza, pero no lo hace gratis: focaliza su ayuda y la cobra en obediencia. 6) El populista alienta el odio de clases, hostiga a “los ricos” (a quienes acusa a menudo de ser “antinacionales”), pero atrae a los “empresarios patrióticos” que apoyan al régimen. 7) El populista moviliza permanentemente a los grupos sociales. La plaza pública es un teatro donde aparece “Su Majestad El Pueblo” para demostrar su fuerza y escuchar las invectivas contra “los malos” de dentro y fuera. 8) El populismo fustiga por sistema al “enemigo exterior”. 9) El populismo desprecia el orden legal. El Congreso y la Justicia son un apéndice del poder. 10) El populismo mina, domina y, en último término, domestica o cancela las instituciones de la democracia liberal. Considera esos límites contrarios a la “voluntad popular”. La lectura de este decálogo permite eximirnos de realizar un mayor análisis para encontrar coincidencias con la realidad que vivimos en estos últimos años en nuestro querido país.
En definitiva, a mi juicio nada puede esperarse del populismo sino daños a la sociedad y una mayor confrontación entre sus miembros. La pretensión de elaborar construcciones filosóficas para dar fundamento a una teoría virtuosa del populismo, no tiene mayor sentido y sólo llega al absurdo de promover y embanderarse tras lo que sólo es una mera enfermedad de la democracia. El populismo ha producido y sigue produciendo un gran daño a nuestro país. Sólo falta que en su nombre se pretenda modificar nuestra Constitución Nacional quitando de ella su parte sustancial, que es justamente la que los creadores de nuestra organización nacional incorporaron en defensa de los derechos individuales que son la esencia de una verdadera democracia.
(*) Manuel Solanet. Director de Políticas Públicas, Libertad y ProgresoArtículo publicado por Libertad y Progreso el 23 de Octubre de 2012.