domingo, 25 de noviembre de 2012

El salario no es ganancia

Por Federico Perazzo (*)
Cuando la negligencia es metodología económica, el largo plazo siempre llega. Bien puede atestiguarlo el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, que pese a auto arrogarse el mote de progresista, revolucionario, nacional y popular, hoy debe afrontar el descontento de una inmensa masa de trabajadores que claman por sus derechos.

Previo a socavar en el laberintico debate sobre el mínimo no imponible, me detengo antes en una reflexión aun más intrincada: ¿es el salario ganancia?
Dada la complejidad sobre el tema, es necesario razonar, primero, sobre lo más sencillo. Nace, entonces, la siguiente pregunta: ¿por qué es antojadiza la discriminación del monto pasible de ser gravado al que no es alcanzado por el impuesto? Se me antoja que si denominamos al salario por ganancia, pues debe ser abarcador en el más estricto de sus sentidos.
Nadie habla sobre la existencia de varios tipos de salarios, pese a que los jornaleros obtengan distintos montos unos de otros. La definición de salario es única y universal; de ello se desprende, por lógica, que cada uno que ofrezca sus servicios para recibir dinero a cambio, estará obligado a contribuir a las arcas del Estado bajo el concepto de “impuesto a las ganancias”.
Dudo que algún gobierno (y menos uno con jactancias de progresista) se atreva a semejante afirmación. Veamos, pues, que dice el marco jurídico al respecto.
El artículo 2 de la ley de impuesto a las ganancias establece lo siguiente: “A los efectos de esta ley son ganancias, sin perjuicio de lo dispuesto especialmente en cada categoría y aun cuando no se indiquen en ellas:
1) Los rendimientos, rentas o enriquecimientos susceptibles de una periodicidad que implique la permanencia de la fuente que los produce y su habilitación.
2) Los rendimientos, rentas, beneficios o enriquecimientos que cumplan o no las condiciones del apartado anterior, obtenidos por los responsables incluidos en el artículo 69 y todos los que deriven de las demás sociedades o de empresas o explotaciones unipersonales, salvo que, no tratándose de los contribuyentes comprendidos en el artículo 69, se desarrollaran actividades indicadas en los incisos f) y g) del artículo 79 y las mismas no se complementaran con una explotación comercial, en cuyo caso será de aplicación lo dispuesto en el apartado anterior.
3) Los resultados obtenidos por la enajenación de bienes muebles amortizables, acciones, títulos, bonos y demás títulos valores, cualquiera fuera el sujeto que las obtenga.”
Como puede evidenciarse claramente, en ningún momento la ley presume al salario por ganancia.
Por otra parte, el término ganancia, que más precisamente se denomina “beneficio económico”, es una suerte de sensor que indica el grado de generación de riqueza. El salario, lejos de eso, forma parte de los costos de una empresa, puesto que el trabajador, incluso, cobrará su sueldo antes de que el empleador obtenga certezas de si efectivamente obtendrá beneficios.
Ahora bien, aun concediendo que ciertos montos salariales deban ser arrastrados por la imposición, lo ciertos es que el gobierno no ha actualizado el alcance del gravamen con la inflación. Dicho en forma fácil: gracias a los recurrentes aumentos de salarios para paliar la suba de precios (producto de la política monetaria del gobierno), muchos empleados rasos han alcanzado el límite de ingresos que el Estado considera para ser abrazados por el impuesto.

Si bien su sueldo aumentó, no así lo hizo su poder adquisitivo, que se mantuvo igual producto del proceso inflacionario que viene llevándose acabo. En rigor de verdad, no sólo que no subió la capacidad de compra de las personas-ni siquiera empató- sino que perdió, dado que ahora son abarcados por el “mínimo no imponible”.

Los datos son concretos, hace diez años el número de empleados en relación de dependencia que debían afrontar “ganancias” era de 420.000 personas (generalmente se trataba de grandes cargos. Sueldos ejecutivos), hoy engloba a más de 1.400.000 personas.
A mi juicio, la presidente está tomando muy livianamente el conflicto impositivo. Basta con fijarse cuan gravitantes fueron, a lo largo de la historia, las revueltas originadas por los excesivos tributos para dar cuenta que se dirigen a un precipicio.
Al futuro, pese a que se lo mire desde lejos, igual deviene en presente…y es muy revelador.
(*) Federico Perazzo. Economista. Asesor económico de Perspectivas Políticas (Directora: Grabriela Pousa). Artículo publicado el 22 de Noviembre de 2012.