lunes, 17 de diciembre de 2012

Cristina al gobierno, Zelig al poder

Por Carlos Salvador La Rosa (*)
Zelig es una comedia de Woody Allen, de 1983, tratada como un falso documental, la película ha sido reconocida por la crítica por sus innovaciones técnicas e interpretativas. La historia se desarrolla a finales de la década de 1920 cuando un extraño hombre empieza a llamar la atención pública debido a sus repetidas apariciones en diferentes lugares con diferentes aspectos. Este hombre, Leonard Zelig (Woody Allen), tiene la capacidad sobrenatural de cambiar su apariencia adaptándose al medio en el que se desenvuelve, por lo que es conocido como el hombre camaleón.
Woodey Allen/Zelig, entre Cristina Fernández y Daniel Scioli, militantes del Partido Permanente del Poder (PPP), o sea peronistas.

El camaleón, mamá, el camaleón, cambia de colores según la ocasión... Cuando por la arena lo persigue un grillo, pa' que no lo vean se pone amarillo. Si lo busca un sapo de vista se pierde, anda por el pasto y se viste de verde?

Quizá la más sorprendente creación cinematográfica de Woody Allen sea la de "Zelig", apodado el camaleón humano. Una persona que cuando se pone frente a cualquiera otra, adopta la personalidad e incluso el físico de ésta. El pobre Zelig no lo hace por oportunismo, sino porque es tanto su deseo de agradar, de que lo quieran, que para lograrlo llega al extremo de transformarse en copia fiel de aquel a quien quiere agradar. Zelig desearía ser un hombre normal, acepta que los médicos intenten curarlo, pero aunque a veces mejore un poco, la mímesis siempre vuelve.

Adaptando la genial metáfora a la realidad argentina, puede decirse que la inmensa capacidad para sobrevivir a todas las circunstancias políticas que demostró el peronismo post-Perón se debe a que es nuestro Zelig. No es que adecue sus tácticas al clima de los tiempos flexibilizando para un lado u otro su ideología, sino que es capaz de ser una cosa y al poco tiempo su opuesta, incluso atacando a muerte lo que fue antes en nombre de lo que es ahora... aunque los que ataquen sean los mismos que fueron una cosa y después lo contrario sabiendo, además, que en el futuro deberán ser algo distinto a lo que fueron antes y a lo que son ahora. Por siempre.

Perón le decía a cada uno lo que quería escuchar, pero para imponer su conducción sobre los sectores más opuestos. No se mimetizaba con nadie, sino que hacía que todos trabajaran para él, aunque entre ellos se mataran. En cambio, el peronismo que lo sobrevivió devino un gran mimetizador, o más, porque no sólo imita, sino que para que le crean sobreactúa la imitación hasta extremos que jamás llegaría el imitado. Una copia que siempre busca superar, por el absurdo, al original.

Así, cada jefe peronista se mimetiza con las grandes ideas del tiempo que le toca gobernar, mientras que el resto de los peronistas se mimetiza con el jefe para así mantenerse eternamente en el poder.

Cuando, en 1983, el peronismo perdió ante el radicalismo, aprendiendo del fracaso halló en la imitación su arma más poderosa, con la cual reconquistó el poder y ya no se desprendería más de él.
A fin de sobrevivir le dan todo el poder a un rey, para que éste pague luego, él solo, por todos los pecados compartidos. Ese peronismo, no el del sentimiento popular sino el que conforma elPartido Permanente del Poder (PPP), el cual no tiene ideología. Por eso el rey, para poder sostenerse simbólicamente frente a tanto pragmatismo, se ve obligado a comprar o alquilar una ideología de moda, que suele pertenecer a alguna minoría que anda suelta, sin votos, disponible.

El rey, entonces, adopta la ideología de esa minoría, la cual -emocionada por la conversión del rey- deviene su guardia pretoriana, el custodio de la ideología, con la esperanza de que el rey algún día se desentienda del PPP sin ideología y les entregue todo el poder a ellos, poseedores de la verdad de moda. Lo que no saben esas minorías, o si lo saben fingen olvidarlo, es que, a cambio de devenir custodio del rey, cuando el peronismo cambie de rey -y por lo tanto de ideología- ellas, como se hacía con los mayordomos de los faraones egipcios, deberán ser enterradas con el rey.
A lo criollo, el PPP se inspira en la sabiduría de las grandes construcciones políticas con anhelos de eternidad. Mientras bajan la cabeza ante el rey y aceptan que los advenedizos con la ideología que sostiene el rey, se les pongan coyunturalmente por encima, ellos se refugian en las estructuras permanentes, como los obispos de la Iglesia Católica o los senadores del imperio romano o los del PRI mexicano, que siempre están o siempre vuelven cuando el caos parece asomar. Yasoma siempre, porque si no asoma, alguien de ellos se ocupa de convocarlo.
Lo cierto es que, frente a tanto pragmatismo del PPP, el rey -para seguir siéndolo- debe exagerar su ideologismo. Así lo hizo Menem y así los Kirchner.

Menem le ganó a la renovación peronista porque supo ser mucho mas camaleónico que ésta. La renovación se travistió de alfonsinista y apenas pudo le robó todas las banderas al bueno de Alfonsín. Pero al instante, Menem le robó las banderas a la renovación y a la vez se robó todas las banderas que andaban sueltas, incluso las más contradictorias.
Sin ser renovador en ninguna de sus conductas ni ideas, se acercó a Alfonsín más que ningún otro renovador. Luego, cuando llegó la catástrofe, se hizo malvinero seineldinista para ganarle a la renovación peronista y al alfonsinismo. Y cuando ganó, para gobernar se hizo más neoliberal que Thatcher o Reagan. Sólo al final, cuando se cristalizó en la última ideología que adoptó, fue despojado del poder por los que gestaban un nuevo camaleonismo.
Néstor Kirchner fue igual de camaleón y sobreactuante que Menem, travistiéndose en una ideología que sacó del arcón de los recuerdos para adaptarla al clima de los nuevos tiempos antiliberales. Mientras sus vecinosque fueron "setentistas" en serio (Bachelet, Lula,Mujica, Rousseff), se aggiornaban para ponerse al frente del nuevo capitalismo emergente latinoamericano, los Kirchner sobreactuaban lo que nunca fueron. Se hicieron Zeligs de una realidad que no vivieron, salvo como "perejiles", para fingir que no tuvieron nada que ver con la dirigencia peronista de los '80 y '90.
Del mismo modo, la crítica a los poderes corporativos de los Kirchner es, en general, correcta. Lo malo es que su propuesta de solución consiste en concentrar todos los corporativismos en un solo corporativismo de Estado, conducido por ellos. 

En sus prácticas políticas reproducen miméticamente los defectos ajenos, o sea no pretenden cambiarlos por algo mejor, sino hacerlos suyos y más exageradamente aún. Si la prensa tiene defectos corporativos, ellos la critican por corporativa y crean una prensa estatal cien veces más corporativa. Lo mismo con la Justicia y con todo lo que atacan. Lo suyo es una suma concentrada de lo peor del corporativismo en nombre de la lucha contra el corporativismo. El remedio resulta peor que la enfermedad porque no la cura, sino que la agiganta.

Pero en la medida en que el camaleonismo actual se va creyendo en serio sus imitaciones, el PPP comienza de nuevo a intuir el peligro de cristalizarse en el tiempo presente, cuando los vientos que soplan van cambiando de dirección. Por eso, en las nuevas peleas que el rey (o reina) y su guardia pretoriana libran para seguir en el poder, al PPP lo único que le interesa es no combatir en ningún bando. Algo que hoyDaniel Scioli expresa mejor que nadie, superando en camaleonismo a todos sus precedentes. 

Así, Scioli, el nuevo camaleón, puede adaptarse al oficialismo y a la oposición en el mismo lugar y mismo tiempo. Entiende mejor, además, el nuevo clima, donde la mayoría de la gente parece estar harta de tantos conflictos al cuete.
En estos tiempos de grandes movilizaciones de clase media, un peronista "como la gente" es Scioli, como Cobos fuera un radical "como la gente". La diferencia es que a Cobos el radicalismo le jugó siempre en contra, mientras que a Scioli ya lo está apuntalando en "off" todo el PPP, al menos mientras vayan creciendo sus chances. 

A Cobos los radicales hicieron todo lo posible para matarlo, porque Cobos se parecía más a la opinión pública de su momento que a la élite política radical. Scioli, en cambio, tiene la habilidad de parecerse a la opinión pública de hoy pero a la vez también parecerse como nadie a la clase política promedio. Por eso todos van tras él. Así como a Cobos lo mató el radicalismo, a Scioli lo está salvando el peronismo. Cobos fue popular cuando la gente se identificó con él desde el día que le dijo "no" al poder. Scioli es popular porque sin decirle ni sí ni no al poder, esquiva a lo Nicolino todas las trompadas que el poder le tira. Se ignora si sabe dar trompadas, pero nadie duda que es un genio en esquivarlas.

El PPP dice que su "lealtad" consiste en acompañar al rey hasta la puerta del cementerio, pero no enterrarse con él. En realidad desde mucho antes va gestando su reemplazo, cuando empieza a oler que el poder actual puede dejar de ser permanente. Entonces, los del PPP se van preparando para que el rey -como un Cristo invertido- pague todas las culpas de ellos y que se lleve consigo sus pocos creyentes. 

Lo cierto es que todos son Zeligs. Unos para reinar y otros para durar. No es que expresen o representen a la Argentina y que por eso sean los únicos que pueden gobernarla.Lo que hacen es imitar, copiar, sobreactuar a la Argentina verdadera. Nadie del PPP cree en nada, y los que creen sobreactúan ideologismo. Unos por ateos absolutos y otros por fundamentalistas extremos, impiden encontrar el punto justo. 

Es toda una farsesca imitación donde la realidad resulta suplantada por su falso doble, una imitación que parece más verdadera que la realidad, pero que nunca deja de ser imitación.Menem fue tan falsamente neoliberal como Kirchner progresista. Y así será por siempre hasta que la política argentina no pegue un gran salto de calidad, para lo que hoy bastaría con imitar lo único que nunca imitamos: los países vecinos. 

En síntesis, nuestro PPP Zelig puede gobernar el país, pero no lo sabe transformar. El PPP cambia de colores según la ocasión, pero para seguir estando, la que no debe cambiar nunca es la Argentina. El PPP es capaz de vivir tanto del Consenso de Washington como de la soja, pero nunca logra que algo mejore. El primer Perón, mejor o peor, gobernó y transformó a la vez. Hoy sus sucesores sólo gobiernan pero no cambian nada, salvo de ideología.


(*) Carlos Salvador La Rosa. Periodista, escritor, analista político. Artículo publicado en Los Andes (Mendoza) y en Urgente 24 el 17 de Diciembre de 2012.