domingo, 25 de noviembre de 2012

El complot de la realidad

Por Jorge Raventos (*)
El oficialismo suele extraviarse en su relato; lo hace con gusto, pues considera que “la realidad es reaccionaria” (según testimonió uno de los filósofos de la corte, José Pablo Feinmann, en su libro de diálogos con Néstor Kirchner).


La presidente Cristina Kirchner inauguró formalmente el festival cinematográfico que se desarrolla en Mar del Plata y se abstuvo de comentar la situación creada al país por el reciente fallo del juez neoyorquino Thomas Griesa, que encierra graves amenazas para la economía de Argentina y su inserción en el mundo.

Habitualmente adicta a las palabras, la señora prefirió esta vez el silencio. Si lo hubiera hecho unas semanas antes, quizás las complicaciones no serían tantas: las frases de ella y de algunos de sus funcionarios contribuyeron a complicar más las cosas en aquel juzgado de Nueva York.

El cuento del desendeudamiento

El  lunes 26 de noviembre, reventando caballos, el estudio de abogados estadounidenses contratado por el gobierno  apelará la decisión que Griesa suscribió en vísperas del Día de Acción de Gracias. Ese fallo impone al Estado un depósito de garantía por 1330 millones de dólares destinado a cumplir con los tenedores de bonos de la deuda que no aceptaron los canjes y quitas que el Estado consiguió imponer a más del 90 por ciento de los acreedores en 2005 y 2010. Griesa reclama ese depósito antes del 15 de diciembre. El juez  mencionó para explicar el tono severo de su decisión  declaraciones desacatadas de las autoridades argentinas (sin excluir a la propia Presidente) que el magistrado calificó de “provocativas” y de desafíos a la Justicia de aquel país.

Son varios los analistas que destacan que el principal error del gobierno argentino fue no haber presentado al juzgado de Griesa una propuesta que indicara la voluntad de pagar, que podría haber sido, por caso, una oferta semejante a la que aceptaron los bonistas que ingresaron al canje. Seguramente los holdouts no hubieran accedido a esa oferta, pero el país habría evitado la posición en la que se encuentra actualmente, que es la de no honrar sus compromisos. El gobierno prefirió privilegiar el tono épico de su relato: ni un dólar a los fondos buitres, proclamó la Presidente, mientras su copiloto, el afamado Amado Boudou denunciaba al juez como un “embargador serial”.

Es que para el relato oficial la cuestión de la deuda había quedado totalmente resuelta con aquellos canjes  de 2005 y 2010. De pronto la incómoda realidad irrumpe para desmentirlo. No sólo faltaba pagarle a los bonistas que actuaron ante Griesa; hay  condenas impagas por fallos adversos del CIADI (el comité de arbitraje del Banco Mundial) y resta también la deuda con el Club de París, que el gobierno prometió varias cancelar pero se fue en amagues.

El país, que dedicó parte de de sus reservas a pagar compromisos con el FMI pero cuenta, según el Banco Central, con un stock estimable, se encuentra sin embargo, según los especialistas y los mercados, ante el riesgo de un default técnico, que sería sumamente dañino para toda la economía argentina, principalmente para el financiamiento e intercambio de los privados. Vivir en la burbuja del relato no es gratis.

Hace unos años, en la primera reunión del G20, en Washington, la señora de Kirchner pronunció una frase (no excesivamente original, es cierto) que en diversas oportunidades posteriores citó con orgullo: “Es un indicio de locura –diagnosticó-  pensar que con los mismos métodos se van a obtener resultados diferentes”. Es probable que la Presidente no tome debida nota de lo que dice. O que suponga que sus opiniones sólo son aplicables a otros.

Palabras e impotencia

Lo cierto es que el hábito de no escuchar al interlocutor o impugnarlo como enemigo si sus puntos de vista no coinciden con los propios, es un método repetido que hace tiempo que le da malos resultados a la coalición gobernante. Por ejemplo: primero, con las demostraciones del campo, el oficialismo disparó contra “la maldita oligarquía” (Luis D’Elía la adjetivaba de otro modo). Después del 13 de septiembre y el 8 de noviembre, la maldición cayó sobre la clase media. El martes 20, el paro lanzado por la CTA, la CGT de Hugo Moyano y la CGT Azul y Blanca de Luis Barrionuevo dejó vacíos los lugares de trabajo y las calles y fue acompañado inclusive por trabajadores de gremios adheridos a la CGT oficialista.

¿Maldita clase obrera?

Griesa falla contra el Estado argentino. Maldito Griesa embargador serial, instrumento de los fondos buitres a los que no les daremos ni un centavo. La Corte de Apelaciones de Nueva York respalda el fallo de Griesa. ¡Recórcholis: maldita Corte! Conviene reiterar aquella lúcida, añeja frase de la señora de Kirchner: “Es un indicio de locura pensar que con los mismos métodos se van a obtener resultados diferentes”.

El gobierno flota en un mar de palabras que no se sostienen en hechos. La  notable huelga del martes 20 fue negada con palabras: no fue una huelga, sino un piquetazo, alegó el jefe de gabinete. No fue un piquete, fue un apriete, corrigió la Presidente. Ahora bien, si fuera cierto que se trató de un piquetazo,  si “la gente” quería ir a trabajar pero se lo impidieron los bloqueos, ¿dónde estaba la acción del Estado para garantizar la libertad de trabajo? Las palabras desnudan la impotencia y fracasan en ocultar la realidad.

Un columnista de uno de los diarios que confluyen en el oficialismo (Mario Wainfeld, Página 12) escribió tras el paro una nota de 1400 palabras, esforzándose por encubrir en ese caudal las verdades que había constatado el  martes 20 y que, con  elogiable franqueza, quiso de todos modos registrar. Por ejemplo: “El impacto, en lo que son el termómetro habitual de esas medidas, fue alto (…) En la Capital, que el cronista transitó, parecía un día de fin de semana (…) hubo gremios importantes que garantizaron deserciones muy elevadas (…) fue, en suma, un paro de trabajadores (…)la medida fue exitosa. Un modo práctico de analizarla, como sucedió con el cacerolazo de septiembre, es especular sobre si puede repetirse y sostenerse en el futuro. Todo indica que así será (…) La acción directa, con buenos resultados prácticos, fue una constante desde el 2003.”

Los observadores más lúcidos del campo oficialista no pueden ocultarse la realidad que el  gobierno pretende ignorar o interpreta conspirativamente Después de las manifestaciones centradas en las clases medias, el paro obrero (acompañado en muchos casos por la discreta solidaridad de las empresas) ha marcado una nueva medida del aislamiento del gobierno. Si alguien podía dudar que el 8 de noviembre entre los cientos miles que marcharon en todo el país hubiera votantes de la señora de Kirchner, es indudable que buena parte de los que pararon el 20 la acompañaron en las urnas en octubre de 2011.

La hora de un Plan B

El peronismo se encuentra en estos días procesando la situación. Las recientes declaraciones del ministro Julio De Vido insistiendo con la perspectiva de la re-reelección de la señora de Kirchner son más bien un pedido de socorro que una afirmación de fortaleza. Tratan de disimular la debilidad, de ganar tiempo. Pero es obvio que la consigna de la re-re está sepultada por el activismo de la opinión pública y de los sindicatos, tanto como por las decisiones que ya se han anticipado en el Congreso, donde el oficialismo no cuenta con el número requerido para imponerla.

Pero la evidencia surge del mismo oficialismo, donde se discuten distintas variantes de Plan B. En algunos casos emergen (tempranamente, según algunos, aunque no conviene dejar de lado “el día menos pensado”) candidaturas presidenciales, algunas -caso del gobernador de Buenos Aires, Daniel Scioli- imaginadas como “continuidad con cambios”. Otras (José Manuel De la Sota, quizás Juan Manuel Urtubey, tal vez Sergio Massa) con más acento en la palabra cambio, porque intuyen que el derrumbe de las expectativas en el gobierno puede sepultar a los que se encuentren demasiado cerca.

El sindicalismo próximo a la Casa Rosada ya empieza a hablar de reunificación, mientras defiende las banderas reivindicativas que enarboló Hugo Moyano. Es que el gobierno no les ofrece ninguna sombra aliviadora y la actitud complaciente les hace peligrar la relación con sus bases: las bases de muchos gremios enrolados en el oficialismo adhirieron masivamente al paro que impulsó Moyano. Esa convergencia en ciernes se producirá en perjuicio del poder central.

¿Retirada en orden?

En otros sectores (definidamente cristinistas) se observa una táctica dirigida a buscar una retirada en orden. Diana Conti, una de las voceras de la presidencia eterna de Cristina Kirchner, declara ahora que “el presidente que venga va a tener un Congreso con un número de pensamiento kirchnerista importante, que lo va a hacer reflexionar sobre el rumbo a seguir”. La frase denota la resignada admisión de que el próximo presidente no será “del palo” y la apreciación –quizás demasiado optimista- de que, pese a ese retroceso, el próximo Congreso tendrá “un número importante” kirchnerista. ¿Un ejército combativo con su comandante derrotado?

Otro hombre del riñón K, Horacio Verbitsky, parece insinuar en sus columnas que, más allá de la re.re, el gobierno debe tratar de salir del aislamiento para realizar una tarea de fondo: “la liquidación del Estado que legó el neoliberalismo” una tarea en la que cree que el gobierno puede contar “con apoyo parcial o total de la oposición”. Desde esa perspectiva (acuerdos con los opositores, principalmente el centroizquierda), la consigna de la re-reelección que plantea De Vido es un obstáculo. “Aún en la más aguda polarización es posible encontrar puntos de coincidencia”, propone Verbitsky. Las coincidencias de las que habla no son hacia adentro del peronismo (por ejemplo, con Scioli o Massa), sino con quienes, por razones ideológicas, desde fuera del peronismo muchas veces acompañaron o simplemente siguieron al gobierno y consumieron su relato.

En el momento del declive y la decadencia, la coalición oficialista debate hacia dónde encarar el repliegue, si hacia el peronismo o hacia la izquierda.

Curioso fenómeno de época, en este instante de la transición muchos levantan la figura de Néstor Kirchner para diferenciarse de su viuda y descubren en el muerto virtudes que no resultaban tan obvias en vida. Para casos como este es aplicable aquella frase de Perón: “No es que nosotros seamos buenos, sino que los que vinieron después fueron peores".

(*) Jorge Raventos. Artículo publicado por Crónica y Análisis el 22 de Noviembre de 2012.