lunes, 15 de octubre de 2012

No hay otro Relato

Por Jorge Fontevecchia (*)
La Presidenta se ha definido históricamente como hegeliana: la historia tiene un espíritu que busca el progreso en la continua repetición tesis, antítesis y síntesis. La Presidenta cree que el triunfo de Chávez es un triunfo también para el kirchnerismo en la Argentina. Macri coincide con ella, por eso el PRO apoyó explícitamente a Capriles alentando y esperando que el resultado de las elecciones de Venezuela fuera otro.

Pero no hace falta ser históricamente hegeliano para admitir que los ciclos tienen su espíritu de época ni para leer el triunfo de Chávez en clave internacional, sacando observaciones aplicables a los triunfos kirchneristas y la impotencia de la oposición en Argentina.

La interconexión global y regional es un dato objetivo de la realidad. No es lo mismo la Concertación de Chile, el Frente Amplio de Uruguay o el Partido de los Trabajadores de Lula que el socialismo bolivariano de Chávez o Correa, pero todos, aun con significativas diferencias de grado, definen a su opositor como la derecha, promueven planes de redistribución de la renta más agresivos y alientan una mayor intervención del Estado en la economía. Aunque no haya un Moreno, y eso lo haga pasar más inadvertido, cualquier multinacional industrial confesará que Brasil también aumentó su presión sobre los cupos de importación.

El jueves pasado, el principal asesor de Dilma Rousseff para asuntos latinoamericanos, con rango de ministro, Marco Aurelio García, dijo en nuestra Radio Nacional que el PT querría tener en Brasil los medios favorables que tiene Chávez, pero se tiene que conformar con un contexto donde todos son críticos. La profundidad y la velocidad con que se aplican las ideas difieren enormemente en función de la resistencia que se les opone. Brasil es un país más grande y más complejo, donde el poder de ningún modo podría estar tan concentrado, y donde resulta posible, por ejemplo, que la Corte Suprema de Justicia condene a prisión a diputados oficialistas y hasta a José Dirceu, la mano derecha de Lula en el PT. Pero, en esencia, las ideas son las mismas.

Ese espíritu de época no sólo habita en Latinoamérica; Obama fue electo presidente y pretende ser ahora reelecto, criticando a los ricos. O sea, aunque con mil matices, hay un solo relato en el mundo: el del reproche al capitalismo desde dentro del capitalismo.

Tiene justificación: el relato actual es el resultado del fracaso del anterior (lo mismo que el anterior de su anterior, y así sucesivamente). También muy simplificadamente: la Unión Soviética colapsó porque la socialdemocracia en Europa y el Partido Demócrata en Estados Unidos lograron, con distintas formas de Estado de bienestar, generar mejores condiciones de vida a su población que las que alcanzaban los países comunistas. Tras la caída del Muro de Berlín, el capitalismo se relajó y durante estas últimas dos décadas los ricos se hicieron más ricos y los pobres más pobres. Economistas de todas las tendencias coinciden en que el problema a solucionar es el empeoramiento de la distribución de la renta. Los conservadores sostienen que dicho empeoramiento es la consecuencia de la crisis y los economistas más progresistas sostienen que es la causa misma, pero nadie duda de que es “el” problema, y hasta el FMI le pide ahora a Europa que termine con su política de ajuste continuo.

El espíritu de la época se podría sintetizar en una crítica al capitalismo financiero post Muro de Berlín, que mostró su primera grieta al estallar la burbuja bursátil de internet a comienzos de la década y terminó de hundirse con la crisis de 2008, que aún continúa. Pero no se propone el fin del mercado o sustituir la economía de oferta por otra de demanda como en la ex Unión Soviética. Sino una síntesis, que está en elaboración, de la que surgirá uno de los tantos nuevos ciclos del capitalismo.

En ese interregno casi nadie que se oponga a la marea ideológica (el espíritu de época) logrará ganar una elección y mucho menos imponer un relato alternativo. Por eso Rajoy, a nueve meses de haber sido electo, ya es un cadáver político en España, y Macri no puede más que balbucear generalidades vacías. El mismo Capriles, para conseguir hacer una buena elección, chavizó su discurso y su estética.

Lo mismo sucedió en los años 90, cuando el espíritu de época era opuesto al actual: aquel que criticara las privatizaciones, la apertura o la desregulación carecía de posibilidades de ser escuchado. Por eso Kirchner en los 90 defendía la convertibilidad y la privatización de YPF, y De la Rúa, para ganar, proponía mantener la misma economía y sus diferencias apelaban a lo simbólico y republicano pero con el mismo relato. Brasil también tuvo convertibilidad y uno a uno del dólar con la moneda local, aunque con sus clásicas diferencias en la velocidad y profundidad de los cambios: ellos entraron después y salieron antes que nosotros; además, mucho más ordenadamente que en Argentina, al igual que con sus privatizaciones.

El menemismo también fue un relato con sus culpables anteriores (el estatismo, la inflación), con su jerga (economicista), y fue posible, como todos los relatos, porque se subió al espíritu de esa época.

Chávez es el general de la antítesis de aquel relato. El primero que se opuso al Consenso de Washington. Hoy, como le dijo Cristina al felicitarlo, cosecha lo que sembró. Seguirá así hasta que surja la síntesis superadora y el espíritu de época recorra otro camino. Para eso falta que Europa concluya su crisis (¿dos años más?) y la economía mundial se recupere e inicie otro ciclo expansivo. Mientras eso no suceda, la oposición remará en dulce de leche.


(*) Jorge Fontevecchia. Periodista, escritor y analista político. Artículo publicado en Perfil y en Chacomundo el 13 de Octubre de 2012.