viernes, 26 de octubre de 2012

Precisiones

Por Luis Tonelli (*)
Ciclo Kristina agotado. Sociedad moderada. La Cámpora no cumple como usina de talentos e ideas. Y la revolución quiere ir contra todo. La cuestión es:¿ baja en el tobogán de las encuestas o sube a gatas? Por ahora baja.

Dos son los lugares comunes en los que se cae cuando se analiza el cristinismo: el primero, que se trata de un ciclo agotado. El segundo, el cristinismo ha polarizado a la sociedad, dividiéndola en dos. Lugares comunes que no son correctos y que no ayudan a comprender la situación actual. Revolución al Antiguo Régimen.
El kirchnerismo, en diferentes fases de su evolución, recibió en diferentes oportunidades la sentencia de ciclo concluido, muy especialmente después de la 125, con la derrota en las elecciones legislativas en el 2009 o con la muerte de Néstor Kirchner. En cada una de esas ocasiones el kirchnerismo recompuso su relación con la opinión pública y el electorado, exhibiendo una notable capacidad de recuperación.
Sin embargo, la situación ahora es diferente: el cristinismo, no implica una “e-volución” del kirchnerismo si no más bien una “re-volución” interna, de alguna manera un corte con la dinámica y el ADN K para convertirse en otra cosa. Uno debería decir entonces los problemas actuales no son los de un ciclo agotado, si no cuestiones que tienen que ver con las dificultades (quizás insuperables) de estabilizar un ciclo nuevo, diferente, que simplemente clausuró sin aviso el ciclo kirchnerista y trata de trascenderlo en una mutación interna.
El kirchnerismo fue un esquema de gobierno de crisis cuya intención era disciplinar y coordinar a los actores sociales y políticos para volver gobernable el país, con un contexto internacional económico favorable para fogonear el crecimiento interno. Para eso se valió de una “escudería” alquilada: heredó ministros de Duhalde, cerró acuerdos con gobernadores e intendentes, con el madamás de la CGT Hugo Moyano, con empresarios, contuvo a los dirigentes de las organizaciones piqueteras. O sea, un esquema bastante conservador e inclusivo, que se contrapuso a los amagues de “transversalidad”. Si Kirchner polarizaba era con el pasado, con el Proceso, con la crisis. Pero mantuvo, asimismo, la misma matriz estructural de los 90´, la misma relación entre el Estado y el Mercado, agregando solo como novedad la llegada de empresarios amigos, con los que el viejo empresariado tuvo que aprender a convivir.

Cristina Fernández pretende otra cosa: hacer entrar en crisis a todos los estamentos, grupos y corporaciones que identifica con el “Antiguo Régimen”, incluso las generadas durante el gobierno de su marido. En ese trance, de disolver toda mediación por considerla impura y en conflicto con el interés general que cree encarnar, necesita de hechos fundantes. El más importante, paradójicamente, es uno que está pendiente hace 3 años, y es el de la “destrucción del Grupo Clarín”. Cuestión que concita todas las energías cristinista, descuidando otros flancos, y volviéndolo un “gobierno de obsesiones”.

Se trata entonces de un ciclo corto con aspiraciones fundaciones que enfrenta muchísimas dificultades, siendo quizás la más seria la que pretende lo nuevo con un gabinete en su mayor parte heredado y que sufre de desgaste de material evidente, mientras La Cámpora es un semillero que no ha podido generar cuadros de la magnitud de los que el Gobierno necesita.
La otra confusión es respecto a la mentada polarización. Se escucha de políticos, analistas, y gente en general “el kirchnerismo ha dividido a la sociedad en dos”, Pero la sociedad no está polarizada. La sociedad argentina sigue siendo mayoritariamente moderada, ideológicamente centrista, incluso votando alternativamente a candidatos de uno y otro lado. Por supuesto que hay tiffosi, pero ocupan los márgenes de ese centro mayoritario.
Es el gobierno el que trata de polarizar una sociedad impolarizable, y con eso ha generado la bronca o el hastío de los moderados. A esos que más que molestarle las políticas que anuncia Cristina Fernández los irrita el estilo con que las anuncia. A esos que más que molestarle el rumbo económico los irrita las consecuencias que tienen sobre la vida cotidiana la mala praxis del Gobierno. O sea, una franja que tranquilamente podría votar por el kirchnerismo, y así lo han hecho mucho de sus integrantes que hoy toman distancia, no soportando la soberbia, la arrogancia y los ideologismos presidenciales.

Si la sociedad estuviera partida realmente en dos, como lo estuvo en la exacerbación del conflicto entre peronistas y antiperonistas, los opositores deberían olvidarse entonces de ganar alguna vez las elecciones. Sin necesidad de alcanzar el 50% más un voto, el cristinismo con solo lograr el 40% y sacarle 10 puntos a su inmediato competidor haría a su candidato presidente.

De ahí que en las elecciones legislativas que se vienen el número mágico será el 40%: si logra superar esa barrera el cristinismo dirá que aún sin tener a la presidenta como candidata, y pese a la dispersión del voto típico de las legislativas, si esa hubieran sido elecciones presidenciales el candidato/candidata oficialistas hubiera sido ungido nuevo presidente. A la inversa, se deja librado a la imaginación del lector lo que sucedería si el Gobierno no alcanza ese mágico 40%.

(*) Luis Tonelli. Artículo publicado en "7 Miradas" en el News 73. Editor Luis Pico Estrada. El 24 de Octubre de 2012.