martes, 13 de noviembre de 2012

El gobierno kirchnerista es una reacción a la modernidad

Por Elena Valero Narváez (*)


Solamente con las fuerzas activas de la sociedad podremos hacer frente a quienes no quieren límites al poder, debilitan al sector privado y al mercado.

Nadie puede decir que vive en una sociedad moderna si la participación política no es irrestricta, no se respeta la opinión pública, el sistema de partidos es débil, no está fortalecida la sociedad civil y, la Justicia, no es independiente.

El 8 de noviembre puede ser el comienzo de una apertura hacia el juego democrático.
Los partidos deberán darle codazos a las corporaciones que cuentan con medios económicos mucho mayores y, con la ayuda de la gente, crearse un perfil a largo plazo.

Los sindicatos, si se quiere salir de la crisis a la que nos lleva el gobierno, deberán ser cooperativos y dejar de ejercer el poder político que le corresponde a los partidos.

La economía también deberá separarse de la tutela estatal para que vuelva la capacidad creativa que tuvo el campo cuando comenzó a desarrollarse.

Las empresas no pueden vivir de mercados controlados y por ello estáticos. Por genética el empresario quiere reproducir el capital con la expectativa de aumentar las ganancias y reinvertirlas.

El sistema capitalista esta ligado a un buen funcionamiento de la democracia. La libertad  es prioritaria para el empresario: libertad de intercambio, de contrato, de usufructuar su propiedad y de decidir qué, cómo y cuánto producir. Quienes gobiernen tienen que dejar de paralizar con reglamentaciones los precios, los intercambios, las inversiones, y  depreciar el valor del dinero.

 El capitalismo necesariamente rompe el marco nacional y se hace internacional, no se lo puede acotar.

 No es amigo solo de los ricos, como nos dicen los gobernantes demagogos. La producción es masiva, por ello permite una acumulación enorme de capital y está orientada –desde la Revolución Industrial-- hacia los sectores medios y bajos de la sociedad.

 La acumulación extraordinaria de capital, proviene de la sociedad civil, de millones de organizaciones y empresas en países donde se respeta la propiedad privada y su perfeccionamiento. Por supuesto, el Estado tiene un papel fundamental: el de preservar del orden,  la normatividad, indispensable para su funcionamiento.

En los socialismos es al revés, el proceso de acumulación lo hace el estado.  El régimen nacional-socialista también: Hitler dominó a todas las empresas, sin estatizarlas hizo lo que quiso con ellas. El partido tomaba las decisiones que en regimenes capitalistas toma el empresario.

Ahora, en varios países del mundo, incluido el nuestro, se tiene, como la llamó Peter Drucker,  fe keinesiana en el “Estado del Déficit” . Ella postula, como el gobierno argentino, que se debe estimular el consumo para obtener rápidamente inversión de capital. Es así como se abandona el ahorro para sanear la economía y se recurre al déficit para estimularla.

El mundo entero nos está dando ejemplos del fracaso de estas ideas.

La economía argentina, esta dejando de operar con los mecanismos del mercado, donde opera la oferta y la demanda, o sea, lo que quiere la gente, y se está llevando por  decisiones políticas, las cuales son , siempre, autoritarias.

 El éxito de las empresas depende de lo que piensa la gente o sea del mercado. Aún no lo han entendido muchos políticos argentinos de renombre dentro del oficialismo y fuera de él.

La manifestación democrática del pasado jueves 8 de noviembre de 2012, llena de esperanzas, porque reavivó el espíritu democrático de los argentinos, ese espíritu que supimos conseguir en 1983  que se nos había adormecido, pero no perdido.

Se demostró que, a pesar de todo, seguimos apoyando un método pacífico, como es la democracia, para discutir e intentar resolver los conflictos que se plantean en la sociedad.

Los carteles (Seguridad, Justicia Independiente, No a la Reforma de la Constitución, Libertad de Comercio, Basta de Corrupción ) mostraron las innumerables necesidades que tienen los argentinos sin resolver y resaltaron, también, que no se quiere volver a una dictadura. Han probado vivir en libertad y no quieren perder ese privilegio.

La Corte es muy posible que refuerce una posición independiente del Ejecitivo, tras el mandato social de que se respete la Constitución, a rajatablas. Seguramente,  animará a otros jueces a cumplir con el mismo deber. La Justicia debe obrar de tal manera que todos, desde el presidente al último orejón del tarro, crean, otra vez, en que temer a las leyes es saludable.

A la sociedad no se la debe tratar, como lo hace el gobierno, como a una empresa, como a una organización, donde hay poderes supremos que deciden y obligan a hacer lo que dice la autoridad. Si se sigue por ese camino, sin remedio, iremos hacia un régimen autoritario, donde habrá muy pocos poderes autónomos, en la sociedad civil, que puedan rivalizar con el Estado.

Con la intervención en la economía el gobierno ha perturbado los mercados en vez de incentivarlos o mejorarlos. Es así como afectó a toda la estructura económica y por ende a toda la sociedad. El mejor ejemplo es Cuba. Allí Fidel Castro terminó con la propiedad privada y obtuvo como resultado la pobreza generalizada.

En Argentina, el Gobierno intervino en el sector agro-ganadero y está pulverizando a un sector que funcionaba, sin su ayuda, espectacularmente bien.

Es en la actividad privada donde se genera el progreso, no hay dudas, y no tan solo el económico sino también el personal.

Solo la opinión pública obligará al gobierno a liberalizar la economía, él jamás lo hará por impulso propio. Si creemos en la libertad, como se demostró en la manifestación última, deberíamos creer también en el mercado, en la libre elección, en las reglas que surgen de las interacciones humanas.

 La libertad también nos permite elegir malos gobernantes que, por suerte, gracias a la democracia, son renovables.

Las interacciones humanas se han expandido formidablemente por todo el planeta, ello nos permite un plexo de posibilidades casi infinitas de desarrollo de nuestras posibilidades.

Podemos, en libertad, tanto mejorar el mundo como destruirlo. Depende de nuestras ideas. No podemos estar al tanto de qué puede ocurrir en el futuro, lo que sabemos es que merecemos vivir acunados por la libertad.
                                                    
(*) Elena Valero Narváez. Historiadora, periodista y analista política.

Fuente: Comunicación personal de la autora