miércoles, 7 de noviembre de 2012

La culpa la tienen los medios

Por Antonio Caponetto (*)
Cristina exhibe su petulancia y su indoctez en Harvard, sumados a un repugnante clasismo señoragordista, pero las cosas no son así, sino una distorsión de los medios. Decuplica ilegítimamente su patrimonio, elige a un vicepresidente ladrón, se rodea de jóvenes onanistas y de matones desfogados, pero las cosas no son así, sino una distorsión de los medios.

Se nos dio por ser sutiles en este número, de modo que perdónesenos el circunloquio: Cristina Kirchner está furiosamente loca.  No es la suya, claro, alguna de las variantes románticas de la insania, ni la lírica demencia de los buscadores cervantinos de causas perdidas.  Tampoco la monárquica alienación de Juana de Castilla.  Se trata de una vesania democrática, de una manía nacional y popular, de un lunatismo plebeyo o chaladura ramplona cuanto procaz.


Los síntomas probatorios abundan, pero apenas si mencionaremos dos.  Una verborrea desequilibrada, ante la cual millones de ciudadanos atribulados no atinan sino a defenderse —como aquel simpático personaje infantil— tapándose las orejas, al grito de ¡cállate que me desesperas!  Y una desinhibición impúdica y lela, propia de los pacientes frontalizados, que la muchachada suele graficar en pocas palabras: no tiene filtro.  Para Cristina, lo más bajo de su universo de rencores, vanaglorias y mendacidades, ya no puede ser detenido por el freno rector de la conciencia moral: lo expresa.  Y su expresión, ya no puede tener la galanura mínima de un discurso humano: echa coces con cada vocablo.
La característica hegemónica de la insensatez que la domina, y esto es lo políticamente grave, es la ceguera de la realidad, con el consiguiente desligamiento de responsabilidades ante los males múltiples que su morbo ocasiona.  Los ejemplos se suman con el paso de las horas.  Exhibe su petulancia y su indoctez en Harvard, sumados a un repugnante clasismo señoragordista, pero las cosas no son así, sino una distorsión de los medios.  Decuplica ilegítimamente su patrimonio, elige a un vicepresidente ladrón, se rodea de jóvenes onanistas y de matones desfogados, pero las cosas no son así, sino una distorsión de los medios.  Ocasiona un revuelo militar sin precedentes, sucede un extrañísimo secuestro (que recuerda al del albañil Gerez), suscita un cacerolazo gigantesco y una caída vertiginosa de la credibilidad pública, pero las cosas no son así, sino una distorsión de los medios.  Se ampara en jueces venales y regenteadores de burdeles, motiva el desprecio colectivo por su ignominia, cubre de papelones toda tierra que visita, y siembra la discordia con cada acto de gobierno, pero las cosas no son así, sino una distorsión de los medios.
Debe ser el único caso en la historia, el nuestro, de un país sojuzgado por la conspiración perpetua y milimétrica de los medios, complotados todos para hacerle creer a la presidenta que no es la más linda, ni la más exitosa, ni la más decente, y que la sociedad que gobierna se cae a jirones por su culpa.


Y debe ser el único caso de un país, en el cual ese mismo gobierno dispone de un monopolio gigantesco y multimillonario de medios adictos, empeñados en convencer a sus gobernantes de que lo real es lo que ellos desean.

Cristina frota su propia lámpara de Aladino. Una vez sale Carta Abierta para pedirle que sea reelecta, otra el gandul Barone para animarla a que imite a Perón y castigue a los preguntones inoportunos. Y últimamente sale hasta el zalamero Feinmann, atribuyéndole a la presunta envidia del pueblo el aborrecimiento colectivo que crecientemente inspira.  El concurso de meros imbéciles ha sido declarado desierto. Han copado la banca los delincuentes, los lamebotas y los estólidos.

Pero está bien; aceptémoslo: la culpa la tienen los medios. Los medios de los que se valen para consumar sus perrerías: la corrupción, el fraude, la impunidad, el engaño, el saqueo sistemático.  Los medios democráticos de los que se valen unos y otros, oposición y oficialismo, y en virtud de los cuales una vesánica no habita en el hospicio que la caridad reclamaría, ni en la celda que la justicia impusiera, sino en el mismísimo sitial de la presidencia argentina.

De Etienne Gilson aprendimos que el vademécum del realista empieza por afirmar que las cosas existen.  Es el punto de partida de los prudentes, de los que contemplan la realidad tal cual es; atributo necesario para el ejercicio del mando.
En las antípodas están los orates y los trastornados.

Mala cosa cuando estos conducen, porque según sentencia castellaniana, no hay algo más peligroso que un necio con poder.

Que cada cual sepa defender la realidad, y las supremas y perennes realidades, frente a esta emboscada de locos furiosos.  Que cada compatriota sea un siervo fiel de El que Es, para que, por su gracia y nuestro esfuerzo, la patria deje de ser un manicomio.

(*) Antonio Caponetto. Profesor de Historia, doctor en Filosofía, investigador del CONICET y director de la Revista Cabildo. Artículo publicado por La prensa Popular (Director Nicolás Márquez) el 6 de Noviembre de 2012.