lunes, 19 de noviembre de 2012

El regreso del aluvión zoológico

Por Carlos Salvador La Rosa (*)
(Dedicado a Horacio Verbitsky)
Horacio Verbitsky hizo su apreciación sobre el #8N, un relato K difícil de asimilar con la convocatoria multitudinaria contra Cristina Fernández de Kirchner. Él debería revisar, en forma desapasionada, el análisis de Carlos Salvador La Rosa, que le advierte a Cristina Fernández, a Verbitsky y los otros que pueden estar convirtiéndose en los 'nuevos conservadores', la versión 2012 de aquellos restos de la república conservadora de 1945.
#8N en Acoyte y Rivadavia: ¿Qué parte no entendió Verbitsky?
Los modos de protesta que expresan el 13S y el 8N nacieron con las movilizaciones de 2001/2, pero han crecido y ya no quieren lo mismo. Lo que sí, son hijos plenos de esta época, muy poco tienen que ver con la Marcha de la Constitución y la Libertad de 1945 ni tampoco con el 17 de octubre de aquel mismo año. No son proletarias ni golpistas y no se movilizan detrás de ningún político, pero tampoco, esta vez, quieren que se vayan todos, aunque nacieron bajo esa consigna. En 2001/2, en medio de la anarquía, se imaginaron una democracia directa que a poco de andar demostró su imposibilidad. 
 
Es que en esos inicios del siglo XXI hubo una implosión, un país que se hundió en sí mismo, ensimismado. Mientras que lo que viene sucediendo desde la revuelta impositiva del campo en 2008 son explosiones, no implosiones. Quieren abrirse, no cerrarse, ampliar la participación social y política, aunque no ofrecen una alternativa política desde sí mismos. La reclaman, no la proponen.
 
El campo le pidió una nueva alianza económica al gobierno. Las cacerolas, un replanteo institucional, que en vez de profundizar el modelo profundice la democracia. Nada tienen que ver con la dictadura porque son, en parte, herederos de los que carnalizaron la democracia del ’83 contra un viejo peronismo que no los entendía, como no los entiende hoy este “nuevo”peronismo. Y no son el menemismo porque comparten más el clima de esta época que el neoliberal, sólo que con otros modos. Nadie propone reprivatizar nada, pero quieren un Estado de todos en vez de una monarquía para pocos.
 
Son, como decía Arturo Jauretche acerca de los que gestaban los nuevos movimientos sociales,hijos del progreso, no de la decadencia. Ni siquiera son la contra al kirchnerismo sino en buena medida su descendencia, los hijos de las expectativas generadas y no satisfechas. No son lo viejo sino lo nuevo, los críos del modelo que quieren superarlo en vez de eternizarlo. Muchos votaron por los Kirchner en 2007, pero cuando el gobierno decidió enemistarse con las clases medias del campo, votaron por la oposición en 2009.
 
Y cuando los defraudó la oposición, votaron por Cristina en 2011 y muchos de los que no la votaron igual la apoyaron (a un mes o dos de las elecciones, la imagen positiva de Cristina estaba más de 20 puntos arriba de los 54 puntos que obtuvo). Pero ahora se dan vuelta de nuevo, aunque no buscan volver al 2009, porque esta vez desconfían de todos, pero sin proponer el que se vayan todos. Desconfían de todos los políticos pero mucho más del gobierno porque gobierna, no porque sea mejor o peor que la oposición sino porque su responsabilidad es infinitamente mayor. Puro sentido común, no manipulación mediática.
 
Han tomado las calles pidiendo desde ellas que el país sea de todos. Son, en su inmensa mayoría, reclamos cívicos que tienen que ver con lo económico pero a través de propuestas institucionales.
 
Son, básicamente, los que venían descendiendo socialmente -llegando a su pico máximo de caída en 2001/2- pero que cuando el país se fue recomponiendo volvieron a su lugar y ahora no quieren descender más, quieren seguir ascendiendo. 
 
Más que una clase social, son la expresión de una aspiración universal que van asumiendo todos los que ven alguna perspectiva de progreso en sus vidas. Por eso el movimiento no llegó aún a los sectores socialmente más postergados del país. No porque éstos tengan diferencias con la clase media o porque sean defensores a ultranza de este gobierno. Este gobierno a los más pobres no les dio perspectivas de progreso, sólo contención pero no promoción social. El día en que además de contención les den trabajo en blanco, vivienda propia y estudios para sus hijos, los más pobres se sumarán también a las cacerolas, no para enfrentar al gobierno sino para expresar ellos también las aspiraciones universales de todo quien se sube al tren del progreso. 
 
El debate no es clasista porque hoy en el mundo la clase media no es una clase sino una aspiración. Todo quien pertenece a ella o todo quien tiene expectativas fundadas de llegar a ella, pelea por lo mismo. Eso es lo que moviliza el cambio social y político universal en estos inicios del siglo XXI. En Oriente Medio contra el despotismo político, en EEUU contra los especuladores, en Europa contra el ajuste irracional, en China por la libertad política y en Argentina por todo lo que estamos diciendo. 
 
Hoy en los pueblos no pelea el proletariado contra la burguesía o los países revolucionarios contra los imperialismos. Hoy todos quieren ser ciudadanos de clase media en países de clase media, cada cual con su propia identidad. Ni dependientes de una potencia externa, ni subordinados al poder político, ni meros consumidores de los poderes económicos, sino ciudadanos libres política y económicamente de los explotadores de adentro y de afuera, políticos o económicos. En todo el mundo vuelve el reclamo por los derechos económicos, sociales e institucionales desde la felizmente renacida movilización política, por parte de los que se sienten ciudadanos de su patria pero en nombre de derechos universales.
 
Quien quiera oír que oiga. 
 
Quien quiera odiar que odie
 
El gobierno desecha en bloque a los movilizados. Les dan asco. Carlos Kunkel, el viejo talibán setentista, los condena por “inconstitucionales” ya que “el pueblo no gobierna ni delibera sino a través de sus representantes”. El anciano peronista termina así del lado de Braden contra Perón.
 
José Pablo Feinmann los acusa de piqueteros de lujo, de grasas que mueren por vivir en Miami y vestirse con Versace.
 
Néstor Kirchner calificó a las multitudes del campo de herederas de los comandos civiles golpistas de 1955 y de los grupos de tarea de la dictadura de 1976.
 
El fino intelectual K, Ricardo Forster, los acusa de pensar desde la “materialidad del bolsillo”, así como el ruralista Hugo Biolcatti acusó a los que votaron a Cristina de pensar desde el plasma.
 
Horacio González los ve como una multitud abstracta; no son concretos, sino etéreos fantasmas del pasado.   
 
Tan finos ellos, tan espiritualistas, no soportan tanta vulgaridad callejera. No sólo jamás entendieron a los obreros de carne y hueso (por eso siempre estuvieron en contra de ellos en los tiempos en que debían estar a favor), sino que tampoco entienden a los movilizados de la misma clase a la que pertenecen. Se creen aristócratas progres, pero razonan como una oligarquía conservadora. Sueñan con movilizaciones proletarias llenas de banderas rojas, mientras ven al 13S o al 8N como un aluvión zoológico. Imitando a los “gorilas” del ’45 que igual veían a los obreros peronistas. Les dicen “masa” en vez de “pueblo”, porque no piensan por sí sino que son manipulados. Esta seudo aristocracia ha devenido un conjunto de oficinistas, supernumerarios, burócratas o comisarios políticos contra el ciudadano movilizado, hablando en nombre de aquellos que, hoy por hoy, ni ellos ni nadie moviliza.
 
Sin embargo, los que se movilizan no son esa abstracción llamada “gente”, sino esa concreción llamada “ciudadanos”, porque sus reclamos son cívicos, políticos, institucionales. También económicos, pero colectivos. No quieren salvarse solos sino juntos, aunque crean -y mucho- en el esfuerzo propio. No son “panqueques” que todos los días cambian de opinión, sino que vienen creciendo con tanta continuidad como coherencia y pueden dar sorpresas electorales monumentales para un lado u otro. Cuando Cristina prometió un nuevo país, más del 70% estaba con ella. Ahora están contra ella. Piden un cambio no de programa político sino de política. Que haya inclusión, participación, que se los escuche, que no se los menosprecie. Es un hecho nuevo, mundial, mezcla de internet e identidad argentina. 
 
El gobierno, con el poder que le queda, aún está a tiempo de canalizar mejor sus reclamos que la oposición, porque los movilizados no se sienten sus enemigos, pero eso sí, ya se dieron cuenta que el gobierno los considera sus enemigos y que la oposición sólo quiere usarlos. Y si no pueden cambiar esas dos actitudes, seguirán en las calles. Expresando un nuevo país con nula representatividad política pero con potencialidades infinitas de progreso. Ellos necesitan un país con mejor política para tener las posibilidades de un progreso económico mas amplio. No buscan crear una nueva democracia, sino continuar perfeccionando la que tenemos.
 
Néstor Kirchner fue hábil al contener a los que salían a la calle en 2002-3, a piqueteros y obreros, pero le faltó lucidez con la clase media cuando ésta también salió. Se sintió agredido y les mandó encima a piqueteros y obreros. Fracasó en toda la línea. El único que le hizo caso fue D’Elía con una trompada al vuelo. Su señora prosiguió esa misma línea pero con mucho más sectarismo. Ahora le quedan sólo algunos piqueteros para ocupar la calle, mientras los obreros van por su lado como una gran minoría organizada, porque hoy la mayoría es la clase media. 
 
En su desprecio aristocratizante, los actuales gobernantes quisieron comprarse económicamente a la clase media basureándola moralmente, al decirle: “Te damos el O km y el viaje a Miami, o sea esas porquerías que vos querés porque sos una porquería como clase, y ni se te ocurra quejarte porque bien pago estás para lo poco que políticamente valés”. Entonces la clase media se rebeló ante tanta explícita humillación, no por un puñado de dólares. Si el gobierno les hubiera dicho que necesitaba esos dólares, otro hubiera sido el cantar, pero en vez de eso les dijo: “Miserables de m..., cipayos de porquería, dejen de comprar dólares, por egoístas van a tener nada más que pesos y jódanse”. 
 
Los hicieron enojar al cuete tanto cuando les daban cosas como cuando se las quitaban, porque siempre los despreciaron moral y políticamente. Y ahora, los despreciados están en la calle, no tanto por ingratitud hacia lo que les dieron ni por enojo ante lo que les sacaron, sino por indignación moral y política frente a cómo los trataron. Algo imposible de entender por quienes durante diez años se erigieron en los representantes monopólicos de toda moral y de toda política.


(*) Carlos Salvador La Rosa. Artículo publicado en el diario "Los Andes" (Mendoza) y en Urgente 24 el 18 de Noviembre de 2012.