miércoles, 14 de noviembre de 2012

“Lucir hipermoral para ser inmoral en paz”

Por Alejandro Rozitchner (*)

La manifestación desnudó la doble faz del discurso oficial, y mostró a una comunidad que quiere encaminarse. menos relato y más realidades.
Adivina adivinador: ¿cuál fue el gobierno popular que puso rejas a la Casa Rosada? ¡Sí, el gobierno K! ¿Cómo se explica? El pueblo dejó de ser una realidad para ser el personaje de un relato de ficción. Lo que hay es gente, y mucho miedo de la corporación política a que esa gente deje de comer vidrio. Se dijo desde siempre: los K temen la calle.
Enseñados por la experiencia del 2001, llegados a la presidencia tras ese parto traumático, supieron desde el principio que hoy en día una movilización multitudinaria, un desmadre callejero, podría resultar difícil de asimilar para un gobierno débil. ¿Débil el gobierno K? Exactamente, débil en su planteo de país, y en su visión del mundo. Débil siempre en su falta de grandeza, en su mezquindad emotiva, en sus mentiras permanentes y en su estilo desconfiado y maltratador.
Si hay una corporación que hoy acorrale la vida cívica no es la del demasiado alucinado “poder económico” ni la del multimedios sino la de una cofradía política que en vez de dar servicio a la población (y hacerle más fácil la vida) le da espejismos y nunca soluciones, mientras establece todo tipo de privilegios para sí.
El truco K fue perfecto, pero empieza a fallar.
Con tendencia autoritaria se pusieron a la cabeza del relato reivindicativo para disimular la corrupción y la ineficacia. El truco funciona porque se monta en el progresismo, que siempre fue un fenómeno discursivo y no una capacidad de tratar con los problemas de la realidad. El progresismo actúa diciendo, representando, simbolizando, pero no sabe cómo darle de comer a nadie, ni cómo alentar la producción, única respuesta adecuada a la pobreza de la que están enamorados. El progresismo adora a los pobres, pero no quiere ayudarlos a dejar de serlo.
Si decís las cosas correctas sos “bueno” y si sos “bueno” podés hacer desastres (amasar fortunas sin explicación, rodearte de delincuentes y hasta serlo, manipular las cifras para que la pobreza parezca menor, etc).
Podés hacer desastres porque sos “bueno” y seguís siéndolo aunque la embarres. Si un “bueno” roba, esconde corruptos, aprieta jueces, miente, hace negociados, está bien. Si un “malo” hace estas cosas, está mal. A no ser que se sume al grupo de los “buenos”, lo que hace que su historia se olvide inmediatamente.
El truco delictivo perfecto es representar el bien extremo para poder hacer el mal a gusto, presentarse como hipermoral para ser inmoral en paz, pero deja de funcionar cuando la realidad económica hace agua. No fue un amor por la ideología lo que logró el 54 %, fue la tendencia a no innovar para poder seguir disfrutando del tranquilizador y relativo flujo de dinero, estimulado por el trasfondo del temor a la disolución social que asomó en el 2001. Cuando la economía ya no puede mentirse, la ideología no sostiene nada, y empiezan a verse todos los defectos. Llega la hora del descrédito, esa en la que gobiernos que han gozado de apoyo conocen la caída de su imagen hasta un nivel que nadie hubiera creído posible.
El pueblo sólo existe en el relato, sólo puede ponerse en movimiento con micros alquilados y favores ofrecidos. Hoy los individuos, aun los individuos pobres, no sienten propia ni atractiva esa mímica social.
Quieren soluciones, quieren ser tomados en cuenta. La argumentación popular es con demasiada frecuencia un método para abusarse de los que menos tienen. Ya nadie quiere actuar de pueblo sin cachet.
El 8N hubo una emoción reconfortante, una visión de la unidad bien intencionada, abarcativa y humilde.
Hubo cuerpo común, algo mucho más valioso que el ya inexistente “pueblo”. No era la patria de la guerra o el nacionalismo, generalmente también “popular” y autoritaria, era la pertenencia sentida a una comunidad que quiere encaminarse.
Cuando 6,7,8 puso en escena su mix de soberbia y humildad chocó con una inesperada respuesta de alto nivel.
Creyendo que iban a tratar con dóciles y confusos ciudadanos, se encontraron con gente despierta que no tuvo problemas en defender su expresión callejera con inteligencia.
El 8N genera confianza. Tras este gobierno de involución, y saldadas algunas deudas simbólicas ligadas a traumas de la historia reciente, es posible que la Argentina logre lo que otros países vecinos van logrando: sensatez, humildad, trabajo, organización, ley, instituciones, cooperación.
Que demos el paso necesario , que superemos la viciada e ineficaz“política de lucha” para pasar a desarrollar una “política de desarrollo”.
¿La diferencia? En la primera se trata de tener el poder por el poder mismo, de ganar a costa de todo. Es una enfermedad que vive del conflicto y expresa un profundo desamor en sus arrogantes líderes. En la segunda se trata de generar resultados: disminuir la pobreza, incrementar la producción, elevar la educación, apoyar los proyectos de vida. Es la política como servicio, como modo de hacer cosas útiles para todos, como impulso creativo.
No más mundo simbólico, queremos realidades.
No más relato, queremos soluciones. No más mentiras. Eso dijimos muchos en la calle el jueves pasado.
(*) Alejandro Rozitchner . Filósofo y escritor. Director de http://100volando.blogspot.com.ar Artículo publicado en Clarín el 11 de Noviembre de 2012.