sábado, 3 de noviembre de 2012

Los "Callos" del Soberano

Por Walter E. Eckart (*)
Por el tenor de estas líneas, preciso ser autoreferencial. Disculpen.
Hasta el cansancio he defendido las libertades y derechos constitucionales de las que goza el pueblo, único soberano, al momento de emitir su voto en una elección; y critiqué siempre a quienes insinuaron que la sociedad es estúpida y hay que decirle a quién elegir.

Dos ejemplos que resonaron ante la opinión pública: Repudié con bronca los dichos de Fito Páez cuando, en el 2011 y tras el triunfo de Macri, dijo que le daba asco "la mitad de Buenos Aires"; y lo mismo hice con respecto al presidente de la Rural, Hugo Biolcati, cuando atribuyó el éxito electoral del Gobierno en las primarias de agosto, a que "la gente mira Tinelli y si, puede pagar el plasma, no le importa nada más". 

Siempre afirmé que la sociedad -básicamente y más allá de la educación que posea o el poco o mucho confort del que pueda disfrutar- es esencialmente sabia, en el sentido de que -a la larga o a la corta- aprende a diferenciar la verdad de la mentira y la bondad de la malicia; aprende a distinguir qué gobierno verdaderamente se esfuerza por servirla y cuál sólo pretende usarla, utilizando para ello mil cuentos delirantes, para confundirla o lograr su complacencia temporal.

Esto lo demuestra la historia desde que aparecieron las primeras formas de sociedades organizadas institucionalmente. 

Ningún poder político que abusó de la paciencia del pueblo, ninguna mentira estructural de cualquier estado y ningún camión lleno de aspirinas con la pretensión de curar cánceres sociales; nada de esto duró para siempre. 

Subsistieron lo que pudieron, algunos más y otros menos, pero finalmente se derrumbaron, porque la sabiduría y madurez de un pueblo no es un acto instantáneo. Es un proceso, que lleva tiempo, que se da en el barullo de la vida cotidiana y no en un monasterio; y que normalmente implica errores, y a veces errores grandes. Pero así es. Así evolucionan, maduran y crecen los pueblos. Así aprenden a marcar la cancha y poner límites a quienes los gobiernan.

Ahora: dicho esto, corresponde señalar un lujo que ninguna sociedad adulta puede darse si pretende seguir madurando y creciendo: el lujo de no pensar, el lujo de no reflexionar sobre por qué le pasa lo que le pasa. No se puede dar el lujo de anestesiarse y acostumbrarse a cualquier cosa que la perjudique. No puede llenar su conciencia de “callos” simplemente para no ser interpelada por la realidad. No puede perder la voz. No sólo por sus hijos o nietos futuros, sino por ella misma, por mejorar su presente, en el aquí y el ahora.

En todos los países verdaderamente democráticos esto es posible, aún con sus bemoles. 

No solo porque el mundo se ha globalizado y la tecnología permite que lo que se dice en un lugar se escuche en todas partes; y que eso nos sirva para conocer otras realidades y también para la propia autocrítica, sino porque –además- hay iniciativas y ámbitos de participación, donde la palabra que podamos decir es recibida y tenida en cuenta.

Desde las redes sociales que, por ejemplo, hicieron posible la manifestación de los indignados argentinos en septiembre y fueron el instrumento para preparar la próxima del ocho de noviembre, hasta la participación directa en la política misma, a pesar del nauseabundo olor que tiene para muchos; o la colaboración en organizaciones sin fines de lucro y orientadas al bien social, o en voluntariados ligados a la salud o al cuidado de ancianos; o mil cosas más. Basta, en realidad, abrir los ojos para descubrir desde qué lugar se puede contribuir. 

Y esto es necesario. Porque –paradójicamente- no por pensar en nosotros mismos o sólo en nuestras familias, es que vamos a salir de la anestesia que nos envuelve, ni tampoco se nos van a caer los callos de nuestras conciencias. 

En realidad, necesitamos abrirnos como sociedad a todos, especialmente a los que más sufren, a los que están fuera del sistema; y desde allí “sacudirnos” un poco, hacer algo concreto, algo que nos saque del feroz individualismo del que somos clientes fijos; necesitamos aprender a hablar con responsabilidad y serenidad, criticar con respeto y en honor a la diversidad ideológica, manifestarnos en paz cuando necesitamos reclamar, y votar con lucidez cuando elegimos nuestro futuro. 

Necesitamos... vencer la pereza ciudadana y ponernos en movimiento. Un cacho de generosidad y compromiso no nos va a matar...

(*) Walter Eckart. Periodista y analista político. Artículo publicado en Chacomundo el 1 de Noviembre de 2012.