sábado, 24 de noviembre de 2012

El recorrido de la huella

Por Alberto Medina Méndez (*)
Algo está cambiando en Argentina. Una sociedad que despierta de su largo sueño, empieza a entender la música. De pronto, se encuentra con que mucho de aquello en lo que creyó durante tanto tiempo, no encaja más en este mundo. Las reglas están mutando y el que las comprenda, tendrá la chance de protagonizar el futuro.

Los ciudadanos dieron un paso más el 8 N. Pero no uno más, sino uno trascendente y sobre todo necesario. Algunos participaron desde las plazas de sus ciudades, otros desde sus casas, y hasta los que se sintieron en falta por no ser de la partida.

Las movilizaciones pacíficas, la expresión inteligente de una sociedad que está cansada de demasiadas cuestiones, nacen como un modo efectivo de influir en la realidad política.

Surgen como una forma de indicarle al gobierno su responsabilidad directa respecto del presente, porque es su rol, pero fundamentalmente porque la actitud de negación de quienes conducen los destinos institucionales del país, los hace más responsables, preocupando a la sociedad que toma nota de que no solo no resolverán esos problemas, sino que ni siquiera los asumen como tales, escalón obligado para avanzar en el sentido adecuado.

Pero también le marcan la agenda a una oposición incapaz de representar con seriedad a esta sociedad que dice basta. No logran representar a ese sector de la ciudadanía, porque en el fondo defienden idénticos valores, siendo cómplices del régimen, no solo porque no son hábiles para combatirlo, sino porque han apoyado muchas de sus aberrantes decisiones y han sido funcionales en otras tantas.

A los que dicen que la oposición no logra consolidar un líder, habrá que recordarles que en realidad no tienen soluciones a los asuntos que la gente plantea, por ausencia de ideas en algunos casos, por incapacidad en muchos otros, porque adhiere al mismo sistema de valores que sostiene el poder actual, aunque pretenda mostrarse como una versión más sensata.

Ningún sector, de los que se plantean como eventuales alternativas políticas propone salir de la corrupción, desarmar el entramado estructural que posibilita ese flagelo, porque en el fondo aspiran a quedarse con la posibilidad de usarlo en el futuro. Nadie dinamitará la gallina de los huevos de oro, porque sueñan con sacarle provecho para sí.

En temas como la inseguridad no tienen proyecto alguno ni oficialistas ni opositores. Unos optan por hacer de cuenta que no existe. Los otros no imaginan siquiera por dónde empezar. Solo repiten frases hechas o plantean parches cuando el asunto es complejo y merece mucha seriedad para encararlo.

La inflación hoy es el recurso por excelencia para financiar un gasto estatal desbordado que nadie promete minimizarlo. Un estado obeso y torpe como el actual solo sobrevive con financiamiento, y está claro que no hay margen político para subir impuestos. Ningún partido opositor habla de austeridad, o de reducción del tamaño del sector público, de hecho algunos opositores que gobiernan sus distritos aumentan el gasto año a año.

En ese contexto, muchos se preguntan en estas horas, si realmente vale la pena dar la batalla a través de estas movilizaciones. Y la respuesta es un contundente SI.

En primer lugar porque hay que aprender a vencer el miedo, y eso no es poca cosa en estos tiempos. Las nuevas generaciones precisan ejemplos, pero no de los retóricos, sino de los que marcan un sendero. Si los adultos no son capaces de mostrarles a sus hijos que aun disponen de cierta cuota de dignidad, que las convicciones son más fuertes que los miedos, pues será difícil tener esperanzas respecto del futuro.

En segundo lugar porque manifestarse, hacerlo civilizadamente, establecer consignas concretas, decir lo que se piensa, ayuda a los que quieren ser ayudados. Si el gobierno deseara escuchar a los que se quejan, corregiría rumbos. Si la oposición entiende el mensaje probablemente enderece su orientación que hoy no es buena.

Y no menos importante es demostrarles a todos, a propios y extraños, que la sociedad tiene paciencia, pero también tiene un límite. Que se queja pero es consistente porque no se queda de brazos cruzados. Frenar intentos de eternización en el poder, de abuso de autoridad, es un logro muy significativo y si algo detiene en estos días esos avances, es justamente el muro de contención que están significando estas marchas.

Algunos políticos prefieren minimizar la importancia de esta reacción ciudadana. Se quedaron en el tiempo y no comprenden que las demandas sociales cambian de tanto en tanto. Que el supuesto bienestar económico comparado con determinado momento trágico de la historia, no es suficiente para sostenerlos en sus puestos políticos.

Para ese sector de la sociedad que se sigue preguntando si vale la pena este esfuerzo, frente al “autismo” de unos y otros, es significativo reflexionar y entender que, como en todos los órdenes de la vida, los pasos tienen algún sentido, en la medida que el siguiente paso existe.

Los ciudadanos están fijando las reglas del presente, los nuevos paradigmas de una democracia que necesita encauzarse para evitar los constantes excesos que propone el populismo contemporáneo. Se está trazando un surco, y no son los actores de la política los que lo están diseñando, sino una sociedad con coraje dispuesta a poner nuevos límites, y decir basta.

No existe meta en este desafío, no hay línea de llegada, existe un camino que merece ser transitado. Algunos que se animaron están dando los primeros pasos y marcando un sendero. No es esta una tarea para impacientes y ansiosos. Pero si es importante pensar en el próximo peldaño. La sociedad civil tiene el reto de estar alerta, para poder avanzar, porque se trata no solo de indicar el rumbo a quienes pretenden protagonizar el futuro, sino fundamentalmente de seguir transitando el recorrido de la huella.


(*) Alberto Medina Méndez. Periodista y analista político.

Fuente: Comunicación personal del autor