martes, 16 de octubre de 2012

Un grito desesperado a la Justicia… la Argentina está triste y asustada de sí misma

Por Rodolfo Patricio Florido (*)
Quevedo decía…: “Donde no hay justicia es peligroso tener razón, ya que los imbéciles son mayoría”.
Señora Presidente… ¿se da usted cuenta de lo que está haciendo y logrando?
Se lo digo sin ningún ánimo destructivo y con un dolor que me nace del pecho más que del cerebro. Nunca en mi vida he visto este nivel de odio. Ni aun en los ‘70.

Por aquellos tristes y terribles años veíamos miedo, violencia extrema y mucho fundamentalismo antidemocrático. Pero aún en las muertes, todas las muertes, había convicciones por construir un país distinto. De hecho, muy probablemente, los mejores murieron y el país todo llorará por siempre, la ausencia física de los que entregaron sus vidas, en sus diversidades, mientras otros, asesinaban y se enriquecían para posar, de libertarios en una etapa y de progresistas en otra. Otros tantos gozan aún como empresarios exitosos.

Hoy esas convicciones trasmutaron en una suerte de revancha destructiva disimulada en una búsqueda de justicia que debería llegar pero no perdurarla en una suerte de herida abierta y reabierta, una y otra vez, porque pareciera que es más rendidora la herida que sangra que la justicia que cauteriza. Es como si el odio, buscara en la Justicia la razón de su alimento. Antes odiaron unos, ahora odian otros… y así, mañana… odiarán todos.

Pero esto es distinto, se están vaciando las almas argentinas y está surgiendo un odio por mutuas incomprensiones que solo puede tener un destino… ¿se da usted cuenta de esto?
No le da algo de pena pensar que solo usted tiene la razón absoluta. No le da algo de pena buscar una y otra vez jueces adictos para resolver políticamente situaciones en que solo debería intervenir la Justicia como majestad última.

No le da algo de pena negarse así misma la posibilidad de escuchar sin prejuicios, la posibilidad de creer que no todo el que piensa distinto o con matices quiere destruirla.
No se da usted cuenta que la continuidad de confundir convicciones con terquedad fundamentalista solo conducirá al odio y la violencia porque no dejará margen para crecer.

Cicerón decía… “aquel cuyos oídos están tan cerrados a la verdad hasta el punto que no puede escucharla de boca de un amigo, puede darse por perdido” y Cicerón era sabio, auténticamente sabio. Las obsecuencias suelen ser lastres más que poder acumulado. También suelen ser las traiciones menos esperadas porque los obsecuentes carecen del valor auténtico de acompañar cuando llega el tiempo de las decisiones que condicionan sus propios futuros.

Los intentos de racionalidades, los suyos incluso, terminan naufragando entre explosiones de resentimientos bien expresados, pero resentimientos y como tales, debilidades al fin.
Señora, pareciera que usted está más pendiente de los conflictos, sus odios o, si usted prefiere, sus adversarios, que de si misma y lo que el país necesita.

El país no necesita de sus conflictos y mucho menos de sus odios o adversarios, el país necesita menos misas escenificadas y más construcción de futuros reales y concretos. Y no se trata de un concurso de números de construcción de escuelas, si estas estarán luego vacías de formación y ausentes de futuros reales.

No se trata de pregonar la búsqueda de la Justicia si cada vez que un Juez o una Jueza no le son afines a su santa voluntad usted los recusa o como dicen las esquinas porteñas, amenazan hermanos.

Quevedo decía…: “Donde no hay justicia es peligroso tener razón, ya que los imbéciles son mayoría”.
O sea, será finalmente la Justicia, en su independencia real o sus propios miedos y miserias, la que encontrará el camino del futuro o dará el empujón hacia el abismo que se la llevará también a ella.

Hoy, la necesitamos más que nunca. Digna, independiente, soberana entre poderes. Equilibrio entre poderosos. Sensible ante la pobreza y dura e inclaudicable ante cualquier riesgo que amenace la Democracia.

Una nación no está compuesta únicamente de buenos de toda bondad y malos de toda maldad. Una democracia seria e intensa se sobrepone y mejora cuando encuentra en el punto de equilibrio que representa la balanza de la justicia los límites a la intolerancia, a los fundamentalistas descalificadores del pensamiento diferente, a los ideólogos del pensamiento único, a los que confunden convicción con verdad absoluta que deba ser impuesta, a los que creen que el ciudadano es una masa informe que debe ser mandado antes que conducido, a los que creen que el pobre es bueno porque es pobre y que el rico es malo porque es rico, a los que creen que para ser ricos deben hacer de otros pobres y a los que creen que dejaran de ser pobres si hacen pobres a los ricos.

Señora Presidente, son tiempos difíciles; será finalmente usted quien resuelva su destino y con ello parte significativa del nuestro. Pero recuerde aquel concepto de Cicerón… “aquel cuyos oídos están tan cerrados a la verdad hasta el punto que no puede escucharla de boca de un amigo, puede darse por perdido”.

(*) Rodolfo Patricio Florido. Artículo publicado por Informador Público (Director: Carlos Tórtora) el 16 de Octubre de 2012.