miércoles, 10 de octubre de 2012

La clase media decapitó el proyecto K

Por ALPHONSE DE LUXEMBURGO (*)
En el camino al 8N, una pregunta que se hacen muchos, en especial luego del triunfo de Hugo Chávez Frías en Venezuela: ¿Podrá el oficialismo recuperarse del descrédito en el que chapalea hoy día, tal como lo hizo tras la derrota por la Resolución 125? El autor despliega su enfoque. Su firma es el seudónimo de un importante catedrático, además de periodista y analista, que periódicamente colaborará con los lectores de Urgente24.
Management & Fit. Del 21 al 29 de Septiembre de 2012. Población general entre 18 y 70 años (votantes en 2011). 6 estratos: CABA, CENTRO, NOA, NEA, CUYO y SUR. 2259 casos ponderados representativos a nivel nacional, con aperturas en CABA, PBA, Córdoba y Santa Fe. Error muestral: +/- 2,2%, para un nivel de confianza del 95%.

Pasado un mes tras la pueblada de la clase media, convocada por medio de las redes sociales, en manifestaciones tan apolíticas como espontáneas, y en tanto se vislumbra otra para noviembre próximo igualmente citada por medios digitales, es tiempo ya de una reflexión menos impulsada por la precaria inmediatez que por la perspectiva. Entre el saldo y los retazos, queda en claro que hasta algunos analistas políticos, en la senda de ciertos metereólogos y economistas con veleidades de Horangel, han devenido en comentaristas de una realidad que, extrañamente, se les escapa entre los dedos. Del mismo modo que, en su desesperada búsqueda de analogías meramente políticas con la Argentina del triunfo electoral de Hugo Chavez en Venezuela del último domingo, La Cámpora jugó a olvidarse que la estratificación social comparada de ambos países es ciertamente muy diferente.
 
En efecto, en la retahíla de argumentos empleados por aquéllos para eviscerar la masiva expresión de los caceroleros se han pasado por alto algunas obviedades significativas que, una vez consideradas, conducen a conclusiones muy distantes de las de algunos politólogos que derramaron hectolitros de tinta o retorcidas parrafadas en código binario. Es decir, algunas cosas son más sencillas de cómo las presentaron los expertos. O eso se cae de maduro.
 
Las nutridas manifestaciones del 13 de septiembre ocasionaron, curiosamente, ciertas insólitas desmemorias. 
 
Una de ellas, relevante, es que ningún partido político gana las elecciones generales o parciales sólo con el calor de sus propios acólitos sino que necesita seducir a la numerosa clase media que se apiña entre los indecisos. De tal forma, el 54% de los votos obtenidos por Cristina Fernández de Kirchner, al ser reelecta para un segundo mandato en octubre del año pasado (a casi un año del aquel festival comicial), sólo un 30 ó un 32 % son votos propios y el resto corresponden a esos indecisos de la clase media que optaron por la fanfarria de la demanda patrocinada por el kirchnerismo, al estilo del “voto cuota” de Carlos Menem en los ’90. 
 
Por lo tanto, el 54 % de los votos que ungieron a la actual Presidente (CFK ganó 13 de las 15 comunas de Capital Federal, distrito donde el archienemigo del régimen, Mauricio Macri, había derrotado abrumadoramente a los esbirros kirchneristas) no son de propios sino de aliados circunstanciales, como la larga experiencia como legisladora de la viuda de Kirchner le debe haber enseñado.
 
De tal manera, la clase media arribó, a casi un año de la elección presidencial, al menos a dos constataciones y, muy probablemente, decisiones. 
 
Por un lado, las manifestaciones de ese sector social dejaron en claro su reconocimineto a su equivocación cuando concedió su aval ganador (recuérdese que la miríada de fanáticos kirchneristas resulta incapaz matemáticamente de conseguir el triunfo por sí misma) a la actual Presidente, tal como sucedió ya con Alfonsín, Menem, De la Rúa y hasta Néstor Kirchner antes, pero asimismo resulta no menos transparente que también estableció que había sido engañada por un fugaz y especulativo cambio de discurso de Fernández de Kirchner, quien –recuérdese también- previo a los comicios de octubre de 2011 había revestido su discurso de palabras de armonía, concordia, civilidad y respeto (ejes de la seducción a la clase media que ahora es vilipendiada por los portavoces alternos y genuflexos del Gobierno), amén de haber explotado desembozadamente su viudez para capturar la empatía social y procesarla en votos. 
 
Por otra parte, la extendida expresión popular de rechazo materializó el retiro anticipado de aquel apoyo, dejando al Gobierno huérfano, a mitad de camino, de respaldo social, salvo por los avales de la propia tropa que sólo hacen ruido (reproducido por un aparato estatal de medios de comunicación con mucha inversión y escasa repercusión, según las mediciones de rating) pero carecen de las “efectividades conducentes” del voto. 
 
La oposición, atomizada por una ambición individual sin fundamento, también fue objeto del mismo descontento, toda vez que las banderas del cacerolazo fueron apartidarias. La prescindencia política, el poder de la clase media, implicó darle la espalda a la oferta alternativa de la oposición.
 
La decepción transformada en reclamo sepultó entonces los esbozos de re-relección, por lo que, al carecer el “cristinismo” de candidatos alternativos (producto de la lógica ultrapersonalista que lo caracteriza, procedente de una paranoia política indiscriminada, por su ignorancia), deja a sus seguidores fanatizados no sólo sin posibilidad de perdurar como “proyecto” histórico sino que irremediablemente los torna objeto de persecución apenas se perciba la decadadencia del régimen que los protege, estimula y engaña.
 
La reacción descalificadora de los portavoces alternos del oficialismo, acaso sintetizada en las declaraciones crudamente despectivas del jefe de Gabinete, Juan Manuel Abal Medina(recuérdese que aseveró que los manifestantes estaban más interesados en Miami, aludiendo a la demanda de dólares billete que el cepo cambiario abortó parcialmente), produjo al menos tres conclusiones: 
 
a) la virulencia de las expresiones, como suele hacer el kirchnerismo, es proporcional a su preocupación y su desconcierto; 
 
b) dinamitó los puentes que pudieron haberle quedado con la clase media, con lo que asumió anticipadamente la derrota político-electoral de la re-relección, dado que sin los votos de ese estamento social –como se ha visto-ningún partido o facción política puede ganar cualquier comicio; y 
 
c) al arrebatarle la masividad, adicionalmente sin conductores políticos visibles y con la espontaneidad (de la que carecen las movilizaciones oficiales, como Hugo Moyano podría atestiguar) facilitada por las redes sociales, la expresión social del reclamo recuperó para el sector las facultades políticas que la democracia presta a una administración, con lo que vació significativamente de poder al Gobierno, cuyo designio ha sido precisamente el ejercicio del mandato en contra de sus mandantes.
 
Sin re-relección y sin candidatos propios relevantes, la experiencia K ha concluido. 
 
Resta ahora observar cómo el deterioro político genera posibles medidas desesperadas y torpes, a las que el desprestigiado “relato” oficial intentará presentar como una improbable“profundización del modelo”, y hacia dónde soplarán los vientos del recambio. Las encuestas confirman la decadencia.
 
¿Podrá el oficialismo recuperarse del descrédito en el que chapalea, tal como lo hizo tras la Resolución 125? Sin contar que los tiempos políticos y macroeconómicos son muy distintos, tampoco puede confundirse aquel rechazo de sectores, con raigambre en el interior y una reivindicación de una actividad productiva, con el 13S como expresión de la clase media, urbana, culturizada y más amplia. Es decir, las protestas fueron diferentes y, si la clase media urbana avaló el reclamo rural, no significa que sean el mismo sector.
 
Harina de otro costal es encontrar las razones profundas de una comunicación oficial en la que sobreviven conceptos de “masas”, guiadas por una vanguardia iluminada que en rigor desprecia los miembros unitarios de ese conjunto de personas (ese menoscabo estructural es harina de otro costal).
 
La clase media en política
 
En 1983, la clases medias votaron masivamente a Raúl Alfonsín quien logró su triunfo con el 51,7% de los votos. Desencantadas con la hiperinflación del ’89, se volcaron al candidato peronista Carlos Menem, a quien le volvieron la espalda cuando la desocupación y el colapso económico crecían, para volcarse a favor de Fernando dela Rúa en 1999. Otra vez, sus movilizaciones del “Que se vayan todos” al son de las cacerolas de fines de 2001 demolió tanto la experiencia de la Alianza (UCR-Frepaso) sino que poco después se cobró a Eduardo Duhalde, cuando tales clases medias se volvieron a movilizar indignadas por la muerte de dos militantes de izquierda. 
 
Así, en 2003, en la dispersión de candidatos, una parte de la clase media se volcó por Néstor Kirchner, en cuyo proyecto resonaba el puente tendido a ese sector social como respaldo a su endeble poder político original. En las elecciones de octubre de 2007, Cristina de Kirchner ganó con menos del 45% de los votos, dado que los sectores medios habían comenzado a descreer y repartieron su voto en varios candidatos, sectores que parecieron reunificarse en octubre de 2011 ante la ausencia de proyecto de una oposición desarticulada, con algunos referentes ya cuestionados de anteriores experiencias.
 
"En el contexto actual –analizó Liliana De Riz, investigadora del CONICET, en su trabajo de 2009 «La clase media argentina: conjeturas para interpretar el papel de las clases medias en los procesos políticos»-, la inversión productiva está cayendo y la reciente salida de capital fue cuantiosa. La Argentina pierde competitividad. Su infraestructura continúa obsoleta y la calidad de la educación y la preparación tecnológica se están quedando rezagadas respecto de países que hasta hace poco estaban lejos de acercarse a los niveles alcanzados en la Argentina". 
 
De Riz agregó: "Sin debate de ideas que muestren caminos para salir del estado actual de cosas y perfilen la imagen de una nueva sociedad; sin avizorar cómo construir la organización económica que reemplace a la destruida, los partidos no logran dar forma a una oferta capaz de convocar a la sociedad. No sorprende que sean las clases medias las que perciban esta situación como intolerable y amenacen con reaccionar o reaccionen con estallidos que ponen en jaque al gobierno de turno. Por eso viene a cuento la reflexión de uno de los grandes hispanistas del siglo pasado, Pierre Vilar, quien dijo que cuando indagamos sobre estallidos sociales, los historiadores no debemos preocuparnos ‘de la cerilla del fumador, sino de la potencia del explosivo’. La vulnerabilidad de las clases medias es el material combustible.”

(*) Seudónimo de un periodista, analista y catedrático. Artículo publicado por Urgente 24 el 9 de Octubre de 2012.