sábado, 17 de noviembre de 2012

El Poder de los sin Poder

Por Gabriela Pousa (*)
El poder de la gente es el de vivir en la verdad” Václav Havel

Más allá de las interpretaciones que se dieran al 8N, hay otro aspecto a dilucidar antes que se vuelva atrás. Se trata del rol de la gente, esa que hoy vuelve a ser encasillada como “clase media”, estereotipo insolente si los hay, pues sólo se lo utiliza a instancias de desestimar el reclamo social.
Esta sociedad que empieza a descubrir su derecho al disenso, y que ha dado el primer paso hacia un cambio, tiene por delante una tarea titánica si no quiere retroceder casilleros. Posiblemente, salir a la calle ha sido lo más fácil. La pregunta del millón apunta a desentrañar cómo sigue todo esto.
En su ensayo “El poder de los sin poder”, Václav Havel orienta el accionar cívico rescatando la imposibilidad de progresar en lo político sin hacerlo simultáneamente, en el plano espiritual y ético.Habla del pluralismo, de la necesidad de que existan grupos que compitan entre sí, limiten las acciones de los otros, y cooperen para beneficio mutuo. Estima que “no puede existir una democracia sin demócratas, y este mote no puede ser exclusivo de un gobierno de turno.
Hoy por hoy, Cristina Kirchner no sólo circunscribe los demócratas a su círculo íntimo, sino que además sitúa al resto de la sociedad en el ángulo opuesto. Aquel que disiente es conspirador. Lo que pretende en realidad, es armar un tablero donde sólo ellos sean los buenos, y presentarlo como el único escenario cierto para atraer adeptos.¿Quién elegiría pertenecer al grupo sobre el cual recaerá castigo y culpabilidad?
La Presidente se vale del poder politico para imponer apariencias, un poder asido al monopolio de la fuerza. ¿A la gente qué le queda? El poder civil que no se reduce a la capacidad de blandir cacerolas y movilizarse. Si así fuera, las consecuencias serían furtivas y efímeras. El poder del pueblo es, probablemente, abstracto más no está exento de dejar huellas.
En rigor, lo que cuenta, no es que un día determinado se haya marchado sino que, a pesar del desgaste cotidiano y de la indiferencia de la dirigencia, se siga “marchando”. Con esto no estamos diciendo que hay que seguir en la calle manifestando, sino que debe continuar activo el rol de ciudadanos.
El poder de los sin poder no se agota en el tiempo, está siempre en acto. El ex mandatario checo observó que aquellos que viven sometidos bajo un gobierno que los asfixia, tienen en sus manos un poder inexpugnable: “vivir en la verdad“. Dicho así, parece la predica de un pastor o el credo de alguna religión. Pero en su análisis, considera que decir la verdad y vivir honestamente, en un contexto de realidades fingidas, es en sí mismo una actitud de cambio altamente productiva.
Argentina está sometida a un régimen de mentiras. No enfrenta al comunismo y sus símbolos, pero sí enfrenta una voluntaria ceguera que desvirtúa la realidad y se vale de falsos paradigmas.
Václav Havel debió actuar en un tiempo caracterizado por el cinismo, la resignación, la apatía y el fatalismo; conductas generalizadas y compartidas, que habían desdibujado la divisoria entre gobernantes y gobernados a la hora de establecer responsabilidades. Si hoy nos miramos al espejo, ¿es muy distinto el acontecer nuestro?
Los partidos políticos son estructuras frágiles, indefinidas, incapaces de canalizar las demandas sociales. Idéntica situación sufría Checoslovaquia tras la Primavera de Praga. En un ámbito así, el pueblo queda inevitablemente huérfano. Y la orfandad, una vez puesta en evidencia, hace que afloren los aspirantes a tutores. De allí al liderazgo hay apenas un paso.
La caída del Muro y las movilizaciones populares en los países del Este, marcaron el principio de una nueva era y le proporcionaron a la gente la oportunidad de erigirse protagonistas si no de la política, de sus propias vidas. Para Havel, ese clima era determinante para dar fin a un gobierno coercitivo y vigilante.
Junto a otros intelectuales formó el Foro Cívico: una plataforma de diversos grupos y movimientos que asumió el liderazgo del proceso contestatario en marcha, y encauzó las reivindicaciones populares ante las autoridades. Como puede observarse, el liderazgo surgió después de masivos reclamos. ¿A qué viene deslegitimar una movilización por carecer de un líder hoy innecesario? De haberlo habido, el gobierno estaría limitado a destrozarlo.
Ahora bien, veamos de que manera se produce la liberación de un pueblo asfixiado. Con un breve relato al comienzo de su ensayo, el checo lo explica majestuosamente.
Cuenta que una mañana, un verdulero abre su negocio, saca los cajones de frutas a la calle y pone un cartel que dice: ¡Proletarios del mundo, uníos!. Al hombre, en verdad, los proletarios del mundo ni le van ni le vienen, pero está obligado por el sistema. Son órdenes y los jueces dictan sentencia porque la ley así lo ha establecido. Incluso quienes han estipulado esas leyes, lo han hecho porque sino serían también sospechosos de ser disidentes. Las convicciones no cuentan.
En resumen, el sistema ha establecido un método para perpetuarse, sin importar si sirve o no a los propósitos de los habitantes. Cierto día, el frutero no cuelga el letrero. Aunque con riesgo, ese gesto es una reivindicación de la verdad. Él y los suyos comienzan a ser perseguidos, pero al no cumplir el rito salió de la apariencia, de la mentira, y arrojó luz sobre la realidad que le rodea. Esa conducta aparentemente insignificante, puede tener consecuencias incalculables.
Hoy, “el poder de los sin poder” es el poder de quienes han participado el 8N pasado. No se expresa con plataformas específicas, ni enumera políticas de Estado. Simplemente al manifestarse de manera no acostumbrada, el pueblo recreó el gesto del frutero, avanzó hacia lo cierto. Puso en evidencia el malestar y la disidencia.
Que se expresen grupos heterogéneos, constituye un intento de sociedad horizontal donde cada uno puede hacer lo que le place, siempre y cuando no dañe a terceros. El poder politico hegemónico, en cambio configura una sociedad vertical.
Ese es el poder de la ciudadanía: vivir en la verdad, porque esa vida evoluciona como si fuera una asamblea. Crea opiniones independientes, permite juicios críticos, ideas diferentes. Genera una sociedad auto-organizada con posibilidad de hacer cosas más complejas, pero todavía en un contexto pre-político. Es decir, sin pretensión de presentarse a elecciones ni destituir a nadie, buscando solamente que se respeten sus derechos.
Luego, esa comunidad hará emerger de sus entrañas, figuras nuevas capaces de sintetizar las diferencias, y no imponer la igualdad a la fuerza. La vida tiende al pluralismo y a la organización independiente, pero el sistema intolerante exige la autocinesis. Esto es la imposición de apariencias como realidades inobjetables.
Al poder de la burocracia se le llama poder del pueblo; al trabajador se le esclaviza en nombre de la clase obrera; la humillación del hombre se contrabandea como su liberación definitiva; a la arbitrariedad, aplicación del ordenamiento jurídico; a la farsa electoral como la forma más alta de democracia; a la ocupación como ayuda fraterna. El poder es prisionero de sus propias mentiras…”
Hay una tendencia generalizada a comportarse como si se creyeran esas mistificaciones, en definitiva, a vivir en la mentira. Pero, dice Havel, siempre aparecen alternativas pues “la vida en la verdad” llega a alcanzar una dimensión ética, moral y política, jaqueando y revelando las falsedades de la burocracia política.
Los opositores al comunismo ganaron poder desde la fuerza potencial oculta en cada sociedad. Tales fuerzas no compitieron anulándose entre ellas, ni utilizaron la metodología política tradicional: operaron en segundo plano, revelaron los problemas ocultos tras las mentiras oficiales, y crearon estructuras alternativas que vencieron la apatía y la desesperanza.
La propuesta para que “el poder de los sin poder” no quede en aquel 8N, la hizo ya Václav Havel. Se trata de crear una realidad paralela, y dejar que la vieja se resquebraje.
La ideología como coartada-puente entre el sistema y el hombre, llena el abismo que hay entre los planes del gobierno y los planes de los ciudadanos. Los ideólogos del poder hegemónico dan a entender que lo realizado es para paliar necesidades sociales, pero en verdad son meras apariencias, diatribas de atril, cadenas…
Siguiendo este argumento, un buen comienzo podría ser el ir descartando esas etiquetas que impone el Ejecutivo: izquierda y derecha, clase alta y clase media, para asumirnos como ciudadanos sin divisiones maniqueas. Viviendo la realidad tal cual es, lo falso queda en evidencia. Muchos al descubrirlo se irán sumando al ‘darse cuenta’. Y así si, el próximo paso será el cambio, y la gente la protagonista.
(*) Gabriela Pousa es Analista Política en Medios, Licenciada en Comunicación Social y Periodismo (Universidad del Salvador), Analista Política y Master en Economía y Ciencias Políticas (ESEADE). Directora de: http://www.perspectivaspoliticas.info Artículo publicado el 15 de Noviembre de 2012