lunes, 5 de noviembre de 2012

Las aventuras de un 'Cuervo' insatisfecho

Por Carlos Salvador La Rosa (*)
Al kirchnerismo cristinista nada le resulta suficiente. Siempre quiere más y más. Es insaciable. Si fuese una película porno, se diría que sufre de 'fiebre', aquel título que Armando Bo le embocó a la película de 'la Coca' Sarli. Ya se podría hablar del poder ninfómano: la Argentina parece marcada por una grave histeria de la política, y la insatisfacción del 'Cuervo' Larroque fue expresión de ese problema.


Desde su exilio en España, Juan Domingo Perón se propuso seducir a la juventud de clase media -hija de los que le habían dado la espalda en sus primeros gobiernos- convocándola a hacer una revolución. Para eso comparó el proyecto justicialista con las revoluciones francesa de 1789, rusa de 1917 y china de 1949. Según su opinión, las revoluciones pasan por cuatro etapas: 
> la doctrinaria, cuando se lucha (desde el gobierno o fuera de él) por imponer las nuevas ideas, convenciendo de su bondad a la sociedad. 
> La de la toma del poder, cuando no sólo se alcanza el gobierno sino que desde el Estado se postula cambiar un sistema político por otro. 
> La dogmática, que es impregnar a todas las instituciones del Estado y de la sociedad con las nuevas ideas. 
> Y la institucional, cuando la revolución deja de depender de una persona o una doctrina, porque la sociedad ya hizo suyos los cambios.
Así lo explicaba el General: “Las revoluciones cumplen normalmente cuatro etapas: la primera que es la doctrinaria -son los enciclopedistas de los franceses y es Lenin en Rusia, en la Revolución Rusa; la segunda etapa es normalmente la toma del poder, o el golpe de Estado -es Napoleón el 18 de Brumario y es Trotsky con los Mil en Moscú-; la tercera etapa es la que da verdaderamente la ideología, -es Napoleón en el Imperio, y es Stalin en la Revolución Rusa. O sea la etapa dogmática, donde se mete el dogma; se mete en la forma que hay que meterlo, el dogma no se puede meter, digamos... sólo con lindas palabras, sino también es con otra acción que hay que meterlo. Y la cuarta, definitiva, es la institucionalización de la revolución, y es la primera República Francesa, y es Kruschev que anula el culto a la personalidad a fin de reemplazarlo por la institucionalización”.
Trayendo estos esquemas a la Argentina, Perón les decía a los jóvenes que la etapa doctrinaria del justicialismo ocurrió en sus primeros gobiernos (1946-1955), la de la toma del poder fue la resistencia peronista (1955-1973) que debía terminar con el retorno del líder al gobierno para desde allí realizar la etapa dogmática, de modo que luego de muerto Perón, su persona fuera reemplazada por la plena institucionalidad.
El problema era que Perón quería una cosa y los pibes otra. El General les estaba diciendo que una vez que llegaran al gobierno se acababa la revolución y empezaba otra etapa conducida exclusivamente por él para construir en el país algo parecido a las democracias europeas, en las que conservadores y socialistas convivían sin considerarse enemigos. En cambio, para los jóvenes, el “dogma” estaba más cerca de la revolución cubana que de Europa, por lo que en el mismo momento que Perón quería dar por concluida la revolución e institucionalizar al país, los jóvenes lo que querían era iniciarla. Malentendido que contribuyó a gestar la tragedia que se avecinaba.
Nunca segundas partes fueron buenas. Esas ideas que corresponden a otro tiempo, hoy el gobierno nacional pretende hacerlas renacer -con otras palabras- en una Argentina que no está viviendo ninguna víspera revolucionaria pero que dentro del núcleo duro del cristinismo se intenta hacerla aparecer como coartada, como subterfugio para darle una impronta épica a su proyecto de poder.
Usando las etapas de Perón, el kirchnerismo habría cumplido la etapa doctrinaria desde 2003 a la fecha imponiendo sus ideas y sus obras desde el gobierno. Pero, según ellos, faltan tres etapas, porque lo que tuvieron hasta ahora fue el “gobierno”, pero no el “poder”, que sigue en manos de las “corporaciones”. Por eso, de aquí en más se trata de arrebatarles el poder a las corporaciones, para proseguir la “revolución”.
La etapa de la toma del poder implica desmantelar lo que queda de los opositores políticos y colonizar del todo la justicia, a fin de que ni las instituciones legislativas ni las jurídicas se constituyan como obstáculos para la toma por asalto a la sede central del poder enemigo que, en el caso argentino, son los medios de comunicación, los que desde sus madrigueras manipulan al pueblo para que no se concrete la unión entre pueblo y doctrina, entre pueblo y líder.
Luego de culminada la toma del poder, sigue la etapa dogmática, que se logrará con la reforma constitucional, a partir de la cual se fusionará del todo al gobierno con el poder, mediante la permanencia indefinida del líder y el cambio de las instituciones “republicano-burguesas” por otras de signo “revolucionario” (que Ernesto Laclau está delineando desde su búnker en Inglaterra). A tal fin, el partido con el que se llegó al gobierno, el Justicialista, será reemplazado por el partido de la revolución, que se llama “Unidos y Organizados”, donde se desempeña la vanguardia cristinista.
¿Más democracia o mucha menos? Las ideas, la “doctrina” K en cuyo nombre se busca hacer la “revolución”, no son nada revolucionarias, ni absolutamente nadie (ni los que simpatizan con ellas ni los que no) las ven así, salvo Cristina Fernández y la guardia pretoriana que la apoya. 
Doctrinariamente, el kirchnerismo es una versión levemente crítica, o estatista del capitalismo. Además, la sociedad le ha otorgado a esas ideas imponentes triunfos electorales. Y hasta ahora nada de lo que quisieron hacer debieron dejar de hacerlo, excepto acabar con las voces diferentes o garantizarse la eternidad en el poder. Las dos únicas razones por las cuales se justificaría hacer una “revolución” en nombre de tan módicas ideas, en sí mismas nada revolucionarias.  
O sea que lo que se está discutiendo hoy políticamente en la Argentina no es una cuestión programática ni ideológica sino algo más grave: si la democracia actual, tal como la hemos construido entre todos en estos largos treinta años, le permite al gobierno conseguir sus objetivos o si para imponerlos se necesita, bajo la excusa de una “revolución” o de la “profundización” de la democracia, que ésta sea reducida a su grado mínimo. Una democracia enferma donde sus normas permanentes sean el excepcionalismo, el fundacionalismo, el caudillismo, el culto a la personalidad, la caracterización como enemigo a todo crítico u opositor y, especialmente, la concepción de que la “revolución” todo lo justifica, todo lo perdona, todo lo hace necesario
Como que de aquel Perón de la revolución en etapas sólo se hubieran quedado con la peor de todas sus frases, esa que decía: “El dogma no se puede meter, digamos... solamente con lindas palabras, sino también es con otra acción que hay que meterlo”.
Es muy posible que todos sean fuegos de artificio de un grupúsculo que necesita producir mucho ruido para hacerse oír, al carecer de poder propio excepto el de servir de cortesanos de la persona con más poder en la Argentina actual. Pero lo cierto es que esta última semana parecen haber avanzado algo más que en hacer ruido.
Revolucionarios” contra “Narcosocialistas
El ataque destemplado al socialismo santafesino suena inexplicable salvo desde esta lógica seudorevolucionaria, ya que se trata del sector de la oposición que más coincide con sus ideas “doctrinarias”, aunque deplore sus métodos. Además, de todos los partidos críticos, es el socialismo el que menos pronuncia palabras agresivas para contestar a las agresiones del oficialismo. Hay que estar muy ensoberbecido para no respetar una oposición tan respetable, tanto que muchos hasta la consideran tibia. 
Acusar al gobierno socialista santafesino de narcoestado, tal como hizo el “Cuervo” Larroque, uno de los principales líderes del partido cristinista, con el aval implícito de la Presidenta y el explícito del Vicepresidente, más el haber insinuado un pedido de intervención a la provincia por boca del presidente del PJ de Santa Fe, son hechos de suma gravedad institucional. No tanto por la ofensa o la amenaza en sí mismas, sino porque se ha decidido irresponsablemente librar la lucha política electoral nada menos que en el terreno del combate contra las drogas, partidizando uno de los flagelos más graves y que menos se controla desde el Estado y que más influencia tiene sobre la inseguridad, el principal reclamo de la sociedad. 
Se está jugando con fuego en medio del incendio. Con un objetivo que va mucho más allá que el mísero de ganarle una elección al socialismo en Santa Fe: lo que se quiere es intimidar a toda oposición, considerar enemigo hasta al crítico más discreto. Discutir directamente sobre la existencia de la oposición en sí misma.
Darle un corte a la Corte
Pero aún más grave es lo que ocurre con la Justicia. El diagnóstico que el gobierno hace es que para colonizar a los medios críticos, se requiere colonizar previamente a la Justicia. Cuando cambiaron la Corte Suprema de Justicia en 2003, aunque se pueda discutir algunos métodos, todo se hizo para reemplazar una Corte adicta por otra en la que la independencia y seriedad personal se imponían sobre las ideas, aunque muchos de los nuevos miembros las tuvieran muy parecidas a las del gobierno. 
En aquel entonces, el gobierno kirchnerista creía que el progresismo era, además de una ideología, elegir para los cargos públicos a personas susceptibles incluso de criticar al mismo gobierno que las eligió. Hoy eso cambió 180 grados y lo que se busca es poner jueces adictos, para hacer oficialista a la Justicia en nombre de la “revolución” contra los medios y contra toda disidencia.
Así, ahora, con la mayor ofensiva partidista contra la independencia de la Justicia que se haya visto jamás en los últimos 30 años, una de las mejores políticas kirchneristas se va revirtiendo en su opuesto. Porque el objetivo último de esta contraofensiva no parecen ser sólo los tribunales inferiores, ya que la intimidación temeraria de éstos lo que busca es disciplinar a la Corte Suprema, o si no empezar su descabezamiento. Una Corte que de menemista pasó a independiente y ahora se la quiere kirchnerista.
 
¿Qué tiene que ver todo esto con la revolución?


(*) Carlos Salvador La Rosa. clarosa@losandes.com.ar Periodista y director de la sección de Opinión del diario Los Andes (Mendoza). Artículo publicado por Urgente 24 el 5 de Noviembre de 2012