martes, 13 de noviembre de 2012

Decálogo del populismo

Por Jorge Avila (*)
Enrique Krauze, un historiador y ensayista mexicano, publicó hoy en La Nación un excelente ensayo sobre el populismo. En diez puntos resume este no sistema, que no es socialismo ni capitalismo ni nada con forma definida. A continuación van extractos de tres puntos que elegí al azar, pues todos son igualmente acertados y parecieran tomados del Perón de las décadas de 1940-50 y del kirchnerismo actual.

2) El populista no sólo usa y abusa de la palabra: se apodera de ella. La palabra es el vehículo específico de su carisma. El populista se siente el intérprete supremo de la verdad general y también la agencia de noticias del pueblo. Habla con el público de manera constante, atiza sus pasiones, “alumbra el camino” y hace todo ello sin limitaciones ni intermediarios. […]

4) El populista utiliza de modo discrecional los fondos públicos. No tiene paciencia con las sutilezas de la economía y las finanzas. El erario es su patrimonio privado, que puede utilizar para enriquecerse o para embarcarse en proyectos que considere importantes o gloriosos, o para ambas cosas, sin tomar en cuenta los costos. El populista tiene un concepto mágico de la economía: para él, todo gasto es inversión. […]

8) El populismo fustiga por sistema al “enemigo exterior”. Inmune a la crítica y alérgico a la autocrítica, necesitado de señalar chivos expiatorios para los fracasos, el régimen populista (más nacionalista que patriota) requiere desviar la atención interna hacia el adversario de afuera. […]

En efecto, Krauze se refiere varias veces en el ensayo a Perón y al venezolano Chávez. Pero no menciona en absoluto a Cristina Kirchner, a quien el decálogo caracteriza tan bien o mejor que a Perón. Tampoco menciona a Hipólito Yrigoyen y creo que con buen tino. El Peludo fue un político carismático y bastante inepto en cuestiones administrativas y de Estado, sin embargo, no encaja, como Uds. podrán apreciar, en la categoría krauziana del líder populista.

En el penúltimo párrafo del ensayo, Krauze se pregunta por qué renace una y otra vez el populismo en Iberoamérica y contesta que las razones son diversas y complejas, aunque apunta dos: a) la antigua noción de “soberanía popular” que se propagó en los dominios españoles en tiempos de la colonia; b) la naturaleza perversamente moderada o provisional del populismo, que dificulta el examen objetivo de sus actos y doblega la crítica. En reconocimiento de esta peculiaridad, definí al populismo en este artículo como un no sistema.

Se me ocurren dos barreras para contener al populismo:
* La barrera republicana tradicional, consistente en una Judicatura independiente, capaz de fijar límites precisos a la acción del poder político.
* Una barrera republicana no nacionalista, que consiste en poner bajo jurisdicción internacional, supranacional o provincial, según el caso, a las instituciones económicas básicas del país (moneda y banca, comercio exterior y recaudación de impuestos).

El inconveniente de la primer barrera es que su desarrollo depende del desarrollo de la cultura política de la población, algo que puede insumir generaciones. El atractivo de la segunda es que podría concretarse por medio de tratados con superpotencias que terminarían fijándole límites efectivos a la arbitrariedad del gobierno nacional en importantes áreas. 

Los tratados no protegerían directamente a la libertad de expresión pero sí a la de comercio. Sin embargo, ¿quién puede descartar que la libertad de comercio no termine afianzando a las otras libertades fundamentales?

(*) Jorge Ávila. Economista. Artículo publicado por Informador Público el 10 de Noviembre de 2012.