domingo, 25 de noviembre de 2012

Crónica de una Argentina anunciada

Por Alvaro Vargas Llosa (*)
La huelga general que acaba de sacudir al gobierno de Cristina Kirchner podría haberla secundado Milton Friedman a pesar de que fue convocada por los sindicatos opositores agrupados en la CGT y la CTA, y de que sus líderes son, sobre el papel, la antítesis del extinto liberal.

La razón de esto es una perfecta lección sobre el populismo. Cuando un gobierno se devora la riqueza de un país, tarde o temprano ese país redescubre la importancia de la propiedad privada y le dice: no me quites lo mío. Por ello desde hace varias semanas se suceden las muestras de ira contra el gobierno argentino, de las que la huelga general es sólo una expresión. Los más gritones en las calles de Buenos Aires y del interior son los que aplaudieron como focas las medidas de la pareja Kirchner desde 2003 hasta hoy y quienes más se beneficiaron, lícita o ilícitamente, de su populismo. Ver a Hugo Moyano, el líder de la facción antigubernamental de la CGT, exigiendo a Cristina no ahogar al pueblo con impuestos y no gastarse el dinero de las pensiones es asistir a ese instante metafísico y definitivo en que toda pretensión se va al carajo y sólo queda la esencia de las cosas, o sea la verdad. ¿Qué verdad? Sencillamente, que el populismo es robo.

De allí que lo que la gente le dice al gobierno mediante encuestas, huelgas, rumores e intermediarios mediáticos es: devuélveme lo mío. Todos los reclamos apuntan a lo mismo: la inflación, el reflejo monetario del populismo fiscal, está reduciendo a la nada la propiedad de las familias y hogares. Obligado por un déficit que este año aumentará exponencialmente porque el gasto público pasó de representar el 36 por ciento a equivaler al 45 por ciento del tamaño de la economía bajos los Kirchner, el gobierno se está llevando el dinero de la clase media después de haberse llevado el de los ricos que no le gustaban (otros ricos le gustaban mucho, pero el círculo de los privilegiados rotó constantemente). Sablear sin misericordia a los empresarios del campo, saquear las pensiones privadas y echar mano de las reservas del banco central no bastó: el "modelo" exigía, además, fagocitar a los asalariados, desnutrir a la clase media y desviar las pensiones públicas de su objetivo teórico hacia la farra fiscal, la razones del estallido popular contra Cristina hoy.

Todo ello mientras los dólares se iban evaporando, en parte porque el que podía se los llevaba para proteger el fruto de su esfuerzo, en parte porque el gobierno debía cubrir las brechas internas que iban saltando por todos lados como en un juego de guacamole y en parte porque se usaban para financiar el desbalance externo, eso que llaman déficit de cuenta corriente, inducido por la bacanal consumista de un país al que se le decía: cómpralo todo, que no cuesta nada. El que podía se iba a Uruguay a buscar un poco de racionalidad. Y el que no, incubaba lentamente ese odio que hoy parece haber explosionado contra un gobierno al que ayer nomás los argentinos reeligieron con 54% de los votos.

En todo este tiempo, un ente teóricamente dedicado a las estadísticas oficiales pero en verdad abocado a construir una realidad virtual, el Indec, le iba diciendo al país que entre 2007 y 2011 los salarios habían subido más de 180% y que en ese mismo lapso la inflación acumulada había bordeado el 50%, lo que, hechas las sumas y restas, implicaba en términos reales un aumento notable del bienestar.  Había algo conmovedor en comprobar que las autoridades que construían esta realidad virtual creían que era posible convencer a la gente, en contra del mensaje cotidiano de sus propios bolsillos, de que habitaban en aquel Neverland fantasmagórico donde toda realidad era ilusión y toda ilusión, realidad. Ningún ser humano puede vivir mucho tiempo si no se cree sus propias mentiras. No tengo dudas de que los responsables del Indec se creían las suyas. Incluso no dudo de que buen número de argentinos se creyó sus mentiras también porque, como escribió T.S. Eliot, el género humano no puede soportar demasiada realidad.

La ilusión era que la economía argentina crecía 8%. La realidad es que en el último semestre creció 0%. Y los peronistas más recalcitrantes salen ahora a clamar (sin darse cuenta o tal vez dándose demasiada): propiedad privada. Ni Reagan ni Thatcher hicieron tanto por el liberalismo económico. Démosle un año más a este gobierno y veremos a Moyano pedir –de hinojos, las manos juntitas— la privatización de la moneda.



(*) Alvaro Vargas Llosa. Periodista, politólogo y ensayista peruano de tendencia liberal y antisocialista. Artículo publicado por Ricardo Valenzuela en "Narconomics" y en Informe 21 el 21 de Noviembre de 2012.